(del laberinto al treinta)


sábado, 12 de agosto de 2006

miércoles, 9 de agosto de 2006

Palestina, último Far West

La alianza entre los EE.UU. y el estado de Israel es tan fuerte que hay quien habla de que en realidad el segundo no es otra cosa que una estrella más de la bandera del primero. Y no sólo se explica por las inmedibles, pero innegables, presiones del lobby judío sobre los diferentes gobiernos federales, ni porque, como decía Vázquez Montalbán, Israel es la principal garita del Imperio en Oriente Medio una vez perdida la iraní el último año de los 70. Existe además en ese lazo un nivel simbólico, muy poco aireado, pero que cuenta con una enorme carga de efectividad porque afecta al centro exacto del imaginario nacionalista, tan arraigado, de los norteamericanos estadounidenses.

Los norteamericanos estadounidenses perciben la creación del estado de Israel como una especie de remake de la creación de su propio país, de su ciclo mitológico fundacional, una hazaña de pioneros guiados por la mano de Dios que colonizaron un territorio virgen disputándolo palmo a palmo mediante las armas a los salvajes indígenas que se les resistían. Y cuya justificación proviene de la mitología mosaica judía escrita en la Biblia que fue su primera Constitución.



El Exodus El Mayflower

Así, puede hablarse de un paralelismo simbólico entre la llegada del Mayflower cargado de puritanos ingleses sobrevivientes de las matanzas religiosas europeas a las costas de Filadelfia en el siglo XVII (o la de los fundamentalistas holandeses (boers) a las costas de sudáfrica) y la arribada del buque Exodo cargado de sobrevivientes del Holocausto a las costas de Palestina tras la II Guerra Mundial. Y más cercanamente entre la colonización de las lejanas tierras del Oeste a base de carretas, biblias y rifles con la de Gaza y Cisjordania, a base de furgonetas, torahs y emedieciseis.


Colonos israelíesCarretas del Oeste



Ataque indio

Intifada











Es sintomático, como apuntaba hace años Rafael Sánchez Ferlosio en su imprescindible artículo Un Moisés de tercera mano (El País, 3/11/1991) que la más conocida y coloreada versión holiwoodense de la Biblia nos muestre el Éxodo mosaico como una caravana con sus carretas de toldo redondo, sus niños con gatitos en los brazos, sus vigorosas mujeres de pañoleta atada a la barbilla y de holgadas y largas sayas remendadas, y hasta un Charlton Heston que, encarnando a toda barba al mismísimo Moisés, daba con estas palabras la salida: “¡Partamos hacia la tierra de la Libertad!”. Pura demostración de la inspiración veterotestamentaria del universo simbólico fundacional de los EE.UU.


Tsahal7º de Caballería

Pero esa tierra de la Libertad daba la casualidad de que estaba poblada ya previamente por tribus de indios en un caso o de árabes salvajes en el otro que eran ya por lo pronto, en el mejor de los casos, una gente perfectamente innecesaria, y en el peor, unos fantasmas inoportunos y obstinados que era preciso ahuyentar, expulsar y dispersar (1).

Colonia a colonia, granja a granja, kibutz a kibutz, el adueñamiento del territorio se va haciendo efectivo hasta que su uso continuado lo convierta en inenagenable. Y cuando las cosas se les ponen muy crudas a los pioneros, y los indígenas se resisten más de la cuenta a ser expulsados de sus tierras, el estado nuclear asentado en lo ya conquistado les proporciona los servicios del Séptimo de Caballería / Tsahal (Ejército Judío), que extermina a los más rebeldes y confina al resto en las reservas habilitadas para ello. Custer / Moshe Dayan.



General CusterMoshe dayan














Así tenemos que el imaginario del Far West, cuyo ciclo vital se cumplió ya totalmente en los EE.UU, y cuya rememoración litúrgica cinematografía ha entrado, por causas naturales y al menos en sus versiones canónicas, recientemente en decadencia, sigue estando vivo en el seguimiento de la colonización judía del territorio virgen palestino, revestido de un halo de heroicidad que le proporciona la demonización del indígena salvaje/terrorista y de sus sanguinarios líderes: Jerónimo/Arafat.



ArafatJerónimo


















Sánchez Ferlosio, con la penetrante agudeza que le es propia ahonda aún más y caracteriza al colonialismo judío (sionismo) no sólo como un episodio más de la misma estirpe que los movimientos sectarios fundamentalistas cristianos emigrantes huidos de persecuciones religiosas en la Edad Moderna y no cómo un movimiento intrínsecamente judío inscrito en la tradición de la Diáspora, sino como una creación ad hoc a imagen y semejanza de aquellos por parte de unos teóricos y de unos aventureros dispuestos a crear un estado de la nada, un poder colonial blanco en la piel virgen de la Palestina Histórica, siguiendo la tradición de los países europeos de donde provenían. Que el terrible Holocausto del pueblo judío acabara acelerando necesariamente el proceso y maquillándolo de comprensible humanitarismo, no elimina su sospechoso sentido original.

El principal de esos teóricos, Theodor Herlz, describía así la utopía sionista a fines del XIX: Para Europa constituiríamos allí un trozo de muralla contra Asia; seríamos el centinela avanzado de la civilización contra la barbarie. (Der Judenstaat, 1895). Colonialismo blanco puro y duro.

Ya muy pocos dudan del derecho de Israel a existir y a existir seguro en unas fronteras determinadas por varias resoluciones de las Naciones Unidas. Pero sólo dentro de ellas. La época salvaje y sin ley del Far West y de la colonización de territorios ajenos y la expulsión de sus habitantes previos al margen de legislaciones internacionales tiene que terminar. Y dar paso al reconocimiento de los males e injusticias causados por la misma. Y para empezar podrían hacerlo con el reconocimiento de la limpieza étnica que llevaron a cabo en casi todo el territorio del nuevo estado en los años posteriores a su creación. Como solicita uno de los más acreditados historiadores israelíes: Illan Pappe. Y como gesto de enmienda, la devolución de los territorios ilegalmente ocupados a partir de 1967, el desmantelamiento de las colonias en ellos asentadas, el reconocimiento del estado hermano palestino en los territorios devueltos, el resarcimiento económico por los daños causados, y la destrucción del repugnante muro de la vergüenza levantado por sus últimos y desquiciados gobernantes. Eso si pretende seguir siendo lo que siempre pretendió ser desde sus orígenes: un estado europeo blanco civilizado a semejanza de los que andan ahora tratando de superar con bastante éxito sus sangrientas historias pasadas y no un referente simbólico de la cultura de la rapiña nunca autoasumida de los Estados Unidos de América.



(1) La alusión de Ferlosio a una gente perfectamente innecesaria, viene a cuento porque previamente ha comparado la colonización hispana postcolombina con la anglosajona. Mientras para los colonos españoles la supervivencia de los indígenas era indispensable para su aspiración a convertirse en su patrón en la explotación de las tierras o las minas a ellos mismos arrebatadas, para los sectarios colonos anglosajones la aspiración era su desaparición para convertirse ellos mismos en labradores autosuficientes.(VOLVER)

ADENDDUM:
(I) Cuando ya tenía casi redactado este post Ferlosio publicó en El País UN ARTÍCULO en el que se pitorrea inmisericorde, pero merecidamente, de las contradicciones buenistas del sempiterno sonriente Vargas Llosa en su afán por hacer compaginar sin zozobrar sus críticas a los negros crímenes que Israel perpetra contra los árabes con su amor a la extraña democracia blanca que el mismo estado se autoinfiere, en medio de un encrespado mar de sionistas desatados. Como siempre Ferlosio usa como arma para desmontar los argumentos de los idiotas esos mismos idiotas argumentos.
(II) La patología del poder israelí.
(III) Jóvenes judíos contra la guerra.

lunes, 7 de agosto de 2006

El alcalde de Almonte se lo pisa

Almonte es una población situada al borde mismo de Parque Natural de Doñana, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Francisco Bello, su alcalde, ha declarado sin que se le caiga la cara de vergüenza:
La sostenibilidad no pasa sólo por la conservación a ultranza del medio natural, sino también porque el entorno proporcione bienestar a los ciudadanos.

Ya sabemos lo que entienden esos alcaldes por el bienestar de los ciudadanos. Seguro que al pobre se lo come la envidia por no haberlo sido de Marbella, donde el medio natural no estaba tan protegido... como el bienestar de los ciudadanos.

Condoleezza Snake se acerca sigilosamente al pueblo cubano

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domingo, 6 de agosto de 2006

Adios al Meliá

Llevaba 50 años recibiendo majestuosamente a los que entraban en la ciudad por el Puente Nuevo desde hacía 50 años. Era feo, pero formaba parte del paisaje de la ciudad. Iba a escribir indisoluble mecánicamente, pero justo la realidad me ha avisado de la incongruencia. Llevan dos días demoliéndolo y en dos más se habrá disuelto definitivamente su silueta en el aire de este terrible agosto y ya sólo existirá en la memoria de las gentes y en las fotos. El edificio del Hotel Meliá, a quien muchos cordobeses de más de 30 años seguíamos llamando el Palace (Er Palah), su primitivo nombre, va a desaparecer. Yo nunca estuve en él. Jamás pisé su vestíbulo, ni me bañé en su piscina ni asistí a ninguna celebración BBC (Boda, Bautismo o Comunión). Nadie de mi familia ni de mis amistades lo hubiera usado para ello. Por eso no tengo ninguna reclamación sentimental que hacer. Durante mucho tiempo fue, además, un lugar prohibido para mí, chico de Cañero, un lugar exclusivo para ricos, como el Círculo de la Amistad o el Aeroclub. O al menos para los que percibíamos como ricos desde la modestísima situación económica de mi entorno. En mis tiempos de estudiante de Filosofía, totalmente imbuido en las teorías disolventes que explicaban nítidamente el origen de la lucha de clases y daban instrucciones precisas para acabar con ella, lo percibí como un lugar perverso, donde los causantes de los males de la clase obrera tomaban cócteles, brindaban por sus negocios, casaban a sus hijas y remojaban sus ventrudos cuerpos en su lujosa piscina. Era una visión muy simplista, desde luego, pero nunca conseguí eliminar del todo de mi imaginario esa patente. Luego, con los años he pasado a casi olvidarme de él, a rodearlo diariamente camino de mi casa sin sentirlo, sin notar su anodina presencia en mi ánimo, ni en mi visión. Tal vez porque nunca llegué a saber que la Diosa Carnal, la Ava Gardner de tantos de mis sueños durmió una noche en él. Un columnista lo recordaba ayer, rijosamente, en la prensa local. No sé qué edificio pondrán en su lugar, después de haber luchado desde mi modestísima posición contra la edificación de la famosa Torre Prasa, un descomunal semirascacielos que los más echaospalante de esta ciudad querían ver como el edificio emblemático-simbólico de la modernidad hacia la que caminamos. Que se jodan. Ya discutimos bastante en su momento. Pero espero que me guste, que cuando tenga que rodearlo cada día me llene de lineas bellas los sentidos y me reconcilie un poco con el encenagado mundo del ladrillo y el cemento.

Efectos colaterales