(del laberinto al treinta)


sábado, 17 de diciembre de 2005

El morro catequista

Por la propia naturaleza de su profesión, propagadores leales de las doctrinas de la Iglesia Católica, los buenos catequistas tienen la obligación de creer y enseñar que el Santo Padre actúa iluminado directamente por Dios cuando elige a sus obispos. Siguiendo una impecable línea canónica argumental deben así mismo subseguir que los obispos se sirven de esa misma inefable luz para buscarlos, elegirlos y nombrarlos, en medio de la gran tiniebla del mundo, a ellos mismos como fieles adoctrinadores de los tiernos infantes de las escuelas de este extraño país. Y, por supuesto, que la misma luz que sirve para iluminar su nombramiento ha de servir a los pastores episcopales para iluminar su despido cuando el Super Foco Excelso, en uno de sus escudriñadores barridos, descubra facetas de su labor o de su vida que no son agradables al Sumo Empleador.

Así, y tal como sería impensable dentro de la maquinaria interna del catolicismo que un obispo denunciara en los tribunales laicos una presunta injusticia en el caso de ser suspendido a divinis por el Sumo Pontífice, también lo debe ser el que lo hagan los catequistas disconformes con su despido a divinis por su correspondiente e iluminado obispo. ¿Entonces? Bueno, tampoco hay que ser tan radicales, sobre todo teniendo en cuenta que la propia existencia de tales catequistas fuerza patentemente y ya de por sí la propia estructura jurídica de los mecanismos de contratación de los enseñantes del sistema educativo público español. Si hemos transigido -y ellos han aceptado- con la obscena excepcionalidad de su forma de contratación (no consiguen su plaza por oposición como el resto de docentes del centro donde impartan, sino por elección de un obispo) podemos hacer la vista gorda también con el hecho de que rebelarse contra su iluminado despido debería suponer una suerte de sedición intolerable contra Dios en el ámbito de sus mullidas conciencias. O sea que podemos regalarles el gusto de pecar de soberbia concediéndoles el derecho a recurrir a los tribunales laicos para dirimir sus diferencias con la celestial burocracia.

Pero sólo a eso. Bueno, y ya puestos, incluso a que unos jueces incombustibles les admitan a trámite las querellas. Pero alguien debería dictaminar claramente que, cuando los catequistas denuncian ante los tribunales un despido que consideran improcedente, es al mismo Dios al que denuncian y lo primero que habría que exigir, por tanto, es que el juez a quien se asigne el caso se manifestara previamente creyente en la existencia de dicho Dios para poder dictar una sentencia acorde, no ya con el principio de justicia, sino con el de la misma lógica procesal y ya de paso con el de la natural. Sería absurdo que un juez que no creyera en la existencia misma del acusado considerara la posibilidad de que dicho acusado inexistente hubiera infringido la leyes y por tanto pudiera ser absuelto o condenado a pagar las indemnizaciones pertinentes acordes con los daños que sus acciones hubieran causado a los demandantes.

Una vez declarado creyente en Dios, el juez deberá sopesar justamente los hechos denunciados y hacer cumplir las leyes que pudieran aplicarse en estos casos. Y por supuesto en caso de resolución favorable a la demanda deberá exigir al propio responsable, Dios, o en su defecto a sus representantes legales en la tierra que afronten el monto de dichas indemnizaciones, en lugar de hacerlas recaer, como desvergonzadamente vienen haciendo hasta ahora, en las espaldas del Estado, que bastante tiene con tener que cargar con los gastos salariales de esos tipos de inaudito morro por la extorsión continuada a que le viene sometiendo la carcunda clerical de este país de mierda. Amén.



Comentarios
Bueno, un pelín farragoso, pero me alegra muchísimo volver a poder leerte Harazem. Ya tenía mono, tanto tiempo ausente... Mis secas venas estaban esperando su cotidiana dosis de ácido, para así poder soportar algo mejor este nuevo milenio tan retrógrado y carca. Ánimo, un abrazo.
Cato Zulú — 18-12-2005 00:00:28
Me parecio re interesante el post, saludos!!
Vetusto — 21-12-2005 06:25:04
Ya sabemos que el Dios más difundido no existe, pues no se puede aceptar que sea al tiempo infinitamente bueno (con lo que perdonaría las faltas) e infinitamente justo (con lo que debería dar a cada falta su exacto castigo, y en el que nunca podría incluirse el castigo infinito del infierno). Así que pido que se postre ante nuestro juicio ese que se hace llamar Dios: verá que con Él somos justos, pero no bondadosos.
Fernando G. Toledo — 24-12-2005 19:35:30
A propósito del morro catequista te mando lo siguiente. Lo escribió Don Leandro Fernández de Moratín, el ilustre ilustrado, en su cuaderno 8º de su "Viage a Italia" (conservo la ortografía y puntuación originales, así como los errores gramáticos, aunque no la acentuación),. Está escrito en Roma en 1794:"Hallándome en esta Santa Ciudad con quien tenemos tan inmediatas relaciones, quise salir de algunas dudas, y averiguar poco más o menos a qué precio nos regala la Santa Sede Apostólica su maternal protección. Supe que el que guste de comprar el cuerpo de un santo lo consigue inmediatamente dirigiéndose al departamento que tiene a su cargo el despacho y distribución de reliquias. Se saca del almacén de huesos un esqueleto o se forma de varias piezas, le ponen la cabeza exterior de cera, le visten con su cota. sus borceguíes y su tonelete, le colocan en una urna y se le entregan al devoto con facultad de darle culto dondequiera que se lo lleve. Si es un santo anónimo, sacado de los subterráneos, el devoto puede proponer el nombre que quiera darle, sirve de padrino, se le bautiza a su gusto y le llaman San Hermeneguncio, en este caso no cuesta más que ciento veinte duros, pero si el devoto le quiere de los que están en el almacén con nombre conocido, si se le antoja que sea santo mártir, soldado de la legión octava, desollado en Bithinia Sub Trajano principe por el Pretor Furio Mamertino, entonces paga veinte duros más."(Leandro Fernández de Moratín. "Viage a Italia". Espasa Calpe. Madrid, 1988).
Cayo Anneo Paco — 04-01-2006 21:49:18
Y un poco más adelante, Moratín prosigue:"No se puede regular lo que cuesta una causa de canonización, la de Palafox hubiere bastado para hacer a una provincia feliz con las sumas enormes que ha consumido. Lo que hay de cierto es que después de que el Santo Padre declara que tal varón de Dios o la tal religiosa está gozando de la bienaventuranza y que hizo milagros en vida y en muerte, es menester aprontar al contingente para la función que se hace en San Pedro, la qual, si el Santo ha pleiteado por pobre, cuesta nueve mil duros, a lo menos, y otro tanto importó a la Beata Carolina de Mallorca, y y si el santo no está declarado ser pobre, en tal caso le cuesta cien mil duros sin admitir rebaja de un maravedí. La única economía que cabe en esto consiste en que lleguen a juntarse tres o cuatro santos; una sola fiesta sirve para todos, y entonces contribuyen con la consavida: cien mil duros, pagando cada cual de ellos la porción que le toca".(Misma fuente)Eso se llamaría, digo yo, santidad "a escote".
Cayo Anneo Paco — 04-01-2006 21:59:19
Viejo amigo Cayo, ya sabes que allí se perdió la primera gran oportunidad que tuvo este país de desasnarse un poco. Nuestros ilustrados fueron el precedente, también abortado, de los intentos republicanos posteriores de airear el putrefacto cerebro de esta patria. Ambos cayeron en el sangriento foso de una guerra y ambos fueron aniquilados por la vesania de los vencedores, sus dueños seculares. Pero sus obras quedan ahí, para quien quiera comprobar que no siempre la carcunda fue tolerada sin rechistar y que la estupidez contemporizadora con ella que ahora vivimos sólo nos devuelve una y otra vez la imagen patética del pensamiento débil que nos rodea.
Harazem — 06-01-2006 22:17:15
Y gracias por el valiosísimo texto del lúcido Moratín...
Harazem — 06-01-2006 22:19:22