(del laberinto al treinta)


domingo, 25 de marzo de 2018

1200 años de la Revuelta del Arrabal de Saqunda

Hoy, 25 de marzo de 2018 se cumplen 1200 años del desencadenamiento de la Revuelta del Arrabal, el Arrabal de Saqunda de Córdoba, la primera revuelta popular inserta en la lucha de clases de que se tiene noticia documental en la historia de la península Ibérica. Tras el brutal escarmiento del poder en forma de saqueo por las tropas regulares del emir, el asesinato y ejecución de varios cientos de vecinos y la destrucción hasta los cimientos del propio arrabal, los supervivientes fueron obligados a tomar el camino del exilio, en lo que puede considerarse también el primer exilio por causas políticas de que se tiene constancia documental en la península. La resiliencia, la capacidad de superar las desgracias, fue la seña de identidad de aquellos paisanos rebeldes. Tras años de vagabundeo consiguieron fundar, preñándolos de cultura y prosperidad, ciudades y reinos lejanos y nunca, nunca, olvidaron de dónde procedían, el Arrabal de Saqunda de Qurtuba. El actual Campo de la Verdad.

Y es que hubo un tiempo en que los cordobeses no éramos tan pastueños..

sábado, 10 de marzo de 2018

Mujer y escultura pública en Córdoba

No sé si el elenco de la estatuaria urbana cordobesa es la más cipotuda del mundo, pero si no lo es anda cerca. Desde luego sí que es la que mayor cantidad de estatuas de curas —el cipotudo, junto con el militar, por antonomasia— tiene por habitante cuadrado, a la par con Ciudad del Vaticano.

Todas las esculturas de la ciudad, 60, excepto una, son obras de hombres, representan normalmente a citopudos señores y dos tercios de las que representan a mujeres lo hacen usando la más rancia de las conceptualidades, ensalzando precisamente la desigualdad estructural (la cipotudamente erotizada cuidadora de patios) o su papel de musa de artistas a que han sido secularmente sometidas (las aguaoras, símbolo inmarcesible de la belleza decorativa de “La Mujer Cordobesa” para cipotudos degustadores de cipotudos tópicos.

La única escultura de la ciudad salida de las manos de una mujer de que gozamos en la ciudad sirve de nítida muestra de lo que las Guerrilla Girls llevan denunciando desde mediados de los 80: que el mundo del arte es, tras el de los eclesiásticos, aquel campo social en el que, partiendo de premisas naturales igualitarias, se dan las actitudes más radicalmente machistas, en el que con mayor beligerancia se excluye a las mujeres. Sólo hay que computar el número de obras ejecutadas por ellas que se exhiben en los museos, no ya de arte antiguo en cuya ausencia podría argüirse la carencia de formación y creación por barreras legales históricas del sexo femenino, sino incluso en el de más rabiosa contemporaneidad, reflejo de una época en la que esas barreras han prácticamente desaparecido, para entender que las concepciones de creatividad artística vigentes se fundan en construcciones culturales arbitrarias que responden a intereses ideológicos muy concretos y que mediante el poder de los dominados medios de emisión de mensajes conforman un universo social sexista que condiciona inconscientemente la visión del mundo de la práctica totalidad de la población. En el caso de Córdoba sólo hay que asomarse a los espacios expositivos, el C3A y la Botí, esas cipotudas instituciones, especialmente.

Se trata de una pequeña obra perdida en el laberinto de callejuelas que se entrecruzan entre la plazuela del Amparo y la de la Alhóndiga que representa una alegoría del baño, una joven desnuda arrojándose sensualmente (para ella, no para el espectador) un aljófar de agua sobre la cabeza, justo en la puerta de los restos arqueológicos del hammam almohade encontrado en la calle de la Cara y que se halla en un lamentable estado de abandono. No sería de extrañar que su colocación respondiera a un ataque de remordimiento —o mejor de hipócrita justificación— de las autoridades (in)competentes que en años no han sido capaces de poner en valor un patrimonio histórico-arqueológico de primera magnitud como es ese baño. Sea como sea, luce su pequeña y serena realidad, como promesa de súbito encuentro, al paso del viajero o el local que disfrutan de la secreta —por discreta— belleza de esas callejas a dos pasos del río cada vez más infernal de Cardenal González. Su autora es Teresa Guerrero, lleva fecha de 2000 y grabado en el pedestal unos versos de Ibn Shuhayd —en árabe y en castellano— que enfocan nítidamente el recuerdo de un momento concreto fugazmente transcurrido en un hammam cordobés el siglo XI.

sábado, 24 de febrero de 2018

Venganza Suicida (pienso, luego mato....)

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El hombre mayor alcanzó trabajosamente con ayuda de un taburete la garrafa de agua de cinco litros que coronaba la pirámide levantada en una encrucijada del súper. Con ella en la mano se plantó después ante el estante donde se alineaban las cajas de pienso de pensión para jubilados. Solía escoger habitualmente el de pollo y frutos secos, pero en esta ocasión su ración junto con el agua serían para su compañero de cuarto que prefería el de cerdo con verduras, así que fue ese el que eligió. Ajustó en el fondo de la cesta junto a la garrafa la caja de tres kilos que le correspondía. Su pensión de jubilado de una semana. Mientras recorría los pasillos de estantes casi vacíos le asaltó la cabeza como tantas otras veces la pegadiza cancioncilla publicitaria con la que años atrás comenzó en los medios la agresiva campaña para convencer a la gente de que el pienso, un pienso especial enriquecido para el consumo humano, era perfectamente capaz de mantener sanas a las personas y de que una vez acostumbradas a él dejarían de preferir los alimentos naturales. Si el pienso específico para perros y gatos había permitido durante décadas a las mascotas mantenerse en plena forma, con la dentadura sana y el pelo brillante, el de los humanos no tenía por qué no cumplir con lo mismo con ellos. Fue una campaña inútil. La propia necesidad fue la mejor campaña, a la que siguió la publicidad normalizada en la que sólo se ofertaban distintas marcas, distintos sabores. Por supuesto no la marca blanca que proporcionaba el gobierno como pensión a los jubilados, mucho menos variada, mucho menos sabrosa que las comerciales. Aunque él nunca jamás se acostumbró a ninguna de ellas. Por eso se había arreglado especialmente aquella mañana, afeitado y puesto su chaqueta buena para no tener problemas de aspecto al pasar ante los vigilantes de la zona A del súper donde, además de mayor variedad de piensos, algunos privilegiados podían conseguir a precios desorbitados alguna pieza de tomate, pimiento, naranja, pan o incluso algún muslo de pollo en vísperas de fiestas. Y eso que en ese súper de la periferia no era demasiada la gente que podía acceder a esos lujos. Allí eligió un tomate, un pimiento, una pequeña lechuga, un pepino, bastante pochos pero comestibles, una bolsita de medio decilitro de aceite, un sobrecito de sal y otro de café soluble edulcorado. Una vez en la caja entregó su tarjeta de jubilado para que le descontaran el pienso y el agua de la semana y pagó lo demás con el puñado de sudeuros que había conseguido reunir en varias semanas de sise, céntimo a céntimo, en los recados que hacía para algunas vecinas del barrio y la asignación que uno de sus hijos conseguía pasarle para productos de higiene personal. Lo metió todo en su vieja talega y se dirigió andando hasta la residencia. El jubiltram semanal lo había gastado con los recados. Pero no le importó caminar a pesar de la distancia y del peso del agua y del pienso. Disfrutó del aire en la cara y del sol de marzo, aunque le irritaban las pancartas, pero sobre todo el soniquete continuo de los altavoces callejeros, anunciando la próxima celebración universal del bimilenario de la Crucifixión del Salvador.

Sentado en un banco del parque se recreó morosamente durante un rato en el recuerdo del sabor de la ensalada coronada con café que había almorzado en la soledad de su habitación. Cuando volviera su compañero no encontraría restos, pero sí una nota sobre su cama y una ración semanal extra de pienso y agua. Luego se concentró en su misión. Al contrario de lo que esperaba no sentía angustia ni le pasó toda su vida automáticamente por la cabeza, así que la forzó a hacerlo. Unos niños jugaban frente a él a las canicas con las manos y las rodillas enharinadas de polvo. En un extraño, triste silencio roto sólo por los choques cristalinos de las bolas. Fijó la mirada en el hoyo del juego y trató de verse a sí mismo cuarenta años atrás, en el tiempo en que trabajaba duro para amasar el pequeño espacio de estabilidad que le habían vendido como prudente, respetable y asegurado, en la feliz compañía de su esposa y sus hijos y el disfrute de los amigos y de algunos placeres sencillos. Las vacaciones en la playa en aquel apartamento que tanto les costó comprar. Ese apartamento que voló como su propio pisito cuando las cosas se pusieron duras y hubo que cederlos a precios irrisorios a los buitres que surgieron hasta de debajo de las piedras para poder pagar los costosos tratamientos de la enfermedad de ella, el seguro médico escalonado que sustituyó a la Seguridad Social. Eso fue justo después de que los ahorros de toda una vida de duro trabajo se diluyeran como azúcar en el agua en un abrir y cerrar de ojos el día en que al país lo terminaron de hundir para poder exportar barata su riqueza. Justo después de que les comunicaran que con la nueva moneda que les impusieron su dinero había sido exprimido como una naranja, su jugo se había trasladado por extraños conductos a otros lugares y a ellos sólo les quedó la cáscara, una décima parte del valor inicial, mientras los precios continuaban impasibles su escalada. Todo acabó en las manos de gentes que no se sabía de dónde habían salido y que carecían de rostro. Y con los ahorros de los mayores se fueron las esperanzas de los jóvenes, sólo que por otros conductos: los que conducían directamente a las cloacas de la historia. Las de los que no se marcharon, claro, que las de los otros ya no formaron parte nunca más de este país. Y recordó con rabia teñida de estupor la pasividad con que la población fue digiriendo el expolio, sustituida la represión de la inicial protesta por la propaganda masiva de la fe en la idea de que tarde o temprano se remontaría la crisis, la mala racha, una mala racha cuya responsabilidad acabarían haciendo recaer mediante técnicas sofisticadas de propaganda en ella misma. Esa orgullosa juventud de hacía veinticinco años de la que se decía que sería la mejor preparada de la historia mundial y que habían vivido en una niñez acunada en la placidez algodonosa de aquel añorado estado de bienestar, con las ilusiones desarboladas, aceptando con resignación primero, con miedo cerval después, su conversión en carne de exilio o de explotación, esclavizados como sirvientes o como vigilantes en los paradisiacos guetos electrificados para turistas ricos de la costa o de los nacionales dueños del país en las afueras de las empobrecidas ciudades. Los mayores que permitieron el adelgazamiento progresivo hasta casi su desaparición de los servicios públicos, la privatización absoluta de cualquier bien colectivo susceptible de producir algún beneficio, sanidad, educación, transportes… La pérdida de todos los derechos y beneficios sociales, sustituidos por deber exclusivo y caridad cristiana, que llamaron adopción del milagro chino. La distracción hacia arriba de hasta el más escondido de los céntimos, antes de que se demostrara que los recursos no daban ya para todos y ya se había decidido quién los disfrutaría en exclusiva y quien habría de sufrir las consecuencias de la escasez. Afortunadamente tuvieron consideración con los ancianos y consintieron en convertir las pensiones correspondientes a toda una vida de cotización en pago en especie: guarida, pienso y agua, como los animales domésticos, domesticados. Y agradecidos porque podían haber eliminado hasta eso… La vuelta con fuerza inusitada de la fe religiosa como catalizadora de la incomodidad que supuso la reducción de la sociedad a tres clases: los dueños de los nuevos resortes económicos, los esclavos útiles e inútiles y los guardianes del orden. La conversión de Internet del espacio más libre de la historia de la humanidad en un universal panóptico, donde todos fueron vigilados y que después convirtieron en parques temáticos de entretenimiento hasta su paulatina desaparición como pastizal de información libre. El apagón informativo total y absoluto excepto el del fútbol, manifestaciones religiosas masivas y demás formas adocenadoras de entretenimiento popular. La compra de la fidelidad de unos cuerpos policiales convertidos en fieros represores del más mínimo atisbo de disidencia a cambio de un pequeño bienestar ligeramente superior a la media. Y se vio, estupefacto, a sí mismo a punto de arrojar la toalla tras la muerte de su esposa y sumarse a la ola de suicidios que venían rescatando del mar de la desesperanza a los más enteros y lúcidos de los náufragos. Suicidios completamente estériles porque ni siquiera computaban en estadística alguna, porque no había quien la hiciera ni dónde colgarla. Suerte que alguien le puso en la mano el hilo que lo llevó a la Organización. No sabía cómo, pero ellos lo encontraron. Miró el reloj. Faltaban sólo tres minutos para la cita. Se levantó, sacó una píldora del bolsillo, se la tragó empujándola con saliva y se dirigió lentamente a la comisaría, dos manzanas más allá.

El comisario, un alto delegado del gobierno y dos inspectores esperaban en el despacho. Tenían delante un dossier en el que figuraban minuciosamente relatados todos y cada uno de los atentados terroristas suicidas de ancianos que habían ocurrido en el país desde que hacía un año uno de ellos se había hecho explotar junto a varias autoridades (un gobernador, un alcalde y el director de un periódico) en la inauguración de un estadio de fútbol. Una organización que se llamaba a sí misma Venganza Suicida (VS) había logrado convencer a muchos ancianos desesperados que pensaban suicidarse de que rentabilizaran su muerte llevándose para adelante a algún malnacido, algún responsable en mayor o menor grado, por acción directa u omisión discreta de su situación, de la situación general del mundo en los últimos años. Eso era lo que los escasos, pero muy bien distribuidos comunicados sucintamente predicaban. Si conseguían entrar en contacto con la Organización, cosa bastante difícil dado el extremo nivel de clandestinidad en que se movía, podrían contar con apoyo logístico e instrucción pertinente. Si no, animaban a la acción espontánea. Diecisiete atentados en total reivindicados como diseñados por la Organización y más de treinta de espontáneos sin relación directa con ella podían a esas alturas contabilizarse. Todos cometidos por ancianos y ancianas. Los primeros habían sorprendido a los expertos por el alto grado de sofisticación y la alta capacidad de penetración en los círculos de los blindadísimos entornos de políticos y profesionales de la represión. Más tarde, cuando los atentados habían ya ido sucediéndose frecuentemente, cualquier anciano o anciana se convirtió en un sospechoso al que no se le permitía el acercamiento a las autoridades o al que se cacheaba minuciosamente antes de permitirle entrar en cualquier sitio susceptible de sufrir un atentado. Explosivos cada vez más indetectables, líquidos o sólidos, pequeñas bombas de gas letal de acción fulminante, armas de fuego robadas, disfraces… El caso más sonado había sido el del Ministro de Interior convertido en un amasijo informe de carne picada en plena cena de navidad familiar por la explosión de nitroglicerina concentrada introducida en el cinturón de su suegro, quien a pesar de pertenecer al mundo de las elites se había solidarizado con sus colegas de edad y había sido instruido por la organización para realizar esa acción que fue bautizada como Operación Abrazo Cariñoso. El pánico se había instalado en la exclusiva clase dirigente que había reforzado paranoicamente la separación de sus cuerpos y de sus espacios propios de las miserables clases populares que seguían con el mismo estupor que aquellos el curso de los acontecimientos. Y sobre todo a los responsables de la seguridad se los llevaban los demonios por el hecho de carecer de la más mínima pista para desarticular la Organización y de sentirse incapaces de neutralizar ninguno de los atentados espontáneos alentados por aquella. A pesar de las suculentas recompensas que ofertaban a quien proporcionase pistas que condujeran fiablemente a su desarticulación. Por eso cuando el comisario recibió una llamada de un anciano que decía haber sido captado por la Organización y ofrecerse como colaborador de la policía a cambio de dinero se elevaron todas las antenas. La suprema esperanza del gobierno era neutralizar el aumento de atentados que se esperaba con motivo de la magna celebración que tendría lugar en todo el país en apenas unas semanas. Las multitudinarias misas y concentraciones con motivo del Cristo Salvación del Mundo, el bimilenario de la Crucifixión. Lo estaban esperando.

Una veintena de metros antes de alcanzar la puerta del muro exterior que rodeaba la comisaría un altavoz conminó al anciano a detenerse y dirigirse despacio y con los brazos en alto hacia la parte trasera del edificio. Una vez allí un par de policías blindados con trajes de acero le sujetaron los brazos y lo introdujeron en un cobertizo donde fue desnudado y minuciosamente examinadas sus ropas y hasta los más secretos lugares de su cuerpo. Seguidamente fue ataviado con un mono y conducido hasta el despacho donde lo aguardaban el comisario y los dos inspectores. Uno de los policías afirmó:

– Está limpio.

– Está bien, pueden retirarse. Y usted, siéntese.

El anciano comenzó en ese momento a sentir mucho más fuertes los ardores que le producía la disolución de la píldora que había tragado unos minutos antes. Se sentó y pidió un vaso de agua. Uno de los inspectores se acercó al depósito del rincón y se lo sirvió. En ese momento el anciano hizo un movimiento extraño con la boca: mordió una burbuja plástica que hizo emerger de debajo de la lengua y dio un pequeño trago de agua. El reactivo que contenía la burbuja no tardó en llegar al estómago y activar el explosivo. La tremenda explosión destrozó casi por completo el edificio. Ni tiempo le dio a articular el grito de guerra , ¡¡¡Venganza Suicida!!!, que debía lanzar.

Por sobre el humo y el siniestro crepitar de las llamas seguían los cánticos en los altavoces colocados en los postes de la calle anunciando la celebración del bimilenario cristiano para la Semana Santa del 2033.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Más sobre carcasaurios y fachalopitecos locales


Qué cansancio, qué ardores de estómago produce leer cada mañana la putrefacta prensa convencional cordobesa y comprobar la hondura del pozo de miseria moral en que chapotea la mayor parte de las fuerzas vivas intelectuales de esta ciudad. Esa que no considera del todo al nacionalcatólico (naci) franquista un régimen de idéntica condición criminal que el nazionalsocialista (nazi) alemán y al holocausto republicano tan digno de solidaridad y justicia como el judío. El único efecto colateral beneficioso de ese esfuerzo es verlos irse uno tras otro retratándose con el tema de los cambios de nombres de asesinos —recientes, tan recientes que sus víctimas y las heridas sangrantes que produjeron siguen entre nosotros— que aún rotulan nuestras calles. Siempre está bien conocer de qué pie ideológico cojea cada uno en esta ciudad de proverbiales discrecciones, ahora que los partidos que parecen más o menos representarles han puesto de moda la clasificación entre los que están con las víctimas y los que están con los asesinos. ¿O es que hay terrorismos / verdugos buenos y terrorismos / verdugos malos?

HOY es otro ilustre catedrático, el de arqueología de la UCO, al que los aficionados a los temas del ramo conocemos como el Arqueobispo, el que se lanza al fango de la desvergüenza. Da verdadera lacha leerle apelar al perdón, el diálogo, la tolerancia y la flexibilidad de carácter. A él precisamente, que usa cada semana su privilegiado púlpito de la Hojilla Parroquial para vomitar su bilis de veterano cascarrabias contra el mundo contemporáneo, cuando no lo usa indecentemente para erigirse en acusica de su vecina de la que le molesta que organice en su patio pequeños conciertos y recitales de poesía. Da verdadero estremecimiento escuchar a todo un historiador proclamar que no entiende qué fue lo que pasó en 1936 para que un país se vea arrastrado a un enfrentamiento de estas características. Da verdadero pavor leer de pluma de todo un catedrático en humanidades una pregunta, que parece ingenua, de persona de pocas luces, pero que en su intención íntima lanza un cartucho de dinamita al centro de la reivindicación de justicia y reparación para las víctimas del holocausto que organizaron nuestros nacis: ¿por qué no reclamamos a los franceses los desmanes cometidos por Napoleón y sus huestes? Nivel de estaribel, tronko: ¿por qué no se lo preguntas a los judíos respecto a los nazis que les montaron su Holocausto? Pero es al final cuando tras el vigoroso fru-frú de autobombo buenicista que precede al éxtasis, éste le viene en forma de derrame de admiración por un alcalde falangista que también colaboró en el golpe de estado que devino genocidio y guerra. Los historiadores hemos de ser objetivos, y las ciudades deben honrar a quienes las hicieron más grandes. ¿De qué escuela de filosofía de la historia ha bebido este señor que confunde la imposible objetividad con el imprescindible rigor? Además, se supone que por esa regla de tres —si jugamos a las comparaciones históricas estúpidas como nuestro maestro lumbreras— Hitler debería seguir siendo hoy día venerado en Berlín por las impresionantes avenidas con que la dotó. No es extraño que como bibliografía use la obra de un apulgarado folklofranquistasaurio al que sólo leen las damas de ensaimada en Serrano tras misa de doce. Mientras desprecia el trabajo de otros catedráticos —colegas suyos de facultad— de la Comisión de la Memoria Histórica creada para hacer cumplir una ley,  a los que tilda directamente de un tanto categóricos e indirectamente de cayentes en lecturas sesgadas, extremismos o manipulaciones ideológicas. 

Ayer fue otro catedrático, éste émerito, rescatado para el liberalismo gaseoso de la UCD de un oscuro pasado franquista por la Transacción y que vive en un pisazo en la plaza con el metro cuadrado más caro de Córdoba, el que pedía que a la muy obrera plaza de Cañero le pongamos el nombre —ya que los rojos nos hemos empeñado en cambiarlo— que a él le salga de los güebos y concretamente el que le ha salido ha sido el de un cura de la religión que él profesa. No sé si sabe que los vecinos ya decidieron quitárselo a otro cura, este con galones, en los años 80. Si tanto le gusta ese cura que le haga una capillita en su casa, le rece con fervor de meapilas y nos deje en paz a los demás.

Dos días antes un columnista y escritor se parapetaba tras el nombre de su abuelo, alcalde republicano y también escritor fusilado tras guerra por los nacis, para mostrar su lado más tendencioso y ya de paso ignorante, reivindicando la Córdoba de los años 50 (los logros de sus gobernantes nacis) y confundiendo a José Cruz Conde con su sobrino Antonio. ¿Para qué vas a mirar la Cordobapedia si puedes echar mierda sobre la memoria histórica con los ojos cerrados?

O la exjoven promesa de la literatura local, un juntaletras instalado normalmente en la más literaria de las inanidades, salvo cuando toca enseñar colmillo de facha y el palillo en la comisura. En Córdoba capital sólo hubo un muerto de entre los revolucionarios nacionalcatólicos, un falangista tan tonto que se dejó quitar la pistola con la que amenazó a unos obreros por la calle la tarde del 18 de julio, y cuatro mil fusilados en las tapias y tres mil muertos más por la represión y el hambre en la posguerra como víctimas demócratas. Pues para este poeta de irisados tropos todos cometieron actos aberrante de crueldad sin límite. Que sepamos ya dejó hace años de estar subvencionado (o no, quién sabe), así que eso es probable que lo diga desde la más íntima convicción de aspirante a Hermann Tertsch del Carrasquín.

Es absolutamente delirante que haya tenido que salir un familiar de José Cruz Conde en una carta al director del diario CÓRDOBA a decirles a todos estos lamebotas del caciquismo franquista cordobés quién fue y qué hizo exactamente su antepasado y por qué es justo y necesario que su nombre sea borrado del callejero de Córdoba, ciudad a la que, aunque la dotara de alguna infraestructura, contribuyó poderosamente a desgraciar.



Parece, sólo parece, porque de los pseoeístas no puedes fiarte ni un pelo, que ya está completamente decidido y que los nombres de los criminales cuya presencia para las víctimas del genocidio nacionalcatólico supone una injuria permanente van a ser arrancados. Sólo espero que no se sustituyan por otros, buenos o malos, benefactores o malefactores, de personajes reales o imaginarios de mitologías religiosas vivas. El mundo y la ciudad están llenos de cosas con nombres preciosos que poner a sus calles sin necesidad de correr el riesgo de equivocarse ni ofender a nadie. Y que se imponga el anhelo aquel, salido de la pluma de Francisco Moreno Galván, que cantara José Menese hace años por marianas:

CUÁNDO LLEGARÁ EL MOMENTO
EN QUE LAS AGÜITAS VUELVAN A SUS CAUCES
Y LAS ESQUINAS CON SUS NOMBRES:
NI REYES, NI ROQUES, NI SANTOS, NI FRAILES.
A LA DINA DANA...

martes, 13 de febrero de 2018

Córdoba ¿capital del negacionismo naci?

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NOMENCLATURAS DE IDEOLOGÍAS CRIMINALES

nazionalsocialismo - nazionalsocialistas, abreviadamente NAZIS
fascismo - fascistas
nacionalcatolicismo - nacionalcatólicos, abreviadamente NACIS

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¿Qué está pasando en Córdoba para que sus fuerzas reaccionarias estén presentando una numantina batalla contra las exigencias de higienización del nomenclátor franquista de las calles, sin importarles caer en delirantes pozos de ridículo? La cosa no sería extraña si en otras ciudades de más acervo naci que Córdoba, como Zamora o Burgos, sus fachas no hubieran aceptado racionalmente por fin la limpieza.

Probablemente que se trata de la peor casta de nietos de nacis de España, superando a la peor burguesía del país, que según Lorca, era la granadina. Aquí son sus descendientes y están rabiosos. Son los hijos y nietos de los que cometieron un genocidio del que ellos mismos se han beneficiado toda su vida. Nadie nunca les echó en cara que vivieran de puta madre, disfrutaran de buenas casas, juguetes en Reyes, vacaciones en el mar, estudiaran en buenos colegios y universidades y contaran con las redes que habían creado sus abuelitos y padres nacis para controlar el país y encontrar privilegiado acomodo laboral sin problemas.

Y todo eso lo gozaban porque sus mayores habían asesinado y robado a cientos de miles de españoles para ello. Pero como dice Bartolomé Clavero en su imprescindible El árbol y la raíz, las responsabilidades políticas, sociales y penales por los crímenes de los inmediatos antepasados no se heredan, pero los morales, los cívicos se heredan con el patrimonio. Y lo saben. Los apellidos de los que mandan en la ciudad no engañan, el de algún dinosaurio pesoeísta incluido. Y por eso, en una de las ciudades donde sus padres y abuelos perpetraron uno de los peores genocidios que se cometieron en la Revolución Nacionalcatólica, no quieren perder ya uno de los últimos tapones que impiden que la mierda de los crimenes y la sangre de las víctimas les inunden. Los criminales Cañero, Cruzcondes, Rey Díaz, Vallellano y Pemán, son los últimos de filipinas de la sinrazón moral que defienden. Por eso compran sicarios, periodistas y trepas, muchos descendientes de las víctimas de esos cabrones. El lema parece ser: sacad a vuestros muertos de las fosas de una vez, pesados, pero no toquéis el honor de los que los mataron, porque son nuestros ilustres antepasados y lo hicieron por el bien de España.

Estas son algunas de las batallas que han presentado:

¿Alguien imagina que un historiador escriba un artículo en un diario en el que acuse a un cirujano de haber usado arteramente el diagnostico y el instrumental quirúrgico en la operación de un paciente? Pues, salvando los peros que se quieran, exactamente el equivalente a eso es lo que hizo un cirujano respecto a un historiador ayer en un diario local. Hoy el historiador le contesta muy educadamente, demasiado desde mi punto de vista, explicándole el diagnóstico y el instrumental que él y sus colegas historiadores han utilizado para la operación quirúrgica que extirpará del callejero de Córdoba a un puñado de nacis (nacionalcatólicos) que habían sobrevivido por diversas causas (fundamentalmente la cobardía de los políticos) a anteriores operaciones de higienización democrática del nomenclátor callejero.

Unos días antes fue un tipo que durante muchos años fue alto responsable de contenidos —socialista— de esa maquina de cretinización masiva que es CANALSUR, más conocida como CAGALSUR, el que se deslizaba por la pendiente de la desvergüenza defendiendo también al naci Cañero con el argumento de que su condición criminal formaba parte de una mitología. Un alto funcionario de temas informativos de la Junta que no tiene la decencia de utilizar los documentos oficiales (la hoja de servicios militar) que demuestran la índole criminal del señorito rejoneador. Todo por salvar el honor de los abuelitos nacis, alguno puede que hasta carnal.

Pero para delirante el lanzamiento a pecho descubierto y sin flotador al estanque del fangoso ridículo de este portentoso carcasaurio que ha borrado minuciosamente de las wikipedias su correoso pasado anterior a su conversión al centrismo liberal (UCD) en la Transacción, y que alcanza hoy el éxtasis pajillero para defender el honor y la gloria de José Cruz Conde. Más allá de lo esperpéntico, en la forma y en el fondo, de su intento, su discurso podría servir como perfecto ejemplo práctico en las facultades de Políticas de este país de la clase de liberales que hicieron el supuesto tránsito de la dictadura a la democracia en los 70. Sólo en esta España absurda y jeyonda es posible el espectáculo de un sedicente liberal constitucionalista defendiendo la memoria de un tipo que colaboró conspicuamente en dos golpes de estado contra regímenes constitucionalistas. Por pura higiene mental recomiendo leer sólo los dos párrafos finales de la infecta deyección.

El PP ha agarrado con sus afilados colmillo de perro de presa el tobillo del tema porque últimamente tiene que demostrar a sus votantes fachas que es más facha —de ahí su también dentellada en el de la cadena perpetua— que los de Ciudadanos, y en Córdoba lo tiene crudo, porque uno de los concejales del partido criptofalangista se ha destapado como un ultracentrista defensor de nacis del copón en una maloliente deyección que evacuó en el AWC . Échadle, chicos del PP, los galgos fachas a ese gamo...

Ambos grupos ultracentristas, el PP y el CDs, pensaban que, saliera lo que saliera de la Comisión, los social-centristas se arrugarían, la Marisuavona y el Tío Pamplinas no tendrían riles de cumplirlo. Y razón no les faltaba porque amagaron con ello. Pero la tesitura de no cumplir la ley y ofender a la decencia y sobre todo la presión de sus socios de izquierdas los ha rescatado de las garras del Mal.

Para demostrar que son más fachas que los de Cds. la franquicia local de la, según un juez, Organización Criminal se ha comprado un gabinete de prensa —a precio de saldo, que está la cosa mu mala entre el gremio, ¿eh que sí, tronko?— que le ha diseñado la campaña de las falsas encuestas populares, el despiporrante referéndum ilegal ¡¡¡para decidir si se cumple o no la ley!!! y la recogida de firmas, que ya aprovechan para sumarla a la de la cadena perpetua, como pude comprobar el otro día cuando en zona nacional me abordó una oroymechada señorona para solicitarme ambas y a la que espanté proclamando lo de ¡todo el poder para los soviets! La ayuda indecente les ha venido de alguien que debería ser extremadamente escrupuloso en sus manifestaciones, pero que dado el cargo que ostenta de, como a él le gustaría llamarlo, gobernador civil y Jefe Provincial del Movimiento, no hay más preguntas, señoría.

Pero es en la prensa, entre los plumillas, donde encontramos las más delirantes y pestilentes artillerías contra el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica y el dictamen de la Comisión pactada por todos los grupos. En el AWC, con sus artilleros de puente narcocofrades casi al completo y un rijoso plumilla que confiesa que le pone a sien el nombre de Cruzconde porque lo transporta a la visión de las piernas de las chicas que entran en no sé qué club de esa calle cuando lo necesita, hasta la prensa ultraderechista clerical-cofrade de La Coz (propiedad mediada entre el PP y el cabildo / cofradías) donde los delirios que perpetran han conseguido alzarlos con el título de los ultraderechistas más tontos del occidente europeo. Ahí es nada lo del parroquidermo que trataba de infamar la memoria de La Pasionaria tratando de colocarla en un nivel de infamia superior a la de los naci-onalcatólicos criminales que a él lo ponen-lo ponen.

O su colega, el también parroquidermo que dice las misas por el alma de Franco cada año en su parroquia para tres o cuadro escuadras de neonazis y que habla de los tuyos y los míos dejando claramente con sus misas él de quién es. O el que se permite llamar nada democrática a la Comisión de la Memoria Histórica que han pactado DEMOCRÁTICAMENTE todos los partidos…

Pero el grado de mentecatez más desorbitada la alcanzan los periodistas profesionales de ese panfleto ultraderechista. En su delirio defensor de la memoria de los abuelitos nacis no dudan en hacer el más espantoso de los ridículos, algo que a ellos no debe preocuparles, porque ya se sabe que al imbécil son normalmente los demás los que lo detectan. Que dice uno, que para franquista, más que Cruz Conde, el morabito de Colón, que lo construyó Franco para que rezaran los rifeños a los que obligó a enrolarse en una guerra que no iba nada con ellos y que fue cedido hace sólo unos años, después de servir por décadas de almacén de herramientas de jardinero, a la comunidad musulmana para que la volviera a usar como mezquita. El capullo ultraderechista que firma eso no cae en la cuenta de que por la misma regla de tres eso afectaría a miles de iglesias de este país. No es extraño que el cura de las misas a Franco, un tipo con más peligro que una pistola en las manos de un mono, se sumara y perpetrara otra canallesca columna teñida ya de paso de evangélica islamofobia. Hoy mismo el que parece que hace de baranda del panfleto da un paso más allá y trata de reírse de a Comisión de la memoria sacando a la luz una serie de nombres de países y accidentes geográficos que fueron puestos en época franquista: Italia, Alemania, Ebro… Los que conocemos a este gracioso sabemos que su gracia siempre radicó en el mismo sitio. O sea… Un poco más simple... y le salen alitas.

La prensa estrictamente cofrade, esa Gente de Pis, también se ha sumado. No es raro, algunas cofradías siguen teniendo como Hermanos Mayores Honoríficos a Franco, Queipo y Mussolini... Llevo anunciándolo hace tiempo: la ultraderecha que viene será cofrade o no será... Las señales son inequívocas. Algunas son visibles, como la moda entre los costaleros de usar como condón cabecero sacas de Correos con la la cinta rojigualda. La mayoría de ellos, aparte de los militantes reaccionarios, son jóvenes de barrio, sin otra alternativa de socialización que el consumo en pandas de cofradeína: incienso cera y costal, pero su adoctrinamiento por parte de verdaderos energúmenos es algo que debería preocupar a sus padres y a la sociedad en general. Otras no tanto... como algunas consignas que suavemente se inoculan a los jóvenes desde esa prensa que, en lugar de dedicarse a despachar sólo cofradeína, ofrecen otras mercancías más peligrosas, como esta del dueño de esa dealer office que predica la instauración -de nuevo, como en los tiempos que a él le gustaban- de la pena de muerte.

Lo flipante de este asunto es que los defensores de honor de los abuelitos nacis han conseguido, no se sabe cómo, que ni siquiera se hable de uno de los peores, el obispo Fray Albino, que conserva su nombre en avenida, barriada y hasta colegio de niños. Algo esto último realmente grave si se tiene en cuenta que su obra literaria cumbre fue una adaptación del Mein Kampf del Führer como catecismo colegial, tan nazi que hasta la propia Iglesia tuvo que mandar a Franco retirarlo. Que se tienen sospechas de que participó en la preparación del golpe de estado en Tenerife y que se lo pasó tan bien una vez consumado que se divertía haciendo estadísticas de cuántos rojos confesaban antes de morir fusilados y cuántos no, por la necesaria Justicia de Franco. Está escrito de su puño y letra, o sea que pruebas hay para enviarlo al cajón de la infamia más absoluta.

Dan mucho miedo. Cuando reinvindican la pena de muerte que sus abuelitos nacis con tanta liberalidad practicaron. Y llegado el momento no nos salvará, como la vez anterior, nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que uno de cada tres militares y jueces de este país pertenecen, como ellos, a una secta sotánica.

lunes, 12 de febrero de 2018

Mardones, el obispo almizclero

No se sabe el número de moriscos que consiguieron zafarse de la orden real de expulsión de la península Ibérica. En Córdoba al menos sabemos de uno. Un médico. Felipe de Mendoza. No sabemos si era buen médico, malo o regular. Sólo que se salvó de la expulsión por sus prescripciones médicas. Concretamente por sus prescripciones médicas a un obispo. Al de Córdoba. Al obispo Diego Mardones (1607-1624).

Mardones había acumulado a lo largo de su matusalénica vida en la corte muchos cargos reales, como el de confesor del rey y Consejero de Hacienda. Y ya anciano, el rey, no se sabe si por quitarse de encima a confesor tan añoso —tenía cerca de 80 años—o tan pejiguera o por concederle una especie de jubilación tranquila en provincias lo envió a Córdoba. El cuarto de los Austrias debía de ser un cachondo mental de la misma calaña que nuestro actual emérito Campechano Borbón Mataelefantes, porque con el obispo envió una carta al Cabildo en la que decía que lo que inviaba eran los huesos de Mardones, para significar los muchos años que tenía. Lo gracioso es que todavía sobrevivió muchos más al rey mocetón y burlador de viejos que la diñaría tres años después.

Contando 83 años nuestro obispo requirió los servicios del médico morisco que se apresuró a prescribirle un maravilloso remedio, que fue sin duda el que le salvó a él de la expulsión ya en marcha que sufrieron sus hermanos de origen y al obispo de todas sus melancolías. Y es que no hay nada como recetar a un cocainómano una buena dosis de farlopa para contar con su agradecimiento eterno, porque por esa prescripción facultativa nuestro viejo y picarón obispo SE ALIMENTABA DEL PECHO DE DOS AMAS Y DORMÍA CON DOS NIÑOS GRANDES QUE LE CALENTASEN (1). No es extraño que durase lo que duró el puñetero.

Pero si el buen obispo, aliado con el médico morisco, dejó para la posteridad una tipología de actividades clericales que tanta aceptación habrían de tener hasta nuestros días entre la ensotanada grey, no menos portentosa fue otra de sus actividades, la de marcar el territorio de su poder con sus potentes órganos de obispo almizclero.

El almizcle es una penetrante sustancia olorosa que segregan algunos mamíferos para marcar territorio y tomar posesión de todo lo que en él se incluye. Muchos de esos animales reciben el nombre de almizcleros. Así tenemos el ciervo almizclero, el oso almizclero, la rata almizclera. La sustancia se produce en una glándula que los machos de esas especies tienen en el prepucio o en el periné y es usada en perfumería por su potencia odorífera y su demostrado poder inductor de acatamiento al dominio machirulo.

El almizcle que nuestro obispo usaba no radicaba en su culo sino en su capacidad de ordenar a maestros canteros esculpir y colocar su escudo de armas episcopal en cualquier sitio que quedara libre. Así, en la fachada del palacio episcopal que él reformó en profundidad podemos encontrar nada más y nada menos que cuatro, dos de ellos, enormes, haciendo guardia a la ventana coronada de frontispicio sobre la Puerta de los Carros.

Aparte, en el interior de la Mezquita lo encontramos varias veces más sobre todo en el monumental mausoleo con estatua orante que se mandó hacer en ¡¡¡el altar mayor!!!, algo para lo que no dudó en violentar las ordenanzas del cabildo que prohibía expresamente excesos de egolatría como ese y en el que aparece por duplicado. Otros escudos los encontramos en el arranque de la cúpula de la capilla mayor, en las pilas bautismales, en las puertas de la sacristía y en la cruz procesional de tesorol catedralicio. Y lo que es más impactante: incluso dejó otro en la techumbre de la mezquita fundacional que estuvo visible hasta 1919 en que quedara cubierto por las obras de Velázquez Bosco. En 2009 volvió a aparecer en unos arreglos de las vigas de esa zona que estaban en muy mal estado (2).

Además, también pueden encontrarse marcas heráldicas de almizcle mardoniano en dos de sus fundaciones en Córdoba: el convento del Espíritu Santo para que acogiera a monjas de la misma marca que la suya, pero que fueran de limpia sangre sin mezcla de infeccion alguna y el otro, el de la Piedad, para que un cura, el Padre Cosme, encerrara niñas pobres. Por esas jugarretas de la historia, el segundo se convirtió finalmente en un colegio normal concertado y el primero tomó el papel del segundo: se le cedió a un cura laico exanticlerical con bastón para que encerrara del mismo modo niños y niñas pobres que quieren ser artistas.

En cuanto a su poder destructivo no fue menor que el constructivo. A él se debe nada menos que la demolición del sabat que cruzaba la calle que separa la mezquita del palacio y que llevaba en pie la friolera de 650 años, desde que Al-Hakam II lo mandara construir. Nuestro obispo almizclero no podía soportar que aquello ensombreciera su nueva fachada salpicada de gotas salidas de sus cojones.

(1) Dr. Juan Gómez Bravo Catálogo de los obispos de Córdoba. Tomo II, Córdoba 1778, p. 576.

(2) Mª Ángeles Jordano Barbudo: La intervención de los obispos Mardones y Salizanes en la nave central de Abd al-Rahman I en la Mezquita-Catedral de Córdoba. REVISTA DE ESTUDIOS DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES, núm. 24 (2010), pp. 13-21.