(del laberinto al treinta)


jueves, 5 de julio de 2018

Murcia no tiene Medina Azahara pero tiene vergüenza

En 2009, en pleno centro de Murcia, las obras para la construcción de un enorme aparcamiento subterráneo en lo que fue la huerta de un convento, descubrieron unos restos arqueológicos correspondientes a un arrabal almohade de los siglos XII y XIII. Tras las preceptivas prospecciones el director general de Bellas Artes y Bienes Culturales y el jefe del servicio de Patrimonio Histórico de la Consejería de Cultura, un arqueólogo, decidieron “desmontar” los restos para que continuaran las obras del aparcamiento. Ante ello, se fundó una plataforma ciudadana con mucho apoyo para impedirlo que luchó con dos armas principales: la movilización ciudadana mediante manifestaciones e intentos de entorpecimiento de las labores de destrucción y la judicial. La más efectiva fue esta última. Un juez dictaminó que se trataba de patrimonio público cultural inenajenable y por tanto sujeto a la máxima protección. Los dos máximos responsables se libraron de ir a la cárcel porque crear determinadas jurisprudencias puede ser demasiado peligroso para el sistema. Tras diez años en los que la plataforma ha vigilado la correcta conservación de los restos e incluso ha denunciado al ayuntamiento por manifiesta desidia en sus obligaciones, vuelven los trabajos de excavación y puesta en valor del yacimiento.

Los murcianos no tienen Medinas Azaharas ni Mezquitas Patrimonios de la Humanidad de las que enorgullecerse. Su orgullo está en haber luchado por salvar su patrimonio y ponerlo en valor para, como ha dicho el actual alcalde, “DEVOLVER A LOS MURCIANOS SU HISTORIA E IDENTIDAD" y “ESTABLECER UN DIÁLOGO ENTRE LOS MURCIANOS DE LA MURCIA MEDIEVAL Y LOS DEL SIGLO XXI", algo que los cordobeses nunca tuvimos el coraje de hacer y dejamos sin movilización alguna (el apoyo a la Plataforma “Salvemos los arrabales” fue mayoritariamente foráneo) que se destruyeran medio millón de metros cuadrados de arrabales del siglo X, cuya conservación de sólo un par de hectáreas nos hubieran permitido exactamente eso que dice el alcalde murciano. Para más inri los responsables del crimen ni siquiera pasaron por banquillo alguno y muchos siguen recogiendo en sus sillones los frutos y a alguno y alguna los hemos visto estos días en Medina saltar como monos y monas de alegría al recibir un plátano, el plátano de recompensa que sus amos les arrojan cuando hacen las cosas a su gusto.

Córdoba ha ganado el reconocimiento que le tocaba políticamente y por orden de sumisión por el supuesto cuidado de los restos de los palacios de los poderosos de antaño, unos restos con los que para el ciudadano de a pie es difícil dialogar, como con todas las obras del poder, si no es desde la rendida admiración extática. En cambio le ha sido criminalmente sustraída la posibilidad de hacerlo dinámicamente con sus iguales de hace 1000 años, sentirse identificado con sus formas de vivir y de estar en esta ciudad actualmente desnortada, cuyos habitantes sumidos en una espesa estupefacción no terminan de saber quiénes son exactamente ni cómo explotar de manera racional y sostenible desde la cultura y el conocimiento el regalo infinito de su esplendoroso pasado. Y no usarlo únicamente para vender flamenquines y salmorejo.

jueves, 28 de junio de 2018

Medina Azahara y la Memoria Histórica Arqueológica


Dentro de unos días un organismo de ámbito mundial digno de toda sospecha de moverse frecuentemente por intereses ajenos a la estricta conservación del patrimonio que es su declarada finalidad de existir, asesorado por su no menos digna de lo mismo filial europea y nacional, se reunirá en Baréin para conceder el título de Patrimonio de la Humanidad al conjunto urbano-palatino de Medina Azahara de Córdoba. A pesar de la unanimidad en el jolgorio que ha concertado el anuncio entre el cordobesismo onanista, el gremio de la explotación hostelera, las autoridades autocomplacientes y una población que raramente ha visitado el monumento, como siempre, en una ciudad que tiene la discreción como verdadero escudo de armas, no han faltado voces insorribles que señalen ceñudamente que un conjunto arqueológico en cuyo perímetro las administraciones han permitido tan panchamente la construcción de 190 chalets ilegales en solo 8 años (1995-2003) lo único que debía esperar era la calificación de Patrimonio de la Barbaridad.

Así, entre los entusiastas del premio y los insorribles de la denuncia de los chaletes prácticamente nadie ha caído en lo que significa realmente ese premio para la política de conservación del patrimonio que ha imperado en los últimos decenios en esta ciudad: una verdadera cortina de humo que difumina, temporalmente —porque el tiempo y la memoria histórica acabarán abriendo sus fosas para que se conozca— el genocidio arqueológico que un ejército perfectamente organizado de políticos, técnicos, arqueólogos funcionarios, constructores y profesores universitarios ha perpetrado en esta ciudad. Con la inestimable ayuda de la comprada prensa local que dirigió las operaciones de distracción informativa para que lo que estaba siendo un horripilante crimen contra la cultura pareciese una necesidad ineludible del progreso.

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viernes, 15 de junio de 2018

Presentación de "La odisea..." en Iruña

CON LIBRO

El lunes 4 de junio gocé de la suerte de poder presentar "La odisea de los rabadíes" en la magnífica librería KATAKRAK de Pamplona. Rodeado de amigos antiguos (de hace casi cuarenta años), nuevos y algunos que conocí allí y con la amabilidad de la gente de la librería. Y especialmente con la precisa presentación que me hizo mi amiga Blanca Oría, a la que agradezco además las gestiones que hizo para que se celebrara el acto.

La historia de los rabadíes gustó bastante más que mi presentación en sí. Pero sobre todo, sorprendió. Sigo percibiendo la extrañeza que provoca en quien tiene noticia de ella porque una historia tan impactante como aquella sea tan desconocida. Y no solo fuera de nuestra ciudad sino incluso entre la inmensa mayoría de nuestros paisanos.

Una velada deliciosa que culminó en una opípara cena el mítico Lambroa del el casco antiguo de la vieja Iruña, rodeado de Blanca, Karmele, Julia, Ana, Carlos y Félix. Gracias y todos y a cada uno.

CON bLANCA conblanca solo

domingo, 20 de mayo de 2018

La Feria del Mal Fario

SOLEMNE TRASLADO DE LAS MIASMAS SEPULCRALES DEL CEMENTERIO DE LA SALUD AL REAL DE LA FERIA

Hoy sábado, primero de la Feria, ha tenido lugar un acto, supuestamente festivo, que da realmente la medida de la profundidad del pozo de reaccionarismo en el que nadan las manifestaciones folklokulturales oficiales en esta ciudad. Córdoba, me refiero a Córdoba, amigo o amiga, por si no sabes desde donde escribo. Hace cinco a seis años a una momia de las muchas que gestionan con paso oscilante y brazos tiesos los destinos culturales de esta ciudad, concretamente una que cortijea en los museos municipales, le rezumó de su casposa entrepierna "resucitar" –cosa de zombis, claro, esa de “resucitar”– una tradición veterofolklotestamentaria de dudosa legitimidad: la de reenlazar cultualmente el origen de la feria –del ganado, como todas– de la ciudad, casualmente –que no causalmente– con el mundo posmoderno en el que se desarrolla actualmente. No debió esforzarse mucho para convencer a la sociedad folklofriki cordobesa que ramonea su ocio en el casino ese de la Amistad para que uniera la voluntad de sus entrepiernas con la de la suya propia en una portentosa confluencia de caspa genital capaz de construir inveteradas tradiciones de birlibirloque.

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No voy a entrar en el sentido o no sentido religioso de esta feria que es cosa ya superada: la feria, como todas, aprovecha una festividad religiosa –obligatoria, como todas– para celebrarse, porque alguna hay que aprovechar, pero no es la festividad religiosa en sí, por mucho que la carcunda católica local quiera vincularla esencialmente y hayan rescatado el viejo nombre del avatar de la madre del dios de los católicos correspondiente a aquella, en este caso el de Virgen de la Salud. Se trata de un culto inventado por agricultores y tratantes por la necesidad de crear una feria en la Puerta de Sevilla. Se “descubre” una imagen supuestamente enterrada, se le achacan un par de milagritos, se le construye una ermita y se celebra una feria en su honor. Las autoridades no tienen más remedio que aceptar el hecho consumado. A principios del XIX la feria se desvincula físicamente de la ermita y se traslada a la Puerta Gallegos y en los terrenos traseros a la ermita los franceses, que vinieron a traernos la Ilustración, ordenan construir un cementerio para sacarnos de la mugre moral en que nos mantenía la monarquía absolutista borbónica y su perra guardiana, la Iglesia Católica. La respuesta fue echarlos a golpes de trabuco y navaja, pero, ya que estaba hecho, el cementerio persistió en su uso con su ermita delante. Y de paso sirvió de cachondeo fino para todo ciudadano del universo que escuchara aquello de Cementerio de la Salud.

El caso es que esa reciente confluencia de voluntades de entrepierna, esa Unidad de Destino en lo Casposal, consiguió del Ayuntamiento –por entonces en manos de los nacionalcatólicos PPeros, pero hubiera dado igual porque los de la izmierda local hubieran acabado escupiendo igualmente pelillos, permiso para enlazar de nuevo físicamente ambas cosas, la feria posmoderna y el culto católico jurásico olvidado.

Así que desde hará unos cuatro o cinco años los pseudoseñoritos del casino Círculo de la Amistad, los pescuezoacaracolillados de la Ecuestre y se supone que la momia de los museos vienen montando una festolina folklofriki consistente en una procesión de caballistas que el primer día de feria conduce solemnemente y dejando el correspondiente reguero de apestosos cagajones por las calles, un apolillado pendón alusivo al avatar virginal que lo patrocina desde el cementerio donde se guarda todo el año acumulando miasmas mortuorias hasta el Real de la Feria, desde donde se expandirán por todo el espacio festivo.

Una verdadera macabrada, una genuina convocatoria de malafollá, un auténtico acto de invocación del mal fario que cualquier año va a tener los efectos propios de estas cosas de mezclar las cosas de los muertos con las de los vivos y va a dar lugar a una desgracia mu gorda.

Yo por si acaso y mientras esa ceremonia siniestra tenga lugar no pienso pisar la feria.

NECRONOMICÓN. VAJÍO. ESPELUZNAMIENTO. MAL FARIO. ¡LAGARTO! ¡LAGARTO!

Para completar la siniestrada este año la misa en la ermita la dictó un cura de la saga caciquil de los Cruz Conde, que tanto que ver tuvieron con los fusilamientos de varios miles de cordobeses republicanos en las tapias de ese mismo cementerio.

sábado, 12 de mayo de 2018

Torturas solidarias

Cine de verano en la Ermita de la Aurora

Algunas zonas del casco antiguo de Córdoba, concretamente la calle de la Feria, se están convirtiendo en lugares acústicamente invivibles: tamborradas cofrades un finde sí y otro también, el maratón de sevillanas de la cruz no menos cofrade de san Francisco, las putas campanas de la iglesia mañana y tarde, las despedidas de soltería de las generaciones de jóvenes más cretin@s de la historia de la humanidad, la romería de borrachuz@s de los viernes y sábados a las 3-5 de la mañana que salen del Soho y gritan como posesos, mean y cagan, sin dejar de gritar, bajos los naranjos, el estallido continuo de vidrios reventados del contenedor, los trallazos metálicos de los barriles de cerveza descargados de los camiones que surten a los muchos bares de la calle, el ametrallador tableteo de las ruedecitas de las maletas de los turista por el acerado de cuadradillo, el tráfico y sus continuos conciertos para berrido y claxon, con especial cariño para los conductores descerebrados que bombardean el aire con los chunda chunda de sus potentes bafles acoplados en sus coches, etc. El precio de vivir en el marco incomparable de una de las calles más hermosas al oeste del Pedroches.

A todo ello y desde hace unos años se ha sumado el cine de verano de la ermita de la Aurora durante todo el verano y las cada vez más frecuentes fiestas solidarias sabatinas de las ONGs a las que el Ayuntamiento, propietario del espacio, y la Asociación de Vecinos, gestora del mismo, se lo ceden para que coloquen sus barras, sus potentes equipos de música y sus batucadas diversas. Con lo que recaudan en esas fiestas sufragan parte de sus proyectos solidarios. Muchos y muchas de los que las organizan son conocidos míos, me caen superbién y me rindo ante sus esfuerzos solidarios. Y además reconozco que soy parcial, muy parcial: si se hubiese tratado de fiestas cofrades o folklopolladas hubiera denunciado desde el minuto 0’1, porque los beneficios van para enjoyar ídolatrías y fomentar supersticiones. Pero son de izquierdas y hasta ahora las celebraban cada dos o tres meses, lo que me ha hecho siempre aguantar estoicamente el insoportable pestiñazo de los taladrantes soniquetes a todo volumen propios de esos eventos durante las mejores diez horas de mis sábados, los únicos días en los que puedo disfrutar de un libro, una serie o una siesta vespertina. Habiendo, por demás, cientos de espacios en la ciudad para montarlos. Por sistema de rotación, por ejemplo.

Lo más gracioso es que de alguna manera lo que estoy sufriendo es un castigo de Dios. Sí, del Dios de los católicos, que nunca nos perdonó que le arrebatáramos un bien que no pagaba IBI. Porque ese espacio, lo que fue el solar de la vieja ermita pertenecía supuestamente a la Iglesia cuando llegamos a la calle en el jurásico año de 1982 y servía de almacén de viejas vigas producto de los trapicheos inmobiliarios del cura de una parroquia cercana. Una ruinosa tapia, a través de la que algunos vecinos-basura arrojaban la suya atrayendo a verdaderos ejércitos de ratas, la separaba de la calle. Algunos vecinos iniciamos una campaña de denuncias al ayuntamiento, sí, aquel mítico de izquierdas antes de que lo colonizase el rosismo, que al cabo de dos años y varias inspecciones se habían sustanciado en tal cantidad de multas que el solar pasó, por esa causa, o al menos nos hacía ilusión pensarlo, a manos municipales. Después de una preciosa rehabilitación en la que se rescató la muralla romana, su posible utilidad de uso pasó por varios proyectos, desde la instalación de un parque infantil —necesario, pero amenaza espeluznante para algunos— hasta una ancianoteca habilitando cómodos bancos para los envejecidos vecinos del barrio. Finamente se cerró con una verja para evitar que se convirtiera en un chutódromo de yonquis. Algunos domingos fuimos sorprendidos por pequeños conciertos de música de cámara a cargo de cuartetos de jóvenes procedentes de países de detrás del recién caído Telón de Acero. Otros por efímeras exposiciones. Finalmente dejó de ser usado hasta que se cedió para que algunos anticuarios del barrio expusieran los domingos, para trueques de libros y dos meses de verano como cine.

Y ahora en que, por fin, y por la venganza de Dios Todopoderoso, se ha convertido para nuestro castigo en el verbenódromo solidario de la ciudad. Casi cada sábado. Batucadas, sí batucadas, a las seis de la tarde, horripilantes chundas-chundas, sincopados raps y otras formas refinadas de tortura escatológico-musical durante diez eternísimas horas. Nunca se les ocurre poner algo de Boccherini, verbi gratia. Y es que parece que la solidaridad está reñida con el buen gusto o con la moderación decibélica. Algo que llevo comprobando en mis muchos decenios de rojo irredento.

Lo último que me apetece es convertirme en el clásico viejo gruñón y pejiguera, pero el lunes empezaré a dar por culo. Y espero no tener que llegar al Tribunal de Estrasburgo o al Defensor del Habitante de la Vía Láctea.

martes, 1 de mayo de 2018

La privatización de las Cruces de Mayo cordobesas

En mi barrio la Mezquita no es bizantina, sino mora y bien mora, de tetera y narguile


El Ayuntamiento de Córdoba ha distinguido en el concurso de Cruces de este año de 2018, modalidad Casco Antiguo, con el primer, segundo y tercer premio a las de la Hermandad del Huerto, la Paz y el Resucitado y con premios adicionales a las de la Misericordia, la Soledad y el Calvario. Aparte, en otras modalidades como Recintos Cerrados y Zonas Modernas, también han sido distinguidas las de la Merced, San Rafael y el Sepulcro. Así, al primer golpe de vista, con lo que nos encontramos es con que esos nombres no hacen referencia a lugar del casco antiguo alguno. No son nombres de plazas, calles o barrios, sino nombres de cofradías católicas, es decir franquicias de la empresa multinacional Iglesia Católica Corp. dedicada a la elaboración y venta de productos espirituales, de autoayuda y folkloreligiosos y encargadas de sacar periódicamente a la calle la publicidad de los mismos. Sólo expurgando entre los premios encontramos otros nombres que no hacen referencia a esas franquicias católicas. Y son menos de la mitad de un total de 48: Un puñado de Asociaciones Culturales y sólo cuatro Asociaciones de Vecinos, dos de ellas las de los barrios obreros de Kañero y el Cerro (cuyo nombre oficial usurpa un obispo nazi).

Ese último dato es demoledor. La fiesta de las cruces, aunque los antropólogos suelen remontarla a tradiciones paganas y animistas previas a la irrupción del absolutismo cristiano, al que sobrevivieron camuflándose, en su actual forma parece que se remonta a finales del XVIII y principios del XIX. Fue siempre una fiesta muy, muy popular, que celebraba el orgullo vecinal de las clases más pobres estimulando la colaboración imprescindible para la convivencia y fomentando la creatividad de quienes sólo contaron siempre con escasísimas ocasiones en su vida para ejercitarla. En cada calle, en cada plaza, los vecinos celebraban la llegada de la primavera disfrazando con luminosidad floral el signo obligatorio por antonomasia de la represión brutal de la Iglesia, despojándolo por unos días de su siniestro simbolismo habitual.

El franquismo primero y el pesoeísmo después desactivaron el potencial reivindicativo e identitario popular de las fiestas de barrio mediante la entrega de su gestión al nacional-catolicismo y al nacional-folklorismo, rojigualda el primero y engañosamente blanquiverde el segundo. La entrega a las cofradías narcocatólicas de la organización de las fiestas populares (ferias, cruces y romerías especialmente) y la conversión de las señas de identidad andaluzas en pastiches de lo peor de la Andalucía de cartón-piedra y del barroco contrarreformista, ha supuesto la privatización de la fiesta, su entrega a una multinacional con sede en un país extranjero, con la clara intención de disolver sus potencialidades reivindicativas o su ludismo cimarrón en el aguachirle del conformismo. Por eso los pesoeístas las colocaron en manos de lo más reaccionario del tejido asociativo andaluz, en las de la ultraderecha de raíz nacional-católica, porque con ello garantizaban esa desactivación de su telúrico potencial instintivo, motivo por el que el Capital los había colocado en su sitio. Y a ello exclusivamente respondió la creación de ese arma de destrucción neuronal masiva que es CANALSUR

Pronto será tarde, porque ya está instalada como la normalidad, la que naturalmente tiene que gestionar nuestras fiestas, las de todos, acomodándolas a su gusto y sacando un beneficio económico que no revierte en la propia gente del barrio, porque los cofrades que montan una cruz ya no son del barrio y las ganancias de sus barras se van directamente a las arcas de la cofradía, que no por estar en el barrio pertenece al mismo, desde donde por el intrincado tubo digestivo clerical le perderemos del todo la pista.

Por eso yo, siendo poco aficionado a las festolendas multitudinarias, voy cada año a comerme un potajito y trasegar unas birras a la Cruz de Mayo de mi barrio, del barrio de Kañero, a pesar de que mi madre hace un par de años que por su edad ya no anda como voluntaria, como varias decenas de vecinos y vecinas más, entre sus fogones ni pincha geranios en sus macetas, aunque siga ejerciendo su imperativo maternal exigiéndonos presencia en ella. Porque esa Cruz es un vestigio abocado a la extinción de cuando la fiesta de las Cruces de Mayo era una fiesta auténticamente popular y no un botellón cofrade y lo de menos era el concurso que el ayuntamiento fascista instauró para acicatar y premiar la sumisión de los pobres. Como previamente hiciera con la Fiesta de los Patios.

El peligro viene por la muy reciente fundación de una cofradía de Semana Santa en un barrio donde jamás la hubo. Hasta al viejo y combativo Kañero ha llegado la metástasis idolátrica. Y tarde o temprano fagocitarán la organización y el sentido de su Cruz. Ese será el momento en que, si llego vivo, renunciaré a la peregrinación anual, a degustar el ritual potajito en cuenco de barro y a trasegar mi birrita en vaso de plástico, vapuleado, sólo una vez al año, por los espantosos mantras de las sevillanas.



domingo, 29 de abril de 2018

La logia cordobesa desaparecida

La logia en los años 80

Corrían los años 90 del siglo pasado cuando un constructor roepalillos compró el asilo de Jesús Abandonado, un edificio del siglo XVI de la calle Ambrosio de Morales de Córdoba, situado exactamente entre el de la Real Academia y el Teatro Cómico Principal. Se encontraba en estado ruinoso y como tantos otros edificios históricos de la ciudad carecía de protección declarada de Bien de Interés Cultural. En este caso el expediente estaba en ese momento en trámites, trámites que aún tardarían la friolera de 18 años en completarse. Ni corto ni perezoso y sin permiso municipal o de la Junta el constructor lo derribó completamente en un pis pas y antes de que nadie pudiera reaccionar. Las protestas de algunos particulares hicieron que tanto la Junta como el Ayuntamiento se movilizaran y trataran de sancionar al destroyer y al arquitecto a su servicio. Quince millones de pesetas y la obligación de restituir los elementos más característicos de la edificación derribada. Entre otros, una logia de ocho arcos frontales y dos laterales que daba a la calle de la Feria y que coronaba desde hacía casi cuatro siglos la vista longitudinal de la calle Maese Luis desde que se entraba en ella por su extremo oriental. A mí me afectó personalmente la desaparición de aquel elemento porque formaba parte de mi vida y de mi memoria visual: no sólo me había alegrado con su gracia la subida de la calle desde que era niño, sino que desde el balcón de mi propia casa se veía perfectamente formando parte del impresionante paisaje de fachadas centenarias de la calle de la Feria. Mi berrinche fue tal que en aquellos momentos creo hubiera estrangulado con mis propias manos a los responsables del crimen.




La Junta de Andalucía jamás consiguió imponer aquella sanción a aquellos energúmenos. Podría haberlo hecho si no hubiera contado a su vez para ello, y para haberlo protegido previamente, con la misma ralea de destroyers: los gestores y políticos del ramo cultural más nefastos al oeste de cabo de Palos. Sí, esa panda de responsables del mayor arqueolocidio de la historia de la humanidad, del arrasamiento del yacimiento de Cercadilla, de medio millón de metros cuadrados de arrabales califales del siglo X y de aquellos 18 años de demora que permitieron a los salvajes aquellos irse de rositas según dictaminaron sendas sentencias del TSJA y del Supremo, que colocaron en aquella demora la causa de la anulación de la sanción.

Reconstrucción ideal de la vista de la logia desde Maese Luis


Sea como sea y según he podido averiguar, la obligación de restituir la logia sigue aún vigente, heredada por quien finalmente decidiera obrar el solar del antiguo asilo. Y en esas estamos: desde hace un mes se viene construyendo un edificio destinado a apartamentos turísticos en el solar que ha permanecido baldío durante más de 20 años. Las obras ya han llegado a la zona donde estuvo la logia. Así que me encuentro expectante y expectorante, pendiente día a día de comprobar si la obligación de restitución se cumple o no se cumple. Por ello, me he permitido hacer unos montajes de cómo debería quedarse, para que no nos engañen. Eso sí, si finalmente se restituyera tendría que competir visualmente con el absurdo culazo cubista y polícromo que los mismos indigentes mentales permitieron que se hiciera en la ampliación del Teatro Cómico Principal. Seguiremos informando.


Perspectiva de Maese Luis con y sin logia