ELENA CORTÉS SOMOS MUCHOS (I)
Cuántas veces estando en mi casa reunido con amigos o leyendo un libro o viendo una película mientras las procesiones de Semana Santa pasaban una tras otra bajo mi balcón con su ropopompón de tambores de guerra e histéricas cornetas, su iconografía siniestra y sus atufadores alcaloides dulzones no he sentido la gana de hacerme oír, como normalmente no lo hago: poniendo lo suficientemente alto como para que se oiga bien en la calle alguno de mis discos favoritos, particularmente los de rock más duro, El Sweet Jane de Lou Reed o el One de Metallica de manera que más que hacerles ver a los consumidores de ritos supersticiosos cofrades que hago mi vida normal mientras ellos toman las calles con su extraño botellón, les dijera que lo hago para faltarles al respeto que ellos creen merecer por ser muchos, por ser poderosos y por estar protegidos por unos políticos estúpidos. Mi amigo Juan Sepelio va más allá y sueña con sacar algún día los altavoces de su equipo al balcón y poner, al paso de una procesión, algún disco de tambores de banda cofrade de manera que creara un conflicto rítmico con la banda que tocara en ese momento desde abajo y consiguiera equivocar a los músicos y el paso de los costaleros y sumirlos en una divertida ceremonia de caos y confusión. Y añade que lo haría sólo por hacer una broma y sin ninguna acritú, claro.
Elena Cortés, concejala de educación por Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Córdoba se ha pegado ese gustazo. Bueno, con algo mucho más laig. Colocó un cartel en el que había pintado un enorme NO en su balcón y al paso de una procesión hizo sonar una especie de sirena en el interior de su casa. Como es de suponer el gesto ha molestado tanto a los cofrades que les ha mantenido el hígado engurruñado de ira durante varias semanas y han exigido desde sus púlpitos oficiales, fundamentalmente el grasiento ABC local, y la Asociación de Hermandades y Cofradías castigo ejemplar, destitución y seguro que, íntimamente, llamas del infierno para la insolente.
Como no podía ser menos y aunque parece que ha puesto pie en pared y se ha negado a mostrar sus disculpas públicamente sí que ha reconocido haberlo hecho en privado con los jerarcas cofrades. Yo desde luego considero que en su caso se trató de un acto amablemente gilipollas, no por el hecho en sí, sino porque que la joven concejala debía saber de sobra que tendría que rebajarse posteriormente ante las nucas de caracolilos aceitados obligada por esa especie de Bernarda Alba de traje chaqueta que es su jefa y alcaldesa de la ciudad y que de vez en cuando se ve obligada a llamar la atención de sus deslenguadas y traviesas niñas, por más razón que un santo laico y republicano que tengan.. Pero el gustazo se lo ha dado y eso es lo que le alabo. Aunque es un sueño imposible, a veces veo la ciudad plagada de balcones con NOES colgantes al paso de los macabros desfiles.
Yo en cambio no lo hago por temor a ninguna Bernarda Alba propia sino, primero porque estoy muy mayor para esa clase de provocaciones y segundo sí por temor pero a la propia reacción de los cofrades ofendibles. El fanatismo de índole religioso es el peor de todos y muchos de ellos son muy brutos y creen realmente que el ídolo femenino que pasean vestido y enjoyado como una novia bereber es realmente su madre. Y su sentido del humor, nulo, como corresponde a gente que cree que un ídolo vestido y enjoyado como una novia bereber sea su madre. Así que sus reacciones podrían ser bastante desagradables y dignas de lamentar a posteriori y yo aún le tengo mucho cariño a mis piernas, tal como las tengo por ahora.
Por eso, para salvaguardar los derechos de todos aquellos que consideramos impropio de un estado aconfesional y democrático el que durante una semana los miembros de una determinada confesión religiosa, por muy mayoritarios que sean, cuyas jerarquías se dedican insistentemente a envenenar la convivencia de toda la sociedad extorsionando a las autoridades civiles para que legislen como delito para todo el mundo lo que sólo para ellos es pecado, para que se les conceda el abominable privilegio de enseñar por cuenta del estado sus supersticiones en la escuela, sigo reclamando la necesidad de que se traslade toda la celebración a un lugar acotado para evitar el que se convierta en obligatoria para todos los habitantes de la ciudad. Exactamente con la construcción del PROCESIÓDROMO que ya empieza a ser famoso entre los racionalistas de esta ciudad.
CONTINÚA EN ESTA SEGUNDA PARTE









Unos días antes, en Pingyao, una pequeña ciudad cuya visita supone un viaje alucinante al interior de un trozo de ámbar donde se conserva fosilizado el aire de la China Ming, en un pequeño estudio de una de las casa-museo de las que se visitan en ella encontré a un anciano calígrafo disfrazado de funcionario mandarín de otra época. Vivía de caligrafiar a los turistas nacionales (el turismo organizado occidental aún no la ha descubierto) proverbios tradicionales chinos en un papel de seda de muy mala calidad. Le ayudaba una mujer, que debía ser su hija, que lo cuidaba con un mimo exquisito. Le preparaba la tinta, le alisaba el papel y le hablaba con una enorme dulzura. Le propuse que me caligrafiara el poema de Wang Wei que llevaba copiado en una cuartilla. Se colocó unas anticuadas gafillas, se acercó a la ventana por donde entraba uno de los rayos de sol del atardecer y lo leyó en voz alta imprimiéndole una maravillosa entonación y un ritmo pausado, haciendo sonar cada monosílabo con una limpidez cristalina. Luego rió alegremente y me dirigió unas entusiastas frases de las que no entendí absolutamente ni una palabra, y en mi pauperrísimo chino y con ayuda de mi diccionario de bolsillo conseguí hacerle entender que lo quería en otro tipo de papel de más calidad. Tras un largo tira y afloja creí entender que no poseía más tipo de papel que ese, incluso ofreciéndole bastante más yuanes de los que me pedía y que ascendían al equivalente de 1€. Así, la hija alisó el papel, lo sujetó a la mesa y preparó la tinta y el pincel y el viejo calígrafo comenzó a aplicar con mano firme pinceladas suaves pero seguras a la luz melosa del atardecer que entraba por la ventana. Yo asistí a la ceremonia fascinado, sintiéndome como en una burbuja donde se respiraba aire de otro tiempo. Por supuesto no hice ninguna foto, pero unos días después encontré esta postal que me recordó ese momento. Y que cuelgo como ilustración. A su lado, el trabajo del viejo escribano.




