(del laberinto al treinta)


sábado, 29 de enero de 2011

No te cortes: insulta al obispo


Yo sé que hay mucha gente que considera que insulto con bastante frecuencia. No seré yo quien se meta en honduras sobre si lo que hago es insultar o describir aproximativamente a ciertos sujetos que me tienen hasta las gónadas. Eso sí, exijo que se reconozca que esos insultos / descripciones aproximativas suelen ser bastante directos, sin que sea necesario pararse a pensar su sentido para apreciarlos.

En cambio hay en esta ciudad un sujeto que trabaja normalmente vestido con un extraño atuendo confeccionado con retales de tela de traje de torero y revestido de sagrada autoridad para mucha, muchísima gente, que escucha arrobada cómo insulta / describe, que lo hace bastante más sofisticadamente que yo. Se trata de Monse Deme, el del Báculo Erecto, obispo de Córdoba.

Pondré un ejemplo: el pasado 26 de diciembre este sujeto excretó en el Marco Incomparable de la Mezquita (antes mezquita), en un momento de la nutritiva homilía que les endiñó a los consumidores adictos a los productos narcocatólicos que recibían el correspondiente estupefaciente supersticioso, la siguiente pelotilla:



El hombre contemporáneo se aparta de este proyecto de Dios cuando se deja contagiar por la mentalidad anticonceptiva de nuestra época. En muchos ambientes y en muchos corazones la aspiración es a disfrutar lo más posible de la sexualidad humana como fuente de placer, evitando a toda costa el nacimiento de un nuevo hijo en el seno de la familia. Esta mentalidad no es nueva, es tan vieja como el hombre. Pero en nuestros días se ha acentuado, empleando para ello los medios técnicos al alcance, que hoy son mayores que en otras épocas: la píldora anticonceptiva y todos los métodos químicos o artificiales para impedir la fecundación, llegando incluso a la esterilización masculina o femenina que convierte al varón y a la mujer en un simple objeto, perdida ya su dignidad de persona humana.



Así que ya lo sabéis: todos aquellos de vosotros y vosotras que haciendo limpiamente uso de vuestro derecho a someteros a una operación de esterilización voluntaria, perfectamente legal y recomendada por los más acreditados científicos mundiales como el método anticonceptivo más eficaz y seguro, sois considerados por este eunuco voluntario como unos perfectos objetos sin dignidad humana. Sofisticado el nota ¿que no? pa llamaros mierdas. Porque eso es lo que os está llamando: mierdas, que son de todos los objetos y productos característicamente humanos los más indignos que pensarse pueda. Yo creo que cualquiera que se haya sentido ofendido / descrito con tan mala leche por este tío sirlanchón tiene derecho a devolverle el insulto / descripción. Ahí tenéis un pequeño muestrario que no pretende ser ni mucho menos exhaustivo y sin perjuicio de que, a lo que yo os animo, uséis vuestra propia imaginación para faltarle adecuada y convenientemente al respeto a este tío fartusco:

Abobado, abombado, adoquín, arracacho, asnejón, atropellaplatos, autómata, babanco, babieca, babilón, baboso, bambarria, barbitonto, bato, abusan, bausano, beocio, besugo, bobalías, bobalicón, bobarrón, bobatel, bobo, bobote, bordeboto, botoso, bruto, bucéfalo, calilo, calzonudo, camote, cantimpla, capirote, capullo, cazurro, cebollino, celestial, cenutrio, ceporro, cerrado, cipote, cojudo, cretino, cutama, chango, chorra, desorejado, dundo, estulto, estúpido, falto, fatulo, fuñique, ganso, gaznápiro, gili, gilipollas, guaje, guajolote, guanaco, harón, idiota, insensato, lerdo, leso, lila, lipendi, madero, mamacallos, mameluco, mastuerzo, melón, memo, mendrugo, menguado, menso, mentecato, mentecato, merluzo, minguado, molondro,moscatel, mucura, mudo, muérgano, noneco, obtuso, otario, panarra, papirote, pavisoso, pavitonto, peal, pendejo, percebe, porro, poste, premioso, puto, salame, salamín, samarugo, sanano, simple, simplísimo, simplón, soca, suato, tarado, tardo, tarugo, tocho, tolete, tolondrón, tontarrón, tontera, tontiloco, tontivano, tonto, tontón, tontucio, tontuelo, tontuno, tordo, torgado, torpe, torpón, trompo, tupido, yeguo, zamacuco, zamarro, zángano, zolocho, zompo, zonzo, zonzorriar, zopenco, zoreco, zorimbo, zote, zumbado.

¡¡¡Mejor aún. Convoquemos un certamen a ver quién insulta mejor a Monse Deme!!! ¿¿¿Hace??? Eso sí, siempre que se haga dentro de los límites de lo políticamente correcto. ¡¡¡Vengggga!!!, abro la veda:


¡¡¡INQUISIPOLLAS!!!


¡¡¡TONTISIDOR!!!

jueves, 20 de enero de 2011

KIFAYA


Una de las cosas que más me ponen, ética y estéticamente, de lo que está pasando en mi pequeño y querido país de Túnez, es imaginar la cara de gilipollas que se le debe haber quedado a nuestros sociapollas, los Moratinos y Trinisjiménez de todo el continente, al ver cómo su hijodeputa favotito, el modelito que han estado mimando durante tantos años no sólo como espejo, sino como reverso de ellos mismos, ha sido paticuleado definitivamente por el populacho desagradecido que no ha sabido apreciar el favor que Uropa le ha venido haciendo desde hace churricientos años sujetando a un Francisco Franco posmoderno que los venía conduciendo, de privatización en privatización, hasta el saqueo final.

El que los socialdemócratas, sociapollas para los amigos, han estado siempre de parte del pueblo tunecino lo demuestra el hecho de que la Internacional Socialista ha acogido durante un porrón de años al partido que ha dado cobertura a la panda de mafiosos que han saqueado el país bajo una brutal dictadura, denunciada suficientemente por las organizaciones de vigilancia de los Derechos Humanos. Ahora con dos cojones, Papandreu y Ayala, presidente y secretario de la simpática organización sociapollas lo han expulsado. Eso sí con nocturnidad y sigilosidad, pero sin desmerecer la valentía. El País hasta hace una semana llamaba a Ben Ali presidente, mandatario, etc. Tras su huída le ha apeado el tratamiento y ya lo llama dictador y sátrapa. A ver si tienen los mismos para hacer lo mismo con Mubarak, también acogido por la amorosa Internacional y relamido por la prensa progresista europea.

Una de los hechos más alucinantes de la política mundial es la absoluta negación de apoyo que los demócratas europeos han prestado tradicionalmente a los demócratas árabes. Está por ver cuando alguno de los políticos eunucos de la supuesta izquierda europea, esa panda de tartufos con poder y con la puta democracia siempre en la boca, han apoyado a alguno de los movimientos que buscan acercarse a sus propios presupuestos para sacar de las dictaduras a sus países. Los disidentes cubanos tienen un rinconcito de oro en El País y en las agendas de los despachos de los muy demócratas mandatarios blancos. Porque esa es la única dictadura que contemplan. En los países árabes la única alternativa que ellos ven a las satrapías a las que besuquean impúdicamente son los islamistas. Y no sólo los sociapollas. Es que ni siquiera los izquierdistas sin mando, los altermundistas son capaces de superar esa tara. La teoría general es que el demócrata en países de mayoría islámica no existe. Y si existe está disfrazado. Tarde o temprano le saldrá el moro fanático que lleva dentro. Os suena ¿verdad? Por eso a tanta gente le ha sorprendido no ver barbas, velos ni boinillas de croché en las revueltas tunecinas.

Lo que pedíamos aquí en los 70 a Europa, ayuda para quitarnos el yugo del Gran Cabrón no se le concede al mundo árabe. Esa millonaria ayuda, en dólares, en ánimos que recibió el PSOE en la Transacción española de sus congéneres alemanes para hacer de condón del capitalismo (para metérnosla floja sin que nos preñáramos de revolucionarismo), ni siquiera se le ha concedido a los árabes. Allí el condón ha ido siempre acompañado de hostias puras y duras. Mientras te violo además te curto la badana.

La causa de este sistemático ninguneo es doble. Por una parte el temor de los responsables políticos europeos de la cuerda que sean a que una verdadera democracia en países que siguen estando colonizados por las multinacionales de sus correspondientes países pongan en solfa esa dominación y les joda el negociete. Por otra, y va unida a la anterior porque le sirve de soporte, la instalación en la mentalidad del pensamiento único respecto a los países de predominio de la religión musulmana del concepto de choque de civilizaciones que puso en circulación el agresivo think tank norteamericano de los 80 para justificar lo que habría de venir después: el intento de su dominio por parte de las potencias occidentales tras la caída del otro imperio de la Guerra Fría. Lo explicaron muy bien Nazanín Amirian y Martha Zein en la introducción de su imprescindible El islam sin velo: el concepto unificador de mundo islámico, de esencia fanática, que acoge absurdamente a 1.100 millones de ciudadanos de cien etnias y nacionalidades y que se enfrenta al de civilización occidental, de esencia democrática. Un mundo en donde no caben por idiosincrasia los demócratas.

Pero los movimientos por la democracia en los países de mayoría musulmana no sólo existen sino que son extraordinariamente aguerridos, incluso más que los islamistas. Pero sus organizaciones están totalmente desarboladas por la brutal represión de los sátrapas amigos de los sociapollas y por la nula ayuda que reciben del exterior. Por eso lo último que está ocurriendo es que la gente que está harta, muy harta, empieza a salir a la calle a gritarlo espontáneamente. En Egipto ya llevan unos años haciéndolo y el movimiento que empieza a cuajar de ello se llama KIFAYA (YA ESTÁ BIEN, BASTA). Ha sido hermoso ver cómo un movimiento estrictamente egipcio ha acabado triunfando sin conexión clara en Túnez. Los egipcios miran a Túnez con esperanza, y los tunecinos han visto cómo el movimiento popular que surge a orillas del Nilo ha acabado cuajando en su pequeño país de una manera espontánea. La aparición de muchos símbolos de la palabra mágica en rojo sobre un círculo amarillo en las calles tunecinas así lo demuestra.



El nerviosismo de las elites neoliberales, con los sociapollas a la cabeza, en Europa no está solo en la incertidumbre del peligro de inestabilidad en el Maghreb, con sus secuelas de radicalismo islámico o democrático, sino en el ejemplo que puedan dar a sus propios populachos. En Túnez existía una situación comparable a la que ha existido en España desde antes incluso de la Transacción. Unas clases medias que se beneficiaban de un estado de bienestar superior al de sus vecinos implementado por las medidas de pan para hoy y hambre para mañana del neoliberalismo en los años de bonanza, a base de privatizar los servicios y los bienes públicos de la etapa semisocialista y de despotismo ilustrado de Burghiba. Y con los beneficios del turismo. Y el compromiso de mantener a los islamistas a raya para que no pudieran obligar a sus hijas a ponerse velo. A cambio todo el mundo haría la vista gorda a la feroz represión desatada contra demócratas e islamistas y a la corrupción de la mafia gubernamental. Escuela y sanidad públicas para todos y universidad asequible para una juventud con ansia de desarrollo profesional. Las universidades se llenaron y las primeras oleadas de licenciados encontraron acomodo en el sistema. Pero los siguientes y los siguientes y los siguientes y la crisis que vino después los ha convertido en frustrados profesionales de la nada. Y la desesperación ha acabado calando.

Si observamos lo que ocurre en España tenemos un panorama parecido en los que respecta a las posibilidades de realización profesional de los jóvenes licenciados. La diferencia, aparte de que el trato con el poder siempre fue aquí más suave, es que los jóvenes españoles tienen la cobertura de sus familias porque las economías domésticas han estado por aquí más saneadas. Lo que yo llamo el MIP (Movimiento Inmóvil Papaítista). Pero en Túnez, no. Allí las familias están más cerca de los mínimos de subsistencia y los hijos han de salir de núcleo familiar forzosamente. Ellos son los que han roto el pacto con la mafia gubernamental. Ellos los que han pateado el culo de los ladrones que robaban a manos llenas y están exigiendo poder participar democráticamente en las decisiones que han de marcar sus vidas.

Tal vez habría que ir pensando en este país la forma de solucionar ese papaítismo que mantiene a las últimas generaciones de jóvenes en una modorra de comodidad usurpada. Tal vez no sería mala idea invitar a los papaítos a que presionen a sus creciditos cachorrones. A que los lancen a la calle. Como ha venido ocurriendo en todo el reino animal desde las primeras amebas y en la humanidad desde la primera hominización. A fin y al cabo se trata de su futuro, de su lucha. Y de su responsabilidad para con los que vengan detrás. A ver si fueran capaces de sacar su KIFAYA, su ¡Ya está bien, cabrones! al viento de la calle como sus colegas tunecinos y como probablemente harán pronto los egipcios y los argelinos y los libios y, In Shaa Allah, los marroquíes. Somos muchos los no jóvenes que estamos también ya en ello. A por la democracia, real, la que permite que seamos nosotros los que gestionemos nuestro propio destino y no los putos mercados, ni la jodida globalización, ni la madre que parió a los banqueros. Ni los políticos profesionales vendidos a todos ellos.

viernes, 14 de enero de 2011

Elena María Walsh


Ha muerto a los 80 años en Buenos Aires Elena María Walsh. Últimamente me entero de las muertes de gente a la que quería tarde. Me pasó con Abraham Sefarty a quien debo, y no sé si al final haré, un recuerdo en este blog. Pero no quiero hacer una necrológica. Google me ha mostrado que hay suficientes ya en la atmósfera de la red. Pero sí una curiosa referencia. A la Walsh siempre la tuve asociada a un episodio de la lucha antifranquista muy sonado: la representación de El tartufo de Adolfo Marsillach, versión libre del de Molière especialmente confeccionado para descojonarse del OPUS. En ella Marsillach introducía una canción compuesta por ella: Los ejecutivos. Hablamos de 1969 y el escándalo fue, previsiblemente mayúsculo. La fineza de los elementos del ataque era tal que tomados de uno a uno resultaba imposible señalar ofensas o burlas hacia nada concreto, pero cuya totalidad ensamblada era de una meridianidad descacharrante. Ello impidió que el ministro de Información y Turismo del momento, el hipermeapilas de la Obra Sánchez Bella, a pesar del berrinche morrocotudo que se pilló pudiera impedir su exhibición. Y también que la obra hubiera pasado la censura unos meses antes cuando el ministro era Fraga, de la facción falangista. Al menos en Madrid. Porque lo que sí consiguieron sus maniobras orquestales subterráneas fue que pudiera ser disfrutada fuera del perímetro de la capital del reino no coronado.

Yo de todo eso me enteré años después cuando me lo contó un amigo muy aficionado al teatro señalándome la importancia de aquella canción de la Walsh en la obra, lo que luego corroboré leyendo las memorias de Marsillach, Tan lejos, tan cerca (1998). Fue entonces cuando comencé a escuchar con otras orejas algunas de sus demás canciones que conocía y que me sonaban hasta entonces estrictamente infantiles. Entre otras la famosísisma El reino del revés. Mi pequeño homenaje a esta luchadora que puso su importante ladrillo en el muro os invito a ambas canciones. Las dos de una rabiosa actualidad.

miércoles, 12 de enero de 2011

Antonio Gala y su dormitorio arqueológico

antonio gala


Aparte de con la impagable foto que lo muestra disfrazado de moro borracho de las fiestas de Alcoy, el delicuescente juntaletras pseudocordobés Antonio Gala, uno de los papagayistas decorativos profesionales que más pasta cobran por soltar soplapolleces en saraos culturetas del hemisferio norte y algunos de cuyos párrafos de efectos fuertemente laxantes recomiendan desde hace años leer en ayunas los proctólogos de medio mundo, nos vuelve a disparar desde las páginas del Magazín mundano la consabida salva de cursilerías infumables de las que vive. Pero en esta ocasión adobadas con la metralla de una incontrita confesión, la de que es poseedor de uno de los trozos más grandes que quedan de Medina Azahara..


antonio gala 01


A ver, aparte de flipar con que don Antonio no tenga ni puta idea de quienes fueron los que se cargaron Medina Azahara, queremos saber más cosas sobre ese cacho del palacio califal que dice poseer. Primero, por qué lo guarda en su dormitorio en lugar de exhibirlo como haría cualquiera en la repisa de la chimenea. Es de sobra conocida su tendencia a la extravagancia y además su pasión por las cosas de la morería, pero no queremos imaginar nada inconveniente. Segundo: ¿Cómo de grande es ese trozo? Porque el tamaño, sobre todo si de piezas arqueológicas de uso íntimo de alcoba se trata, sí importa. Tercero: ¿Cómo lo consiguió, en alguna chamarilería de Luis de la Cerda, se lo han regalado las autoridades competentes, o lo ha chorizado disimuladamente del yacimiento metiéndoselo debajo del poncho ese que a veces gasta a juego con el bastoncillo? Desde aquí instamos a Vallejo a que indague, porque desde luego cuando tenga que devolver todas las piezas que le han prestado para el extraño museo-búnquer con goteras que ha montado a los pies del yacimiento va a necesitarlo, porque tal vez sea con lo único que cuente. Con el valor añadido de que la pieza recuperada ha estado íntimamente ligada, física y sentimentalmente, al autor de cabecera de tantas damiselas de misa dominical con problemas de estreñimiento, que irían sin duda en peregrinación a adorarla.

Descubrimos así mismo que Antoñito y su Bastoncito han vuelto a latiguear convenientemente como solían hace años con su bífida lengua a la Iglesia Católica, después de que se la tuvieran que envainar una buena temporada e incluso tuvieran que encabezar la famosa marcha de ratones tras la flauta del Hamelín don Miguel Castillejo, alias Fray Langostino, que le regaló todo un convento donde encerrar muchachos y muchachas para saciar sus veleidades mecénicas. ¿Tendrá algo que ver el cambio de logo de su patrocinador, de la palomica paráclita a la boinica euskalduna?

Por lo demás el resto del especial que el Magazín de El Mundo dedica al cumpleaños de la llegada de los moros a la tierra de María Santísima incluso obviando la solemne estupidez de los montajes de los barbudos en Callao, obra de un auténtico aficionado, es un emético revoltijo más de las más acreditadas sandeces pseudohistóricas, misticoides e islamófobas que pululan por novelas antihistóricas, tertulias de moristas a la violeta y conversaciones de maruj@s en la cola del súper. Sálvese la entrevista del muy moderado, aunque siempre lúcido, Amin Maaluf y pásmese el lector del cuento al que viene para el tema que trata entrevistar a una activista saharaoui y a un pelotista musulmán de Ceuta. Como si no hubieran en el mundo expertos en la materia que aportaran visiones que generaran debates productivos. Pero es que cuando la redacción de un medio de masas está en manos de unos cretinos con menos luces que el asesor del PPiolo, realmente esperar productos dignos es como pedricá en er desierto, como decía de cantar pa guiris el gran Chano Lobato. Sólo papilla estúpida para estúpidos lectores.

martes, 11 de enero de 2011

De cuando Franco quiso "purificar" la Mezquita


Parece fuera de toda duda que Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia del Dios y de la Única Iglesia Verdadera, la Católica Apostólica y Romana estuvo a punto de ordenar a principios de los años 70 la extracción de todos los elementos cristianos que fueron añadidos a la Mezquita Aljama de Córdoba tras la conquista de la ciudad por las huestes de un rey castellano. Es decir el desmonte y traslado de las dos catedrales, la primitiva gótica, del XV y la renacentista del XVI, amén de las decenas de capillas, incrustadas en su interior para el culto católico en sucesivos siglos. Este deseo de El Caudillo está perfectamente documentado en un artículo de Juan Contreras, marqués de Lozoya, a la sazón director general de Bellas Artes publicado en el periódico YA el 5 de noviembre de 1972. En él el historiador del Arte le adjudicaba la voluntad, en un impulso de gratitud al mundo islámico, que tan eficazmente había contribuido a la victoria, de desmontar y de trasladar la catedral gótico-renacentista de Córdoba para restituir la Mezquita a su integridad estilística y a su antiguo destino para que fuese, como lo fue en el siglo X, centro espiritual del Islam.

Ello lógicamente produjo una entretenida polémica en todos los niveles afectados, tanto práctica como teóricamente, tanto interna como externamente por aquella muestra de deseo de la voluntad más poderosa de España. Pero sobre todo produjo un espeluznamiento de todas las sotanas del país. Yo aún recuerdo, contaba entonces 16 años, la parte correspondiente al ámbito estrictamente local de aquella polémica. Entre las nebulosas de mi memoria aparecen turbios jirones de lecturas de algunos artículos de prensa de la época y discusiones en clase y con amigos, pero nítidamente la ilusión que me produjo la posibilidad de realización del proyecto. Como precoz amante del monumento, continuo disfrutante de su ámbito y aficionado a los temas andalusíes soñé frecuentemente con que aquel desmontaje ocurría y que la Mezquita de Córdoba volvía a su aspecto original de bosque ininterrumpido de columnas como fuera concebido por los geniales arquitectos emirales.



Las únicas fuentes con que contaba hasta hace poco para emprender un pequeño relato de este asunto era el libro que publicara Nieto Cumplido, La Mezquita-Catedral de Córdoba y el ICOMOS(Ayuntamiento de Córdoba, 1976), en el que el canónigo archivero lo recogía parcial y tendenciosamente, arrimando el ascua a su sardina como parte interesada que fue, lo que pudiera rastrear entre las publicaciones de los eruditos locales y libros de memorias y el paciente peinado de las páginas de la prensa de la época. Pero hete aquí que la red me proporcionó la sorpresa de encontrar prácticamente el trabajo hecho, magníficamente documentado y con un minucioso estudio de los elementos concomitantes tanto del proyecto como de su contestación. Se trata de un trabajo de José Ignacio Cassar Pinazo, arquitecto valenciano y experto en rehabilitación urbana que lo recoge como ilustración sobre el tema de la repristinación de monumentos en un monográfico sobre el tema publicado en el número 2 (nov. 2004) de la revista de restauración monumental Papeles del Partal. El trabajo se basa en el análisis de dos artículos publicados en la revista Arquitectura entre el año 1972 y el 1973 y consta de dos partes. Una, la reproducción, en condiciones tan lamentables que impiden su lectura del texto de Rafael Castejón publicado en el número 178 de la dicha revista (sept. 1973) titulado Datos para la Restauración de la Mezquita de Córdoba, en la que don Rafael presenta un estudio de la viabilidad del proyecto de extracción y traslado a otra ubicación de la catedral católica y la posterior repristinación, reconstrucción de las partes originales eliminadas por la construcción de aquella. El estudio de Castejón es de una minuciosidad pasmosa y no deja detalle por controlar. En la segunda parte José Ignacio Cassar Pinazo analiza el otro artículo publicado esta vez en diciembre de 1972 (núm.168), bajo el epígrafe Mezquita de Córdoba y el entusiasta subtítulo El apasionante tema de la Mezquita de Córdoba ha saltado a la calle una serie de artículos que se referían a la que dio en denominarse la polémica de la Mezquita.

No voy a repetir lo que invito a encontrar leyendo tan apasionante trabajo en el que el arquitecto valenciano analiza minuciosamente cada una de las intervenciones tanto a favor como en contra y las contrasta con las teorías restauradoras del momento y con las actuales, seguido de un análisis del contexto histórico, pero sobre todo político en que se produjeron. Es sumamente interesante particularmente la intervención de Luis Moya en la que el arquitecto y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando defendió, aparte de denunciar la violencia de la posible actuación que llega a comparar con las de Viollet-le-Duc, el falsificador de Carcasonne, que el carácter de composición abierta y diacrónica (que funciona como un panel de abejas, construido por la repetición de una célula, indefinidamente, tanto en el espacio, como en el tiempo, opuesta a la cerrada y sincrónica de la concepción monumental cristiana que se define por su dependencia compositiva de un solo centro que marca la jerarquía compositiva) no hace necesaria la destrucción de la obra renacentista y la consiguiente ampliación del número de células, ya que no añadirían nada a esta impresión del espectador, a este vislumbre del infinito que subsiste hoy porque la yuxtaposición no obedece a leyes de jerarquía, ni reconoce límites en sus dimensiones ni en los añadidos que se le pudieran hacer en tiempos posteriores. Esta visión fue compartida posteriormente por Rafael Moneo y Antón Capitel en sendos artículos publicados en los 80 en la misma revista Arquitectura, pero, según afirma Cassar, ya que no he tenido acceso directo a los mismos, otorgando a las actuaciones del XV y XVI valores añadidos en la definición de una mayor riqueza formal y compositiva y, en consecuencia, arquitectónica para el edificio. No puedo estar menos de acuerdo con esa afirmación de los dos arquitectos, que ni siquiera Moya se atrevió a sostener, manteniendo una discreta separación en la consideración artística de los distintos elementos. Tampoco comparto, como he tratado de demostrar en otro lugar, la tesis que sostiene Moya, en defensa de la unidad del edificio, de la importancia de la catedral cristiana como garante de la vida del mismo, desde el momento en que está documentada la lucha de las autoridades civiles cordobesas desde tempranos tiempos por mantener el aspecto y la integridad originales del monumento islámico en pugna con las sucesivas y continuas y pretensiones del Cabildo por modificarlo y, presumiblemente, derribarlo para sustituirlo por un edificio plenamente cristiano. Ello no habla sino de la conciencia de la importancia de mantenerlo cuidado y vigilado que existió siempre por parte del pueblo y las autoridades civiles cordobesas.

Precisamente en basándose en ese mismo enfoque de Moya, pero utilizándolo en sentido opuesto, Rafael de la Hoz defiende que la construcción de la catedral supuso el asesinato de la Idea, la de los constructores originales que concibieron un espacio abierto y flexible, crecedero y dinámico opuesto al espacio clásico de inspiración greco-romana, que se traza siempre de una manera cerrada y se fija estáticamente en sí mismo. Por eso, afirma Cassar, por encima de la acumulación histórica, de la comprensión espacial de los edificios anteriores y de las relaciones entre ellos que desvela la actuación de Hernán Ruiz, de la propia materialidad de las intervenciones, de La-Hoz hace prevalecer “la Idea” como soporte conceptual del hecho arquitectónico.

Se pueden detectar aquí, en esta polémica, ecos de la clásica pugna entre las diferentes escuelas de conservadores y restauradores que desde mediados del siglo XIX vienen haciendo crecer el caudal de ideas acerca del mantenimiento del patrimonio histórico artístico de los pueblos, desde el purismo sacralizador de Ruskin hasta el idealismo de la Hoz, pasando por el compromiso con las necesidades museísticas de Boito o la restauración crítica de Brandi. Yo añadiría como aporte interesante el que hace el propio Cassar en el artículo haciendo depender muchas de las actuaciones sobre el patrimonio en el caso español apartir de la Guerra Civil de condicionamientos externos a la propia condición monumental de los edicifios, es decir como meros instrumentos de actuación política, sujetos a las necesidades de las nuevas liturgias imperialistas y nacionalistas del franquismo (Nota 30). Aunque en el caso de la Mezquita de Córdoba las causas parecían mucho más intrincadas y sería interesante averiguar qué papel tuvo en el asunto el petróleo.

En cuanto a la participación de El Caudillo no parece de todas formas que esa idea surgiera por sí misma de la por entonces bastante perjudicada mente del sangriento dictador y existen pruebas suficientes de que en realidad todo el intento de purificación, pues ese fue el término que se utilizó para horror de las jerarquías católicas, del edificio islámico se debió a una fabulosa maquinación que se curró él solito el ya citado portentoso erudo cordobés: don Rafael Castejón y Martínez de Arizala. Suficientemente conocido en Córdoba remarcaré sólo que ejerció de sabio local en diversos campos del saber histórico-artístico, en particular el andalusí, durante casi todo el siglo pasado siendo sus teorías y actuaciones debidas a los diversos cargos que ejerció con poder de acción directa muy contestadas por otros expertos más acreditados nacional e internacionalmente, fundamentalmente por el arquitecto y arqueólogo Leopoldo Torres Balbás.

Probablemente la idea o al menos su posibilidad de realización le viniera cuando ofició de guía de la Mezquita para rey Faisal de Arabia Saudí, en el año 1966. No sabemos si en esa propicia ocasión nuestro esforzado conspirador consiguió deslizar la idea de alguna manera en la oreja real pero algo debió haber teniendo en cuenta el papel que el wahabita jugaría en el asunto ofertando posteriormente 10 millones de dólares al Caudillo para su ejecución. Una vez pergeñado el proyecto en su magín se dedicó en cuerpo y alma a conseguir los apoyos necesarios para llevarlo a cabo. Y no le faltaron contactos importantes.

Lo que sabemos es que en el año 70 ya estaban más o menos delimitados los contendientes y se estaba buscando un campo de batalla. El propio Cassar en su artículo delimita claramente los adalides de cada uno de los bandos, Castejón y el canónigo Nieto Cumplido, y los presenta enfrentados heroicamente defendiendo sus posturas rodeados de sus partidarios y sus poderes mágicos. El arquitecto Rafael de la Hoz Arderius, cordobés instalado en Madrid pero muy vinculado a su ciudad natal debió de ser convencido por Castejón, aunque no se puede descartar la viceversa, y en esa época lo encontramos convencido, como hemos visto, de la bondad y la viabilidad del proyecto, estando además colocado en un puesto clave como era el de Director General de Arquitectura desde 1971. Es a él a quien Nieto Cumplido responsabiliza del interés que en el proyecto llegara a tener Franco en el libro sobre la reunión en Córdoba del ICOMOS que el canónigo ya entonces responsable por el Cabildo del monumento publicó años después (1976).

Otros apoyos que consiguió el proyecto fueron las directas del Director de Bellas Artes Marqués de Lozoya, la del prestigioso (aunque muy cuestionado) restaurador Francisco Pons-Sorolla Arnau y la indirecta del gran historiador del Arte Chueca Goitia que mostró en sus grandes obras Arquitectura del Siglo XVI. Enciclopedia Ars Hispaniae, Vol.XI, Madrid (1953) e Historia de la Arquitectura Española (1964) su indisimulado horror por la construcción de la catedral cordobesa en el centro de la Mezquita.

Rafael Castejón hizo pública la iniciativa purificadora de la Mezquita en ABC de Sevilla –13 de septiembre de 1972–, y aunó en su escrito el intenso trabajo técnico que se estaba desarrollando para sacar de ella la catedral, mejor diríamos las dos catedrales católicas que alberga su recinto y la solicitud para conseguir que el organismo correspondiente de la ONU la declare monumento internacional según la cita textual de Nieto Cumplido. El adalid de la purificación, Castejón, se muestra en todo momento tan seguro de la realización del proyecto al que presenta como una legítima aspiración popular que ni siquiera se detiene a considerar los factores adversos, fundamentalmente los intereses de la Iglesia Católica, que serán los que finalmente tumben el proyecto.

El canónigo Nieto Cumplido fue el encargado de llevar a buen puerto las objeciones eclesiásticas maniobrando eficazmente para hacerlas triunfar. El elemento decisivo fue su consecución de implicar al ICOMOS directamente convenciendo al presidente de la sección española Gabriel Alomar Esteve de que organizara una reunión en Córdoba, conocedor de que el afamado urbanista pertenecía a la corriente de más estricta ortodoxia conservacionista dentro del panorama de los restauradores de monumentos, partidario de la de comprensión del sentido de unidad de los mismos derivado de la suma de las distintas actuaciones realizadas a lo largo de la historia, del sentido de la perduración como un valor inequívoco de la ciudad histórica que se expresa tanto en su trama como en sus edificios y de la necesidad de intervenir con conceptos arquitectónicos actuales que huyan del “pastiche y del anacronismo”.

Probablemente fue esta intervención la que más volumen cosechó en la tarea de acumular contrapeso en el platillo de la balanza del mantenimiento del monumento tal cual. De esa reunión salió, pues la decisión última. Probablemente El Caudillo no llegó ni a enterarse de su resultado, en caso de que alguna vez hubiera estado interesado realmente como el marqués de Lozoya afirmó, y la Mezquita de Córdoba continuó probablemente ya para siempre con la catedral okupa incrustada en su centro.

Desde mi punto de vista actual y desde los cánones actuales de la racionalidad restauradora que no permiten ni tan siquiera la higiénica eliminación de la cascarria churrigueresca de las iglesias góticas, y que han contestado fuertemente la reciente restauración del puente de origen romano sobre el Guadalquivir, la decisión fue la correcta. Eso no quita que de vez en cuando no me asalte la ilusión ilegítima pero gozosa de poder haber visto purificado de añadidos espurios uno de los monumentos más importantes del mundo y que tenemos la suerte de conservar, aunque gravemente mutilado, en esta ciudad.

Por otra parte a esa ilusión se suma el pensamiento de que de haber ocurrido la extracción de la catedral aún en activo para el culto de una parte afortunadamente cada vez más minoritaria de la población local, no hubiera sido posible el descarado robo que la Iglesia Católica, con premeditación, alevosía, el agravante de sigilosidad y el inestimable silencio de las autoridades locales, autonómicas y estatales de la izquierda cobarde, perpetró recientemente inmatriculando a su nombre, aprovechando una ley hecha a su medida cuando gobernaba un partido heredero de los valores del nacionalcatolicismo, lo que venía siendo un bien público de los cordobesas desde los tiempos en que el rey castellano al que consideran convenientemente santo los católicos se lo confiscó al pueblo cordobés del siglo XIII al que pertenecía antes de deportarlo en masa. Se trata, pues del aggiornamiento del mismo proceso. Entonces a los dueños colectivos “paganos” del edificio se les expulsó físicamente y se propuso la propiedad colectiva de otro colectivo, el de los católicos administrados por los clérigos. Hoy que los neopaganos comenzamos a ser mayoría se nos exilia de la misma propiedad por medios más sibilinos, más leguleyos. Funcionarios, legajos, legislaciones tramposas, políticos vendidos o malnacidos…

Vergüenza les debería dar mirar, sobre todo a los de izquierda, supuestos defensores del laicismo, el ejemplo de Agya Sofia en Turquía, país al que muchos de ellos miran por encima del hombro por sus carencias democráticas.

ADDENDUM: Uno de los protagonistas de esta rocambolesca historia, Alberto García Gil, a la sazón Jefe de los Servicios Tcenicos de la Dirección de Bellas Artes, tuvo la amabilidad de dejar un comentario reprobatorio/aclaratorio en la edición de este post de la página Museo Imaginado de Córdoba (MIC). Dejo aquí por su evidente interés la correspondiente captura de pantalla:

domingo, 9 de enero de 2011

Córdoba en el Alentejo

Nunca sabremos si nuestro paisano cruzó la frontera portuguesa como tantos otros a lo largo de la Historia para comprar toallas o para hacer la guerra, pero lo que sí está claro es que terminó haciendo el amor y fundando una linaje ilustre. Tampoco sabemos si el nombre de nuestra ciudad ya lo llevaba en su apellido o se lo puso o pusieron, como en la mili nos llamaban por nuestro origen (“El Málaga”, El Madriles”) ya en las dulces tierras lusas. El caso es que uno de los apellidos más linajudos del Alentejo portugués hace mención a Córdoba. Los Cordovis (aunque a veces aparecen como Cordovil) asentados desde al menos el final de la Edad Media en su capital, Évora.


Yo no tenía ni pajolera idea de la existencia de un vínculo cordobés evorense cuando visité recientemente la preciosa ciudad. Ni siquiera había oído nunca hablar del monumento en el que hice el descubrimiento. Sí había leído que existía en el largo das Porta da Moura un palacio llamado Casa Cordovis, pero no la había asociado al nombre de la ciudad de la Mezquita (antes mezquita). Fue al tercer día después de haber explorado todo lo minuciosamente que me daba el tiempo la ciudad cuando, dedicándome a una de mis actividades favoritas, la de buscar las huellas de la ciudad musulmana en el actual entramado, me lo encontré. Estaba en el largo das Portas da Moura, las principales de la muralla musulmana porque daba entrada al alcázar, cuando tras admirar la fuente renacentista que enseñorea en su centro me la topé enfrente. Se trataba de los restos de un palacio del que sólo quedaba un mirador incrustado en un edificio moderno. De factura claramente manuelino-mudéjar, de ese estilo para mi gusto extremadamente empalagoso porque retuerce moriscamente lo ya retorcido góticamente tan típico de la zona. Ya lo había visto en los restos del palacio de don Manuel, cuyo encanto reside hoy día más en lo romántico de su estado ruinoso que en su propio interés arquitectónico, con sus ventanales flamígeros dotados de finísimos arcos de herradura que le dan un aire de decadente decorado del Tenorio. El autor de ambos, mimado arquitecto del rey don Manuel, el prolífico Francisco de Arruda lo fue también de la torre de Belem de Lisboa, de los acueductos de la misma Évora y Elvas y de la iglesia de San Francisco también de Évora que acoge la espeluznante Capela dos Ossos cuyo horror macabro no radica sólo en que esté profusamente decorada con huesos humanos, sino que los mismos pertenecieron a multitud (se dice que cinco mil) de ciudadanos evorenses difuntos y que fueron desenterrados y robados en el siglo XVI por los frailes del convento profanando los camposantos vecinos en uno de los mayores aquelarres necrófilos de los muchos que la Iglesia Católica ha perpetrado en su historia.


Bueno a lo que iba, que me embala mi correoso anticlericalismo. Pues que estaba yo ante la puerta de reciente factura de la casa que actualmente soporta el bonito mirador manuelino-mudéjar cuando en el fondo del portal entreví otra puerta decorada con uno de los típicos e inevitables adintelados de azulejos portugueses. El portal se encontraba en un estado lamentable, con piso escombroso y algunas basura esparcidas por él. La puerta de madera acristalada debía tener sus cincuenta años y conoció tiempos mejores y a través de los polvorientos vidrios unos inquietantes maniquíes vestidos a la moda de al menos la Revolución de los Claveles me decían a las claras que se trataba de una tienda de tejidos clausurada desde entonces.


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Fue el texto inscrito en el frontal del dintel de azulejo el que me sacudió el entendimiento. Porque en él estaba explicado el porqué del nombre de la casa. Yo me atrevería a asegurar que la obra de azulejo pertenece a la primera mitad del XVIII, cuando se pone de moda el uso exclusivo del azul y el blanco por influencia de las porcelanas chinas, pero desde luego hace referencia a un linaje que debía llevar al menos dos siglos enseñoreado en la ciudad. Eso a pesar de que no he conseguido encontrar referencias claras en la red al tal linaje ni a la tal familia. Sólo alguna vaga alusión a la familia Cordovis de Évora en alguna página de heráldica portuguesa.


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DE CORDOVA NATURAIS
SÃO OS CORDOVIS HONRADOS
LÁ E CÁ MUI ACATADOS
CAVALEIROS PRINCIPAES
FORAM SEUS ANTEPASSADOS


Y debajo, como una especie de firma un enigmático BISPO MALACA


El lema de la familia se despliega a lo largo de la metopa representada en trompe l’oeil y dice


NOBILIS FUERIS, SI HONESTUS ET IUSTUS FUERIS


Lema que ya podían adquirir los políticos actuales a los que se les llena la boca de petición de nobleza democrática.


Especialmente enigmático me parece ese LÁ E CÁ MUI ACATADOS (allí y aquí muy obedecidos) que parece hacer referencia a que allí, o sea aquí, en Córdoba, ya debian mandar lo suyo antes de ir a mandar portugueses.


Pero las sorpresas, por juego de analogías, no terminaron ahí. Al doblar la esquina de la Casa Cordovis donde terminaba el largo (plaza alargada) y comenzaba una calle estaban rotulados los nombres antiguo y moderno de la misma. El nombre histórico de la calle era Rua da Mesquita. El nuevo Rua d Augusto Eduardo Nunes Arcebispo de Evora. De donde se deduce que en la bonita ciudad de Évora no sólo se cuece la exquisita carne de porco a alemtejana y deliciosos caracois chicos en caldo de cornetillas, sino que también se cuecen las habas nacionalcatólicas de cambiar nombres populares de centenarias calles por los de reyes, roques, santos y frailes. Sobre todo si hacían referencia a su pasado islámico.


Y un último enigma. En Portugal se consideran las mejores aceitunas para encurtir las llamadas azeitonas cordovis. Partidas, ralladas, de lejía o de ajo.


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jueves, 6 de enero de 2011

CRETINALIA EPISCOPAL 2010


En la carrera por demostrar la capacidad de emisión de estupidez más acendrada en que están engolfados en los últimos tiempos los obispos españoles, los cordobeses, todos, orillando la ancestral y encarnizada división entre clericales y anticlericales, ateos y crédulos y narcocofrades y madres de adictos a la cera, tenemos que apostar conjunta y decididamente por apoyar a nuestro prelado. Esta ciudad no puede perder la inestimable oportunidad que la destilada calidad de las soplapolleces demetrianas le está brindando al colocar la marca CÓRDOBA en el ojo del mundo. Córdoba, pues, no puede permitirse el derroche de ese precioso combustible extra pero indispensable a estas alturas para la consecución de la Caspitalidad Uropea del Dormidisisái que está suponiendo el interés que provocan en los media las flatulentia vocis de nuestro querido obispo. Más cuando tras la lamentable pérdida de un valor de tan alta calidad expeledora de caspa como la huida Exalcaldiosa Rosa Aguilar, realmente andábamos desorientados.

Hay que reconocer que la competición está reñida y que desde el obispo tontolhaba aquel que afirmó, se supone que tras comprobarlo experimentalmente soplando en uno usado, que los condones tiene bujerillos por donde se puede preñá a la propia o ajena de turno, no habíamos recibido unas andanadas de cretinismo clerical tan divertidas. Y sobre todo desde la feliz temporada en que Bernadito de Tenerife expelió aquello de que los curas follaniños son víctimas de la tendencia libidinosa de ciertos infantes que tientan a los buenos y débiles clérigos, o el nuevo y boquitipiñonado Asenjobispo de Sevilla con aquel célebre regüeldo de que quienes educan a sus hijos en la racionalidad estricta los abocan a la delincuencia. Pero en los últimos días el obispo de Alcalá de Henares, Monse Reig Pla, precalentado tal vez por el reconocimiento mediático por sus famosas misas nazis, ha conseguido rascar unos metros más de pista con su afirmación de que los arrejuntaos cascan más a sus barraganas que los unidos en santo matrimonio católico a las propias. Que se lo ha dicho el Paráclito.

Tampoco hay que olvidar el temible spring del obispo de la Congregación del Clero el (Ex)Celso Morga con su afirmación de que de la afición a manosear chiquillos en las sacristías no tienen la curpa los cura que la prartican sino la sosiedá ehta que ehtá en crisi morá.

Difícil se lo han puesto todas estas afirmaciones a don Deme que en los últimos tiempos y desde que llegó a la ciudad iba claramente en cabeza con las suyas acerca del peligro de la morisma que trata de quitarle la catedral (antes muerta que mezquita) y solicitando el cambio de nombre de los monumentos cordobeses.

Pero es que además realmente Monse Deme se lo merese ér mihmamente propiamente por sí mihmo. Su entrenamiento viene de lejos. Don Demetrio estuvo muchos años durante su etapa tarazoniana dedicado en cuerpo y alma, como inquisidor titulado que era, a la búsqueda, persecución y condena de herejes arrianos relictos. La portentosa hazaña de detectar, denunciar y anatemizar en pleno siglo XXI a practicantes de una herejía que se extinguió en el siglo VI debió desgastar mucho el sistema neuronal de una persona de selebro limitado ya de por sí como el de nuestro manchego muchachote, haciéndole perder ya del todo la capacidad de entendimiento del lenguaje común, tanto en su apartado de veras como en el de bromas. Tal vez contribuyera a ello la impotencia de pundonoroso inquisidor de no poder relajar a los pillados al brazo secular para que los achicharraran merecidamente.

Así se entiende que nada más llegar a esta ciudad a tomar posesión del cargo que Susan Tidad, el de la Voz Varonil, le había reservado se despendolara absolutamente y se dedicara para asombro de propios y extraños a desbarrar como un poseso en temas tan variados como supuestas invasiones de la morisma, el cambio de nombre de sus monumentos y otras perlas demetrianas que tantas tardes de gloria nos están proporcionando a los aburridos habitantes de este ciudad. La explicación más plausible apunta con claridad a que no entendió muy bien adonde venía. O se lo explicaron con claridad y el pobre no se enteró. Es decir que alguien debería haber descubierto que cuando se le dijo al buen obispo que a venía a ocupar la SEDE DE OSIO, él entendió que lo que venía a ocupar es la SEDE DEL OCIO. Y claro, el pobre, de natural activo, martillo de herejes a tiempo total, acojonado por la amenaza de tanto tiempo libre se lanzó como loco a hacer bailar para entretenerse las tres neuronas y media que le quedaron en el selebro tras el terrible deshoje de las demás que le produjo la titánica persecución de relictos: La Neurona del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo, más la media de mantener el báculo erecto contra to lo que se menea.

Es en ese ámbito del desgaste y de su carencia de discernimiento de las bromas y la veras en el que hay que colocar justamente la perla con que don Deme ha vuelto a colocarse en cabeza del rankin de la estolidez episcopal. Porque de lo que se ha tratado es claramente de un mal entendimiento de un chiste. Podemos imaginar en un pasillo del Vaticano al cardenal Ennio Antonelli presidente del Consejo Pontificio para la Familia, aficionado a contar chascarrillos entre cónclave y conclavillo, rodeado de obispetes, preguntándole al corrillo: ¿Conoscete illum qui dixit? (¿sabéis aquel que diu?). Sí, hombre el de la conspiración de la UNESCO y los maricones... Y al aplicado don Deme tomando nota.

Dios le guarde así muchos años, Don Demetrio.

martes, 4 de enero de 2011

La funesta manía de no pensar

La funesta manía de no pensar se alía con la tendencia, parece que natural, a creer como compensación siempre lo que dictaminan los más sinvergüenzas o los más cretinos. ¿Qué se puede esperar de una sociedad cuyos estudiantes universitarios de disciplinas científicas están convencidos mayoritariamente de que el hombre no llegó a la luna porque en lugar de parase a pensar y acumular pruebas para afirmarlo o refutarlo científicamente creen al primer Iker Jiménez que se les pone a tiro?


Tras la visión de este reportaje sobre el tema de ESCÉPTICOS dan ganas de colaborar a que realmente esta sociedad llegue al desastre total que se merece.




MANTRA PARA HOY:
A ver si viene el cambio climático ese de verdad y nos folla a todos.
A ver si viene el cambio climático ese de verdad y nos folla a todos.
A ver si viene el cambio climático ese de verdad y nos folla a todos.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Los pelícanos del Caudillo


De las nueve personas que esperábamos en el cuerpo de campanas a que el motor de un montacargas arrancara a sonar de un momento a otro aquella fría mañana de marzo de 1971 tan sólo dos de ellas carecíamos de verdadera autoridad. Uno era el cámara del NODO. El otro yo mismo. La aparatosa estructura del artefacto elevador había tardado una semana entera en ser adosada a la pared norte de la torre y nadie parecía haber derrochado un ápice de dolor por ninguno de los agujeros que había sido necesario infligirle para asegurar la perfecta sujeción a su cuerpo. Una vez terminado el montaje se cerró el cajón con dos paneles de madera oscura en sus laterales de los que se colgaron por su parte interna sendos paños rojo siena bordados en grueso relieve con los escudos oficiales de España y de la ciudad de Córdoba. Para cerrar sus frentes se le instalaron dos puertas. Una interna, de fleje, metálica, que se abriría sólo por arriba y otra externa, corrediza, de grueso cristal blindado, que lo haría a nivel del suelo en la Puerta del Perdón y que permitiría a los exclusivos usuarios disfrutar de las vistas sobre la ciudad y la sierra mientras eran ascendidos. La base del cajón igualmente alfombrada de grueso paño rojo se nivelaba una vez arriba con el borde superior de la balaustrada a la que se había adosado una escalerilla forrada también del mismo material y que descendía hasta el piso del campanario. Desde allí rodeaba por ambos lados su cuerpo central hasta el escalón que daba acceso a la balaustrada sur de la que colgaba así mismo un paño más con el escudo imperial de la Victoria bordado en oro. El motor, completamente nuevo, lo había cedido un empresario de la construcción local que lo había adquirido ex profeso con el fin de rentabilizarlo doblemente: como señal de adhesión al Régimen en esta ocasión única y para usarlo posteriormente en sus propias obras para subir materiales. Pero no se le podía llamar montacargas, sino ascensor. Ante el descuido de un operario un inspector policial de los trabajos, oculto tras una máscara de manoletinas de espejo y bigotillo fino, lo había explicitado nítidamente en voz muy alta, para que todo el mundo lo comprendiese:

- El Caudillo no es una carga, que sea la última vez.

Porque el montacargas al que había que llamar ascensor estaba destinado a Él y sólo Él debía de estrenarlo. Las nueve personas que esperábamos allí arriba en el campanario de la torre de la Mezquita-Catedral de Córdoba habíamos tenido que subir andando por la estrecha y tortuosa escalera. El proceso de selección de los afortunados provocó una larga y cruenta lucha entre los aspirantes a quedar inmortalizados codeándose con el Generalísimo en aquellas alturas y en aquel momento histórico. El espacio era limitado y la seguridad de su Excelencia exigía el mínimo indispensable de asistentes. Incluso el alcalde de la ciudad había sido relegado A sus contenidas protestas ante el comité organizador protocolario se le argumentó que dado que Su Excelencia subiría con el Señor Obispo y con un escolta en el ascensor y contando con el otro que vigilaría arriba, su asistencia completaría el número de 13 personas en el lugar, cantidad a todas luces impensable por el proverbial respeto supersticioso que el Caudillo guardaba a ese número. Lo distinguí perfectamente allá abajo, en el Patio, rumiando su rencor entre las demás autoridades menores y la élite cultural oficial de la ciudad. Todos diminutos, perfectamente formados haciendo pasillo al camino principal, también alfombrado de rojo por el que Su Excelencia se acercaría a la Puerta de las Palmas tras bajar de la torre media hora más tarde.

Un escolta armado con un descomunal gualquitalqui cumplía su misión de vigilancia junto a la escalerilla del montacargas. El cámara del NODO se afanaba en los últimos ajustes del trípode que soportaba la enorme cámara cinematográfica que inmortalizaría el evento. Las verdaderas autoridades, formando un solo y compacto grupo, carcajeaban estentoreamente sus propias ocurrencias bajo las enormes campanas. Y yo luchaba denodadamente en mi propio rincón contra el nerviosismo que me iba atenazando progresivamente echando largas ojeadas al exterior unas veces y otras tratando de hacer sangre de humor con el estudio de las fachas y los arreos de sus uniformes militares caqui, blancos falangistas, rojos fajines unos y faldones de negros chaqués sobre grises pantalones de rayitas protocolarias otros. De sus cráneos planchados, calvas relucientes y voluminosas barrigas.

Pero la temida bola de fuego terminó por instalárseme en la boca del estómago y mi lengua por secarse hasta alcanzar la textura de la estopa, naturalmente descompensada por los líquidos corporales que se me escapaban por las manos que sudaban a chorros. Comprobé aliviado metiendo la mano en el bolsillo que el pañuelo estaba en su sitio para cuando fuera necesario secarla en el momento preciso del saludo protocolario, boqueé tratando de arrancarme algo de humedad del paladar y respiré profunda y rítmicamente para conjurar el inminente ataque de pánico. Más que la posibilidad de quedarme bloqueado cuando llegase la hora de cumplir con la misión por la que estaba allí me aterrorizaba el desbaratamiento del plan que había largamente amasado en la soledad de mi estudio. Mi amigo Flores, única persona a la que había puesto al corriente, casi consigue asustarme y convencerme de la insensatez de mi propósito. Pero al final fui yo el que lo acabé convenciendo a él de que merecía la pena correr el riesgo derivado del posible fracaso del plan ante la luminosa posibilidad de un triunfo. Al fin y al cabo todo este asunto había sido una locura desde el principio y sin embargo ahí estaba yo ahora mismo aguardando mostrar el fruto de mis titánicos esfuerzos a la voluntad que lo había consentido. Es verdad que los 17 millones de dólares que el rey saudí había puesto sobre la mesa de su Excelencia para el proyecto tras una visita al monumento en la que yo mismo le serví de guía y de providencial asesor, y su promesa de abastecernos con petróleo casi regalado durante décadas habían supuesto un imprescindible lubricante para convencerlo. Pero el trabajo base, la confección de una tupida red conspiratoria, la procura del ambiente propicio para ablandar su rocoso ánimo eran mérito exclusivo mío. Me había costado dos años recabar el apoyo de arquitectos con el suficiente prestigio, de historiadores del arte acreditados y sobre todo de las personas cercanas y con influencia en El Habitante de El Pardo. Y había sido decisiva la intervención del conde de la Bezoya que por influencias por mí manejadas consiguió deslizar suavemente en la oreja del Caudillo el huevo de mi proyecto y empollarlo con el calor de ilusión suficiente para conseguir su eclosión.

No menos arduo había sido el reto de neutralizar las poderosísimas presiones enemigas más cercanas. Las fuerzas contrarias, el poderoso Cabildo Catedralicio fundamentalmente habían luchado con uñas y dientes para hundirlo, amenazas de excomunión incluidas. Pero todas habían cesado fulminantemente con la orden de El Caudillo de llevarlo a cabo. A partir de ese momento la guerra se tornó sorda y la obediencia debida asecretó las presiones clericales para hacerme daño. Nunca dejaron de existir pero tuvieron que buscar retorcidos conductos ocultos para conseguirlo. Y algunos encontraron: llegaron a utilizar como munición el llanto desconsolado de mi beata madre. Pero en vano. Mi victoria estaba ahí abajo, bajo mi mirada en aquel preciso momento, en el enorme hueco que en el centro justo de la Mezquita daba fe por ausencia, flanqueado aún por las enormes grúas, de que ahí hubo durante cuatro siglos y hasta hace unas semanas una entera catedral católica que había sido cuidadosamente desmontada. Y eso no iba a ser todo. Su proyecto secreto que pensaba proponer al Caudillo hoy mismo por sorpresa, era pelar la torre, desenfundar el viejo alminar de Abderramán III y trasladar la estructura renacentista cristiana a hacer compañía a la catedral, que se estaba reconstruyendo minuciosamente unas manzanas más allá, en el solar trasero del palacio episcopal. Ello devolvería al entero monumento al prístino aspecto que tuvo cuando el rey castellano y sus huestes conquistaron la ciudad. Eso si los nervios no me gastaban una mala pasada.

No fueron el cultivo momentáneo del orgullo de mi triunfo ni el adobo de la esperanza del éxito de mi proyecto secreto los que consiguieron calmar mi desasosiego, sino la visión sorpresiva de los pelícanos. El cielo contenido en los arcos del campanario se tintó de repente de un ácido color violeta contra el que comenzó a avanzar, recortada nítidamente, una bandada de enormes pelícanos blancos. Movían moduladamente sus alas impulsando su extraño perfil de aves prehistóricas, avanzando con silenciosa lentitud por el aire congelado. Desaparecían por el lado izquierdo del campanario y volvían a aparecer por el derecho a los pocos segundos como piezas de un tiovivo o figuras de una lámpara mágica. La mansedumbre que imprimían a su vuelo me fue contagiando poco a poco el ánimo de manera que mi nerviosismo había desaparecido del todo cuando el gualquitalqui del escolta crepitó brevemente imponiendo un religioso silencio en los presentes. Una señal afirmativa de su cabeza seguido por el arranque del motor del ascensor provocó una reacción eléctrica en el grupo de autoridades que tomaron posiciones a lo largo de la pared derecha en riguroso orden jerárquico.

Los treinta segundos que tardó en subir el ascensor los pasé, absolutamente relajado, mirando los pelícanos. Sólo cuando por fin cesó el ronroneo del motor me acerqué al grupo, ocupando mi correspondiente último puesto.

La menuda cabeza de cernícalo de El Caudillo asomó tímidamente en cuanto el escolta recogió las puertas del ascensor. Sin moverla se le adivinaban los ojos tras las oscuras gafas barriendo el espacio de izquierda a derecha, como buscando algo o a alguien reconocible. Sólo cuando uno de los militares le dirigió desde abajo la palabra clave, Excelenciaaaa... fue saliendo del cajón con estudiada y muy torpe parsimonia. A pesar de su vistosa ancianidad nadie osó intentar ayudarle. Completamente vestido de blanco, con la pechera rebosante de gloriosa chatarra guerrera, su exiguo tamaño total contrastaba violentamente con el voluminoso vientre episcopal que le servía de fondo. Dio otro paso titubeante y comenzó a bajar lentamente los escalones para lanzarse de pronto a dar la mano a todos los presentes, como un autómata teledirigido. El señor Obispo le siguió descendiendo majestuosamente mientras se recogía la capa púrpura con una mano y mostraba ostensiblemente el anillo de la otra para que los enfilados lo fueran besando tras el saludo. Sus ojos despedían lanzas de fuego.

Cuando me tocó el turno el Excelentísimo Señor Ministro de Cultura me agarró del brazo y obligándome con un apretón a hacer una reverencia me presentó:

- Excelencia, el arquitecto Javier Monises, máximo responsable del proyecto, que explicará a su Excelencia los pormenores de las obras ya realizadas.

No conseguí ver sus ojos tras las gafas oscuras mientras me alargaba una mano fofa y fría que permaneció inerte al estrechársela pero me dio la impresión de que ni consiguió enterarse de lo que le habían dicho. Tenía los rasgos muy afilados y el labio inferior le colgaba tembloroso. Nadie hubiera pensado sólo contemplándolo el infinito poder que aquel ancianito desvalido acumulaba en esas temblorosas manos.

Cuando llegó a mi altura el Señor Obispo ni me miró. Me ofreció displicente el anillo y mientras lo besaba sentí su mano izquierda acercarse a mi costado, deslizarse rápidamente bajo mi chaqueta, atrapar un pellizco de carne y retorcerla como se retuerce un interruptor de la luz. El agudísimo dolor me cortó de cuajo la respiración y apreté los dientes automáticamente por efecto de la quemazón de los lacrimales pugnando por estallar e inundar de lágrimas mi cara. Una vez pasado el obispo tras soltar mi dolorido costado pude ver por mis húmedas ranuras oculares la risa contenida del escolta trasero que se había percibido del ataque y que me invitaba a continuar tras el prelado cabrón.

La pequeña procesión se puso en movimiento bajo la atenta mirada de la enorme cámara de cine y en menos de diez pasos había alcanzado la balaustrada sur de la torre. De nuevo la palabra mágica Excelenciaaaa sirvió de resorte para que El Caudillo subiese el escalón, se aferrara a la enguatada barandilla y se asomase al exterior. Una cerrada salva de aplausos subió directamente desde el patio como una nube de vapor asciende cuando se baldea el suelo de una calle cualquier mediodía de verano. La mano del anciano se alzó automática y comenzó a agitarse con un espasmo multiplicado, eléctrico efecto más que evidente del Parkinson que padecía. Los pelícanos seguían su imperturbable recorrido en redondo contra el cielo violeta y oro.

El Ministro volvió a agarrarme del brazo que yo mantenía pegado al dolor del pellizco y me instó a subirme al escalón a la izquierda del Caudillo, mientras a su derecha quedaba el Obispo que ahora sí, me fulminaba con una mirada de acero. Así que me dirigí con mi mejor tono envolvente al Señor de las Españas:

- Excelencia, tengo el honor de poder explicar a su Excelencia el estado general de las obras de purificación de la Mezquita –temblé de placer sintiendo cómo esa expresión hendía como un alfanje sarraceno las carnes del Señor Obispo- que su Excelencia ha tenido la amabilidad y el acierto de propiciar y que devolverán su prístino aspecto a uno de los monumentos más singulares y hermosos del mundo. La sala de columnas más bella que jamás un humano hubiera concebido, como acertadamente dijera un célebre historiador del Arte...

- Al grano.... -me cortó dubitativo el Caudillo con una algodonosa vocecilla.

- Monises, Excelencia, Javier Monises.

- Pues al grano, Monises.

- Bien, Excelencia, la complejidad del desmontaje de la estructura catedralicia nos ha hecho efectuarlo teniendo en cuenta un delicado juego de equilibrios para que ni siquiera un sillar supusiera el más mínimo peligro para el perfecto sistema de compensación de fuerzas con que el genial Hernán Ruiz lo concibió. Desde las tejas que cubren la cúpula hasta...

Y así fui explicando a Su Excelencia los trabajos en que llevábamos empleados desde hacía seis meses para extraer piedra a piedra la monumental catedral católica del centro de la Mezquita donde había sido incrustada por desatinado empeño de un orgulloso cabildo catedralicio del siglo XVI.

Sin entrar en demasiados problemas técnicos traté de conducir la explicación a la reconstrucción y reintegro del aspecto original posterior y el deseo de contar de nuevo con Su Excelencia para la inauguración de ambas, Mezquita y Catedral ya perfectamente separadas como dos siamesas que hubieran pasado por el quirófano.

El Generalísimo no parecía atender lo más mínimo, más pendiente de seguir con la mirada el vuelo de los pelícanos que de mis palabras. Así que no me extrañó que me cortara con la mano, volviera la cabeza hacia el Obispo y le preguntara:

- Y, Su Ilustrísima, ¿el Santísimo Sacramento ha sido correctamente trasladado?

- Correctamente, Excelencia, con todos los honores y bajo palio.

Y volviéndose a mí de nuevo El Caudillo me preguntó displicente:

- ¿Y existe algún peligro de que la Mezquita, una vez desmontada del todo la catedral se venga abajo como me ha indicado hace un momento su Ilustrísima?

- Imposible Excelencia. Se conservarán los potentes pilares renacentistas hasta que se reconstruyan las naves destruidas. Ni un imprevisible temblor de tierra podría dañarla. Al menos no más de lo que lo haría si no se hubiera hecho la obra.

- Bien, algo más que añadir...? –me preguntó volviendo ligeramente su cetrero perfil más hacia mí.

- Monises, Excelencia, arquitecto Monises. Pues si me permite Su Excelencia me gustaría comentar a su Excelencia la conveniencia de culminar la obra con la restitución a su estado original del alminar original del gran Califa Abderramán III, en cuya plataforma superior nos encontramos en este momento.

Una ardiente bocanada de cólera procedente del vozarrón del Obispo me alcanzó el rostro atravesando incluso el cráneo de El Caudillo:

- Monises, no estamos aquí para eso, ni es el momento ni a su Excelencia le interesan tus delirios destructivos. Ruego a Su Excelencia que le mande callar.

Pero Su Excelencia acababa de recibir una dosis de intriga suficiente como para necesitar despejarla.

- Déjelo que hable, deje Su Ilustrísima que me cuente.

Su temblorosa vocecilla se volvió más firme y adquirió un tono más seguro, entusiástico casi:

- A ver, ¿usted cree que eso sería posible? ¿Sacar el alminar moro? ¿Porque supongo que se tratará de un alminar moro como los que yo conocí en Tetuán...

- Mucho más hermoso que ninguno de los que Su Excelencia pudo nunca conocer. Y además fue el primero, Excelencia. Este alminar forrado por la torre en la que estamos fue el primero completamente cuadrado del Islam, el que sirvió de modelo para todos los demás que hoy se pueden encontrar en el norte de África. Podríamos considerarlo el padre de todos los alminares africanos. Sólo se trata de desmontar cuidadosamente los sillares que lo envuelven e ir descubriendo y restaurando la estructura original hasta dejarla completamente a la vista, libre, purificada de añadidos posteriores.

Con el rabillo del ojo veía al Obispo retorcerse y retorcer la capa, mostrando visibles gestos coléricos y ensayando imposibles marchas con cajas destempladas. Pero allí se quedaría hasta que yo terminara.

- Que se haga. Pero como se caiga la torre lo mando fusilar.

No me dio tiempo a sonreír ante la macabra ocurrencia de Su Excelencia porque el estruendo lo ocupó todo. Un estruendo ronco y bronco que llenó por dos minutos el espacio y el tiempo, la imaginación y la realidad. Del hueco central vacío de la Mezquita vimos salir una monstruosa nube de polvo que se elevaba hacia el cielo, pero que no impedía aún la visión de los tejados del templo quebrarse y hundirse consecutivamente siguiendo la carrefilera de las naves como si de un ejército de fichas de dominó se tratase.

El cielo se puso blanco y los pelícanos desaparecieron. Y sobre el mortal silencio que se hizo después sobre la ruina se alzó de pronto la voz del Generalísimo que con el tono exacto de los discursos de los documentales del NODO gritaba señalándome:

- Que-me-lo-lo-fu-siiii-len. Ma-ñaaa-na-al-a-ma-ne-ceeeer lo-quieee-ro fu-si-laaaado.

Los dos escoltas se acercaron como un rayo, transfigurados en soldados con morrión de plumas y casacas de trincheras y me atenazaron los brazos para llevarme hacia las escaleras. Así, conducido a la rastra, muerto de terror, pude ver aún la diminuta enfurecida, gesticulante figura de El Caudillo enmarcada por un voluminoso vientre episcopal agitado rítmicamente por unas carcajadas que dejaban entrever las podridas muelas de adicto a las delicias de obrador monjil de su Ilustrísima.

Cuando desperté el Caudillo ya no estaba allí.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Izquierda vergonzante cordobesa




Córdoba siempre fue una ciudad de profundas contradicciones. Tanto que un gran maestro de la descripción de espacios urbanos y caracteres humanos como Pío Baroja las coloca como sello local o aviso para caminantes lectores al principio de la novela, La feria de los discretos, cuya acción situó en ella. Así, dejó para siempre en la historia de la caracteriología geográfica humana universal aquello de que en Córdoba la Verdad está en el Campo, la Salud en el Cementerio y la Caridad en el Potro (1).

Y por supuesto las contradicciones no se quedaron sólo en eso. Quien tuvo retuvo y multiplicó pródigamente. La última de esas contradicciones cordobesas y la más terrible consiste en el hecho de que a pesar de ser la capital de provincia gobernada municipalmente por más tiempo (30 años) por políticos pertenecientes a lo más izquierdista del espectro político español ha conservado el mayor número de metros cuadrados de espacio urbano bajo la advocación nominal de los más siniestros personajes fascistas que la encanallaron durante el franquismo. A prueba de cualesquiera ley de Memoria Histórica que les quieran poner delante.

Efectivamente además de que la calle principal de esta ciudad gobernada aún por políticos que un día pertenecieron al Partido Comunista de España sigue dedicada a un cacique falangista, José Cruz Conde que fue el muñidor del triunfo local de la revolución fascista nacionalcatólica en la que fueron asesinados fríamente más de cuatro mil ciudadanos en tres años y convirtió la ciudad en un campo de concentración durante cuarenta más, de que una placa conmemorativa de las hazañas criminales de un general genocida gallea en una pared a menos de 100 metros del mismo ayuntamiento, de que la avenida que le da entrada lleve el nombre de un ministro franquista, Vallellano, de que una reciente alcaldesa de izquierdas (denunciada posteriormente como quintacolumnista de la rancia derecha local) dedicó una avenida a un desalmado obispo fascista con un amplio historial de incitación al odio racial y al fusilamiento de ciudadanos como medio de solucionar controversias políticas, otras crueldades onomásticas consiguen dejarlas en pañales.

Nada menos que tres de los barrios más importantes de Córdoba conservan aún los nombres de tres conspicuos personajes fascistas que en cualquier país de la Europa democrática permanecerían en los anales de la historia local de la infamia. Antonio Cruz Conde (Barriada Cruz Conde y Parque Cruz Conde), Fray Albino (Barriada y Colegio Fray Albino) y Antonio Cañero (Barriada Cañero).

Como de los dos primeros ya me he encargado en otras ocasiones (AQUÍ del fraile fascista y AQUÍ del cacique) apuntaré sólo un par de laureles que adornan el historial del que fuera militar, terrateniente y rejoneador aprovechando que recientemente un grupo de ciudadanos representantes del caspofacherío local le han rendido un homenaje conmemorando el 125 aniversario de su malnacimiento pretendiendo recabar fondos para erigirle un monumento, con el aplauso babeante del inefable Primo Jurado, y con el absoluto silencio de las presuntas fuerzas de izquierda locales.

Íntimo amigo y camarada en las tareas de agitación falangista del torero y mano derecha en las tareas de limpieza política y de guardaespaldas de Queipo de Llano, José García Carranza El Algabeño, el rejoneador Antonio Cañero aparece tras el golpe fascista del 18 de julio del 36 como organizador de los grupos de paramilitares que sembraron de terror entre los republicanos desarmados en los días posteriores. El Escuadrón de Cañero, como lo ha estudiado Francisco Moreno Gómez, estaba formado por caballistas de la capital, capataces y aperadores de las grandes fincas, señoritos acostumbrados a recorrer sus cortijos a caballo, aficionados a la equitación y mozos de las ganaderías bravas, que recorrían los campos armados de garrochas y escopetas de montería cazando republicanos, limpiando la sierra de marxistas, según el lenguaje de la prensa fascista de la época y sobre todo evitando la fuga de la capital de numerosas personas de izquierdas acosadas por el terror. (El genocidio franquista en Córdoba, pg. 190). Vestían a la campera y con sombrero cordobés o de paja con una escarapela con la bandera monárquica, la misma vestimenta que aún hoy día lucen, atrozmente, los guardabosques andaluces. Un horror más a sumar.

Un soldado franquista, Manuel León recordó posteriormente en entrevista a Francisco Moreno haber visto a Algabeño y Cañero mano a mano tirotear con fusiles de montería a los presos de la cárcel de Antequera. (El Genocidio franquista en Córdoba, pag. 528).

Así mismo se cuenta que tras fusilar a los campesinos huidos que conseguía atrapar en la sierra o detectar escondidos en los cortijos solía decir: ya tienen su Reforma Agraria.

A principios de los años 50 el señorito balaceador de rojos vivía amancebado con su amante, algo que sólo se permitía en la mojigata época a los muy ricos y a los muy fascistas. El propio obispo Fray Albino, el obispo fascista, nunca se lo tuvo en cuenta para frecuentar su amistad (Castilla del Pino, La casa del olivo, pag. 85). Y según cuentan los viejos del lugar sólo lo hizo para exigirle cuando le llegó el momento la taimada permuta de la extremaunción, bajo amenaza de purgar su pecado eternamente en el infierno, por unos terrenos de su propiedad en los que se edificarían posteriormente los barrios con que la Asociación Benéfica de su creación, La Sagrada Familia, trataría de desdibujar su responsabilidad en la intolerable miseria a la que el fascismo promovido por el obispo había conducido al pueblo de Córdoba. Sólo uno de esos barrios, el de El Campo de la Verdad, se libró de la ignominia de ser titulado con los nombres de los atroces fascistas que los promovieron. Los otros, Fray Albino y Cañero, el barrio donde yo mismo nací y me crié desconocedor del horror que escondía ese nombre, aún ofenden la memoria de la razón asesinada, la memoria del crimen.

Por eso mueve a sarcástica risa el que los políticos del Excelentísimo Ayuntamiento de exrojos vergonzantes cordobés se haya por fin decidido a dar un pequeño pasito apenas simbólico para honrar la memoria de los miles de víctimas del genocidio fascista, muchos de ellos supuestamente conmilitantes suyos asesinados por la acción directa o indirecta de los personajes cuyos nombres ocupan honoríficamente el mayor número de metros cuadrados habitados de la ciudad. Después de ¡¡¡30 años!!! van a colocar unos monolitos con los nombres de los aproximadamente 4000 asesinados constatados en los lugares del crimen, los cementerios. Sólo después de que la quintacolumnista que ha mantenido presuntamente secuestrada su condición de rojos haya acabado abandonando el barco por la primera maroma que ha encontrado. Después de haber recibido sin inmutarse la bofetada de una denuncia judicial promovida por familiares de los asesinados por obstruir las labores de recuperación de sus cuerpos amparándose en cuestiones presupuestarias (quién va a pagar los picos y las palas). Después de haber contribuido entusiasticamente a lo largo de estos 30 años no sólo al tradicional enmierdamiento de las paredes y las esquinas de las calles de esta ciudad con los nombres y los símbolos del nacionalcatolicismo criminal, sino a fomentar la atrocidad ética y estética del casticismo cofrade y taurómaco. Después de tanta mierda como han arrojado a la memoria de los huesos que se pudren sin justicia en las fosas comunes. Cuando sólo hubiera bastado con cambiar unos nombres. Eliminar de los documentos oficiales, de las paredes, de la memoria colectiva, la honorificación permanente de tantos genocidas como la siguen disfrutando y que en cualquier otro lugar civilizado penarían con la consideración de delito hasta el decir que fueron guapos. O denunciar los intentos de los caspofachas por seguir fusilando la memoria de las víctimas promoviendo homenajes, exaltamientos, intolerables limpiezas de los nombres de sus asesinos.





(1) Pío Baroja: La feria de los discretos, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1980. Este dicho que recoge Baroja ens su novela hace referencia a tres lugares de Córdoba cuyos nombres o ubicaciones se prestan a equívoco: el Hospital de la Caridad (actual Museo de Bellas Artes) se encontraba en la cervantina Plaza del Potro, llamada así por contar con una fuente en cuyo pináculo cabriolea aún un pequeño caballito. El juego de palabras está en la referencia al potro de torturas que usaba antiguamente (por fortuna) la Santa Inquisición. El barrio que se encuentra pasando el puente romano se llama El Campo de la Verdad por una batalla que en ese lugar se lidió en la Edad Media. Y al antiguo Cementerio de la ciudad se le conoce como Cementerio de la Salud por estar paradójicamente bajo la advocación de Nuestra Señora de la Salud.


viernes, 17 de diciembre de 2010

Villancicos lolailos pa los pollos


Es de sobra conocido que los mecanismos que engrasan la sociedad de consumo de los humanos inspiró el funcionamiento de las granjas industriales de gallinas y pollos. El sistema de encerrarlos en jaulas de piso en pendiente que los aboca a tener el pico constantemente metido en el comedero bajo una constante brillantísima luz artificial que les impide descansar y bajo potentes altavoces que emiten permanentemente música que los estimula a producir huevos a las unas y masa corporal sacrificial a los otros, fue fruto de la atenta observación de la conversión del ocio de los humanos en fuerza productiva mediante el consumo en los grandes almacenes. La publicidad que se nos cuela en casa vía televisiva hace las veces del suelo inclinado que hace que tengamos los productos a consumir a tiro de boca, la hipertrofia lumínica de los templos del consumo nos atrae, nos extrae de nuestras casas y nos excita engañando las neuronas especializadas en distinguir día y noche y la espiral musiquilla que no cesa de sonar nos introduce el alcaloide de la falsa alegría que nos excita el instinto picoteador.

Pero es en Navidad cuando la sobreestimulación alcanza verdaderas cotas de delirio que sólo la adaptación al medio nos permite soportar sin sufrir secuelas psicológicas demasiado visibles. Las propias administraciones se suman entusiásticamente haciendo suyas las técnicas de las empresas privadas sacando a la calle los elementos que en ellas incitan al consumo. Fundamentalmente las delirantes luminarias y decoraciones hiperbarrocas, recargadísimas de brillos y falsos metales nobles que invaden cada vez por más tiempo los espacios públicos costeado con dinero igualmente público.

El Excelentísimo Ayuntamiento de Córdoba se ha caracterizado desde siempre por su entusiasmo de contaminador lumínico festivo, pero este año ha dado un paso más y se ha lanzado vanguardistamente a otra forma igualmente atroz de contaminación estética navideña: la sonora. Así, nuestra iluminada concejala del ramo del turismo ha cumplido la terrible amenaza que hizo hace unas semanas de colocar un hilo musical por toda la Judería a través del cual, según sus propias palabras, se escucharán canciones navideñas. Se supone que para inocular el espíritu de estas entrañables fiestas, es decir el espíritu consumista, a los turistas que se atrevan a visitarnos con la que está cayendo. Y vaya si se vienen escuchando. Una serie de altavoces estratégicamente colocados en el emblemático espacio corazón de la ciudad, vomitan desde hace una semana sin cesar las canciones navideñas de la amenaza. O sea inacabables series morcillescas de esa forma de escatología musical que son los villancicos enlatados, que han conseguido hacer abominables por cantaminación a las pequeñas joyas de la poesía y la música popular alas que parodian. Pero la crueldad de nuestro Ayuntamiento ha ido mucho más allá porque las ristras escatológicas que perpetran los altavoces municipales pertenecen al género de villancicos flamencos, esas repugnantes lolailadas que el poeta Felipe Benítez Reyes definió no hace mucho como esa modalidad específica del flamenco en que a los cantaores y cantaoras parece que los persiguen los apaches para cortarles la cabellera. El terrible mantra de los peces hidrófagos, las aventuras de la burra camella rin rin o de los zorrunos pastorcillos en las epicenas voces enlatadas son infinitamente más insufribles aún en las sincopadas de los falsos lolailos aguardentosos. Uno acaba, entre vómito y vómito imaginando al Niño Jesús dotado de salvajes caracolillos pescueceros embadurnados de gomina y rodeado de rocieros portadores de las terribles armas de destrucción masiva: caña rota, flauta y tamboril.

Yo no sé si este pestiñazo seudomusical estimula el consumo de productos típicos en los turistas pero en los ciudadanos lo que estimula es el consumo de ansiolíticos en unos casos y de alicates y cizallas cortadoras de cables en los más graves. Y habría que ver lo que estimularían en las gallinas y los pollos si se les pusiera en lugar de los conciertos de Mozart, de Haydin e incluso, en los casos más urgentes, de Wargner, con que normalmente son incitados a comer pienso. Yo creo que acabarían desesperados tratando inútilmente de ahorcarse entre los barrotes.

lunes, 13 de diciembre de 2010

SACRO EHÉRSITO CATÓLICO HPAÑÓ

El Glorioso Ejército Ejpañol no sólo han estado estos días cumpliendo misiones de pacificación de rebeliones laborales en los tajos, sino también en las iglesias recibiendo adoctrinamiento político. La Hojilla Parroquial, también conocida como Diario CÓRDOBA, fiel a su condición de decana de la Prensa del Movimiento Inmóvil, escamoteaba ayer un dato fundamental para comprender la exacta naturaleza del yuyu mágico que se celebró ayer en la Mezquita (antes mezquita) de Córdoba con motivo de la festividad de uno de los avatares de la deidad femenina exclusiva de los católicos que irresponsablemente el estado asume como propia en patronazgo, la que celebra la obesión por la virginidad de la mujer (1).


El airoso plumilla encargado de su cubrimiento pincelaba de exquisita la liturgia episcopal, se requirraba describiendo una compuesta sinfonía mística de campanas, voces eunucas seminarias y milagrosos cielos azules y desgranaba los fosilizados mantras reaccionarios episcopales, pero olvidaba ostensiblemente mencionar la asistencia institucional de las más altas jerarquías militares provinciales, perfectamente uniformadas con guerreras-panoplias de gala cargadísimas de quincallaza honorífica y portadores de apolillados pendones que rendir o mantener enhiestos ante el ídolo que venera sólo una parte de la ciudadanía española. Es decir que no estaban allí ejerciendo su correcto derecho a la consumición de productos estupefacientes espirituales a título personal de rodillas ante un individuo extrañamente ataviado con una capa de recamados de traje de torero, transmutador mágicamente de productos terrenales en otros celestiales, sino como funcionarios de un estado que se autotitula como aconfesional y que tiene la obligación de mantenerse ecuánime y equidistante de las convicciones ideológicas de los ciudadanos, al menos cuando éstas no se manifiestan explícitamente en el juego de las urnas.

Pero lo peor no es que las instituciones del estado y en concreto una de tan peligrosas maneras cuando se mosquea asistan a los yuyus de una confesión religiosa particular, puesto que se podría alegar –injustificadamente de todas formas- que su motivación es simplemente de carácter cortés. No. Lo peor es que esa asistencia supone para los funcionarios de este estado la ineludible obligación de recibir adoctrinamiento político por parte de los ideólogos de una de las facciones que hoy día debaten parlamentariamente para imponer su visión de los condicionamientos éticos y políticos de la vida pública. De recibir sin posibilidad de réplica (en las misas no se pide la palabra) instrucciones morales y políticas que apoyan descaradamente a sólo una parte de las fuerzas del juego democrático. Esos valerosos guerreros supuestamente al servicio de todos los ciudadanos reciben sin pestañear las instrucciones de los ayatolas no electos, aunque asumidos rebañescamente (pastores y ovejas son sus propios símiles) como sus representantes, de un sector exclusivo de la población sobre lo que tienen que pensar sobre la homosexualidad, el derecho a la interrupción del embarazo, el derecho a una muerte digna e incluso la composición y carácter del estado del que son meros funcionarios (2). Adoctrinamiento por parte de una institución antidemocrática en su esencia y misógina, intolerante y profundamente discriminatoria en su práctica. En el caso cordobés además directamente de manos de todo un inquisidor titulado, Monse Deme Báculo Enhiesto, que ha demostrado su inquina personal contra la religión de otros ciudadanos y contra el pensamiento ético de otros y su capacidad de perseguir con saña las disidencias entre los suyos.

¿Alguien podría siquiera imaginar que esos mismos militares, representando disciplinadamente a la institución a la que pertenecen, acudieran a un acto de los representantes del pensamiento político contrario al que representan las jerarquías de la Iglesia Católica? Pues deberían hacerlo, sólo para compensar. Un acto cívico en el que se reivindicara el derecho de los ciudadanos a disponer del propio cuerpo como lo crean conveniente, a la planificación familiar sin mediación de instrucciones de un estado extranjero, al de decidir el momento y la forma de su propia muerte, a proponer libremente la forma de estado, la unidad o separación de las distintas partes de la patria, o el de educar a sus hijos en el ateísmo sin que los ayatolas católicos les puedan llamen impunemente irresponsables. Todas ellas apuestas claramente políticas que están en juego en la cancha democrática y que se debaten en el Parlamento en supuesta igualdad de condiciones. Eso si de verdad tienen asumido que son los defensores de todos los españoles en caso de que nos amenace un peligro externo. De todos. Porque yo no tengo por muy tranquilizador que a unos funcionarios que han de defendernos de determinados peligros se les adoctrine desde un punto de vista parcial que defiende los intereses de sólo una parte de la población, acerca de cuáles pueden ser esos peligros.

Seguramente exagero, pero por mucho que me lo disfracen yo sólo sigo viendo en este país y mientras él mismo no reclame imparcialidad absoluta, al mismo ejército que desde hace dos siglos sólo ha ganado guerras contra los propios ciudadanos más o menos desarmados, precisamente azuzado y adoctrinado por los administradores de esa fe a la que muestran continuamente sumisión. Y que aún no ha demostrado, al menos simbólicamente, lo contrario.

Pero sobre todo eso demuestra la gran mentira en la que esta asentado el estado español postfascista desde la supuesta democratización de sus estructuras.



  • (1) Yo ya es que no me entero. ¿La patrona oficial de la patria no era el otro avatar de la madre de uno de los dioses de los católicos representada pinchada en una columnilla que se venera en el horripilante sarcófago de Zaragoza?


  • (2) Ninguna otra religión, salvo la católica y la chiíta y ningún otro país salvo Viva Eh-paña e Irán participan de tal desatino. Ningún otro ejército del mundo es continua y explícitamente adoctrinado religiosamente por sacerdotes, gurús o chamanes como ellos. Los brahamanes hindúes se limitan a yuyear a los fieles uno a uno mediante untos en la frente y salmodias en sánscrito, pero jamás osarían adoctrinar a las tropas. Los musulmanes, salvo los mentados chiítas tres de lo mismo. Las tropas no entran jamás en una mezquita para recibir doctrina en una khutba. Ni siquiera fuera. Los imames tendrán un peso brutal en las sociedades islámicas pero no tienen derecho a adoctrinar masiva e institucionalmente a los soldados. De los budistas no digamos. Ni siquiera los rabinos israelíes adoctrinan explícitamente en las liturgias estrictamente religiosas. Sólo los ayatolas iraníes y los españoles son capellanes castrenses con mando en plaza real o delegada y derecho exclusivo a adoctrinar a los guerreros de la patria sin posibilidad de replica en las ceremonias religiosas. Amén.