(del laberinto al treinta)


martes, 7 de junio de 2005

Antisemitismo

El señor embajador del estado de Israel en el estado español vuelve a faltar, según su ya inveterada costumbre, a varios principios básicos de la concordia, a pesar de que los mismos deberían fundar las bases de su actuación como persona, como político y como diplomático. Falta a la verdad, falta a la razón y falta al respeto. Con motivo de la próxima celebración en Córdoba de la Tercera Conferencia Internacional sobre Antisemitismo y otras formas de intolerancia, (1) se ha despachado a gusto en las páginas de El País (Victor Harel: España y el antisemitismo, lunes 6 de junio de 2005) fustigando conciencias. Bueno, en realidad, no dice nada nuevo: sólo lo que reitera una y otra vez cada vez que tiene ocasión: que la forma más sofisticada del actual antisemitismo se refugia en las críticas que las fuerzas progresistas y los defensores de los derechos humanos europeos hacen de la brutal ocupación del estado al que representa de los territorios de otro pueblo. De la colonización ilegal a la luz del derecho internacional de los mismos, con resoluciones adversas, por supuesto incumplidas, de la ONU . De la constatación, como reconocen los más lúcidos historiadores e intelectuales israelíes, de que el estado de Israel ha practicado sistemáticamente la limpieza étnica desde su fundación tanto en las fronteras históricas de su estado como en los territorios ocupados. De que el Muro que está construyendo el estado de Israel no tiene como fin la defensa contra el terrorismo sino el aislamiento y la asfixia de esos territorios para preparar su futura absorción (no me lo invento, es una idea que aparece en sus periódicos constantemente). Y lo que lo peor, que no lo están haciendo en territorio israelí, como sería lo lógico y legal, sino en territorio palestino usurpado. Falta pues a la verdad, como demuestra la casi unanimidad de la comunidad internacional. Falta también a la razón, porque lo razonable es que intentaran de una vez colaborar a la creación de un espacio de concordia entre vecinos en Oriente Medio renunciando a su expansionismo. Y faltan al respeto de los luchadores por las libertades en todo el mundo al teñirlos con el nefando apelativo de antisemitas, aprovechándose de la culpa histórica colectiva de los europeos para con el pueblo judío. El señor embajador no tiene derecho a manchar la reputación de tantos ciudadanos que aspiramos a un mundo mejor. Yo soy uno de ellos. Yo, como todos los demás, mantengo un respeto inmenso por el pueblo judío. En mi caso, sus intelectuales históricos son mis pensadores de cabecera. Sus humoristas me hacen reir como ningunos otros. La inteligencia de la tradición civil judía me parece fascinante. Y he denunciado en la prensa de mi ciudad, Córdoba, el inmerecido reconocimiento que esta ciudad tributa a un individuo como Roger Garaudy, condenado por la Corte Suprema de Francia por negar el Holocausto y por fomentar el odio racial.

CARTA AL DIARIO SOBRE GARAUDY

Pero también tengo que denunciar al señor embajador del estado de Israel. Y tengo que decir que el señor embajador no es diferente. Que es tan mal tipo como el voluble pseudofilósofo francés. Que se dedica a intoxicar a la opinión pública de este país mezclando episodios antisemitas puntuales producto de descerebrados con las luces entendimiento corrompidas por el fútbol con las críticas racionales a la política salvaje de su país hechas a la luz de la buena fe y de la concordia de los pueblos. No me extraña que eche mano en sus citas a Gabriel Albiac, otro iluminado que pasó de las páginas de El Viejo Topo, la revista radical marxista leninista de los 70, a la emisora de los obispos sin despeinarse, y que hace pocos años desde su tribuna de El Mundo ideó una solución genial para Oriente Medio: puesto que el único estado democrático de la zona era el de Israel se convertía en el único con derecho a adueñarse de la totalidad del territorio. Los palestinos que no lo aceptaran tendrían que ser deportados a Jordania, al reino del sátrapa Hussein, que era lo único que se merecían.

Otro, pues, que tal.

(1) Será casual el que Antisemitismo vaya en el programa en mayúscula y otras formas de intolerancia no?

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