(del laberinto al treinta)


sábado, 28 de abril de 2007

Adonis en COSMOPOÉTICA

Finalizado el festival COSMOPOÉTICA de este año, uno de los encuentros de poesía más importantes del mundo y que ocurre, casi de puntillas, en esta ciudad que se prepara para atiborrarse de adocenadas letras de sevillanas que parecen escritas con tinta de caspa, no me resisto a ofreceros la voz y algunos versos de uno de los poetas que han asistido a él. El sirio-libanés Adonis, el más grande poeta árabe contemporáneo, el renovador de la expresión poética en la lengua de los árabes, pasó por aquí, departió en una mesa con otros poetas en la Facultad de Filosofía, dejó unas gotas de su pensamiento en una entrevista que le hizo El País y otra El Día de Córdoba y aceptó la invitación a comer en su casa que le hicieron mis amigos H. y Zair. Por incompatibilidad de horario no pude asistir a esa comida y me perdí la oportunidad de conocerlo. Me cuentan que se trata de una persona llanísima, dueño de un agudo sentido del humor y de una vitalidad inesperada en alguien de su edad (nació en 1930). Nunca lo lamentaré bastante.

Me cuenta mi amiga H. que habiendo surgido el tema de Internet se confesó absolutamente ignorante acerca de él y asombrado cuando se le enumeró el volumen de información que sobre su persona y su obra existe en la red. Se interesó por un archivo de voz que mi amiga había conseguido bajar y confesó que nunca se le hubiera ocurrido que existiera, que se trata de unas lecturas de poemas que realizó para una radio de Beirut en 1971. Se lo llevó grabado en un CD. Os ofrezco un trozo del mismo al que yo, tal vez insensatamente, le he puesto un fondo de qanun del Ensemble Al Kindi.

Coloco además el texto en árabe del primero de los poemas que se escuchan y su traducción castellana, para la que he contado con la ayuda de mi amigo Zair.




............Brotaron las rosas en su arriate
............para encontrarse con él,
............estaba el sol desnudo
............en el otoño, con sólo un hilo de nube en su cintura.
............Así nace el amor
............en el pueblo de donde vengo.

viernes, 27 de abril de 2007

La Iglesia Católica española, asesina, cómplice...

... necesaria e instigadora de una de las mayores matanzas de demócratas programadas del siglo XX se cachondea de nosotros. Tendrán derecho a convertir a las víctimas de su bando en lo que les de la gana, en mártires o en supositorios, pero no a ofender nuestra inteligencia vendiéndonos la moto de la reconciliación. La Memoria Histórica no va a ser precisamente complaciente con ella.


Ojalá se pudran todos sus curas en ese infierno que han inventado para acojonarnos.


Nos ha dejado José Watanabe



ORGASMO
¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?

jueves, 26 de abril de 2007

De santos, cintas y tristes venganzas

Mi madre se pasa la vida peregrinando. Cada día de la semana se dirige religiosamente, después de meterse, también religiosamente, un contundente desayuno en la cafetería más cercana a su ermita, a los pies de un santo. En estas romerías cotidianas cada día de la semana le toca a uno y no son intercambiables los días con los santos. Creo que está estipulado así desde instancias superiores, o sea que no obedece al capricho de mi pía madre, sino a un reparto equitativo de los beneficios entre las diferentes iglesias. Lunes: san Apapucio de Antioquía; martes: el beato fray Benigno de Ringlera; miércoles: san Pancracio; jueves: santa Gema Galgani y así sucesivamente. Yo no sé muy bien la relación que tiene mi madre con el Dios Supremo en su Despacho Celestial, si le reza o le pide favores directamente, pero desde luego a sus subordinados, en las distintas Delegaciones Terrenales, los tiene fritos. Ella siempre dice que nunca pide nada para sí misma, que sólo pide para su familia, o sea para nosotros. Yo a los dones que más les temo son a los de San Pancracio, gran prodigador de salud y trabajo, porque si bien de lo primero nunca viene mal una sobredosis, del segundo, siendo funcionario como soy, la verdad es que espero que no se tome muy al pie de la letra la petición materna y me atiborre de más pesadas labores que las que ya soporto. Cuando yo era estudiante mi madre iba a pedirle a un santo que responde al gracioso nombre de San Expedito, que me concediera buenas notas, independientemente, claro, de que yo hincara mucho o poco los codos. Yo siempre le decía que le exigiera al mirífico calificador de notable para arriba, que para aprobados ya me bastaba yo solo. Mi madre me sufría el sacrílego cachondeíto irreverente con mucha resignación y sin arredrarse, pero yo, a pesar de mi proverbial incapacidad credulicia, aún ando escamado por algunos aprobados que conseguí milagrosamente. El otro día me enteré que aún sigue yendo a pedirle al académico santo por las notas de sus nietos, y tal vez esta vez también para ella misma, porque se ha apuntado a una escuela de mayores, y anda como loca con los quebrados.

Pero de toda la historia postulante de favores de mi madre a los intermediarios celestiales yo guardo un cariñoso recuerdo de la solemne y estrafalaria performance que organizó cuando me tuve que ir a la mili y hubo de ir a solicitar que me tocara un buen destino, sin muchas guardias, y lo más libre posible de sargentos chusqueros. Resulta que eso se pedía a un tal San Judas, barbado y circunspecto sujeto de veneración que habita en un cuadro de la Iglesia del Juramento de Córdoba. Cuando sólo me quedaban unos días para ser secuestrado por un año por el Estado posfascista y entregado en manos de la infamia militar, mi madre me apremió a celebrar la ceremonia del santo que, me contó, consistía en presentarse bajo el cuadro con una larga cinta verde y en compañía de una joven mocita, aunque en estado de merecer, que no fuera de la familia, para que midiera con ella la propia estatura del santo. Lo medido se doblaría y se cortaría en dos de manera que una parte quedaría colgada bajo el cuadro y la otra iría conmigo al cuartel.



Mi madre me preguntó si yo conocía a alguna chica que reuniera las condiciones para la petición. Bueno, ya sabéis a qué hace referencia exactamente la palabra mocita en estas circunstancias... Como yo en la Facultad no hubiera puesto la mano en el fuego por ninguna de mis compañeras, salvo, quizás, por Piedrasanta, la faldilarga cursillista de cristiandad de mi clase, a la que no me apetecía pedirle el favor, le dije a mi madre que la buscara ella en el barrio. En aquellos tiempos no eran las inmaculadas chavalas tan difíciles de encontrar en el medio popular como ahora, dada la represión sexual que todavía sufríamos. Así que se fue a casa de una amiga suya y regresó con ella y con su hija, una granujienta mozuela a la que yo conocía vagamente. La madre de la muchacha, claro, encantada. La muchacha misma no me pega que tanto por un cierto rictus de terror que apenas podía disimular y una cierta resistencia que opuso, no demasiada, por supuesto, dadas las circunstancias.

Así que nos fuimos los cuatro a la iglesia y allí cumplimos religiosamente la ceremonia. Recuerdo que incluso había una escalerilla provista por el propio templo para tal fin. El primer trozo de cinta quedó colgado a los pies del santo y el segundo cuidadosamente doblado y guardado en un pequeño costurero que me habilitó mi madre, haciendo compañía a botones, agujas y bobinas de hilo negro para cuando ya estuviese en el cuartel. Invitamos a ambas a merendar y dimos por bien echada la tarde.

Me pasé una mili asquerosa. Pero asquerosa de verdad. En Almería, en una especie de fuerte en mitad de un inmisericorde desierto y con el elenco de oficiales y suboficiales más salvajes del salvaje ejército pretejerista español. De verdadera puta pena. Hice más guardias y más maniobras y me cascaron más hostias (hostias, sí, hostias) que patadas les hubiera metido yo en los huevos a aquella infame panda de hijosdeputa si no hubiera corrido el riesgo de pudrirme en un castillo el resto de mi asquerosa vida.

Cuando llevaba seis meses en aquel infierno cargada ya suficientemente mi batería de odio contra los militares para varias vidas y había olvidado ya la existencia de la cinta, mi madre me escribió una carta que me sumó en la más negra de las depresiones. ¡Que desgracia más grande, hijo mío! me decía, presa de la desesperación, la Mari Nuri, la hija de mi amiga Patro, la que te midió el santo, se había comido el arroz antes de tiempo y tiene un bombo que no cabe por la puerta de lado. La casan a la carrera la semana que viene.

El otro día fui, después de veintiocho años, a hacerle una foto al santo para escribir este post. Descubrí con horror que aún no lo había perdonado, que el rencor volvía intacto a invadir mi pecho como aquel aciago día del terrible descubrimiento. Vi cientos de cintas verdes que colgaban bajo aquel puntilloso cabrón. Así que he decidido pasar el resto de mi vida allí debajo, sentado en el banco frontero tratando de convencer a todas las beatas que le vayan con la cinta a pedir sus favores de que un santo que es capaz de joderte la vida por un quítame allá ese virgo sólo puede ser un delegado de Satanás, un íncubo de la fe, un mamonazo hijo del infierno, ahora que el buen Benedicto XVI ha puesto las cosas clara sobre él. De vez en cuando consigo espantarle la clientela y entonces noto cómo un bálsamo refrescante, cómo el vichvaporub fresco y mentolado de la venganza cumplida invade benéficamente los envenenados cuévanos de mi pecho.

NOTA: El maravilloso San Pancracio que ofrezco como ilustración es un reciente regalo de mi amiga Concha. De los chinos: san Panclasio, pues. No se lo he preguntado aún pero me intriga sobremanera saber qué fue lo que la movió a ello si la mala cara que presentamos últimamente o la sospecha de que andamos demasiado descansados. De todas formas ha sido debidamente colocado en nuestra galería de idolos junto al Buda de la enigmática sonrisa, Parvati, Shiva y nuestro favorito, el dadivoso Ganesh.

domingo, 22 de abril de 2007

Melilla: productos caducados para Marruecos

No hago más que darle vueltas al asunto ese del intento de pucherazo del Partido Popular (marista-lepenista) en Melilla con la falsificación de votos por correo. No es que me haya sorprendido. El sistemático rapto de votos en asilos regidos por monjitas es una práctica manifiestamente conocida de la formación nacional-católica española. Así que era de esperar que dieran un pasito más allá. Pero a mí lo que realmente me ha llamado la atención ha sido un detalle surgido lateralmente en el corpus de la noticia. Las fuentes de la Guardia Civil han asegurado que el descubrimiento del fraude les sobrevino por sorpresa cuando investigaban, mediante escuchas telefónicas, a una imprenta sospechosa de falsificar etiquetas de productos alimenticios con la fecha de caducidad alterada. El destino de esos productos era indudablemente el mercado marroquí, del que viven la mayoría de los comerciantes de la ciudad. Los agentes aceleraron el desenlace de la investigación con el allanamiento de la imprenta al descubrir que alguien había dado el soplo al gerente del PP que había hecho el encargo, cuando éste llamó inmediatamente al impresor para exigirle la urgente destrucción de las pruebas. Pero mi mayor preocupación es ahora mismo saber si la investigación del delito contra la salud pública de sus vecinos pobres del sur por parte de comerciantes e impresores de la ciudad autónoma quedó inconclusa.

Aunque supone un alivio saber que la Guardia Civil de Melilla se dedica a perseguir ese tipo de delitos en lugar de a investigar la vida privada de sindicalistas como han venido haciendo sus colegas de Ceuta, es preocupante la sospecha de que desde la plaza de soberanía española se viene inundando el mercado marroquí con miles de productos alimenticios caducados. Productos que consumen las familias marroquíes, hombres, mujeres y niños, y que además pagan sobrevalorados. ¿Es un fenómeno puntual? ¿Se han conocido más casos? Espero que la noticia del pucherazo pepero no oscurezca la notificación pública del resultado de la investigación de este otro asunto y se tomen las medidas preventivas y judiciales pertinentes.

En el caso de las papeletas el fraude hubiera dado lugar a un pucherazo electoral.

En el caso de las etiquetas se juega con la salud y la vida de miles de personas.

viernes, 20 de abril de 2007

Acerca del verdadero origen del TANGO

Acicatado por las rollizas ampollas que están levantando en el mundo del flamenco y de la copla mis últimos descubrimientos, por los sarpullidos en el campo más ortodoxo y purista del folklorismo inmovilista, por la sarna envidiosa de los que se consideran sacerdotes de las esencias andaluzas, he redoblado mi esfuerzo, que es ya deber patriótico, de seguir buceando en los orígenes de nuestras más arraigadas tradiciones musicales. Sólo el conocimiento nos hará libres. Sólo la luz solar de la verdad y no el neón de las teorías encorsetadas merece iluminar el callejón de nuestro saber, el camino del conocimiento de quienes somos, de dónde venimos (y ya de paso: a dónde vamos / si estamos solos en la galaxia / o acompañados).

Y hete aquí, vaporoso (y últimamente incrédulo lector), que buscando entre mis viejas y olvidadas cintas, excitado mi celo indagatorio por la suerte obtenida recientemente, he encontrado otra increíble prueba que revolucionará un campo, hasta ahora tangencial, de mis estudios musicales: los BEREBERES, ese pueblo agreste y casi desconocido, que sólo han pasado a la historia, aparte de por ser los productores del mejor polen del mundo, por haberle dado al Glorioso Ejército Español más palos que a una estera en su heroica Guerra de Liberación, armados sólo con jurásicas espingardas, son el origen, aparte de de la textura sanguínea de los vascos, de buena parte de la música que hoy se escucha en occidente y cuyo origen permanecía sumido en la más profunda de las ignorancias. Las evidencias empiezan a ser contundentes.

El TANGO, así como lo oyes, el tango argentino también nació en las agrestes montañas del Rif. Me ha costado fijar los detalles, porque realmente la idea misma nace con el estigma del absurdo en su túrgida frente, pero no hay duda: la realidad acaba a veces desmintiendo a las movedizas leyes de la improbabilidad. Resulta que intrigado por el sorprendente contenido de una de las cintas de mi cajón sin fondo que ando estos días escuchando febrilmente y que me recordaban inequívocamente a la textura musical de los tangos de GARDEL que tanto me gustan, decidí investigar. Así, embargado de emoción, encomendé a Sidi Google, la versión árabe del omnímodo buscador, el seguimiento del nombre del cantante que a duras penas conseguí leer en la desportillada carátula la cinta: Abu ‘Amar al Qafishí. El embargo se convirtió en taquicardia desbocada cuando conseguí traducir lo que AL OUIQIPEDIYYA decía sobre él:

ABU ‘AMAR AL QAFISHÍ: Músico marroquí de origen beréber que emigró a Argentina en 1900 donde continuó su carrera de intérprete de las formas tradicionales folklóricas (al gotaníyya) de la región del Alto Rif, concretamente de la kábila de los Banu Lundarfi a la que pertenecía. Aunque se ganaba la vida vendiendo higos chumbos (tunas en Argentina) como sus antepasados, en el "Mercado de Abasto de Buenos Aires" fundó en sus ratos libres una orquesta que con instrumentos occidentales, a falta de los originales, reproducía fielmente la puras melodías de sus raíces rifeñas. En 1913 grabó un disco de pizarra que recientemente ha sido remasterizado en los estudios de Sidi al-Hifi de Tánger en el que muestra sus más logradas interpretaciones y que han invadido los stands gitatorios de las gasolineras de todo el Alto Magreb.

Y adivinad quién se encontró en uno de sus husmeantes devaneos rifeños uno de ellos sin saberlo. No hace falta que os esforcéis mucho:

EXACTAMENTE: este humilde escribidor de blogs que trata con mediana fortuna de iluminaros.

Las preguntas subsiguientes fueron, por supuesto: ¿Y dónde aprendió a cantar Gardel? ¿Dónde bebió la música que luego fundiría en el crisol de su genio para crear el tango moderno? En Abasto, claro. En el mercado, donde el canijo Carlitos jugaba de pequeño entre las cajas de fruta y los cuerpos sangrantes de las reses muertas. Indudablemente tuvo que conocer al gran músico BEREBER, al gran Qafishí, el turco neocriollo, en cuyo cafetín prototanguista podemos y debemos imaginarnos al polluelo Gardelito, sentado en el suelo de un rincón, absorviendo con la esponja cruda de su mente abierta aquellas músicas que un día él mismo recrearía para pasmo del país austral y del mundo entero.

A la espera de un estudio mucho más profundo del nuevo y reciente descubrimiento de este vuestro confeccionador de blogs favorito os dejo este botoncillo de muestra:

Se trata del tema Rahaita ma’ ajar, baqaitu fundí (te fuiste con otro, me quedé rajao):

A los lingüistas dejo la investigación de las concomitancias entre la lunfardariyyia, el dialecto específico de la kabila rifeña a la que perteneció Al Qafishi y el habla canalla de lumpen porteño, que perfuma con sus términos exóticos las ásperas letras del tango.

Y quedo esperando la reacción de los fundamentalistas del arte gardeliano que no tardarán en mostrarme sus dientes nicotinados o en mandarme a dos giles pa que me partan la raca. Que esos, che, no se andan con futesas milongueras.




OTROS DESCUBRIMIENTOS:

martes, 17 de abril de 2007

viernes, 13 de abril de 2007

FEDERICO Y EL CAMBIO CLIMÁTICO

He conseguido eliminar mi mala conciencia. Ya no me sentiré acongojado por el arrepentimiento cada vez que disfrute un poco más de lo necesario bajo la ducha, ni cuando encienda el brasero un poco antes de sentarme para que se caliente la mesa, ni cuando use mi vehículo privado para ir a trabajar. Nada, hombre, no pasa nada. Federico Jiménez Losantos ya para siempre El Pequeño Talibán de Sacristía, me acaba de tranquilizar definitivamente sobre la verdadera naturaleza del CAMBIO CLIMÁTICO.


Yo siempre le tuve mucha confianza a don Federico. Su ojo clínico para fijar los problemas y a los enemigos de Eh-paña iluminan cada mañana el camino de mi patriotismo. Pero ese ojo clínico no nos serviría de nada sin esa esa precisión verbal que lo acompaña y que Dios (mediante la intersección de la Confe Episcopal) le ha dado, esa habilidad magistral en el manejo del escalpelo de su lengua con que disecciona cada día y una a una las fibras musculares de nuestga sufgida patgia. Esa finura descriptiva, esa penetración psicológica, esa capacidad de sugerir con el pincel de su palabra hasta los matices más delicados de la realidad política española. ¿Quién en el Hemisferio Patriótico Occidental es capaz de un análisis comparativo como el que os ofrezco, desagradecidos lectores, a pesar de que lo guardaba para uso estrictamente propio, del histórico debate Aznar-González del año 93?, Digno sin duda de ser reseñado con letras de oro en los Anales del Periodismo Político Universal.


Dios (aunque insensatamente no creas en Él) te siga bendiciendo Federico.

jueves, 12 de abril de 2007

"LA CAZA SALVAJE" DE JUARISTI

Como anuncié en la anterior entrada A mí me bautizó un cura nazi me disponía a leer la novela de Jon Juaristi La Caza Salvaje. Y ya la he acabado. He de decir ante todo que me ha encantado. Me lo he pasado bomba con la rocambolesca historia de mi cura de Santa Marina contada por alguien con verdaderas dotes de narrador y con capacidad de imprimirle un inesperado sentido del humor, que ha conseguido incluso arrancarme alguna carcajada. La verdad es que temía no reconocer al personaje que yo conocí en el relato, en caso de que fuera el mismo, cosa que entonces quedaba todavía por ver. Definitivamente se trata de Don Martín de Arrizubieta Larrinaga, por más que lo camufle junto con los demás nombres de personas y lugares, por otra parte de una manera voluntariamente no esforzada. Así, Mundaca, su pueblo natal, se convierte en Mendiaga, los psiquiatras cordobeses Carlos Castilla del Pino y Pepe Aumente en Marcos Astilla del Fresno y Pepe Ausente, el escultor Agustín Ibarrola, Valentín Ibarguchi, el poeta vasco Gabriel Aresti, MIGUEL EZQUERRAGabriel Errasti, la iglesia de Santa Marina de Aguas Santas, Santa Margarita de Antioquía, etc. Otros por el contrario mantienen sus nombres originales: el polígrafo Julio Caro Baroja, al que nos presenta entre falangistas en la cueva de Zugarramurdi en una cómica escena tocando la chirula para un improvisado bailarín de aurresku, el general nazi Wilhem Faupel, el falangista Miguel Ezquerra, el propio Juaristi en su doble versión de autor y personaje novelesco, en un bonito juego final nivolesco o pirandelliano (por los que yo tengo debilidad), etc.

EL TEXTO

Lo primero que rezuma el texto es alegría. Se nota que el autor también se lo ha pasado bomba escribiéndolo y dotando al esquema de vida conocida del cura de carne narrativa, de peripecias imaginadas y de humor. Y que le ha servido para derrochar sus conocimientos sobre muchos temas en los que es experto: leyendas y cuentos de variados orígenes, principalmente europeos, historia y fundamentos mitológicos de varios nacionalismos, correspondencias filológicas de diferentes palabras que muestran las corrientes subterráneas que comunican tantas lenguas entre sí... Muchas páginas de disquisiciones, muchas, sí, pero todas interesantes, perfectamente imbricadas en la trama mediante diálogos vivos y perfectamente resueltos. El título de la novela hace referencia precisamente a uno de los mitos más extendidos en las diferentes tradiciones europeas: el del Cazador Salvaje, condenado a cazar sin descanso y a disparar sobre toda pieza que se ponga a tiro, emparentada también con el del Judío Errante. Sus exégesis atraviesan toda la novela.A veces sorprende con guiños literarios absolutamente delirantes incrustando sin avisar en las descripciones versos de Góngora, Calderón, de Miguel Hernández (umbrío por la pena, casi bruno) (pg. 335) e incluso una cita dislocada de Vargas Llosa (¿cuándo se jodió el liberalismo aquí y en Lima, Recondito? ) (pg. 380).

RELATO REAL

DON MARTÍNEn cuanto al tema de su dependencia de la realidad histórica me he quedado bastante confuso. Supongo que Arcadi Espada no tardará en arremeter contra Juaristi como ya hizo con Javier Cercas ( en sus Diarios, 2005 ) a cuenta de Soldados de Salamina en su defensa de la verdad frente a la ficción en los que se han dado en llamar relatos reales, a los que tacha poco menos que de imposturas dolosas. Yo no voy a entrar en esa diatriba. Me suelo sentir muy a gusto en la literatura que deliberadamente manipula la realidad comprobada con fines artísticos y por otra parte entiendo las razones de Arcadi, aunque me temo que las dicte desde una autoridad moral que nadie le ha concedido. Y con el ceño innecesariamente adusto que parece serle propio.Pero es que en este caso la lógica curiosidad que todo relato real puede acicatear en los lectores para calibrar el grado de realidad o historicidad de lo narrado, en mí deviene, por razones obvias, en prurito insoportable. El reciente descubrimiento del profesor Núñez Seixas de tantos elementos ocultos en la biografía de mi cura de Santa Marina y las múltiples máscaras que adoptó a lo largo de su apasionante vida me ha lanzado a una loca carrera en busca de detalles concretos, de datos fiables. Y teniendo en cuenta que ese era el fin exclusivo que me movió a leer la novela se entenderá la frustración que me ha embargado al descubrir no ya que los datos comprobados históricamente y los elementos de pura ficción forman en el relato una amalgama homogénea en la que es imposible distinguir lo real de lo inventado como lógicamente exige para su funcionamiento el buen artefacto narrativo que es, sino la ocultación cuidadosa de las fuentes utilizadas por el autor para el ensamblaje. Lo que se echa de menos es una especie de apéndice bibliográfico y de fuentes utilizadas. Pero no ya para saciar mi propia sed de conocimientos, sino porque incluso se detectan pequeños fusilamientos de textos ajenos que se usan sin citar el origen.

Es el caso de descripciones y de diálogos que Juaristi copia casi literalmente del libro de memorias de Castilla del Pino La Casa del Olivo. Un botón: la conversación de Astilla del CARLOS CASTILLA DEL PINOFresno con don Martín tras el desayuno de éste con el Caudillo (pgs. 354-55):

A usted le quería ver –dijo el médico- No se habla de otra cosa en Córdoba que de su intimidad con los Franco. ¿Cómo le ha ido con el sapillo y señora?
- Nada de sapo, Marcos, ¡mucho cuidado! Franco es una persona sincera, cortés, amable, muy interesada por las cuestiones sociales que se le exponen. No, No, Marquitos, no te pases. El Caudillo es una persona educada y tolerante. Creo que nos hemos equivocado con él.
- Ya, eso es justamente lo que yo me decía. Que Franco es un buen tipo. Nos persigue, nos tortura y nos fusila, pero es por nuestro bien. Me alegro de que usted me lo confirme.
- No le juzgues a la ligera, Marcos. él es inteligente, bastante más de lo que pudieras pensar. Y sabe escuchar. Es una lástima que no le hayas conocido como yo.
- Y ¿qué me decía que le dieron para desayunar?
- No te he dicho nada
del desayuno. Creo que fue chocolate con churros. ¿Por qué lo preguntas?- Por nada, cosas mías. No ha podido salirle a Franco más barata su conversión, don Martín.

Puedes compararlas con el texto de Castilla que yo citaba el otro día aquí mismo en la anterior entrada de este tema. No sé si el propio Castilla le ha dado permiso para usarlo, porque desde luego no es un dato histórico de uso público, sino que pertenece, aunque haya sido publicado, a la memoria privada del propio Castilla. Así que por puros escrúpulos profesionales debería haberlo hecho constar.

OCULTACIÓN

Pero si pongo este ejemplo no es para denunciar nada, sino para mostrar la aguda desazón que me asaltó al imaginar la posible utilización de otras fuentes de interés sin que fueran citadas. Porque lo que no acabo de entender es cuál es la razón por la que oculta, no demasiado esforzadamente, es cierto, la personalidad real del protagonista de su novela. Cuando además el propio Juaristi había hablado de él con su verdadero nombre en un antiguo artículo de ABC, al parecer tras la lectura del artículo del profesor Núñez Seixas y una vez recuperado de la sorpresa. En Córdoba es fácilmente reconocible y en el País Vasco me imagino que también. Muchas de las escenas que transcurren en este último lugar seguramente ocurrieron tal cual las narra el autor y quedará quien las recuerde, amén de que sean de primera mano, porque es cierto que Arrizubieta (nos lo precisó varias veces a P. y a mí) fue amigo del poeta Aresti y que Juaristi se considera discípulo de éste último. Y de que debió conocerlo personalmente no cabe la menor duda.

Por otra parte parece que comete graves errores comprobables a juzgar por algunos datos que el profesor Núñez Seixas dejó en los comentarios de mi anterior entrada. Fundamentalmente en lo referente a la caracterización de Miguel Ezquerra como un conspicuo nazionalista vasco cuando la realidad es que el aguerrido SS español fue falangista hasta la médula y hasta la muerte y por tanto creyente en la Sagrada Unidad de España.

Referente a las aventuras de la primera parte, las que trascurren en España, Francia y Alemania sería interesante conocer las fuentes que ha utilizado y la historicidad de lo narrado. No estoy seguro pero creo que el descubrimiento del pasado nazi de Arrizubieta se debió al profesor Núñez Seixas, probablemente al investigar sobre la personalidad del editorialista y principal articulista de la revista Enlace el órgano de propaganda nazi en español en el Berlín durante 1944-45. Y que después debió ahondar en el curioso personaje hasta dar con el memorial que presentó en Roma en 1946 al PNV en el exilio para tratar de justificar sus rocambolescas e infames actuaciones desde el principio de la Guerra Civil Española. De todas formas muchos de los datos que aporta Núñez Seixas están en la novela alterados o son obviados directamente. Los referentes a su posible estancia en campos de concentración, por ejemplo, han sido barridos de ella. ¿Utiliza Juaristi otras fuentes? ¿Se trata de pura ficción?

ANTINACIONALISMO

En cuanto a que la novela sea una especie de ajuste de cuentas con los nacionalistas vascos, de lo que él mismo se ha puesto la venda antes de que le llegue la pedrada, no creo que lo sea más que El Bucle Melancólico, que ya lo es sobradamente, por ejemplo, aunque en La Caza Salvaje el uso de la sátira y del cachondeo le proporcionan un arma mucho más ácida. Un botón: unos días antes de la caída de Berlín, son llamados Abadía y otro nazionalista vasco que defendían heroicamente la Cancillería del avance ruso al búnker de Hitler para que éste los condecore. Una vez ante él el Führer les ofrece la nacionalidad alemana. Los fanáticos abertzales declinan la invitación si tienen que perder la vasca. Hitler pierde los estribos y después de despacharse a gusto con los putos vascos que le llevan tocando los cojones desde que el enano de Franco lo hizo esperar dos horas en Hendaya los manda a tomar por culo. Una vez fuera tienen que soportar ser de nuevo abroncados por el propio Goebbels cuando intentan justificarse:


- Y no me vengan con la matraca de que ustedes son los primeros europeos. Los primeros europeos, los neandertales, se extinguieron hace la tira de años. Si ustedes son neandertales y no se extinguieron cuando les tocaba, pues a joderse. ...O sea que, hale, fuera a matar rusos. Por cierto, ¿quieren llevarse unas capsulitas de cianuro? aquí van a sobrarnos... (pg. 247-48)



Al más puro estilo del programa de humor vasco VAYA SEMANITA.

Las aventuras de Yugoslavia parecen muy traídas por los pelos. Me imagino que éstas sí que son puramente ficcionales y que su inclusión por Juaristi se debe a su intención de proveerse de una oportunidad y una excusa para teorizar sobre la esencia de los nacionalismos en un escenario donde tanta sangre se ha derramado por su causa. Aunque no desmerecen del resto de la novela, las teorizaciones que incluye en esta parte adolecen de previsibilidad ventajista. Los personajes hablan (con Tito recién entronizado) de un posible futuro (el de la Yugoslavia sin Tito) que está descaradamente calcado de los acontecimientos históricos recientes lógicamente ya conocidos por el autor.

En fin, que acabaré recomendando la novela por sus propias virtudes literarias. Y no pierdo la esperanza de que el propio Juaristi, en alguna entrevista o mediante cualquier otro medio se decida a proporcionarnos más pistas sobre los misterios de sus fuentes en un futuro no muy lejano. O habrá que esperar a que el profesor Núñez Seixas, como pareció apuntar el otro día en este mismo blog, se anime a escribir una biografía estrictamente académica de nuestro increíble cura de Santa Marina.

SORPRESA SOBREVENIDA

Como sorpresa final me entero en Wikipedia de algo que no sabía. Juaristi se convirtió al judaísmo hace unos años. Yo le había leído algunos artículos virulentamente sionistas en defensa del derecho de Israel a machacar a los palestinos, a robar sus tierras y su agua y a mantener un repugnante apartheid en su propio territorio. Y le había visto agitar sistemáticamente el espantajo del sionismo contra cualquier crítica a los gobernantes judíos. Con todo, siempre he intentado separar sus obras y muchas de sus otras ideas de ese vector de su pensamiento y de su actitud moral. Pero lo de la conversión me parece ya el colmo de la pedrá en la chola. Con su pan y su kippa se lo coma.



PRIMERA PARTE: (A MÍ ME BAUTIZÓ UN CURA NAZI)

sábado, 7 de abril de 2007

Acerca del verdadero origen de la COPLA

Embriagado aún de orgullo, gaseosos lectores, por el impactante descubrimiento del verdadero origen del flamenco del que este humilde escribidor de blogs os hizo recientemente partícipes (a vosotros y al mundo entero, claro) y por el interés clamoroso con que lo habéis acogido me he engolfado un poco más en el asunto y he comenzado a tirar del hilo histórico y geográfico de mis largos paseos de etnomusicólogo amateur por los más agreste parajes del norte de África hasta dar con un nuevo, impactante y revolucionario descubrimiento que desgarrará inmisericordemente la hasta hoy coriácea piel de la historiografía folclórico-andaluza.

A pesar de que a ese embriagamiento he de sumar estos días de Semana Santa el enajenamiento que el terrible alcaloide embotador neuronal de la ineludible y fatal triaca cofrade (cera, incienso y azahar) produce en mis hipersensibles sentidos, no he dejado de pensar en el asunto. A esa misma obsesión indagatoria he achacado el hecho de que en la madrugada del Lunes Santo, en plena FASE REM de mi plácido sueño, un profundo temblor me sacara bruscamente de él y me descubriera sentado en la cama absolutamente desorientado y empapado en sudor. La causa, enseguida lo supe, fue el asalto del que fui víctima por parte de una relampagueante imagen-recuerdo que desde hace muchos años vivía agazapada en el más profundo sótano de mi memoria. Una vez despierto del todo y con la obsesión intacta la, al principio, borrosa imagen se fue aclarando progresivamente hasta que conseguí enfocarla en su más tensa nitidez. Allí estaba, como una secuencia de película en sepia que comenzara a pasar completa ante mis ojos. Fue en un perdido aduar de la harka de los Beni-Urriaguel, al norte de Alhucemas, a mediados de los años 90, mientras me tomaba un té en la humilde morada de un lugareño que practicaba conmigo el deporte favorito de todo buen musulmán que se precie: tratar de agotar la paciencia del forastero mostrándole todas las fotos de su familia (1), cuando una de ellas, amarillenta y desportillada, llamó poderosamente mi atención. Estaba fechada en su dorso en 1930 y en ella posaban ante un grupo de chumberas un desdentado rifeño con albornoz rayado, la capucha medio caída dejando ver un viejo fez en su cabeza y a un apuesto muchacho con uniforme de soldado español de la época, portadores ambos de una franca y luminosa sonrisa. Tanto el rostro del soldado como su pose, un tanto afectada, me resultaron extrañamente familiares, pero no conseguí en aquel momento ubicarlos. Pregunté al lugareño por aquella foto y me contó que se trataba de su abuelo y de un soldado español, Miguelito, que hacía el servicio militar en Algeciras, pero que viajaba frecuentemente a Alhucemas de maniobras, y aprovechaba para alargarse al aduar a que su abuelo le enseñase a cantar. Ante la extrañeza que mostré por tan extravagante relato me explicó que su abuelo era el mejor intérprete de las canciones tradicionales del pueblo, unas canciones que sólo allí se cantaban y cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Y que al soldado español que las había conocido gracias a su amistad (y me guiñó el ojo picaronamente) con un moro de este mismo pueblo que conoció en Málaga, le gustaron tanto que vino a beber directamente de la fuente, concretamente de mi la de mi padre. Vino varias veces y desapareció dejando un grato recuerdo en forma de picadura de caldo de gallina y Agua de Carabaña (2) entre los lugareños. Tras mucho insistirle conseguí que me vendiera por 10 dirham y dos paquetes de Fortuna una vieja y mugrienta cinta que había grabado su abuelo en Tetuán un año antes de morirse y que me aseguró compungido, se trataba de la única y última muestra del particular género que quedaba, ya que los jóvenes de la Cábila con el veneno del rai, de Miguel Yacsón y de Gulio Iklesia, como él los llamaba, lo habían acabado olvidando definitivamente. La cinta la metí en la guantera del coche, nunca la escuché y me olvidé por completo de ella.

Pero la revelación me vino con el reconocimiento repentino en sueños del soldado de la foto. De pronto lo vi todo claro No cabía duda. Aquella cara inconfundible. Aquella pose tan ambigua. Aquella profundidad en la mirada... No podían pertenecer sino al gran... MIGUEL DE MOLINA. Mi cabeza comenzó a dar vueltas como una noria loca, pero conseguí frenarla en seco. Salí de la cama me eché agua fría en la cara y me conecté a la red. Tras rezar una oración a San Google, y tras unos segundos de búsqueda encontré la página que me confirmó que mi respuesta era.... ¡¡¡ACERTADA!!! Miguel de Molina tuvo un novio moro en Málaga e hizo la mili en Algeciras en 1930. Así que todo encajaba perfectamente. El guapo intérprete malagueño fue, como todo el mundo sabe, el creador de la copla andaluza tal como la conocemos hoy, el inspirador directo con su voz y su estilo de los escritores y músicos que para él compusieron Ojos Verdes, Triniá y tantas otras que fueron el germen del más castizo de nuestros géneros musicales patrios. El forjador de ese estilo andaluz de canción que ha acabado representando, subido en una bata de cola, a toda la tierra española por todos los rincones del mundo. Los compositores se limitaron a dar forma y a poner letra al torrente musical que él llevaba dentro. Y tan dentro... Luego vinieron los abanicos, los faralaes, los caracolillos pegados a la frente con saliva... Y la guerra civil. Me fui corriendo al cajón donde conservo las aproximadamente 2.500 cintas que he ido acumulando a lo largo de docenas de viajes y allí, en el fondo del todo, tras una tercera búsqueda y cuando lo daba ya por perdido, apareció el tesoro.

Transido de emoción la limpié, apreté los machos del reproductor y....



El intérprete del impactante registro que acabas de escuchar, fosfórico lector, y que nos ha legado esta incomensurable preciosidad desde las agrestes montañas del Rif, respondió al nombre de Rachidi ibn Filali, aunque fue conocido por su nombre artístico de Zeituni al Hozeimi (Oliverio de Alhucemas en Melilla) y el tema que interpreta se titula Ahia Munira (Qué mal pago que me das, morena).



Bueno, ya veis. Con este nuevo descubrimiento se acaban de esfumar de un plumazo todos los sustentos de las añejas y hasta hoy incontestadas teorías sobre el origen de la COPLA, aquellas extravagantes suposiciones que mezclaban a Lorca, Falla, la zarzuela y el cuplé picarón en la ridícula redoma de fusión de donde habría surgido esplendorosa la más racial de nuestras manifestaciones musicales. Pues no, brumosos lectores, la verdad era menos complicada, ya que una vez más hay que volver a decir bien alto que los hechos diferenciales más sustanciales de esta Andalucía nuestra provienen, al igual que la sangre de los vascos, de los BEREBERES.



(1) Y eso que no tienen bautizos. (VOLVER)
(2) El agua de Carabaña era muy apreciada por los cabileños dado el endémico estreñimiento que padecían a causa de su inmoderado consumo de higos chumbos. (VOLVER)



OTROS DESCUBRIMIENTOS:

1. EL VERDADERO ORIGEN DEL FLAMENCO

2. EL VERDADERO ORIGEN DEL TANGO

lunes, 2 de abril de 2007

A mí me bautizó un cura nazi

Un ternísimo Harazem siendo bautizado por un cura nazi

No todo el mundo puede decir lo mismo. Bueno, no todo el mundo que no haya nacido en Córdoba y que no haya sido cristianado en la parroquia de Santa Marina entre los años 50 y 80 del siglo pasado. Efectivamente, durante esos casi 30 años fue párroco titular de esa preciosa iglesia fernandina del siglo XIII situada en uno de los más castizos barrios de la ciudad un personaje novelesco y pintoresco dueño de una trayectoria vital a medio camino entre lo estrambótico y lo siniestro, entre lo esperpéntico y lo picaresco: Martín María de Arrizubieta Larrinaga. No fue un personaje que dejara indiferente a nadie que lo conociera. Por muchas razones que enumeraré más tarde. Pero lo que nadie podría haber sospechado ¿o sí? es que durante un tiempo de su vida hubiera ejercido de nazi redomado, el máximo responsable del aparato propagandístico nazionalsocialista en lengua española. En Berlín. Entre septiembre de 1944 y marzo de 1945. Redactor principal y editorialista de la revista Enlace en la que llegó a defender abiertamente la sustitución del régimen de Franco por otro directamente controlado por el partido nazionalsocialista alemán. La recompensa sería la independencia de Euskadi. Parece ser que todos esos datos han sido descubiertos hace muy poco por el historiador gallego Xosé M. Núñez Seixas, especialista en temas de fascismo y nazismo que los ha publicado en el número 51 de la revista Historia Social (2005) en un artículo titulado ¿Un nazismo colaboracionista español?: Martín de Arrizubieta, Wilhelm Faupel y los últimos de Berlín (1944-45).

Ahora podrán cerrarse algunos de los interrogantes que permanecían abiertos en la vida de ese portentoso impostor.



DON MARTÍN Y YO

Aunque yo fui bautizado por este cura en esa iglesia mi vida transcurrió en un barrio obrero de la periferia y no volví a tener contacto con él hasta mediados de los años 70, en que, a causa de unos estudios de demografía cordobesa del siglo XVII en los que andaba engolfado con mi compañero P. para la Facultad de Historia donde ambos estudiábamos, nos vimos en la necesidad de consultar prolijamente los archivos parroquiales de varias iglesias. Fue precisamente en la de Santa Marina donde encontramos mayores facilidades para desempeñar nuestra tarea y a ella nos acabamos dedicando por completo. Si el viejo cura no se interesó demasiado por nuestro trabajo sí que lo hizo directamente por nuestras ideas políticas. Una vez convencido de que éramos unos rojos de pro como él nos adoptó como confidentes de sus aventuras, desventuras y pensamiento político. Se confesó marxista, nacionalista vasco y revolucionario. La versión que nos dio de su vida era fascinante.


Vista de la puerta de la sacristía de Santa Marina.

Había nacido en Mundaca (Vizcaya) en 1909, en una familia de marinos mercantes. Nacionalista vasco de aliento aranista en su juventud, fue estudiante de teología y filosofía en la Universidad de Lovaina donde aprendió alemán y leyó a los filósofos germanos en su texto original y se hizo jesuita. Vuelto al País Vasco le sorprendió la guerra civil: se alistó en un batallón de gudaris y consiguió huir tras la victoria franquista a Francia donde finalmente fue hecho prisionero por los nazis.


De su estancia en un campo de concentración procedían la mayoría de las anécdotas que nos contó en los meses que estuvimos yendo a la parroquia. Nuestra tarea era contar los matrimonios, bautizos y defunciones anotados en los libros de registro a lo largo de todo el siglo XVII para confeccionar estadísticas. Al ritmo que nos imponían las interrupciones del cura supimos que tardaríamos el doble de lo que habíamos planeado. Pero lo escuchábamos con gusto, a veces fascinados, aunque de vez en cuando nos diera el barrunto de que le patinaban ya las neuronas más de la cuenta. A veces nos enviaba a alguno de nosotros a un colmado vecino a por un litro de vino, un cuarto de jamón y una bolsa de palillos. Soplaba con alegría y muy pronto se calentaba con el vino y multiplicaba las narraciones, reconstruyendo las conversaciones en alemán con los guardas del campo y con los otros prisioneros, ya que fue obligado a ejercer de intérprete por su dominio de las lenguas francesa y alemana.


Cuando acabó la II Guerra Mundial pasó clandestinamente a España para ir a ver a su madre en Mundaca, su pueblo natal, siendo capturado por la policía franquista y enjuiciado por un tribunal de guerra. El sumario, lo señalaba él con su propia mano, alcanzó un palmo de grueso. Condenado a muerte le fue conmutada la pena finalmente por su condición de sacerdote por la de exilio. Y allí estaba, exiliado desde el año 47 en aquella parroquia de Santa Marina, bregando entre beatas y falangistas. Ahora, 30 años después, no recuerdo nítidamente ninguna de aquellas anécdotas, pero sí que recuerdo la fascinación que me produjeron en el marco de la vieja sacristía, envueltos por el olor a humedad, a papel antiguo. Los ojos desencajados del viejo cura tras las gafas eternamente empañadas y las bolitas de saliva que se le escapaban cuando se exaltaba. El marxismo estaba más vivo que nunca, no se cansaba de decir, y lo que Andalucía necesitaba era un partido nacionalista radical, con su brazo armado si hacía falta. Odiaba a los señoritos del PSA (Partido Socialista Andaluz).


Nosotros le replicábamos poco y le contradecíamos menos aún a pesar de que calibrábamos perfectamente sus contradicciones. e incluso le descubrimos los textos de Samir Amín, el pensador marxista egipcio autor de la Teoría de la Dependencia, cuyas obras completas encargó a la librería vasca que lo surtía cada mes de savia revolucionaria y euskalduna. Su alegría fue mayúscula cuando descubrió que el pensamiento de Amín venía como anillo al dedo a sus paranoides delirios políticos. Era simpatizante de ETA y amigo de Alfonso Sastre, con quien se reunía cuando subía al País Vasco por vacaciones. Allí debió de rodearse de un círculo de gente que aparentemente lo admiraba y le reconocía su valía revolucionaria. Eso al menos cabía deducirse de sus comentarios.

Unos días antes de la ya histórica gran manifestación por la autonomía de Andalucía del 4 de diciembre de 1977, don Martín nos dio el dinero suficiente para que compráramos cuatro banderas blanquiverdes y nos pidió que las colocáramos en los cuatro barandales del campanario. Fueron las banderas más altas que se vieron en la ciudad aquel día. Después nos contó que había recibido llamadas amenazantes por aquel hecho, llamadas que él localizaba como provinentes del bloque de viviendas construidas en el lugar donde se alzó el palacio de los Condes de San Calixto, sede hasta los años 60 de Falange en que fue delictuosamente demolido. Se trata del conjunto situado en la Puerta del Rincón, junto al cine Isabel la Católica, entre la calle Adarve y el Callejón del Conde de Priego, que lleva a la plaza de Santa Marina. Según el cura aquellas viviendas se habían repartido entre los jerifaltes falangistas de la ciudad, lo que daba idea de la ideología de sus moradores.

También nos contó que en 1953 había sido obligado a decir una misa para Franco y su esposa que a la sazón se alojaban en el vecino palacio del Marqués de Viana y que éstos, amablemente, lo habían invitado a desayunar. También contaba cómo fue el descubridor de la famosa Anita la de la Peseta (Ana García de Cuenca) una especie de vidente-profeta-medium que hablaba con Dios y escribía a su dictado que sufrimos en esta ciudad por una larga temporada. Pero por sus comentarios dedujimos que el asunto se le había acabado escapando de las manos y por aquel entonces parecía guardarle ciertos rencores a la paranormal feligresa. La verdad es que nunca nos encajó mucho su participación en aquel pringoso asunto, pero pensamos que su larga travesía bajo el sol inclemente del franquismo por un desierto cultural como aquel barrio, viviendo justo enfrente al mamotreto a Manolete, debía haberle reblandecido las neuronas. Por otra parte escribía poemas muy místicos en vascuence que nos traducía y recitaba pomposamente con una voz engolada, mientras nosotros tratábamos de esquivar a duras penas el fuego graneado de sus perdigones salivares. La parte de mi familia que aún vivía en el barrio me contaba que la feligresía lo tenía considerado como un tipo raro y muy huraño.

Plaza de Santa Marina. Frente al horrendo pisapapeles dedicado al fino matarife Manolete la iglesia homónima. A la izquierda al fondo, con dintel amarillo, la casa donde vivió el párroco.

Nos hablaba a veces de sus contactos con las escasas fuerzas progresistas de la ciudad y nos animaba continuamente a que no dilapidáramos nuestro ardor revolucionario en banalidades políticas. Pura acción, recomendaba vehemente. Aborrecía con toda su alma a los jóvenes cofrades que pululaban alrededor de los santos de su iglesia, porque consideraba un intolerable despilfarro de fuerza juvenil la malsana afición con la que llenaban sus vidas. La verdad es que nos lo pasamos muy bien con él y llegamos a tener la sensación de estar tocando mitología histórica izquierdista de primera calidad.

Cuando terminamos el trabajo perdimos el contacto con él. Nos enteramos casualmente de su jubilación y de su regreso a su pueblo natal Mundaca. Pero poco después P. se lo encontró en la calle Mayor de Santa Marina y le contó que había regresado, que no había encontrado su sitio en el País Vasco y que ahora vivía en una casa de vecinos del barrio cuidado por una antigua feligresa encariñada con él. Un día de 1988 encontré su esquela en el Diario Córdoba.

Hasta hace muy pocos años no tuve de nuevo noticias suyas. Leyendo la segunda parte de las muy piadosas memorias de Castilla del Pino La casa del olivo (Tusquets, 2004) encontré una referencia en ellas a don Martín. El psiquiatra hablaba de los años de plomo del franquismo y de la organización clandestina de las fuerzas progresistas de la ciudad. Aunque larga, la copio entera porque no tiene desperdicio:


Para informarme de pisos de alquiler fui a ver a Pilar Osuna Fernán­dez de Bobadilla, de una familia linajuda de Écija, con casa en Córdoba, en el paseo de La Victoria. ........... La Osuna me recibió muy amable, le expliqué a lo que iba y que pensaba establecerme en Córdoba; me dijo que la acompañara a ver a las Sepúlveda Courtoys, dos hermanas que vi­vían con la madre en el inmenso caserón-palacio del Realejo, cerca de la iglesia de San Andrés (aún vive allí una de ellas, María Luisa). Estábamos charlando los cuatro cuando se presentó el cura de San Andrés, el coad­jutor de la parroquia, y las Sepúlveda nos invitaron a merendar. El cura se llamaba don Martín de Arrizubieta, un cura vasco, que en seguida mar­ginó a las tres mujeres y se dedicó a hablar conmigo de Nietzsche, del que citaba en alemán párrafos enteros. Era evidente que trataba de des­lumbradas, y a mí de hacerme saber que no era un cura cualquiera. Don Martín era gordo, de estatura algo más que mediana, de barba cerrada y oscura, de pelo grasoso. De su sotana, que desprendía un olor a sudor rancio perceptible a unos dos metros, asomaba un cuello duro que ha­bría sido blanco semanas antes, pero que ahora ofrecía una tonalidad grisácea y, en los bordes, netamente oscura. Las uñas, seriamente negras. Don Martín tenía una costumbre notable: con el índice y el pulgar de la mano derecha cogía una de las pastas de la bandejita, la acariciaba en­tre sus manos y a continuación se la zampaba; luego, miraba sus dedos manchados de grasa y, como solución, se acariciaba el pelo; de esta for­ma a su pelo, ya graso, le añadía la grasa de sus dedos, y a su vez la gra­sa de sus pelos se adhería a la de sus dedos (un intercambio infernal).

Unos veinte días después don Martín se presentó en el hotel para solicitar mi ayuda. Un chico de diecisiete años, de una familia conoci­da, había cogido la pistola de su padre, militar de alta graduación ya re­tirado, y se había disparado un tiro en la sien en su propia casa. El obis­po de Córdoba, fray Albino Menéndez de Reigada, dominico, se negó a que se le enterrase en sagrado y pretendía que lo llevaran a una especie de corraleta para suicidas, antiguos masones, ateos declarados, etcétera, del cementerio de San Rafael. Para la familia representaba una tragedia in­superable, añadida a la de su muerte. Don Martín me pidió que le re­dactase algún informe de donde se pudiera deducir que el suicidio deri­vaba de un trastorno mental; tal vez así convencería a fray Albino de que el muchacho no era responsable de su muerte. Yo accedí a su peti­ción, siempre y cuando tuviera una entrevista con el padre que me pro­porcionase datos sobre los cuales sustentar mi diagnóstico retrospectivo y necesariamente ambiguo. Así se hizo, y el desgraciado muchacho fue finalmente enterrado en el panteón familiar.

Años después traté más asiduamente a don Martín. Nunca me pa­reció persona de fiar, más por su inconsistencia que porque fuera lo que llamaríamos crudamente un chivato (como alguna vez se dijo). Se decla­ró, si no rojo, sí antirrégimen, y nos hablaba de su estancia en un campo de concentración alemán: no era fácil creerle. Desde luego, parece que estaba en Córdoba en calidad de desterrado por sus actitudes separatis­tas. Era un hombre dominado por sus pasiones, intolerante e impulsivo. Una cosa le exasperaba hasta hacerle perder el control: el que alguna de la cohorte de sus feligresas dejara de serle incondicional. Cuando una de las asistentes a sus círculos de estudio -como se denominaba a una es­pecie de seminarios que se celebraban en las sacristías y en los que se tra­taban temas teológicos para seglares- le confesó que consultaba conmi­go, montó en cólera y, sin recato, empezó a descalificarme de modo tan apasionado que consiguió el efecto contrario al pretendido. Cuando con motivo del centenario del nacimiento de Freud (1956) di seis confe­rencias introductorias al psicoanálisis, escribió, sin firma, un artículo en el Boletín Episcopal denunciando las doctrinas perniciosas que alguien -no me nombraba pero no podía ser otro que yo- propagaba por la ciudad, alguien a quien comparaba con el sexólogo de la época, el doctor Hirschfeld. Siempre pensé que fue un error el que, como contaré en su momen­to, se le incorporase, unos cuatro años después, a nuestras reuniones más o menos conspiratorias, surgidas a partir de la publicación de una revista que se tituló Praxis. La policía nunca estuvo más al tanto de nues­tras actividades, y no creo que se debiera a otra cosa que a su versati­lidad y su incontenible charlatanería; bastaba que algún policía de la se­creta y de su parroquia se llegara a verle para que, aunque sólo fuera por presumir, le hablase de nuestras reuniones. Al fin, prescindimos de él y no volvimos más por la casa parroquial, en donde alguna vez nos reu­níamos. Cuando, en 1953, Franco vino a Córdoba y se hospedó, como mucho antes había hecho Alfonso XIII, en el palacio del marqués de Viana, don Martín era ya párroco de Santa Marina, el barrio del citado palacio. Se le avisó de que al día siguiente, a las nueve de la mañana, debía celebrar la misa en la capilla del palacio para el general y su mujer. Así lo hizo. Después de la misa y de impartirles la comunión, el matrimonio Franco le invitó a desayunar junto con algunos del séquito. Charlaron un rato, según nos contó, acerca de los años inmediatamente anteriores; al parecer, cada vez que don Martín decía «guerra civil», Franco, sin lla­marle la atención de manera explícita, contestaba enfatizando la deno­minación de «alzamiento nacional». Enterados por la prensa local del citado desayuno, acudimos ansiosos a la semana siguiente a la casa parro­quial para enteramos de los detalles. «Don Martín, ¿cómo fue el desayu­­no con el sapillo?», le pregunté impaciente. «Nada de sapo, ¡cuidado!», me respondió, y añadió: «Franco es una persona sincera, cortés, muy interesada por las cuestiones sociales que se le exponen... No, no, Fran­co es una persona educada y tolerante... Creo que estamos equivocados y que se le juzga a la ligera. Es una persona inteligente, una persona que escucha». Le pregunté en qué había consistido el desayuno. «Un crois­sant y una taza de chocolate», me contestó. «Pues no ha podido salirle a Franco más barata su conversión, don Martín», le añadí.
(pgs.61-63)


Don Martín (de pie) en 1965 en una cena- homenaje que le tributaron sus feligreses. A su derecha el alcalde Guzmán Reina.


DON MARTÍN Y EL HORROR

Pero hace unas semanas mi amigo P. me llamó por teléfono para comunicarme que Jon Juaristi acababa de ganar el premio Azorín con La Caza Salvaje, una novela basada en la vida de don Martín. Me dijo que él había encontrado en Internet hacía casi dos años un artículo de Jon Juaristi en el ABC en el que hablaba de cierto artículo publicado en la Revista de Historia Social donde su autor el profesor Xosé M. Núñez Seixas seguía la pista de la peripecia vital de don Martín y lo situaba en el Berlín de 1944 como conspicuo propagandista nazi. Después de reprochar a mi amigo el no haberme avisado entonces busqué y encontré el artículo de Juaristi, enmarcado en la polémica sobre la impostura de Enric Marco, el que fuera presidente de la Asociación de prisioneros de Mauthausen ocultando que nunca estuvo en ese campo de concentración.

Al principio no estuve de acuerdo con él en que por las declaraciones de Juaristi tras el fallo del premio pudiera colegirse que la vida del protagonista de la novela estuviera directamente basada en la de nuestro cura de Santa Marina, a pesar de que incluso había utilizado su nombre de pila, Martín. En El País del 02/03/2007 pudo leerse lo siguiente referente a la novela:

En la novela, Juaristi parte del mito de los cazadores infernales del bosque para relatar la vida de un cura vasco "pícaro, oportunista, sin convicciones y sin escrúpulos que decide que para sobrevivir" en el periodo comprendido entre la Guerra Civil Española y el nacimiento de ETA "tiene que mentir y traicionar".


Juaristi (Bilbao, 1951) ha explicado en rueda de prensa que se trata de una novela de ficción en la que el protagonista, Martín Abadía, "tiene un referente real" que ha existido y cuya influencia ha pesado en el nacionalismo vasco entre la entreguerra y los años de aparición de la banda terrorista. Ha rechazado desvelar la identidad que inspira a su personaje, pero ha confesado que éste "puede rastrearse a través de la memoria del siglo XX" y puede ser que quien lea la novela en el País Vasco, sobre todo de su generación y de la anterior, "lo reconozcan al instante".

Yo me incliné más porque esa identidad fuera la de Arzalluz, pero después de encontrar el siguiente resumen del argumento en La Casa del Libro me parece que la razón está con mi amigo:


Martín Abadía, un cura vasco nacionalista, disoluto y sin escrúpulos recorre el siglo xx en pos de un evasivo sueño totalitario. En medio de la violencia política y de los impulsos criminales que seapoderan de Europa, aprenderá a sobrevivir mediante la impostura y la traición. A lo largo de medio siglo –desde los primeros vagidos de la Segunda República hasta el golpe de estado del 23 de febrero de 1981–, las andanzas de Abadía por la España recién salida de la guerra civil, la Francia ocupada, la Alemania nazi, la Yugoslavia de Tito y el despertar de la oposición al régimen de Franco ilustran el destino de los nacionalismos en un mundo que retrocede a la condición selvática y en el que cobran realidad los más oscuros temores de la imaginación humana.

Como eso me demuestra que ya está publicada sólo me queda conseguirla y leerla.

En cuanto al trabajo del profesor Núñez Seixas, dada la rareza de la revista donde se publicó, solicité a una amiga que tiene contactos en la Universidad de Santiago que me consiguiera una copia. Me fotocopió el artículo y me lo acaba de enviar. En él se encuentran los datos suficientes para calibrar exactamente la personalidad del personaje y probablemente las bases argumentales de la novela de Juaristi.


Núñez Seixas cuenta que durante la guerra el cura se alistó como capellán en un regimiento de gudaris hasta que fue capturado por las fuerzas tradicionalistas navarras de Franco. En lugar de fusilarlo, los requetés lo convierten en su capellán hasta que logra escaparse en 1938 a Francia. Durante la II Guerra Mundial se alista en la XI Regimiento de la Legión Extranjera hasta que es capturado por los alemanes en 1940. Después de pasar por varios campos de concentración ciertos amigos jesuitas con ascendencia entre los nazis lo ponen en contacto con Wilhelm Faupel, militar prusiano de carrera que había sido en los años 20 asesor militar de varios gobiernos argentinos y peruanos. En Sudamérica aprendió español y una vez en Alemania y en contacto con el Partido Nazi se convirtió en el principal propagador de su ideología entre los hispanohablantes. Primer Embajador de Hitler en la España nacionalista (1936) sus desencuentros con la Falange, a la que acusaba de clerical y escasamente revolucionaria fascista le llevaron a ser relevado por exigencias del propio Franco y una vez en Alemania a fomentar su refundación en un partido auténticamente nazi, racista y revolucionario. Rescató una revista, Enlace, que utilizó como principal órgano de propaganda de sus ideas y colocó al frente de ella al cura que le habían recomendado. Martín de Arrizubieta cumplió a la perfección las expectativas de su nuevo jefe. Comenzó dirigiendo sus artículos a los soldados de la División Azul que aún andaban por Berlín y a los 10.000 trabajadores españoles que se calcula que había en Alemania por entonces y fue radicalizando su discurso hasta el punto de que en los últimos tiempos alarmó seriamente a la embajada española en Berlín, con su reclamación directa de la sustitución de Franco por un régimen auténticamente nazi, la implantación de políticas selectivas racistas y la independencia de Euskadi.

Núñez Seixas analiza en su artículo (pgs. 35 a 42), que adjunto íntegro, varios editoriales redactados por Arrizubieta para tratar de fijar su pensamiento y la base ideológica que trataba de imprimir al movimiento. Un confuso y delirante colage confeccionado con retales de obrerismo fascista, racismo antisemita focalizado en los defensores del comunismo y el liberalismo, esencialismo español de raíz vasquista y lo que es más increíble, con un anticatolicismo furibundo, que incluso le ganó los agrios reproches en forma de cartas de algunos lectores. El núcleo duro era una fusión de socialismo revolucionario y nacionalismo fanático para un proyecto de superación de la cesura de las dos Españas. La razón de estado basado en la raza por encima de cualquier otra consideración y por supuesto, por encima de cualquier moral religiosa. Todo ello enmarcado en el Nuevo Orden Europeo que propugnaba el Partido Nazionalisocialista alemán. Un verdadero gazpacho fruto de una mente realmente paranoica.

Tras la caída de Berlín nuestro cura, superviviente nato, escapa a Italia y ejerce diversos trabajos hasta que en 1946 intenta reengancharse en el movimiento nacionalista vasco en el exilio presentando un memorial justificatorio de todos sus actos de Berlín a un dirigente que halló en Roma, y para solicitarle un aval de exiliado para huir a México, pero parece que el PNV no le creyó del todo y se desentendió de él.

A fines de 1947 ya lo encontramos en España donde un tío suyo dominico lo recomienda al obispo de Córdoba a la sazón el también dominico Fray Albino Menéndez-Raigada. Dios los cría y ellos se juntan. El tal Fray Albino fue uno de los mayores fascistas convencidos y convencedores que dio la Iglesia Católica a la causa del franquismo (1). De esta época parece ser el consejo de guerra al que siempre aludió. No se sabe si los cargos fueron por separatista, o por conspirador nazi. De hecho el propio Don Martín nos contó a P. y a mí que el Consejo de Guerra se celebró en el Alcázar de los Reyes Cristianos y que se le exigió firmar el conforme sin tener acceso a los cargos. El caso es que fue amnistiado y a principios de los años 50 ya era párroco de Santa Marina.

Como contaba Castilla participó tangencialmente en las reuniones conspiratorias de oposición antifranquista clandestina en la ciudad y en los últimos años de su vida, los que yo le conocí, volvió de nuevo al nacionalismo esencialista de raíz aranista sumándose ahora a una genérica identificación con las aspiraciones de de la clase trabajadora vasca (Núñes Seixas, pg. 46) en el que ya incluía directamente su apoyo sin fisuras a ETA. Yo creo que P. y yo fuimos en parte responsables del último encharcamiento mental del anciano cura cuando lo pusimos en contacto con las obras de Samir Amin. De su entusiasmo por el pensamiento del profesor egipcio y su comprobación de que encajaba a la perfección en su credo nacionalista nos dio sobradas muestras en aquel tiempo.

A pesar de que tanto Juaristi como Núñez Seixas nos lo presentan como un caso clarísimo de impostura cambiante y continuada y de que merecería uno de los capítulos de La Historia Universal de la Infamia de Borges, junto con El atroz redentor Lazarus Morell o el El impostor inverosímil Tom Castro, yo miro su trayectoria y trato de condensar su ideología y no veo contradicciones. A mí me da la impresión de que siempre mantuvo un corpus ideológico de gran coherencia, aunque a veces unos aspectos u otros tuviera que disfrazarlos por cuestiones de mera estrategia de supervivencia: una fusión, perfectamente actualizada en el albertzalismo vasco actual, entre el totalitarismo y el nacionalismo racista de Sabino Arana. Una superación de la blandenguería peneuvista de raíz burguesa. No me extrañaría nada que su pensamiento hubiera influido directamente en las bases ideológicas de Herri Batasuna.

De todas formas que un tipo como él, que padecía de una soberbia apabullante, con su trayectoria de conspicuo conspirador a sus espaldas y de unas inquietudes intelectuales tan estrafalarias acabara de párroco en una perdida parroquia cordobesa en un medio social popular aplastado por la tremenda losa de la ramplonería del franquismo de posguerra, rodeado de beatas y aguardentosos falangistas y tratando de chupar rueda entre los desconfiados intelectuales progresistas cordobeses debió suponer un castigo perfectamente acorde a sus pasadas maldades. Tal vez, como creo que ha dicho de él alguna vez Juaristi, estuviera loco. Pero seguro que fue un tipo muy peligroso al que el piadoso destino nunca puso el suficiente poder en sus manos que le permitiera llevar a la práctica su nefasta ideología.

Una broma final del destino burlón: el cura vasco, que practicó un pundonor cultista exagerado y que fue en vida un maniático de la ortografía, tanto en vascuence como en castellano, ha de sufrir para toda la eternidad la tremenda afrenta de una falta de ortografía que un marmolista justiciero grabó en su lápida.






TEXTO ÍNTEGRO DEL ARTÍCULO DE NÚÑEZ SEIXAS:
SEGUNDA PARTE: LA CAZA SALVAJE DE JUARISTI



(1) Fue autor del repugnante Catecismo Patriótico Español, que fue de estudio obligatorio en las escuelas, uno de los más feroces libros justificadores de la masacre de la guerra civil, pleno de todas la peligrosas estupideces acerca del destino superior de España y su catolicismo totalitario y ensalzador sin escrúpulos de los más crueles criminales de guerra responsables de la misma. En Córdoba acabó siendo considerado un hombre bueno, benefactor de los pobres cordobeses tras su conversión en promotor de viviendas sociales durante los duros años 50 (Cañero y Campo de la Verdad y la que lleva su nombre, Fray Albino). Cuenta además con una avenida a su nombre (dedicada a él bajo el mandato de Rosa Aguilar) y con una estatua en la plaza de la barriada de Cañero. Una vergüenza más nunca denunciada que ensucia las paredes y las plazas de esta rara ciudad. (VOLVER)

jueves, 29 de marzo de 2007

Acerca del verdadero origen del flamenco

De un plumazo, de un solo plumazo, este humilde redactor de blogs se dispone a cargarse las más acrisoladas y canónicas teorías que se han formulado acerca del origen del arte andaluz más genuino: el flamenco. Ricardo Molina, Anselmo G. Climent, Fernando Quiñones, Félix Grande y tantos otros flamencólogos de reconocido prestigio estaban equivocados. El azar y mi esfuerzo pesquisitorial se han asociado felizmente para coincidir en un sensacional descubrimiento que va a resquebrajar el granítico mundo de la flamencología. Ya sabéis, todas aquellas bonitas teorías sobre las puellae gaditanorum, los gitanos de Cachemira que se encuentran con los jirones de las músicas moriscas, las peregrinas influencias de los cantos sinagogales judíos..., en fin todo el corpus sacrus de la ortodoxia cantejondista gitanoandaluza, arrasado por los nuevos aires que desde hoy corren.

Durante mi último viaje a Maruecos, husmeando en un oscuro zaquizamí de cintas de cassette de Bab el Okla en Tetuán encontré una de ellas, polvorienta y descolorida, en el fondo de una desportillada caja atiborrada de cantos coránicos. Rutinariamente me interesé por ella. Contenía, según el viejo vendedor que atendía el local, interpretaciones de ciertas formas musicales arcaicas de una tribu árabo-bereber perdida en las inaccesibles estribaciones del Rif. Tras el ritual regateo la compré, me la llevé al hotel y en la modorra de la siesta la coloqué en mi viejo reproductor portátil. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir nada más comenzar a escucharla las mil afinidades que con nuestro cante jondo andaluz presentaban los primeros compases introductorios del primer tema. Similitudes del aire oriental, recuerdo que pensé para tranquilizarme. Pero el corazón se me desbocó totalmente en el momento en que el cantante empezó a emitir melismas y gorgoritos y a hilar inquietantes frases musicales de entrañable cercanía emocional. ¡¡¡Aquello era, indudablemente, flamenco!!! Tras escuchar la cinta de un tirón con el alma en vilo regresé corriendo a la tienda y pedí al viejo vendedor que me hablara de aquel lugar donde se había grabado. El apergaminado semblante del viejo se ensombreció de repente y con los ojos arrasados de lágrimas me contó que aquel pueblo de donde procedían aquellas canciones había desaparecido tragado por las montañas tras el terremoto que hacía unos años había asolado las comarcas centrales del Rif. Allí murieron todos los habitantes llevándose al paraíso de Allah el secreto de aquella música. Me contó que él era nacido en un pueblo vecino e iba cuando joven todos los jueves por la noche a los cafetines de la calle principal donde los mejores intérpretes, acompañados con el sonanthi un instrumento parecido al laúd, pero que se tocaba con los dedos y no con púa como aquél, entre vasos de té, palmas y el humo del kiffi cantaban felah manku (canto campesino), las viejas canciones de sus antepasados cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Las mismas, me contó sigiloso, que habían enseñado a una tribu de gitanos provinente de Egipto que había pasado por allí unos siglos antes camino de España.

Transido de emoción comprendí que me hallaba ante el dato clave que desvelaba por fin los más profundos arcanos del origen del flamenco, que tenía el privilegio de ser el primero en acariciar los más secretos capilares de la genuina raíz del cante jondo.

Así pues, puede asegurarse sin ninguna duda que EL FLAMENCO TIENE SU ORIGEN EN EL PUEBLO BEREBER, exactamende igual que el ADN de los vascos.


Me hallo estos días sumergido en una febril actividad teorizadora para elaborar y desarrollar el texto definitivo que acabe llevando la luz a todos los rincones oscuros del nuevo orden teórico del origen de nuestro cante nacional andaluz, pero he sacado unos jirones de tiempo para ofreceros a vosotros, mis fieles, aunque gaseosos, lectores, la primicia.

Os ofrezco en rigurosa exclusiva un tema de la cinta que he digitalizado para vosotros con mucho cariño. Se trata de unas fanghandiyyas que con el título de Maka, maka salshit, inna furubi ktakuesti asin (cada vez que considero que me tengo que morir), en lengua bereber rifeña interpreta por el malogrado Muhammed Kaghajund, Uald al Barquq (Niño de las ciruelas) acompañado al sonanthi por el también malogrado Rachid Ketegueshen, Snin Dhabía (El Orodentado).





OTRAS INVESTIGACIONES

miércoles, 28 de marzo de 2007

El Pescódromo de Córdoba

A mí siempre me ha sorprendido la diferente consideración que la gente que practica una sensibilidad contemporánea guarda respecto a la practica de dos formas de ejercicio de violencia natural perfectamente equiparables: la caza y la pesca. Así, esas personas que gobiernan su pensamiento mediante una racionalidad humanística suelen guardar una consideración hacia los cazadores acorde con la repugnancia que la sangrienta actividad lúdica merece, mientras que con la actividad de los pescadores, que participa del mismo espíritu de primitivismo depredatorio, de atávica agresividad, guardan en cambio una consideración más laxa, más comprensiva, cuando no directamente aprobatoria.

Tal vez tenga que ver con el diferente grado de parafernalia que uno y otro deporte presentan. La uniformidad casi militar, la contundente necesidad de las armas de fuego, la vista de la muerte instantánea, el ajetreo de cadáveres sangrantes, etc., son elementos que hacen que estéticamente la caza presente un aparente mayor grado de violencia respecto al medio natural y un mayor nivel de embrutecimiento ético de sus practicantes. La pesca, por el contrario, es percibida casi como una actividad filosófica, por su casi nulo atrezzo guerrero, su arma ofensiva de apariencia mucho menos agresiva, la concentración casi zen de su práctica, etc. Puede también que se deba a una especie de inconsciente solidaridad de raíz xenófoba entre terrestres que no se identifica con la mirada de esos seres extraños a nuestro medio que son los peces. Pero yo nunca conseguí diferenciarlas. El principio activo para mí es el mismo: el disfrute basado en la acción de infligir daño voluntariamente a otro ser vivo sin que medien necesidades alimentarias. Me merece idéntica consideración el tipo que encuentra un placer positivo en descerrajarle un tiro a un conejo que corre por el campo que el que lo hace destrozándole la mandíbula a un barbo al que dejará asfixiarse lentamente metido en una red. Y si lo libera..., pues casi peor. Sería como si el cazador se limitara a romperle una pata al ciervo de un disparo y luego lo dejara marchar para que intentara sobrevivir.

Pero tal como están las cosas últimamente tal vez ya exista un catedrático de veterinaria que haya demostrado tras arduos experimentos que los peces son inmunes al dolor que pudieran infligirles los terribles anzuelos de acero que les atraviesan las mandíbulas. Como aquél que lo hizo respecto a los toros de lidia. ¿Serán esos iluminados catedráticos inmunes al dolor de sus cojones tras pillárselos con la tapa de un baúl?

Por eso me llena de estupor la noticia de la colocación de la primera piedra de un PESCÓDROMO por las autoridades municipales de la capital cordobesa en el río Guadalquivir a su paso por la ciudad, donde los individuos aficionados al agresivo deporte puedan practicarlo a la vista de todo el mundo, niños incluidos. Seguramente andarían más cuidadosos si se les presentara un proyecto de construcción de un CAZÓDROMO, un lugar donde los aficionados al tiro de escopeta pudieran matar cuantos bichos del campo soltados allí exprofeso pudieran sin necesidad de tener que coger el coche para ir a la sierra. En el estadio del Arcángel mismo.

Yo suelo utilizar una regla, no del todo exacta, aproximativa, pero sí bastante útil, para calibrar la textura esencial de diversas actividades humanas, normalmente lúdicas, consistente en considerar el número de mujeres que gozan con ellas y que por lo tanto las practican activamente y no como elementos meramente decorativos como suele ser el caso. Así no parece que haya muchas mujeres que disfruten acudiendo a los estadios de fútbol, ni que formen parte de las juntas directivas de las cofradías de Semana Santa, ni que participen del testosterónico mundo de los moteros (a no ser como voluntarias complementos decorativos de las propias motos), ni del automovilismo, ni que salgan al campo a pegarle unos tiros a los animalitos que con ellas se tropiecen, ni que se sienten a la orilla de un río con una caña a la espera de que algún pescado que a sus quehaceres cotidianos tranquilamente vaya se clave en el morro el afilado acero que alevosamente les ofrecen disfrazado de sabrosa tapita de lombriz.





Ya lo explicaba mejor que yo Fernando Santiago el otro día en El País Andalucía:

Lo de las costaleras cordobesas es asunto curioso, porque ha ido a dar en la médula de lo más rancio de la sociedad andaluza. El mundo cofrade es machista, reaccionario y misógino, con un pensamiento libidinoso: eso del roce bajo el paso es de mente calenturienta. Cosa bien distinta es que no alcanzo a comprender el interés de las dos muchachas por cargar un paso, con lo que pesa y lo que se tiene que sudar ahí abajo .Es mucho mejor tomarse las vacaciones para viajar o para descansar. Tiene que haber de todo en la viña del señor (¿se escribirá con mayúsculas?¿es una blasfemia la minúscula?).

La semana alcanza su cenit con el campeonato de mundo de motos en Jerez. Es uno de los reductos más machistas que quedan. Las motos es un ámbito masculino, no sólo porque no compite ninguna mujer, sino porque los moteros son en su inmensa mayoría hombres, y si hay mujeres van de paquete en la moto o son azafatas vestidas de manera sugerente en los boxes. Es un mundo para el alarde masculino, para la exhibición del macho, a ver quién la tiene más grande, a ver quién hace el caballito, quién quema más neumáticos, quién corre más de prisa. Es decir, para la testosterona y otras fantasmadas por el estilo, con alguno que termina en el hospital o en el cementerio. No entiendo cómo ninguna feminista o ningún órgano de la administración hayan dicho nada al respecto. El mundo de las motos es tan machista como el cofrade: la mujer de adorno, en un lugar con mantilla y en otro provocativa.



El País Andalucía 26/03/07