(del laberinto al treinta)


miércoles, 6 de julio de 2016

Un adoquín dorado para el último alcalde republicano de Córdoba

Un pueblo al que su sistema de enseñanza o sus medios de comunicación han seguido escamoteando el sentido, los datos y las responsabilidades de un genocidio cometido con sus padres y abuelos tras el levantamiento del veto informativo que los criminales que lo perpetraron impusieron como su consecuencia durante los años en que gobernaron y saquearon el país a punta de fusil, es un pueblo involuntariamente desalmado. Un pueblo al que se le ha extirpado el alma. Es así, sin alma, como la mayoría de ese pueblo puede sobrellevar sin conciencia el hecho de que ese país al que pertenece, incluido en el cogollito más civilizado del mundo civilizado, ostente las dos infames medallas que lo colocan por encima de los demás en el podio de los sistemas estatales infames: la de plata correspondiente al SEGUNDO PUESTO MUNDIAL en el ranquin de países con mayor número de desparecidos tras Camboya y la de oro como PRIMERO entre los que menos esfuerzo han realizado para que se haga justicia con ellas, tanto en el campo de la restitución de cuerpos a sus familiares como en el de depuración de responsabilidades entre quienes hasta hace muy poco han ostentado cargos políticos e institucionales habiendo sido cómplices del genocidio.

Las causas de este terrible fenómeno ya han sido analizadas por medios diversos, desde libros, a artículos, desde películas a poemas… Y van desde los esfuerzos titánicos por parte de las fuerzas imperialistas europeas y americanas, representadas por la OTAN, por mantener un bastión estratégico tan importante como la península Ibérica, renunciando a vencer a los últimos fascismos europeos, el español y el portugués, poniéndolos a su servicio como policías antiveleidades contratados para evitar sustos revolucionarios como -por ejemplo- los que estuvieron a punto de proporcionarles los iraníes y los italianos en los 50, hasta el establecimiento del país como pista de aterrizaje del capitalismo expansivo comunitario, alemán especialmente, en los 80, mediante la alquimia de convertir al franquismo en demócrata de toda la vida y casarlo con una socialdemocracia prostituta que casualmente pasaba por allí. Pasando por la propia predisposición de los restos del pueblo español -resistente y sobreviviente del franquismo- a la sumisión por falta de cimientos cívicos y democráticos reales. Tras la larga noche de la brutal dictadura, esa entrega se vio acelerada por la contundencia de la artillería keynesiana, que ya había sido ensayada con todo éxito a finales de los 60 en Francia y que acabaría entregando hasta el último bastión resistente al nuevo –y lógico- avatar del Señor: el ultraliberalismo. Con la caída de la irreductible aldea de los mineros de Gales, tras el brutal cerco tatcheriano, se perdió la última esperanza. La falsa clase media, esa clase obrera de las ciudades embelesada –y alienada- por la opulencia prestada, fue su mejor aliada. Desde Helsinki a Tesalónica. Y en España cursó –como condición indispensable- con el olvido de las víctimas del franquismo.

Pero, como afirma el profesor Casanova, España perdió además las tres décadas fundamentales en las que se consolidó la democracia formal en Europa y varias generaciones quedaron fuera del disfrute de los bienes sociales, educativos, culturales y políticos de que disfrutaron las demás y, sobre todo, no se ejercitaron en el juego de responsabilidades sociales y políticas que crearon en los demás estados sociedades maduras. Todas esas carencias explican los déficit democráticos españoles de hoy y desde luego, la corrupción enquistada en las instituciones y a la que la sociedad parece no querer combatir porque la considera natural, parte de su propia idiosincrasia. Es por ello que la tarea de regeneración social y política en España se presenta como una tarea titánica con escasas posibilidades de éxito. Y por eso una de las pocas luchas en las que de verdad merece la pena brearse porque tiene posibilidades de conseguir frutos reales y tangibles, es la lucha contra el olvido de las víctimas del franquismo, la continua rememoración del genocidio de republicanos llevado a cabo por las fuerzas del nacionalcatolicismo, el único régimen fascista europeo –junto con el portugués- que no fue vencido por las democracias y cuyos crímenes continúan impunes.

La reivindicación de la justicia memorística se alza así como el arma más potente para evitar que el fascismo español, el nacionalcatolicismo, siga con la cara lavada por el tiempo, la débil conciencia popular o el interés de los herederos de los instauradores. Luchar para que se eliminen de las calles y las plazas y de los libros municipales los honores concedidos a lo largo de la larga dictadura a la canalla que la fundó o la mantuvo debe ser percibido como un ejercicio de higiene democrática. Contrarrestar la literatura revisionista y justificatoria del fascismo con otra disciplinariamente contrastada, una necesidad social. Homenajear a sus víctimas, devolverles la dignidad arrebatada, un ejercicio de mera justicia. Las nuevas generaciones no deben ser educadas en el olvido de las víctimas ni en la justificación de los victimarios para que al menos no sumen a sus carencias democráticas la manipulación de la historia del país en el que viven ni se conviertan en cómplices de una tremenda injusticia histórica.

En Córdoba a lo largo de los 30 años de gobiernos municipales nominalmente de izquierdas se dieron importantes pasos en la higienización de los espacios públicos con la retirada de las más visibles simbologías enaltecedoras franquistas. Pero aquella tarea que comenzó fuerte en los primeros años de gobierno municipal izquierdista fue diluyéndose poco a poco por la falta de voluntad de unos epígonos claramente volcados en sus propias carreras mediante la coyunda antinatura con las fuerzas más reaccionarias de la ciudad, que exigieron el cese del proceso de higienización y reclamaron incluso intervenir en las decisiones de concesión de honores municipales. Sólo así se explica que nombres de calles a conspicuos fascistas dedicadas, entre ellas la que pasa por principal de la ciudad, la Cruz Conde, nombre que corresponde al organizador de la trama civil local del golpe de estado devenido genocidio, pervivan hasta hoy mismo. O el de un ministro franquista, conde de Vallellano, que nombra la principal avenida de acceso a la ciudad por el sur. O que una enorme placa ensalzadora de un verdadero monstruo criminal, el general Varela, se retirara hace sólo cinco años. O que –ya en época constitucional- se levantaran estatuas a nada menos que cinco curas y un locutor franquista en la ciudad y ninguna a ningún demócrata o resistente a la dictadura. O que a un individuo detentador y propagador de ideología nazi y justificador de los fusilamientos de republicanos como el obispo Fray Albino se le dedicara toda una Avenida. O que un criminal de guerra como Cañero de nombre aún a todo un barrio y a una plaza…

Mientras, costó dios y ayuda que se homenajease con un muro en los cementerios a los miles de fusilados y enterrados en sus fosas. No hace ni diez años. Y el colmo de la desvergüenza fue que los familiares de un diputado socialista enterrado en una de ellas denunciaran en los tribunales a la alcaldesa excomunista por negarse a cumplir la Ley de Memoria Histórica y permitir buscar sus restos.

El último alcalde de la ciudad, el socialista Manuel Sánchez Badajoz, fue perseguido y cazado por falangistas, correligionarios de los Cruz Conde, como una alimaña en el campo donde se refugió y fusilado sin más. La vergüenza de todas las corporaciones municipales desde la Transición hasta ahora es que a ninguna se le haya ocurrido poner una simple placa en la puerta del Ayuntamiento en su memoria, aunque fuera sólo por contrarrestar el aparato enaltecedor de sus asesinos que aún pervive en la ciudad. Sólo hace unos años se le concedió nombrar un lóbrego callejón de Cercadillas. El triste, solitario y oportunista gesto de la nueva alcaldesa, del partido que usurpa el nombre de aquel en el que militó el alcalde mártir, de llevar unas flores a su tumba nada más tomar posesión, habla de la profunda hipocresía en la que están instalados sus sedicentes herederos políticos. Por el contrario hace unos días la misma corporación aceptaba la colocación en pleno centro de la ciudad de un aparatoso monumento a un empresario del siglo XIX, donado por una empresa con fines claramente publicitarios. Está claro quién sigue imponiendo la dirección de las acciones honoríficas en esta triste ciudad.

Por eso me ha llenado de alegría la noticia de que en Pamplona la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra ha decidido imitar las acciones emprendidas en Alemania y otros lugares de Europa por asociaciones que han secundado la idea de un artista alemán que decidió homenajear por su cuenta a las víctimas del nazismo recordando al mayor número de ellas mediante el sistema de colocar un adoquín dorado con los datos de cada una de ellas en el último lugar donde hubiera residido o trabajado. Resulta emocionante –y tremendamente didáctico- tropezar (stolpersteine el nombre que el artista le dio en alemán significa eso, piedra caminera con la que se tropieza) con esas pequeñas y brillantes marcas por las calles de tantas ciudades alemanas, austriacas, italianas y polacas marcando el lugar donde vivió una víctima de la barbarie política fascista. En este documental se explica preciosamente.

En Pamplona han comenzado a ponerlas primeramente en una calle, la calle Merced, en la que 17 personas fueron sacadas de sus casas y nunca regresaron con vida. La idea es seguir colocándolas en otras calles y en otros pueblos, allí donde se requiera y se compruebe que vivieron víctimas del fascismo. A la vista de la absoluta falta de voluntad de absolutamente todas las fuerzas políticas mayoritarias de este país por cumplir con esa obligación, han de ser los propios ciudadanos los que lo hagan. Por lo que leo están empezando a aceptar ayudas públicas. Yo creo que es un error. Con sólo el permiso municipal para emprender la acción de colocación de los adoquines debería ser suficiente. Los políticos acabarían fagocitando unas acciones que vergonzosamente nunca se emplearon en realizar.

No sé cuál será el alcance final de esas acciones tanto en Navarra como en el resto del estado. Pero en Córdoba se podría iniciar ya una campaña para hacer lo mismo en toda la ciudad. Y para empezar constituiría un gran acto de justicia, de la universal, colocar uno de ellos ante la puerta del Ayuntamiento, ahora que precisamente van a levantar todo el suelo de la calle Capitulares para convertirla en una plaza peatonal. Ese primer adoquín dorado llevaría el nombre del último alcalde democráticamente elegido en un régimen legítimo antes de la instauración de la ilegítima II Restauración Borbónica, Manuel Sánchez Badajoz, y la fecha de su fusilamiento por los nacionalcatólicos cordobeses.

miércoles, 29 de junio de 2016

Nueva figurita para el belén caspocutre cordobés

Era justo lo que Córdoba necesitaba y demandaba en estos históricos y dramáticos momentos prehecatómbicos, un nuevo bibelot estatuario. Una nueva figurita del belén callejero caspocutre cordobés. Después de haber llenado la ciudad de estatuas de curas, de apulgarados paleocordobeses, de resucitados romanos, le toca ahora el turno a los flamígeros bigotazos de los próceres empresarios locales de siglo XIX. A Don Carlos Carbonell y Morand, que ni siquiera fue el fundador de la fábrica que lleva su nombre, y de cuyos posibles méritos para que se le levantara estatua nadie dudaría... si se le hubiera ereccionado hace 100 ó 75 años. Como se hizo en su momento en Málaga con el inventor de la ginebra de nuestros primeros cubatas y que acabaría justicieramente en el fondo de mar por un tiempo sustituido por el monumento al trabajo de los obreros que lo hicieron rico.

El hecho de que se le levante estatua ahora, en el siglo XXI, a semejante prócer local muerto hace 100 años tiene como razón de ser el interés de una empresa privada de contar con un magnífico anuncio publicitario en pleno centro de la ciudad y mantenido por el Excelentísimo Ayuntamiento aprovechando aniversario redondo. Algo parecido a los anuncios-estatuas de curas en las puertas de los colegios privados que se han venido colocando en los últimos años. Y al esfuerzo de alguno de esos emprendeores locales que lo único que emprenden de verdad son campañas para levantar estatuas a alcaldes fascistas o a rejoneadores asesinos.

Desde luego no ha habido que encargar la escultura, un busto de bigotón sobre peanaca, porque el muñeco ya existía desde hace eso, 100 años, y lucía su porte empresarial a la entrada de la propia fábrica de Carbonell. Al menos no se trata de obra de estilo remordimiento, aunque el hecho estético y moral de levantarla ahora sí que pertenece al estilo cordobés por antonomasia. Y desde luego es obra de mérito, ya que su factura se debe a Mateo Inurria. Lo suyo, si la empresa quería donarla a la ciudad, es que hubiera acabado en el Museo de Bellas Artes, junto a otras del mismo autor.

Hay que volver a recordar a ver si a algún miembro presente y pasado responsable de los honores cívicos de nuestro ayuntamiento se le cae por fin la cara de vergüenza que el último alcalde republicano de la ciudad, el socialista Sánchez Badajoz, perseguido como un perro por los falangistas cordobeses y dado por fin caza, fue fusilado por defender la democracia y no cuenta ni con una miserable plaquita de recordatorio de su pasión y muerte y sus causas, no ya en la puerta misma del consistorio, el lugar ideal, sino incluso en alguna pequeña dependencia del templo cívico por antonomasia. Los herederos de los que lo fusilaron, herederos de bienes y de ideas, siguen siendo los amos de la ciudad, esos que deciden qué se homenajea y qué no, a quién se le levanta la estatua y a quién no.

viernes, 29 de abril de 2016

La peste bufónica

Como cada sábado la epidemia de peste bufónica regresa a Córdoba. Sé que se trata de una endemia que asuela a muchos otros lugares de la geografía española, pero está por hacer un estudio en profundidad acerca de cuáles de ellos la sufren más que los otros y por qué. Parece ser que los elementos patógenos invasores prefieren para sus contaminaciones las ciudades que suelen aparecer en las revistas de viajes como dignas de ser visitadas, principalmente por el hecho de contar con importantes conjuntos histórico-monumentales y con cascos históricos bien conservados, evitando cuidadosamente aquellas que no cuentan con especial interés debido precisamente a su carencia de aquellos elementos.

Es esa preferencia de ataque a los tejidos urbanos a ese tipo de ciudades lo que las hace especialmente malévolas o perversas, toda vez que los agentes patógenos que los provocan son especialmente refractarios, por sus propias características intelectuales, a alimentarse de los productos que en ellas se ofertan: historia, belleza monumental, ambiente mágico, cultura, etc. Es por ello que cabe pensar que el fin último de la epidemia es precisamente la voluntad de distorsión de todos esos encantos que esas ciudades ofertan como productos de consumo turístico catalogados como de género cultural, mediante la inclusión de elementos estridentes sonoros y visuales altamente contaminantes que disturban gravemente el disfrute que tratan de obtener los turistas y el normal desenvolvimiento de los nativos por su propia ciudad.

Efectivamente, la invasión cada fin de semana del año de varias docenas de grupos de variado tamaño de tarados y taradas mentales, que celebran sus despedidas de solteros y solteras haciendo el bufón de la manera más cretina posible por las ciudades turísticas de toda España, empieza a convertirse en un verdadero problema de higiene convivencial que está poniendo cada vez más al límite la paciencia de los ciudadanos y turistas que las sufren sin tener por qué. Especialmente en los cascos antiguos de esas ciudades y más aún en los de las ciudades de tamaño pequeño o medio en los que resulta difícil sustraerse al horror de su presencia.

Estar tranquilamente tomando una cerveza sabatina con los amigos en el marcazo incomparable de la plaza de la Corredera o del paseo de la Ribera y que aparezcan finde tras finde tras finde tras finde por el Arco Alto o por la Cruz del Rastro, una tras otra y sin aparente acabamiento, comparsa tras comparsa de chicas uniformadas con elementos comunes que van desde unas orejas descomunales de Micky Mouse hasta unos ridículos sombreritos mejicanos pasando por diademas coronadas por reproducciones de la polla de Nacho Vidal o procesiones de tíos con la misma camiseta alusiva a lo tonto que es el condenado a la boda a quien, travestido de mamarracha o de caballo-mesa de enagüilla, arrastran embromado los colegas, puede acabar con la paciencia del más pacífico de los ciudadanos. Y en casos de acabamiento de paciencia agudos incluso inculcarle un deseo extremo de perpetrar un necesario genocidio de tontos del culo. Porque además todas esas gilipollescas performances no las perpetran en un prudente y recatado silencio sino acompañadas por una insoportable barahúnda de vuvucelas de destrucción auricular masiva, estridentes altoparlantes o simples desgañitamientos a grito pelado de pareados con rima en olla y en oño.

Soy consciente de que con este post me meto en un jardín mu menúo en el que algunos de mis lúcidos amigos o incluso mi propia conciencia de clase y mi filosofía sociopolítica pueden reprocharme escasa profundidad de análisis de fenómenos mu complejísimos en los que obvio los planos de representación, los condicionamientos socioculturales de clase y la brutal presión de los medios del sistema sobre las clases populares y que la merecida reprimenda de Owens Jones y otros castigos de la autocrítica pueden caer sobre mí como merecidas lluvias de palos. Teniendo en cuenta que prácticamente la totalidad de los miembros de esas comparsas pertenecen a la clase trabajadora y que los jóvenes de las clases altas deben celebrarlo en paraísos mucho más lejanos, cerca de donde sus padres esconden el dinero que nos roban.

Pero es que estoy mu hasta la polla. ¡Joer! Yo sé que muchos pequeños hoteles y backpackers del barrio hacen su agosto anual con ellos y que algún que otro flamenquín ya se meten entre pecho y espalda y que compran sus litronas en las bodeguillas, pero es que después de darme bien por culo a la hora de las birras es que tengo que aguantar sus putas babas gritonas durante toa la madrugá del sábado debajo de mi balcón. ¡Coño! Que han elegido mi calle, la calle La Feria, como carrera oficial de sus putas procesiones de la mierda esa de despedirse colectivamente de algo de lo que yo nunca me despedí porque nunca le concedí al estado el derecho a sancionar con quién vivo o con quien dejo de vivir, algo que a él no le incumbe ni le importa, de igual modo que no le importa cuál es mi naturaleza íntima o social, ya que, en principio, ni siquiera me deja decidir con las garantías suficientes su propia naturaleza, que esa a mí sí que me afecta.

Pero es que además me parece absolutamente delirante la representación que de las relaciones intergenéricas proporciona ese tipo de celebraciones, en el muy entrado ya siglo XXI. Esa separación a lo bestia, sin paliativos, de los roles, que apunta, bajo una apariencia de igualdad en el derecho a la celebración ritual del tránsito, pero que se organiza por estricta separación de género, al mantenimiento contra todos los pronósticos ilustrados de los más arcaicos de los simbolismos machistas y patriarcales.

Concretando… Independientemente de lo que opine del fenómeno intrínsecamente tomado, me parece mu malísimamente mal que sólo un puñado de ciudades más o menos patrimonio de la Humanidad o de la Localidad disfruten de la experiencia tóxico-antropológica de verse invadidas cada fin de semana por hordas de gilipollas despedidores de solteros y solteras y que debería instaurarse -ya que parece que su número es infinito- un sistema de cuotas de reparto proporcional entre todas las ciudades de este país. Que los ciudadanos, verbigracia, de Albacete, Linares o Ciudad Real tengan también la oportunidad de contemplar en vivo y en directo la estupidez generalizada en que se rebozan findesemanalmente buena parte de sus congéneres y compatriotas. Sobre todo porque ellas nos envían también cada sábado a sus gilipollas sin que nosotros podamos ejercer la correspondencia.

Yo ya a estas alturas no creo en la posibilidad de regeneración alguna de la civilización occidental, ni de ninguna otra. Sólo en que la única solución pasa por una buena extinción de la especie. Como la de los dinosaurios.

jueves, 28 de abril de 2016

Libro sobre el barrio de Cañero



LA BARRIADA DE CAÑERO

Federico Abad

Ed. UTOPÍA

Córdoba, marzo 2016

Durante muchos años he tenido que explicar a mucha gente, entre amigos y conocidos de fuera, el misterio del voto municipal cordobés durante los años de la Transición. Ese casi inexplicable misterio de cómo de una ciudad de composición demográfica y estatus socioeconómico más o menos idénticos a otras de Andalucía o de comunidades limítrofes salió un ayuntamiento de mayoría comunista. La teoría más aceptada lo basa en la arrolladora personalidad de Julio Anguita, el Califa Rojo, que fuera el primer alcalde elegido democráticamente después de 43 años de alcaldes franquistas. Pero sin regatearle un ápice de mérito tanto a la poderosa personalidad como al carisma de don Julio, es difícil de entender que en el poco tiempo y con los pocos medios que tuvo para darlos a conocer hubiera alcanzado tal éxito sin el decisivo concurso de otros factores no menos importantes.

Me estoy refiriendo al poder de unir voluntades y lucha que unas organizaciones vecinales alcanzaron en esta ciudad en los años bisagra de la Transición. Más que en otras ciudades porque se dieron circunstancias especiales. La principal de ellas la creación de un par de barriadas obreras en los años 50, Fray Albino y Cañero, promovidas por una asociación benéfica dependiente del obispado (La Sagrada Familia) con el fin de solucionar la desgarradora situación de miles y miles de familias que vivían hacinadas en los patios (esos que ahora sirven como reclamo para vender flamenquines a los turistas desvinculados de su historia y de su significado social) o en los chozos y chabolas del extrarradio.

Fue el proyecto de un obispo, Fray Albino, y un cura, Juan Font, que habían colaborado con el genocidio nacionalcatólico de republicanos y compartían con el ejército victorioso, los caciques y el entramado civil fascista, la responsabilidad de la miseria en que se hallaba la mayoría de la población de la ciudad. Absolviéndolos de sus crímenes tras haberlos jaleado mientras los cometían. ¿Buscaban su redención? No creo, porque nunca se arrepintieron y siempre creyeron que habían hecho lo correcto. Se trató más bien de un acto de caridad profesional. Que, eso sí, no todos sus colegas acometieron, ni por supuesto llevaron tan lejos. Porque la construcción de 5.000 viviendas modestas, pero dignas, solucionaron el problema de 5.000 familias trabajadoras que vivían en condiciones extremas.

Entregadas en régimen de alquiler social, el ayuntamiento se inhibió de su compromiso de asfaltar las calles y tardó años en instalar el alumbrado, y pronto los derrumbamientos de muros y hundimientos de tejados, fruto de la mala calidad de los materiales usados en su construcción, llevaron a los vecinos a solicitar a propietaria, La Sagrada Familia, o el arreglo de los desperfectos a el acceso a la propiedad para subsanarlos ellos mismos. De esas reclamaciones surgió la necesidad de organización vecinal y en 1963 se crea la primera Asociación de Vecinos del estado español. Esa asociación originada en la barriada de Cañero, tutelada en principio por las autoridades franquistas que no se debían fiar de ese nuevo producto, pronto se reveló como un potente arma de lucha popular que no se quedaba sólo en las metas básicas para las que se fundó sino que amplió su campo de acción a la resistencia frente al propio régimen franquista y acabó contagiando a otros barrios que crearon sus propias asociaciones. Caso del barrio hermano Fray Albino y Electro Mecánicas. Su fuerza residió en un principio en la propia conciencia de clase, pero también en el hecho de contar con el escudo de la Iglesia por la mayoritaria adscripción de sus fundadores a la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) que comenzaba a desvincularse de su pasado reaccionario y a reaccionar a la contra de su propio origen: de su vientre saldrían la inmensa mayoría de los cuadros sindicales y políticos de izquierdas de la Transición. En el caso de la Asociación de Cañero, si las primeras hornadas de directivos fueron cristianos de base, la Sección Juvenil surgida a principios de los 70 ya estaba infiltrada por el Partido Comunista.

Es esa circunstancia surgida en una barriada obrera de nueva creación de la periferia cordobesa la que hizo que, una vez generalizado por todo el entramado asociativo vecinal su espíritu, convirtiera a Córdoba en el bastión más importante del Partido Comunista en el estado español capaz de hacer ganar a su candidato las primeras elecciones municipales tras la muerte del Sapo Iscariote.

De todo eso y de muchísimas cosas más habla un libro recién aparecido. In extenso et In intenso.

La Barriada de Cañero de Federico Abad supone, como se dice en su contraportada y no tenemos por qué dudar de su exactitud, el estudio más extenso y más intenso que sobre un barrio del estado español se haya publicado nunca. Un trabajo minucioso y eficaz que se mueve en un amplísimo abanico de campos desde los que aborda el estudio de su historia, su demografía, su idiosincrasia, su economía, su sociología, su vida cotidiana pasada y presente, su tipología arquitectónica e incluso su espíritu. Precedido por un estudio de la historia de las concepciones y materializaciones de las viviendas sociales desde comienzos del siglo XIX, en él encontramos inmediatamente después contada minuciosamente la gestación de la idea y su puesta en práctica con las biografías de sus protagonistas y los enfrentamientos entre los distintos poderes del franquismo con intereses contrapuestos, las modificaciones a la planificación original y el proceso de entrega de las casa una vez terminadas. Todo ello acompañado por una apabullante batería de datos y cifras. Y con fotos, muchas fotos. Y en algunas hasta salgo yo de chinorri. Y planos. Y estadísticas.

Pero para mi la parte más interesante del libro es la que se ocupa de los primeros años de la década del 60 cuando se funda la Asociación de Vecinos del barrio, en cuya gestación jugó un papel importante mi propio padre. Y la evolución de la misma desde posturas reformistas de índole cristiana de esos primeros fundadores amparadas por una parte de la Iglesia que decidió por aquellos años abrirse al mundo y asumir ciertos presupuestos del movimiento obrero de lucha, hasta la radicalización en un movimiento de clara adscripción marxista del sector juvenil y su voluntad de extender su influencia por toda la ciudad a través de las otras asociaciones vecinales de los demás barrios. Sólo hay que comprobar la significativa presencia de miembros de aquella asociación juvenil de Cañero en el primer gobierno municipal de Julio Anguita para comprender su importancia.

El libro se completa con multitud de informaciones más de la índole más variada: desde el tipo de comercios originales que se instalaron hasta su evolución actual, los colegios, o los accesos a o desde el resto de la ciudad con propuestas incluso de mejora para el futuro.

Un trabajo imprescindible para todos aquellos que tengan relación con el barrio de Cañero. Y desde luego para todos los interesados en conocer la historia de la ciudad de Córdoba a partir del final de la Guerra Civil y el Holocausto Republicano que trajo consigo la Revolución Nacionalcatólica Española.

Editado por la editorial Eutopía que tiene su tienda en el Realejo, pero presente en todas las demás librerías de la ciudad.

martes, 19 de abril de 2016

La venganza del cura Castillejo

Muchos amigos míos (me) y muchos enemigos (se) preguntan la causa por la que le tenía tanta tirria al finado Castillejo, el Orondo Cura Banquero que acaba de diñarla tranquilamente en su cama, después de haber convertido Córdoba en una infecta charca de caimanes en la que, desde un alto privilegiado y sólo para verlos saltar cómicamente y alimentar su incomensurable ego, él ejercía de domador arrojándoles los trozos de carne que ellos mismos le confiaron para que la administrase para el bien común. Y que hundió por ese método la propia charca llevándose además como premio –alguien que tenía hecho voto de pobreza– una póliza millonaria (en euros) que salió de los ahorros de los cordobeses y que heredarán sus hermanas, mientras nosotros heredamos la ruina.

El avispado lector podrá pensar que la anterior exposición, dado su incitador despliegue, incluye ya la propia respuesta. Pero erraría de medio a medio porque el origen de mi inquina y aborrecimiento hunden sus raícen en acontecimientos muy anteriores a las hazañas del Monseñor como adiestrador de reptiles y sobre todo la hunden profundamente en avatares de mi propia biografía que la marcaron indeleblemente.

Habéis de saber, queridos curiosos, que Monseñor me infirió, siendo profesor mío, una terrible humillación: me aprobó por la cara. Pero no por una gracia especial, ni por pena, ni por enchufe: sino como venganza y con declarado afán de demoler los cimientos éticos de mi joven personalidad. Bueno, de los míos y de cincuenta compañeros de clase más. No sé si los otros cuarentainueve restantes lo llevarían el resto de sus vidas tan mal como yo, pero tampoco he hecho por averiguarlo.

Y ahora que Monsignore ha entregado la cuchara y que ya no tiene sentido guardar el secreto aquí está el tío dispuesto a diseccionar el origen del odio asiático que llegué a sentir por él por más de cuarenta años.

Estamos en octubre de 1975 y al Sapo Iscariote le quedaba menos de un mes para entregar la suya de una putísima vez. En segundo de carrera de Geografía e Historia. Hacía poco, nada más comenzado, que los alumnos de ese curso nos llevamos la delirante sorpresa de que nuestro profesor de Filosofía ¡¡¡era un cura!!! No es que hasta entonces tuviéramos mucho que esperar de la índole del profesorado después de un primer curso en el que, aparte de un magnífico ejemplar, todos los demás eran desechos de tienta de los departamentos de Sevilla. Pero… ¡¡¡un cura!!! Aquello era demasiado.

Hay que tener en cuenta que la ebullición revolucionaria estaba en su apogeo y que raro era el universitario que no andaba en alguna célula clandestina más o menos marxista en sus diferentes franquicias, troskista, leninista o maoísta, y que estábamos convencidos de que en menos de un año alcanzaríamos el paraíso socialista prometido. La desconfianza, pues, –perfectamente lógica-, ante la pertinencia de un profesor de filosofía que militaba precisamente en la Organización Reaccionaria por antonomasia, la Iglesia Católica, se convirtió pronto en horror cuando comenzaron las clases y descubrimos que estábamos ante un escolástico de manual: el canónigo penitenciario de la Catedral don Miguel Castillejo Gorráiz pretendía inculcarnos el tomismo y el lomismo que se venía tradicionalmente enseñando en la era nacionalcatólica. Eso sí, la inoculación tenía que hacerla a cierta distancia, al menos a partir de la tercera fila de asientos del aula en la que se empezaban a colocarse los y las más valientes con la esperanza, a veces vana, de que no llegaran hasta ella los perdigonazos de saliva portadores de las contundentes dosis de la Summa Theologiae que el cura nos lanzaba. Hubo quién llegó a proponer sacar paraguas en las clases para que se diera por aludido.

Pero las broncas por los contenidos estrictamente docentes comenzaron pronto y el semidigerido argumentario marxista mamado en decenas de supermanoseados libros que, levantada por entonces ya prácticamente la censura, comenzaron a rular fundamentalmente en fotocopias, nos proporcionaban a su vez la munición con la que devolver los ataques de fuego graneado salival con que nos torturaba el predicaprofe.

A lo largo de un par de clases el cura se mostró comprensivo con el debate –más bien juego del tiro argumental al tomista- de la agreste grey universitaria, pero comprendiendo que el debate espiral le impediría dar las clases lo cortó autoritariamente de raíz.

No era otra cosa la que esperábamos. La clase casi en pleno se levantó y salió disciplinadamente del aula. Sólo se quedaron cinco o seis compañeros. En posterior asamblea se decidió trasladar nuestra repulsa por el acto autoritario al profesor y exigirle que convirtiera la clase de filosofía en un foro de debate sobre la misma. El primer acto de nuestra revolucionaria concepción de lo que había de ser la universidad, un organismo antiautoritario, horizontal y autogestionario, se lo comió don Miguel.

Perplejo por lo que le estaba ocurriendo el cura no cedió ni un milímetro, con lo que se pasó todo el curso dando clases a los escasos compañeros que ejercieron su libertad de asistencia. Los demás tampoco es que echáramos de menos la materia que nos podía proporcionar el profesor, toda vez que, después de sufrir el espantoso elenco profesoral (con sólo una excepción) del primer curso, los más espabilaos intelectualmente ya habíamos decidido desertar de las aulas y dedicar el tiempo al estudio autogestionado, tras descubrir la estafa intelectual que suponía la institución y fiar el éxito en los exámenes en nuestras propias capacidades investigatorias. Por el contrario los más espabilaos trepadoramente fiaron su medro en el culebreo por los departamentos y el vasallaje feudal. Los primeros quedamos fuera en mayor o menor grado del sistema y algunos de los segundos siguen aún hoy, a pocos años de jubilarse, aferrados como garrapatas al cuerpo de lo que alguien llamó con feliz intuición La Banalidad Institucionalizada, chupando la insustancial, pero muy nutricia desde el punto de vista tautológico, sangre del organismo.

Pero claro, si por parte de los demás profesores, que no habían sufrido conflicto, la ausencia de público en sus clases, algo normal por entonces y sucedido progresivamente, no cabía esperar venganza alguna, de la cólera de todo un canónigo desde luego que sí. Pero por las noticias que nos llegaban don Miguel se había instalado, más que en la ira que cabría esperarse, en una dolorida perplejidad: no podía creer lo que le había pasado, haber sido despreciado por una panda de mocosos sin que el cielo se hubiese desplomado sobre ellos. Desde luego, eso con Franco (que sólo levaba unas semanas muerto) no pasaba, debió pensar el canónigo penitenciario de la Santa Catedral. Así que su venganza fue sibilina, jesuítica y algunos seguimos sufriéndola 40 años después. Descubrimos entonces lo que significaba ese cargo que ostentaba en la Santa Catedral, canónigo penitenciario, es decir especialista en imponer penitencias. Porque lo que hizo cuando una comisión fue a recabarle información sobre la naturaleza de los exámenes que habríamos de pasar para superar la asignatura fue comunicarle que la vergüenza y la ignominia caerían sobre nosotros para toda la eternidad en forma del aprobado general encubierto que pensaba propinarle a todo el curso. Y como no lo podía hacer legalmente nos ofertó una triquiñuela: diría las preguntas del examen tres días antes del examen, nos dejaría llevar al mismo todos los apuntes o libros que quisiéramos y pondría como vigilante a uno de nosotros. Fuera como fuera, incluso presentando un folio en blanco todos los alumnos quedarían automáticamente aprobados.

Como os he dicho a principio aquella terrible venganza, aquella crueldad infinita, del canónigo profesor de filosofía sigue llenando de pesadumbre y vergüenza mi ánimo y mi alto sentido de la dignidad y la responsabilidad. Y no sólo se cebó en mí, sino que estoy convencido de que las irresponsables acciones de aquella panda de desarrapados con la cabeza llena de pájaros estuvieron en el origen de todo lo que ocurrió en la ciudad de Córdoba después: la concatenación de hechos que convirtieron a un oscuro párroco de pueblo, canónigo y profesor universitario en un cacique absoluto, amo prácticamente total de una ciudad en la que hizo y deshizo a su antojo y en la que nadie jamás osó hacerle un feo ni un desprecio en su cara.

No es difícil imaginarlo una vez acabado el curso 75-76 y perpetrada su venganza contra los estudiantes, arrodillado en soledad ante el altar mayor de la Mezquita haciéndose el siguiente juramento:

A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar desprecio, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar desprecio!

lunes, 15 de febrero de 2016

Que Dios te lo pague, Partido Socialcatólico Obispal Español

El Vals de las Mariposas

Son innumerables las anécdotas que desde hace más de 20 años señalan a la actual consejera de Cultura de la Junta de Andalucía como una quintacoluminsta del estado vaticano en las instituciones civiles, o cuanto menos como ardorosa chupeteadora de anillos, más o menos oscuros, episcopales. Es más que probable que fuera por esa condición de católica practicante y ardorosa cofrade por la que el PSOE la incitara al transfuguismo desde su formación de origen, Izquierda Unida, a la suya. Contaría con un elemento más para reforzar su línea directa con los anillos, más o menos oscuros, episcopales, con los que ya contaba: el infecto Bono, palmero de Monse Cañizares, el rey de la pasarela de moda clerical Ci-velas-; su monaguillo el tragahostias Page -sí, el que prohibió el Concilio Ateo de Toledo porque podría erizar la pelusilla escrotal o vulvar de la cabaña lanar católica que apacentaba el antediluviano Monse; Josep Fèlix Ballesteros, el tarraconense alcalde beatificador de mártires católicos de la Cruzada fascista, el exalcalde de Coruña y conspicuo fundamentalista católico, el meapilas Belloch que lo fuera de Zaragoza… y un largo etcétera de importantes políticos que hacen de polis buenos, frente a los malos del partido que no son creyentes pero cuyo supuesto peso sirve para despistar a los cientos de miles de votantes que no comulgan los domingos y darle una apariencia de partido laicista.

Pero vayamos a nuestras anécdotas. La primera se refiere a un viaje que la que fuera alcaldiosa de Córdoba realizó con un equipo municipal a la isla Rodas durante varios días de septiembre de 2003 con motivo de recabar el apoyo de las Ciudades Patrimonio de la Humanidad allí reunidas para su candidatura a la Capitalidad Cultural de 2016. Toda la delegación municipal cordobesa contaba con sus billetes de vuelta de precio normal para unos días después. Pero hete aquí que la alcaldiosa se entera de que al día siguiente se celebraría en Córdoba la toma de posesión del nuevo obispo, el que llegaría a ser su gran amigo –y según las malas lenguas, su confesor- Monse Asenjo, y al que acudirían 40 obispos 40, un nuncio y el arzobispo de de Toledo y sobre todo el gran valedor desde siempre de la tránsfuga, el nacionalmeapilista presidente de CLM José Bono. Y ella con esos pelos y sin poder ser fotografiada chupeteando tanto santo anillo episcopal rodeada de humo de incienso y aroma de cera. Así que mandó cargar al presupuesto municipal, es decir a todos los cordobeses, dos billetes extraordinarios –uno para ella y otro para su jefe de gabinete- de vuelta a España que costaron un güebo y la yema del otro para que la doña pudiera lucir su clásica chaquetiya Tío Pepe en día tan señalado de la coronación episcopal en la Mezquita (antes mezquita).

La otra anécdota es más conocida y cuenta que después de haber abandonado la sana costumbre casi obligatoria en una política de izquierdas de asistir a las manifestaciones del 1 de Mayo ese mismo año, no dejó sin embargo de asistir un mes después al bodorriazo que se montó Il Capo di Capi de Córdoba, Monseñor Castiglieggio en Sevilla con misaza en la catedral concelebrada por porretón de curas y dos mil y pico trabajadores de Cajasur que fueron trasladados como borregos para el relleno, previo pago de regalo para don Michele. Eso daba ya una pista, por si había dudas, de cuáles eran las preferencias de nuestra beatiphica damisela.

Contando con que además la actual señora presidenta de la Junta es también una reconocida católica practicante, cofrade y alguien a quien aparte de su brillante carrera profesional en los pasillos del partido no se le ha conocido más profesión que la de catequista, no sé yo cómo ahora todo el mundo se echa las manos a la cabeza cuando el Partido Socialcatólico Obispal Español después de haber engañado según su costumbre a todos los laicistas andaluces haciéndoles guiñitos cuando se ha visto presionado por el clamor popular, introduciendo en su último programa electoral su compromiso con la reclamación de propiedad pública de la Mezquita, ha finalmente seguido los dictados de quien, en materia de patrimonio y espiritualidad manda en la Junta: Monseñor Asenjo. Y como la verdad no la puede decir se ha buscado unas apestosas excusas para no hacer lo que otras comunidades autónomas han hecho: exigir al Registro de la Propiedad los bienes inmatriculados fraudulentamente por la Hermandad del Santo Latrocinio para proceder a reclamar su devolución al estado, su legítimo dueño.

Dios se lo pagará, hermanas.

domingo, 14 de febrero de 2016

Apolojetas del arqueoterrorismo

Los tartufos profesionales, esos conservacionistas que venden o alquilan su más o menos dudoso prestigio profesional para tapar cuidadosamente los crímenes de las administraciones contra el Patrimonio Histórico Artístico de este triste país parecen estar de buen año. El Poder los necesita en estos momentos en que le urge mantener lo más tapados posible los insondables pozos de mierda que de sus actuaciones recientes podrían rebosar si en lugar de ditirambistas a sueldo para que hablen en los medios, lo hicieran héroes defensores del Patrimonio, sin nada que perder ni nada que guardar. O incluso, más mérito aún, con mucho de lo mismo. O sea, mártires.

Hoy viene a Córdoba un señor conservacionista del Patrimonio que ha sido contratado con dinero público para que haga un informe de parte en el que mediante las hiperbólicas alabanzas de rigor mantenga tapado el hediondo pozo de mierda de las actuaciones de las administraciones estatales, autonómicas y locales en su deber de protección de los Bienes Patrimoniales de la Humanidad (con título oficial o sin él, porque todos lo son) de la ciudad de Córdoba en los últimos 30 años.

En la felpúdica entrevista que se le ofrece en la Hojilla Parroquial entre otras varias desvergüenzas (pasar de puntillas por el tema de las parcelaciones o del trampantojo restaurador, mostrarse extrañado de que el dueño del capitel a la venta tenga papeles) hace una afirmación que debería grabarse con letras de oro en el Muro de la Vergüenza y de la Infamia de los Expolios Universales. Dice la lumbrera:

En Córdoba conservamos la Mezquita, uno de los lugares más impresionantes del mundo, pero solo representa el aspecto religioso de esa sociedad, todos los aspectos civiles, cómo vivía esa gente, han desaparecido, y Medina Azahara nos ofrece la posibilidad de completar ese aspecto religioso que tenemos en la Mezquita con una panorámica de cómo era una ciudad de aquella época.

Como no puede ser ignorancia, siendo quién es y dedicándose a lo que se dedica,  debemos suponer que este señor lo que está haciendo es ocultar primorosamente el hecho de que está hablando de una ciudad donde LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS (estado, autonomía, ayuntamiento y universidad) son responsable de la destrucción A CONCIENCIA de UN MILLÓN Y MEDIO DE METROS CUADRADOS DE LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS perfectamente conservados de una ciudad islámica REAL (no palatina como es exclusivamente Medina Azahara) del siglo X para construir urbanizaciones de miles de adocenados pisos innecesarios sólo para engordar la burbuja inmobiliaria y la especulación del suelo. Y sin que se haya conservado ni uno solo de ellos como muestra para las generaciones futuras a las que se les ha escamoteado definitivamente el conocimiento directo de cómo vivían los cordobeses del siglo X, cómo eran sus calles, sus empedrados, sus casas, sus patios, sus pozos, sus mezquitas, sus medersas... La pulverización de una verdadera Pompeya Islámica. Un verdadero Holocausto Arqueológico. Así, esa afirmación de que todos los aspectos civiles, cómo vivía esa gente, han desaparecido, así por las buenas, como por arte de birlibirloque, debería considerarse APOLOGÍA DEL TERRORISMO ARQUEOLÓGICO, como a alguien que hablase de simple desaparición (¿emigraron, se fueron de vacaciones?) de seis millones de judíos en Europa Central se le considera apologista del Holocausto.

Con la festolina que están montando en Medina Azahara para animar a la UNESCO a que le conceda el mismo título de Patrimonio de la Humanidad que ya consiguiera la Mezquita y el casco histórico de Córdoba, un buen esperpentista de la estirpe de Valle Inclán podría escribir una obra cumbre del género. Probablemente el mayor de los delirantes despropósitos de todo el pollastre es que la señora que lo preside  y actual Consejera de Cultura de la Junta es la misma persona que fuera concejal de urbanismo en los tiempos en los que, por su manifiesta inoperancia, la metástasis del parcelismo ilegal se comió parte del perímetro de la zona arqueológica de la ciudad palatina de Abderramán III. La misma que siendo alcaldesa no movió ni un sólo músculo para salvar ni un sólo metro cuadrado de los arrabales califales. La misma cuyas actuales maniobras dilatorias e intoxicadoras que acompañan a la gestión política reclamada por los ciudadanos para el mantenimiento de la Mezquita como Bien Público contra las pretensiones de la Iglesia católica de apropiarse de ella, hacen sospechar que se encuentra más a sueldo (al menos espiritual) de aquella que de los ciudadanos.

Por si acaso las delirantes declaraciones del señor conservacionista profesional fueran extrañamente más fruto de supina ignorancia que de voluntad ocultadora, adjunto imágenes de algunas de las estructuras de los aspectos civiles, cómo vivía esa gente que la mayoría de los políticos y gestores que lo han contratado destruyeron inmisericordemente, escamoteándolos a las generaciones de ciudadanos de todo el mundo, sólo para engordar los bolsillos de un puñado de empresarios especuladores sin más patria que sus cuentas de resultados.

O sea la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Córdoba solos o en compañía de otros no sólo se han cepillado esto:

Sino también esto:

Y esto:

Y esto:

Y esto: