(del laberinto al treinta)


martes, 14 de octubre de 2014

Las tribulaciones de Monsieur Pegaux


Hace un par de meses terminé un pequeño relato en el que recreé una anécdota de la historia de Córdoba que me apetecía contar. En principio iba a ser un post para este blog de no más de tres o cuatro folios. Pero el propio feto de la narración me fue reclamando más y más espacio, más y más vida. Y yo, aunque con bastantes resistencias, no tuve más remedio que ir concediéndoselo. A pesar de los cuarenta definitivos con que le di fin, fueron esas resistencias mías las responsables de que haya quedado finalmente, por falta del suficiente aire para respirar con más desahogo, bastante subdesarrollado, un poco mucho mazacote, apelmazado. Podría currármelo y convertirlo en una obrita quizás más apreciable, pero no tengo ganas. Estoy en otras cosas. Pero como me da pena dejarlo en el cajón porque contiene informaciones muy interesantes sobre personajes e historia de la ciudad me he decidido a ofrecerlo. Para los que tengan E-READER lo proporciono en un archivo EPUB para que les resulte más cómoda la lectura.



I
Así que el globo estaba listo para despegar dos horas exactas después del amanecer del domingo 20 de mayo de 1860. La clavada puntualidad quedó garantizada porque uno de sus tres tripulantes era británico, aunque el hecho de que los otros dos fueran franceses no los hacía menos maniáticos de la exactitud horaria. Se trataba de tres personas serias y de absoluta fiabilidad: Mister Clifford, galés, y los Monsieures Gueldon, Alfred, y Pegaux, Jean Jacques, franceses de nacimiento. Más garantía de puntualidad y seriedad debemos suponer si tenemos en cuenta que las otras dos personas que participaban activamente en la aventura también eran británicos. Bueno, no del todo. Pero casi. Uno de ellos, inglés, lo era legítimamente: Mister Duncan Shaw, emprendedor empresario especializado en derivados plúmbeos y en ferrocarriles. El otro lo era de espíritu: Don Melitón Martín nacido en Segovia, pero emigrado a Londres desde los tres años en que acompañó a su padre exiliado liberal y residente en ella hasta los veinte en que terminó su formación en ingeniería en la capital británica, trabajaba, tras su regreso voluntario a Madrid, en la industria del gas y en la del ferrocarril, ambas así mismo y como bien se sabe por aquel entonces en manos de capital y dirección anglo-franceses. Minimizada felizmente quedaba, pues, la posibilidad de que la consustancial chapucería hispánica tuviera ocasión de dar al traste con la aventura. El alivio subía además tres cuartos de tono si tenemos en cuenta que todo aquello ocurría en la Muy Noble, Muy Leal y Muy Tarambana Ciudad de Córdoba.

domingo, 12 de octubre de 2014

Mezquita de Córdoba: modernidad e identidad

Como amenacé en el anterior post hoy voy a tratar de exponer una serie de ideas que quise dejar fijadas en el coloquio que sobre la inmatriculación fraudulenta de la Mezquita de Córdoba que ha perpetrado el cabildo se celebró en la Biblioteca Central con motivo de la presentación del segundo volumen del número 2 de la Revista REBEL-ARTE que editan Las Mesas de Convergencia de Córdoba y en el que participé como contertulio de la profesora de filosofía Hedwig Marzolf, pero que por causa del accidentado comienzo que tuvo y otras lamentables circunstancias de las que prefiero no acordarme, se me quedaron en la mochila.

Aprovecho también para agradecer a los organizadores que se acordaran de este humilde bloguero invitándolo a participar en un acto en el que concurrieron personas del calibre profesional e intelectual de la propia Hedwing Marzolf, doctora en filosofía por la Sorbona, además de Antonio Vallejo, director hasta hace muy poco del Complejo Arqueológico de Medina Azahara, el arquitecto Pedro García del Barrio, el periodista Juan José Fernández Palomo, el dinamizador cultural José David Luna, el profesor de la UCO Octavio Salazar y el teólogo liberacionista Juan José Tamayo.

Y ya puesto en aprovechamientos, aprovecho para mostrar mi más acendrado desprecio por la prensa cordobesa y su penosa corte de propagandistas que usurpan el título de periodistas, que, salvo la notable excepción del diario digital Cordópolis, no se hicieron ni el más mínimo eco de la celebración del acto. En una ciudad donde no suele haber demasiadas ocasiones de debate cultural y cívico y en la que esos medios no dejan sin cubrir ni una sola de las 250 procesiones católicas anuales que padecemos.

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MODERNIDAD E IDENTIDAD

Hedwig tenía que defender la visión que en su artículo presentaba de la Mezquita como símbolo de modernidad mientras yo tenía que jugar con mi visión de la identidad de la misma y de paso de la identidad de la cultura española y la de nuestra ciudad en particular. Todo ello sumamente condensado dado el escaso tiempo del que disponíamos. No pudo ser en la medida que ambos temas se merecían. Por eso ahora, que no tengo limitación de espacio o de tiempo más que la que le impongan a quien por aquí aparezca su propio interés o su paciencia, voy a tratar de explicarme lo largo y tendido que haga falta. Amenaza: ya sabéis los que me conocen lo que eso significa.

La muy interesante visión sobre la identidad de la Mezquita-Catedral de Córdoba de Hedwig y la mía son completamente opuestas, aunque curiosamente coincidan en su condensación en un mismo término, el de modernidad. Para ella la Mezquita es moderna porque representa la fusión física de un templo católico y uno islámico y la espiritual del reciclaje de fe y razón que, según ella, es la base de la Ilustración, lo que conectaría ese proceso con el avance moral que supone que lo diferente se guarde mutuamente el debido respeto. Para mí, por el contrario, la modernidad que pueda definir a la Mezquita-Catedral de Córdoba es la que apela al sentido estrictamente historiográfico del término. O sea, la que considera que su estado actual, una mezquita con una catedral incrustada en su centro, fue fruto de un acto de modernidad, uno de los muchos actos inaugurales con que la nueva España violentamente unificada celebró su entrada en la Edad Moderna. Algunos de esos actos fueron la conquista a sangre y fuego de dos reinos soberanos, Navarra y Granada, los primeros intentos de obligar a la conversión a los musulmanes, la quema de la inmensa mayoría de los libros de la Madraza de Granada, la universidad del último reino de Al Andalus y como correlato la fundación de otra, la de Alcalá, de la que quedaban estrictamente excluidos la cultura de los otros grupos étnicos del nuevo reino unificado y los saberes que pudieran entrar en conflicto con la ultraortodoxia católica que administraba la Iglesia, la constitución de la Inquisición como primera maquinaria totalitaria moderna para vigilar precisamente esa pureza ideológica... Dejo adrede la expulsión de los judíos para el final porque me va a servir para jugar con una preciosa pero muy siniestra simetría que pespuntea la historia de la ideología que amparaba todas esas barbaridades, cuyos efectos sufrimos aún hoy día y más persistente y penetrantemente de lo que normalmente pensamos: el nacionalcatolicismo.

Contra lo que piensa mucha gente el nacionalcatolicismo no nace con los Reyes Católicos, sino con los visigodos. El nacionalcatolicismo es pues una ideología milenaria. Se basa en la defensa de la unidad indisoluble de la monarquía hispana y el catolicismo, de los reyes y los obispos, del trono y el altar, y la uniformidad obligatoria de fe y de pensamiento para todos los súbditos, que cursa con el arrancamiento violento del que se considera solar patrio y patrimonial monarcoeclesiástico de cualquier diferencia que entre individuos o colectivos se encontrare. La Iglesia Católica arrastraba ya una larga tradición de intentos y triunfos de ese tipo desde que en el Concilio de Nicea nuestro paisano Osio clavara al solar del imperio los dogmas del catolicismo e inventara la misoginia, la judeofobia y la persecución religiosa como materias legislables: judíos, paganos y herejes fueron martirizados de manera tan masiva que multiplicaron en pocos años por varias decenas el número de los cristianos que el estado romano ejecutó en toda su historia por causas estrictamente políticas.

No tenía que haber sido condición indispensable pero su germen está en la unificación de la península ibérica bajo un mismo poder por una monarquía de origen germánico recién convertida al catolicismo y cuyos reyes se suceden no por vía hereditaria sino electiva. Esa electividad pasó de ser originalmente ejercida por asambleas de guerreros a serlo por los obispos, de manera que la elección de un rey visigodo se decidía en un concilio, normalmente el que se celebrara periódicamente en Toledo. Además de elegir rey cuando tocara en esos concilios no sólo de debatían temas doctrinales y eclesiásticos sino que de ellos emanaban las leyes que regían el estado.

Parece ser, porque se trata de un tiempo muy oscuro, que mientras fue oficialmente arriano el estado visigodo no obligó a la mayoría católica hispanorromana a convertirse a su fe ni alimentó las legislaciones antijudías previas que heredó del Bajo Imperio de raíz católica. Fue tras la conversión de sus élites al catolicismo por la cada vez más acuciante presión de los obispos, que pastoreaban a un pueblo mayoritariamente católico, cuando el estado visigodo asumió los presupuestos de tolerancia cero que siempre fueron, y lo son hasta nuestros días, la marca más característica del catolicismo. Se persiguió entonces a muerte a los arrianos y se volvió al antijudaísmo institucional que fundara Osio. Una de las últimas leyes que el concilio de Toledo promulgó fue el colofón de otras muchas que contra los judíos se habían allí promulgado a lo largo del siglo VI.

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EL PARÉNTESIS ANDALUSÍ

La simetría de la que antes hablaba es escalofriante. El mismo año de 711 en que los primeras efectivos del ejército omeya desbaratan el putrefacto estado nacionalcatólico visigodo empezaba a hacerse verdaderamente efectivo el terrible decreto que firmase el rey Egica en 694, promovido por los obispos católicos y sancionado por ellos en el XVII Concilio de Toledo, que mandaba la confiscación de todos los bienes de los judíos (conversos obligatorios ya la inmensa mayoría), su esclavitud perpetua y la disgregación de sus familias. A punto estuvo de cumplirse el sueño, largamente postergado por la propia dinámica social y por la roqueña resistencia de las comunidades judías, de los Padres de Nicea de eliminar violentamente de la Hispania católica cualquier rastro de otra fe.

La salvación les vino de mano de los ejércitos omeyas y de la nueva administración que en la península se instauraba. Y esa salvación funcionó como un paréntesis de ocho siglos justos. El mismo año en que el último bastión de ese Al Andalus que salvó a los judíos peninsulares del exterminio caía en manos de la monarquía castellano-aragonesa se restaura el nacionalcatolicismo como doctrina de estado y se decreta la expulsión de los mismos. Ni diseñado por un delirante novelista de historia ficción.

El fin violento de Al Andalus supuso el cierre de ese paréntesis en el que con las trancas y barrancas y con los huecos temporales que se quiera la convivencia entre los miembros de las tres religiones había sido una realidad constatable. Y no sólo en el territorio físico de Al Andalus, sino que en los territorios que los católicos le iban arrebatando, a pesar de que la conquista había tomado desde el siglo XIII un cariz de Cruzada, se contaminaban del espíritu de tolerancia que, incluso en épocas de guerra solía ser en él lo habitual. Lo que Márquez Villanueva llamó el concepto cultural alfonsí.

Ese término de tolerancia le da bastante preventivo repelús a los historiadores serios porque consideran que atiende a un concepto estrictamente contemporáneo, pero a mí me parece muy exacto tal como el otro día lo definió el poeta sirio Adonis enfrentándolo al de igualdad: la tolerancia esconde un aspecto racista: yo te tolero porque tengo la verdad y te dejo hablar. Y perfectamente adecuado para definir las relaciones de poder entre religiones que se establecieron a lo largo de toda la Edad Media en la península Ibérica. Desde luego siempre será preferible el racismo tolerante al exterminante.

Parece como si el catolicismo guerrero triunfante hubiera esperado a matar al último incómodo testigo de esa época para hacer tabula rasa de todo su espíritu. Inquisición, limpieza étnica, quema de libros y de herejes, intolerancia ideológica y religiosa, estatutos de pureza de sangre… Todo lo que no se atenga a la dogmática católica romana, en un momento en que en Europa se están ensayando espiritualidades y acomodos ideológicos más acordes con sus más abiertas sociedades, en la nueva España se extirpa violentamente. España se cierra a cal y canto al pensamiento, a la ciencia y a la diversidad ya para siempre, se convierte en un baúl de apolillados harapos, aire viciado y rancio y tufo a guardado hasta nuestros propios días, en que hemos podido disfrutar de una pequeña abertura por la que ha entrado algo de luz y aire, pero tamizados por la atroz herencia y la santa tradición intransigente, de claridad y contenido de oxígeno insuficientes. Todo ese cocimiento rompe a hervir en unos pocos años del primer cuarto del siglo XVI a partir exactamente de la fecha en que muere definitivamente Al Andalus como poder político, que como entidad cultural malvivirá medio siglo más aún en situación muy precaria, clandestinamente, hasta que se expulse definitivamente a sus portadores: los moriscos.

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LA MEZQUITA

Y es en esa tesitura de extirpación y tabula rasa cultural cuando se construye una catedral renacentista en el corazón de la Mezquita. Y es en ella y desde ese punto de vista donde hay que enmarcar la interpretación simbólica, la identidad ideológica de esa supuesta armoniosa hibridación arquitectónica que se presenta así a la luz de ese foco más como una violación y un acto de humillación y dominio por parte de quien no había podido eliminar los elementos originales que le recordaban a un tiempo y un ámbito en el que tuvieron que compartir tolerantemente espacio físico e ideológico con sus adversarios ideológicos.

La historia de los intentos de destrucción de la Mezquita de Córdoba por parte de los obispos que recalaban en su diócesis y para la que a veces incluso se toparon con la resistencia de parte del propio cabildo catedralicio y siempre con la del municipal es conocida. Y fue esa resistencia la que llevó a los reyes a impedírselo en varias ocasiones, permitiéndoles hacer sólo las reforma mínimas y estrictamente necesarias que permitieran el culto católico. Fernando III, su hijo Alfonso X, quien reguló exactamente las tareas de mantenimiento del edificio e Isabel de Castilla que negó el permiso al obispo Manrique (Iñigo) para destruir parcial o totalmente el oratorio islámico para construir una catedral y sólo le permitió derribar un número limitado de naves omeyas para construir una gótica (1489). Hasta entonces los propios reyes y las autoridades civiles locales eran conscientes del inconmensurable valor arquitectónico y artístico del monumento. Por eso quienes hablan de que la catedral se construyó finalmente de acuerdo con los criterios conservacionistas de la época no están, por usar una expresión tibia, usando correctamente los datos documentales existentes. Todo apunta a que los obispos querían una catedral como aquellas de las que gozaban lo demás obispos, y no algo que sentían que al ser otra cosa, algo que podía ser interpretado desde fuera de su doctrina, un monumento artístico persé, desligado del culto católico estricto, podía desvirtuar lo único importante para ellos: la extensión de sus dogmas religiosos para dominar las conciencias. Las grandes mezquitas de Sevilla y Granada fueron demolidas. Para la de Sevilla, según sospecha el profesor Almagro, tuvieron que falsear el informe sobre su real estado para justificarlo, y acompaña esa sospecha con documentación que parece apuntar a que estaba proyectada incluso la demolición de la propia Giralda.

La de Córdoba tuvo mejor suerte, probablemente porque su sobrecogedora belleza no solo debía superar a la de sus hermanas, sino que debía sobrepasar cualquier otra consideración en el ánimo de cualquiera que no fuera un obispo, exactamente como ahora, y cuando por fin otro obispo, también Manrique (Alonso), decidió pasar por encima del sentimiento y del sentido común de los súbditos del rey y destruir el corazón de la mezquita para construir una desproporcionada catedral en el mismo, las resistencias para impedirlo, del cabildo municipal y de parte del catedralicio, aunadas en torno a la figura del corregidor Luis de la Cerda, con que se encontró fueron numantinas, con condenas de muerte y amenazas de excomunión mediantes. Pero súbditos todos al fin del rey, se hizo su voluntad, una voluntad mediatizada por el miedo cerval del monarca al poder mágico de los administradores de las condenaciones eternas.

Sin embargo no todos los investigadores opinan así. El profesor Urquízar considera que es mucho más probable que la resistencia de los caballeros veinticuatro a la modificación del espacio se debiese al temor a perder los privilegios y los enterramientos que sus familias habían adquirido en él (1). Es probable que pesara esa circunstancia, pero desde luego las alegaciones que hace el cabildo municipal contra la destrucción de la fábrica islámica son claras y atienden a criterios estrictamente estéticos, de una impecable índole conservacionista, que podría firmar hoy cualquier técnico de conservación de patrimonio del estado, considerándola un gravísimo atentado bajo el acerado argumento de que tal como estaba edificado era único en el mundo, y la obra que se dehace es de calidad que no podría volver a hacer en la bondad y perfectión de que está hecha (2). Curiosamente, podría decirse que el cabildo municipal representa los valores inclusivos que se fueron fraguando a lo largo de toda la Edad Media y el obispo los de la modernidad, que en España comienza con el triunfo del absolutismo nacionalcatólico, con el triunfo de los valores excluyentistas.

Por otra parte podría utilizarse legítimamente como prueba de que la Mezquita no perteneció nunca a la Iglesia Católica, sino a la corona, cuyo exclusivo heredero actual es la soberanía popular, ese hecho de que los obispos tuvieran que solicitar permiso real para ejecutar cualquier modificación en el templo. Y desde luego resulta mucho más contundente como prueba que la que ella propone del ritual mágico del báculo y la ceniza con que se apropiaron de él.

Esa apropiación consciente del mayor espacio posible en el interior de la Mezquita, a la que se irá sumando los dos siglos siguientes la colonización de sus muros internos por decenas de siniestras capillas barrocas y rococós, principalmente funerarias, se puede considerar el símbolo perfecto de la instauración del nuevo paradigma, el paradigma de los Reyes Católicos en sustitución del fenecido de muerte violenta paradigma de Al Andalus. Es decir, la construcción de la enorme catedral renacentista forma parte de la misma conflagración teórico-práctica de la tabula rasa nacionalcatólica que la conquista de Granada, la quema de la biblioteca de la Madraza, la expulsión de los judíos, la obligación de conversión a los moriscos y su posterior expulsión, la prohibición del uso de otras lenguas, el árabe y el hebreo, la anatemización de la ciencia, la instauración de los estatutos de limpieza de sangre, los procesos inquisitoriales contra los humanistas… En definitiva una muy visible consecuencia más del triunfo definitivo en la lucha que la casta católica venía librando desde el siglo XIII para sobrevivir frente a las culturas hispanojudía e hispanoárabe, muy superiores en lo científico, literario y filosófico (3), pero a las que hasta entonces no habían hecho ascos para enriquecer la cultura propia.

La identidad española deviene entonces régimen inquisitorial de vigilancia y terrorismo de Estado. Se trató de acabar por decreto con una identidad híbrida, enriquecedora, forjada lenta, amorosamente a lo largo de varios siglos y que produjo frutos tal geniales como la literatura castellana bajomedieval y el mudéjar y sustituirla por la fuerza por una nueva inventada, en la que se han eliminado cuidadosamente todos los elementos que se consideran impuros, de la misma manera que Antonio de Nebrija, que no por casualidad escribe en el mismo crucial año 1492 la primera gramática de la lengua castellana, se emplea en la tarea de eliminar de su diccionario palabras árabes, impuras, algo que no pudo conseguir totalmente porque la hubiera convertido en una lengua irreconocible.

De alguna manera la redacción de la gramática castellana de Nebrija puede servirnos como ejemplo para entender lo que ocurrió con la Mezquita de Córdoba: la idea que mueve a los reformadores en ambos casos es la de purificación, la erradicación de los elementos impuros, las palabras árabes de la lengua y las formas islámicas del oratorio. Tareas finalmente cometidas sólo a medias por la resistencia de la propia lengua en el primer caso y del pueblo cordobés en el otro.

De la extirpación de todo lo que supuso lo incluido en el paradigma vigente en toda la Edad Media, de la integración y el progreso, lo que en nuestros días ha dado en llamarse el paradigma de Córdoba, pero que yo prefiero llamar de Al Andalus, la convivencialidad, o más bien la hospitalidad, la riqueza intelectual y científica, la curiosidad gnoseológica, los elementos del que fue primer renacimiento europeo y sobre cuyas bases se funda el segundo y definitivo, sólo quedará un enorme agujero vacío y sólo en los bordes de la herida, aún a medio cauterizar, convenientemente clandestinizados o travestidos, será posible encontrar jirones sueltos de esa memoria arrancada violentamente. Cervantes o los místicos, por ejemplo. Para cubrir ese vacío, el vacío que dejan la desertización cultural y los genocidios perpetrados por el estado y la iglesia (el nacionalcatolicismo renacido) aparecerá el barroco, el espectáculo huero, el trampantojo, la cultura desustanciada, la nada tintada de purpurina que tapa un agujero lleno de sangre aún fresca. No hace falta que ahonde. Quien quiera entender cómo funcionan ese tipo de fenómenos más fácilmente tiene un trasunto más reciente con mirar atrás sólo 35 años: la llamada Movida como artefacto neobarroco diseñado para ocultar el paredón agujereado y salpicado de sangre seca del genocidio franquista para que los asesinos no se vieran permanentemente expuestos a su recuerdo. En España siempre es igual. Por usted no pasan los años, señora, que dejara escrito Larra.

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EL MITO DE AL ANDALUS

Es esa condición de paréntesis de convivencia más o menos relajada entre dos monstruosos intentos de creación de un monolitismo doctrinal de estado a base de sangre y fuego el que alimenta el mito de Al Andalus. Los mitos –nos recuerda González Alcantud- no son verdaderos ni falsos. Nos consuelan y nos ayudan a pensar el tiempo con sus conflictos y quietudes. No tienen una moral preestablecida. Pero teleológicamente pueden orientar el pensamiento y la acción hacia el bien o hacia el mal (4). Así, el mito de Al Andalus está traspasado, como todos los mitos, por las inquietudes éticas del momento en que se usa, y en este momento se alza como un mito necesario, bueno para pensar, en el sentido que da a esa expresión Levy Strauss, por su bondad moral.

Su construcción no fue producto de las delirantes mentes de unos románticos orientalistas sino fruto de la necesidad que asaltó a la historiografía española del siglo XIX, la que había sido capaz de entroncar con las corrientes ilustradas europeas, de buscar una referencia comparativa equivalente que ayudase a comprender la verdadera naturaleza monstruosa y el indescriptible horror de la instauración desde la bisagra de la modernidad del paradigma totalitario nacionalcatólico: el principio férreo de negación absoluta de cualquier otredad, por nimia que fuera, que raspara tan siquiera las verdades impuestas por una estrechísima ortodoxia y vigilada por la maquinaria ideológico-represiva de la Inquisición y ejecutada a sangre y fuego. Frente a esta visión el mito de una edad de oro en que la convivencia de ideas diferentes y la hibridación intelectual eran posibles resplandece e ilumina de paso la brutal diferencia. No es extraño que la Iglesia Católica luche con todas sus fuerzas y medios contra la extensión del mito, porque es la primera perjudicada por la comparación de las cualidades éticas de sus actuaciones en relación a las que el mito refiere.

Es perfectamente coherente con ese lógico rencor que la Iglesia Católica guarda a todo lo que huela al mito bueno de la convivencia de Al Andalus que en el folleto que el cabildo proporciona a los visitantes con las explicaciones sobre el monumento, aparte de mutilar su nombre eliminando el término Mezquita, de minimizar su carácter y el genio constructivo islámico original y de convertirlo en un panfleto catecismal, dedique uno de los siete renglones de la condensada explicación de la parte de la ampliación de Abderraman II a incidir en las persecuciones que en ese tiempo se infligieron a los cristianos para demostrar que el mito de la convivencia es falso. Cuando precisamente lo que demuestra esa convivencia es el hecho de que esos individuos, verdaderos terroristas suicidas, tuvieran que echar mano a la provocación a la ley vigente quebrantándola gravemente, injuriando los preceptos religiosos de la religión del estado y de la mayoría de la población para forzar su ejecución y tratar precisamente de violentar la tolerancia.

(1) Antonio Urquízar Herrera “El Renacimiento en la periferia”. Córdoba, Universidad de Córdoba, 2001. (Pag. 194).

(2) Rafael Ramírez de Arellano: "Inventario monumental y artístico de la provincia de Córdoba", Servicio de Publicaciones de la Excma. Diputación de Córdoba, 1983 (1ª de 1904), Apéndice A, copia de una página del Libro capitular del Ayuntamiento correspondiente a 1523.)

(3) Eduardo Subirats "Memoria y exilio". Losada, Oviedo 2003 pg. 50

(4) González Alcantud "El mito de Al Andalus". Almuzara, 2014, pg. 19

miércoles, 8 de octubre de 2014

La cordomertà

Para entender a esta extraña ciudad hay que tener en cuenta que en ella se dio la explosiva circunstancia de ser la única capital de provincias española que contó durante años con un ayuntamiento en manos de comunistas y excomunistas y con un obispado dueño del principal banco.

A mediados de la primera década del XXI surgió en Córdoba una revista de crítica ciudadana en la que nos juntamos por azar un grupo de por entonces desconocidos pero después amigos con la sana intención de mostrar nuestro estupor por lo que ocurría en nuestra ciudad y de paso entretenernos y divertirnos. En LA CALLEJA DE LAS FLORES, durante sus siete años de existencia, se agitaron como peces en orilla decenas de temas, que tratamos con humor, pasión y las dosis adecuadas de precisa mala leche. Fue un caso insólito en una ciudad desacostumbrada desde siempre a las polémicas o las críticas que cursaran con el más mínimo fundamento racionalista, en la que las discusiones atendían siempre más a la forma que al fondo de los asuntos. Una ciudad pastueña de un conservadurismo y un levistismo minerales.

Metimos el dedo hondo en llagas como la de la metástasis parcelista, el cableado del casco antiguo, el proyecto de demolición del histórico colegio Rey Heredia, símbolo de la escuela racionalista, o la minuciosa traición a la memoria histórica del gobierno municipal con el silencio acorde de los medios, que no sólo conservó en la calle principal de la ciudad el nombre del coordinador en la ciudad de la Revolución Fascista devenida en genocidio, el de un alcalde falangista en todo un barrio y el de un ministro de Franco en su avenida de entrada, sino que incluso rotuló de nuevas una orilla del río con el de un obispo filonazi que bendijo e impulsó el genocidio franquista. Además de cambiar los nombres centenarios de las calles del casco histórico, patrimonio oral de la ciudad, por el de los avatares del panteón nacionalcatólico y llenar las esquinas de estatuas de curas, aparadores cofrades, apolillados toreros y apulgarados paleocordobeses.

Denunciamos la absurda sumisión de la ciudad a los Señores del Ladrillo, desde el punto de vista de que su gobierno municipal estaba en manos de los representantes del igualitarismo ideológico y de la racionalidad socialista, que tuvo como consecuencia en lo moral la no diferenciación en su disparatado y desregulado crecimiento de otras ciudades en manos de los socialdemócratas filocapitalistas o los neofranquistas y en lo urbanístico en la mayor destrucción consciente de patrimonio arqueológico ocurrido en Europa (y posiblemente en el mundo) en los últimos dos siglos. Un patrimonio que debidamente gestionado –extraído del subsuelo como petróleo y refinado en espacios museízados- hubiera supuesto una fuente inagotable de riqueza cultural y turística en una ciudad minuciosamente desindustrializada que vive precisamente de vender los restos de su pasado.

Nos enfrentamos a la opinión ciudadana mayoritaria inducida desde el poder que concebía –que concibe- la cultura como una disciplina basada en el espectáculo y en el evento celebratorio, ligada al consumo compulsivo de productos prefabricados, elaborada y administrada por una industria cultural dominada por las leyes del mercado, y no como el tejido conjuntivo de una sociedad que aspira a conocer su identidad real y a la satisfacción de sus necesidades espirituales en sus relaciones con el medio y de los ciudadanos entre sí y que ellos mismos han de tejer si no quieren que se lo tejan los de siempre y desde siempre.

También nos enfrentamos, unas veces a toro pasado y otras con él enfrente, a la creación de infraestructuras faraónicas a que los gobiernos estatal, autonómico y municipal se lanzaron en los años gloriosos del Delirio Nuevoriquista. La Expo, el AVE, estación del AVE, el Palacio del Sur, el C4, La Ronda Norte… Fruto todas ellas de lo que llamó Deyan Sudjic La arquitectura del poder, un libro que publicitamos desde aquellas páginas sin descanso. Todo aquello se diseñó fundamentalmente para enriquecimiento de los Señores del Ladrillo, como viagra para el ego de los políticos y sus parásitos y como estupefaciente para el pueblo. Sustrayendo el dinero que costaron a la consolidación y mantenimiento de lo único importante para la ciudadanía: educación, sanidad, pensiones y corrección de las desigualdades. El dinero que no teníamos y que algún día tuvimos que pagar. Que nadie diga que no hubo entonces quien lo advirtió. El que algunos de los palmeros o directamente responsables de aquel delirio irracional anden estos días por los medios justificándose significa que temen que la sociedad les demande o les recuerde por lo que hicieron, ahora que sus nefastas consecuencias ya son palpables.

Denunciamos el desproporcionado peso oficial que en la ciudad había alcanzado el nacionalcatolicismo con la extensión -hasta alcanzar la hiperinflación- de esas máquinas de adoctrinamiento de niños y de ocupación abusiva del espacio urbano público que son las cofradías católicas durante el mandato de gobiernos cuyos partidos abogaban en Madrid o Sevilla por la separación definitiva de la Iglesia y el estado mientras aquí sus concejales se fotografiaban en la prensa local profusamente armados con palos de plata y medallones en las cada vez más ubicuas procesiones o en los bautizos del Quema.

Denunciamos especialmente las maniobras del cabildo catedralicio para desidentificar el símbolo de la ciudad, la Mezquita-Catedral, para desislamizarla, sin saber que además se la estaba apropiado jurídicamente con alevosía y el agravante de sigilosidad. Lo demostramos confeccionando el primer estudio que se hizo en la ciudad de la evolución de los folletos de mano que se entregan a la entrada del monumento y descojonándonos de risa, después de erizarnos de indignación, con la historia de la confección del texto del espectáculo multimierda, esa engañifa catecismal que aplaudieron bobaliconamente los responsables de la Junta y el Ayuntamiento. Nunca ningún medio de comunicación se hizo eco de esa denuncia. Hoy todos los denunciantes del robo tanto jurídico como simbólico usan ese estudio sin citar la fuerte. Y no sólo. Muchos artículos, argumentos e incluso frases literales que aparecieron en La Calleja y que en su momento no fueron dignos ni de la más mínima consideración son hoy usados ampliamente por periodistas y otras fuerzas vivas culturales locales que en su momento –cuando realmente tendrían que haberlo hecho- no dijeron ni mu porque vivían felizmente en el sustancioso líquido amniótico cordobés. Señal de que nos leían en la intimidad… No pasa nada. Bienvenidos en su tardanza. En La Calleja siempre creímos en el conocimiento cimarrón que corre por el campo sin amo ni dueño. Incluso nos alegramos de que ahora el tema esté en manos de gente de orden.

A la vista de tanto desatino nos empleamos en la tarea de encontrar la causa de tánto, tan atronador silencio. Los tópicos de siempre salieron, cómo no, esos tópicos que usamos para explicarnos a los cordobeses y que no son más que bálsamos de epidermis irritada para no tener que hurgar en el dolor que habita debajo: la discreción y el senequismo. Sociología de barra del bar Correo. La discreción no es más que pura cobardía de no crear conflictos, de no querer aclarar la cómoda turbiedad de nuestro líquido amniótico y el senequismo, de garrafón (en feliz expresión de Ángel Ramírez), que el de marca ni se conoce, pura vaciedad mental, mirar al vacío sin ver nada, ni siquiera las musarañas.

No, al final descubrimos que la identidad de esta ciudad, la que explicaba los extraños fenómenos a los que asistíamos, consistía en pura y simple venalidad. Córdoba fue durante una pila de años, justo desde que las primeras ilusiones se fueron al garete, una ciudad perfectamente comprada por una mafia de dinero y favores que cubrió prácticamente a toda la ciudad. Aquí probablemente nunca ocurrirá lo del escándalo de Bankia, primero porque la entidad propietaria actual no lo consentiría, adaptada ya y rápidamente al pútrido lodazal cordobés, y no colaboraría con la ley, pero sobre todo porque en esta ciudad la única ley que se respeta es la de la omertà, la ley de silencio, porque todo el mundo está pringao o salpicao de una manera u otra en la corrupción de aquellos años y cuyas manchas en las ropas no ha habido milagrosantigrasa que las saque del todo. ¿Quién no tiene un familiar a quien Monsignore no hubiera colocado, qué artista no había recibido un ayudita para exponer, qué profesor universitario no publicó con ayudita de la Cajita? Los partidos, incluido el de excomunistas recibió su parte en préstamos que alguien debería contarnos si fueron devueltos. La metástasis clientelar con que infectó el Orondo Cura Banquero a esta ciudad alcanzó hasta los rincones más insospechados.

Pero donde la cosa alcanzó cotas más delirantes fue en el gremio de los plumillas. Los periodistas de esta ciudad tal vez no sientan la necesidad de dirigirse conjuntamente a la ciudadanía y pedirle perdón por haberla tenido perfectamente informada de lo que la mafia quería que se informara y perfectamente desinformada de lo que la mafia no quería que se informara. La desvergüenza de ese gremio llega al punto de haber convertido el principal periódico de la ciudad, el que fuera del Movimiento, en una hagiografía en cómodos fascículos diarios del Capo de aquella mafia. Sin ningún pudor toda la plantilla de aquel periódico colaboró con mayor o menor entusiasmo al incensamiento de los cojones del Voluminoso Personaje que, insertando publicidad de la Caja Nostra, costeaba los zapatos y los colegios de sus niños, el cuatro por cuatro pa ir los domingos a la sierra y otras cosillas de más fuste que cabría investigar. Columnistas felpudos de esa Hojilla Parroquial hubo que a base de saliva y betún, según la parte de Monsignore que tocase, trasero o pies, consiguieron plaza perpetua en los Dominios Culturales del Altísimo. Probablemente la mayoría no tuviera otro remedio, pero igual entonces deberían cambiar el nombre de su profesión de periodistas por el de propagandistas. El otro diario, el de las tres letras, el genéticamente nacionalcatólico, trincaba a manos llenas sin tener que traicionar ni siquiera su ética, que siempre tuvo una índole franquista. Del que queda mejor no hablar. Algún día alguien nos explicará los entresijos de por qué La Voz de Córdoba, un periódico nacido precisamente para crear conciencia y crítica ciudadana, despareció tan misteriosamente. La prueba del algodón está en que mientras en Navarra cuando saltó el escándalo de las inmatriculaciones masivas que estaba llevando a cabo sigilosamente en la comunidad el obispado la ciudadanía fue alertada a través de la prensa, que comenzó a investigar el volumen del latrocinio, en Córdoba que habían inmatriculado nada más y nada menos que la Mezquita, como descubrió un abogado activista por su cuenta, no hubo un periodista que se fuera al registro de la propiedad para investigar el monto que alcanzaba en la nuestra. Ni uno solo. Ni que tratara de crear opinión sobre la apropiación de la Mezquita.

Tampoco faltaron escritores, alguno de los cuales escribió una especie de monumental Vida del Santo y Benefactor Monsignore Langostino y otro, el escritor cordobés por antoniomasia, se olvidó por arte de birlibirloque de sus celebradas salidas anticlericales en su columnilla periodística cuando le regalaron todo un convento donde encerrar niños con que saciar sus veleidades mecénicas. La contrapartida no debió de dolerle mucho porque se le vio exquisitamente sonriente encabezando aquella portentosa procesión de los ciudadanos ratones y los curas hamelines para pedir ¡más poder para la mafia! que algún día un antropólogo debería de estudiar.

Esa es la identidad de esta ciudad, la verdadera: el ser perfectamente corruptible y por tanto haber podido ser perfectamente corrompida. Por los dineros administrados por la Iglesia Católica. Y eso es lo que explica su abrumador silencio ante todas y cada unas de las corruptelas grandes o pequeñas que en ella concursaron: al final todo llevaba al mismo sitio, al mismo despacho, a la misma misa de once en La Merced, en la que todo el mundo aspiraba a conseguir la suya tras besar el anillo en la sacristía.

Ahora que ¡gracias a dios! los monseñores ya no tienen tanto poder económico, porque se cepillaron su propio negocio después de desviar fuera de la ciudad los réditos de los ahorros de los cordobeses en aventuras jesusgilescas trasvasándolas sistemáticamente a los bolsillos de los empresarios amigos y socios, reventando el principal motor financiero de la ciudad y la provincia, ahora que ya no caen migajas de la mesa de don Michele, están saliendo los anticlericales hasta de debajo de los pasos de palio.

miércoles, 1 de octubre de 2014

En Salmorejistán el obispo supervisa las actividades científicas de la UCO

Lo de que a la Universidad de Córdoba la dejen participar en la Noche Europea de los Investigadores es como lo de que Israel participe en la Comisión de la ONU de los DDHH: una sarcástica humorada.

Ninguna de las instituciones científicas, salvo muy tímidamente el IESA por boca de su director, que participaban en Córdoba en la Noche Europea de los Investigadores se sintió tan ofendida por LA CENSURA inquisitorial que los administradores de la superstición vaticana perpetraron contra sus actividades docentes, en un espacio que los cordobeses sabemos que ES PÚBLICO, como para mandarlos a la mierda, buscar otro sitio para esas actividades o hacerlas por cojones, denunciar públicamente la calaña de los siniestros ensotanados inquisidores y quedar como verdaderos defensores de la libertad de ideas. Pero qué se puede esperar de una UCO, la universidad de la ciudad que fue capital de Al Andalus, que no tiene un Departamento de Estudios Andalusíes, pero sí una Cofradía de Semana Santa, la que más fielmente aspira a emular la estética de sus añorados penitentes de la Inquisición.

Nunca un portavoz como el de la UCO definió tan sabiamente la esencia de la institución a la que representa: una universidad que no entra en polémicas acerca de la libertad de pensamiento y de cátedra. ¡Chapó, colega!

Ya sé que en medio de la infinitud del universo mi opinión o mi sentimiento significa lo que una cagada de mosca en un muladar, pero siento un profundo desprecio y asco por esa institución en la que estudié y que desde siempre estuvo lamiendo los pies y otras partes corporales de la Iglesia: durante 30 años comulgando con el Cuerpo Místico del Euro que le daba Cajasur, la banca del cabildo. Y ahora... ahora ¿alguien puede explicarme qué cojones le da la Iglesia ahora a la UCO pa que siga igual de sumisa y lamedora?

Un cura, representante del oscurantismo vaticano, supervisa las actividades científicas de la Noche Europea de los Investigadores.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Mezquita e identidad



Hace un par de meses alguien que aprecia alguna de las cosas que escribo y que me consideró poseedor de un punto de vista interesante o al menos personal del asunto me ofreció colaborar con un artículo en el monográfico que la Revista REBEL-ARTE de Mesas de Convergencia de Córdoba pensaba dedicar al tema de la inmatriculación por la Iglesia Católica a su nombre de la Mezquita-Catedral de Córdoba, basándose en una ley a todas luces inconstitucional como están tratando de demostrar los juristas de la Plataforma Mezquita-Catedral de todas y de todos que es la que está llevando el peso de la lucha por evitarlo y que la Mezquita-Catedral siga siendo un bien público, sin que eso signifique que el uso del espacio de culto católico deje de serlo. Se lo mandé y lo publicaron hace un mes en un número especial que hubieron de dividir en tres volúmenes dada la cantidad de material que recopilaron. Me llevé la sorpresa de que me acompañaban personas de mucha fama y competencia intelectual. De manera que incluso tuve el honor de actuar de telonero nada más y nada menos que del señor Mayor Zaragoza. Posteriormente se han celebrado en la Biblioteca Central tres actos de presentación (uno por volumen) de la revista consistentes en charlas, coloquios y conferencias. A mí me tocó asistir a la última en un coloquio en el que debatíamos la profesora de filosofía Hedwig Marzolf y yo. La cosa no salió demasiado bien por causas ajenas a nuestra voluntad. De esa charla hablaré en un siguiente post.

Tengo el blog muy abandonado. Estoy muy liado con un proyecto y no tengo tiempo. Ni ganas todo hay que decirlo. Pero bueno, asomo por aquí para haceros partícipes de mi artículo, que según me comentan, es lo suficientemente interesante como para que algunos de vosotros se anime a leerlo. Y los demás artículos, por supuesto. Y no sólo los de este volumen en el que participo sino también los de los otros dos. Cuelgo el comienzo y quien siga teniendo ganas lo ha de terminar en otra página:

MEZQUITA E IDENTIDAD

La resistencia que sólo muy recientemente ha empezado a ofrecer una parte de la sociedad civil a las pretensiones de la Iglesia Católica de apropiarse definitivamente de la Mezquita-Catedral de Córdoba presenta dos aspectos, imbricados, pero claramente diferenciables. Uno puramente jurídico: el de la legalización en el registro de la propiedad de ese adueñamiento; y otro, más ideológico: el de la falsificación de la memoria del edificio reinterpretándolo como obra propia, esencialmente cristiana.

Y no sólo el disparatado coleóptero renacentista con que consiguió parasitar el corazón del edificio en el siglo XVI en contra de los criterios conservacionistas civiles de la época, sino incluso el propio oratorio islámico que consiguió salvarse de aquella destrucción.

Pero si del primer aspecto hemos podido disfrutar en los medios de una potente batería de argumentos más o menos sólidos por parte principalmente de juristas, que han puesto en seria duda no sólo que la Iglesia tenga constancia documental de su propiedad, sino sobre todo que la forma en que acaba de acceder administrativamente a ella no atente contra la propia letra de la Constitución Española, del segundo aún no hemos podido escuchar ni el tronar de un solo cartucho argumentativo por parte de algún prestigioso especialista tanto en la historia de su construcción como en las características estilísticas arquitectónicas y artísticas del monumento.

Así tenemos que el cabildo catedralicio cordobés ha podido a lo largo de los últimos veinte años pergeñar sin contestación un discurso revisionista interesado consistente en disolver en el ácido de la mistificación el carácter original del oratorio musulmán minimizando la responsabilidad en su concepción, diseño y construcción del estado omeya regido por unas elites que pertenecían culturalmente a la corriente civilizatoria islámica que en ese momento se hallaba en plena fase de expansión política pero también de concreción de formas expresivas propias y que alcanzó en él uno de sus mayores y más originales logros arquitectónicos y estéticos.

PARA SEGUIR LEYENDO PICA EN LA IMAGEN DE ABAJO

viernes, 26 de septiembre de 2014

Falsificaciones epigráficas de Velázquez Bosco

(*)

Sobre las intervenciones de Velazquez Bosco en la Mezquita se ha escrito algo, nunca suficiente, ya que hablamos de uno de peormente estudiados monumentos de España, en los tratados que versan sobre el edificio histórico artístico más importante de Córdoba. Respecto a la pertinencia y rigor con que llevaron a cabo aquellas restauraciones (1904) hay división de opiniones, desde los que entienden que los criterios de intervención arqueológica han variado sustancialmente desde principios del s.  hasta ahora, lo que exculparía al afamado arquitecto de la acusación de restauración excesiva que le hacen quienes consideran que incluso para la época sobrepasó el límite de lo permitido, alcanzando las obras, por su gratuidad, el grado de falsificación de elementos arqueológicos. Tampoco son unánimes las opiniones acerca de si la restauración se hizo bajo una perspectiva estrictamente científica como se apunta AQUÍ o la fantasía del restaurador pesó más que la razón. El arabista Manuel Ocaña siempre se colocó en el segundo bando, el de quienes consideran que  se excedió con creces e irresponsablemente en la restauración-recreación de muchas partes de la Mezquita, principalmente en la de las  exteriores. Lo que se dice una anastilosis muy, muy pasada de rosca. Y aunque lo consideró una mera anécdota fue el descubridor de una falsificación flagrante con el agravante de alteración dolosa del estado primitivo de las  absolutamente injustificable. Lo interesante del punto de vista de Ocaña es que ese detalle le proporciona una clave para enjuiciar los trabajos desarrollados por don Ricardo en el monumento y valorarlos con equidad.

Aunque los estudios de los textos los realizó a mediados de los años 50 del siglo pasado no los publicó hasta el año 1976 en que apareció un artículo en la revista Corduba, (Las inscripciones árabes de la Mezquita de Córdoba de época contemporánea. En: Corduba / Museo Arqueológico Provincial. — Córdoba : Diputación Provincial, Servicio de Publicaciones . — N. 3, vol. I, fasc. 3 (1976), p. 153-161) en el que incluso da unas explicaciones de las causas de la tardanza, un extraño problema entre eruditos.

Se trata de una falsificación del espíritu del texto original, perdido por otra parte, inscrito en una caligrafía cúfica florida en los frisos de dos de las puertas por él restauradas en la fachada occidental de la Mezquita.

Si los textos originales debieron contar con alguna sura coránica como era de rigor o, más interesantemente, con algún texto conmemorativo de su construcción en tiempos de alHakam II, Velázquez Bosco optó por colocar un texto referente a la propia reconstrucción, en el que se alteraban los versículos de la fatiha (de la raíz f-t-h = abrir) la primera sura del Corán: b-ism Allah al-Rahmán al-Rahím (en nombre de Allah, el clemente, el misericordioso) por la fórmula cristiana de la persignación: b-ism al-Ab u-al-Ibn u-al-Ruh al-Qudús (en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), calcada de los catecismos cristianos especialmente elaborados para convertir musulmanes. Para continuar seguidamente con una delirante transcripción al árabe del texto conmemorativo, arabizando los nombres de rey, los ministros del ramo y el suyo propio, arquitecto Velásquez Bosco.

Ocaña alaba el trabajo de labrado de los textos, obra de las mismas manos que labraron todo el conjunto, los hermanos Inurria, aunque apunta que la apreciación de esa maestría en el trabajo no empece su consideración acerca de la improcedencia del mismo, permitiéndose lanzar una aguda pulla al también arabista Rafael Castejón y Martínez de Arizala quien se entretuvo en afirmar en un texto ya clásico (La Mezquita Aljama de Córdoba, Everest 1971) que las restauraciones superaban incluso a las originales.

El propio Ocaña en su artículo hace una translación completa al árabe actual (con puntos diacríticos) de los frisos, acompañada de su traducción, detectando algunas faltas de ortografía y transcripciones de nombres erróneas. Así en el comienzo escriben bism Lab, en lugar de bism Al-Ab (en el nombre del Padre) y uLabn en lugar de ualIbn (y del Hijo).

Ambas puertas se hallan en el muro occidental de la Mezquita. La primera es la que se encuentra entre la de San Miguel y la de Palacio y es la cuarta partiendo de la puerta del Sabat siendo conocida como Puerta del Espíritu Santo.



Vista de la parte alta del la Puerta del Espíritu Santo y detalle del friso. El texto dice: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo mandó el rey Alfonso hijo de Alfonso –Allah le ayude y le dé la victoria- al ministro Justino Rodríguez San Pedro la restauración.




Zona inferior de la puerta del Espítiru Santo que contiene sobre las albanegas del arco la continuación del texto superior: de la fachada de esta puerta y se hizo bajo la dirección del arquitecto Ricardo Velásquez Bosco y se terminó con la ayuda de Allah en el año cuatro y novecientos de Jesús.

La otra puerta es la penúltima del muro occidental, justo la que está antes de la Puerta del Sabat.



Zona superior y detalle del friso de la segunda portada. El texto, muy deteriorado, decía: En el nombre de Allah el Santo mandó el rey Alfonso hijo de Alfonso –Allah le ayude y le dé la victoria- al ministro Lorenzo Domínguez Pascual la restauración de la fachada de esta. La foto en blanco y negro la hizo Manuel Ocaña en fecha indeterminada, aunque probablemente corresponda a los años 70 y en ella se advierte un menor deterioro de la pieza epigráfica que el que presenta en la actualidad. El propio Ocaña afirma que si le fue posible leerlo a mediados de los 5o cuando lo estudió fue porque se hallaba aún completo.




Detalle del friso inferior de la segunda portada. Continúa el texto deplegado en el superior: puerta y se hizo bajo la dirección del arquitecto Ricardo Velásquez Bosco y se terminó con la ayuda de Allah en el año cuatro y novecientos y mil del Mesías.



(*) Anoche alguien, sorpresiva y agradablemente, me recordó este viejo post, un pequeño aporte al conocimiento de la Mezquita (antes mezquita) de Córdoba que publiqué hace unos cinco o seis años en la añorada revista LA CALLEJA DE LAS FLORES. Creía que, como solía, le había hecho duplicado en Supersticiones, pero he descubierto que había olvidado hacerlo. Afortunadamente mi amigo Luis lo tenía publicado en su MIC (MUSEO IMAGINADO DE CÓRDOBA). Así que ahora lo hago. Precisamente en estos días en que andamos de lucha para que las curianas no nos la roben.