(del laberinto al treinta)


viernes, 21 de diciembre de 2012

Patios cordobeses, la injusticia zombificada

Vecinos de un patio cordobés a finales del s. XIX. Algunos de ellos son antepasados del autor de este post
.

Si algún rasgo ha caracterizado a Andalucía a lo largo de su historia ha sido el hecho de que sus clases populares hayan sido víctimas desde las épocas más remotas de una doble explotación: material y cultural. Lo extraordinario no está en el fenómeno en sí, frecuentísmo en todos los tiempos y lugares, sino en una pertinacia esquilmadora que dura ya veintidos siglos. Un tópico, no por serlo menos verdadero, basado en una cita de Estrabón (II.3.4), con el que comienzan todos los tratados actuales de flamenco nos revela la intensa demanda de puellae gaditanae, bailarinas béticas armadas de castañuelas, como divertimento de los ricos de todo el Mediterráneo desde el siglo II ad.C. Aceite, garum, vino y cultura popular directamente desde el sudor y la creatividad de los pobres a las mesas, los ojos y los oídos de los ricos. Del cerdo explotable, hasta los meneos.

Las clases extractivas andaluzas lo fueron siempre a carajo sacado. La mano de obra semiesclava en fundos y fábricas, pero también el jugo exprimido de su cultura. Las zambras moriscas, las gitanillas cervantinas… Pero también la Semana Santa Andaluza cuyo origen primario fue la necesidad de los sospechosos de neocristianidad ante las pesquisas inquisitoriales de mostrar más esfuerzo (más yihad) en las manifestaciones de catolicismo tridentino. Más tarde el flamenco, el grito telúrico de la garganta aherrojada por penas seculares convertido en negocio de espabilaos: los cafés cantantes, los teatros, las ventas, las fiestas de señoritos y más recientemente, las peñas.

Pero no sólo. Las ferias, las romerías populares, que guardan la memoria milenaria de los dioses primigenios, usurpados por la Iglesia Católica desde su Triunfo sobre la libertad de culto, y recientemente por los genocidas franquistas que impidieron mediante un baño de sangre la entrada del aire fresco de la Ilustración en este país. La película Rocío, la única que sigue desde hace más de cuarenta años censurada en España, lo retrataba magistralmente.

Pero si hay un símbolo de esa atroz, milenaria y actual, condición explotada de la cultura popular andaluza es el que sustenta su canónico traje folklórico. Mientras en el resto de las variantes del estado español los trajes folklóricos se basan en fosilizaciones de los trajes dominicales tradicionales de sus campesinos pobres, en Andalucía el traje consiste en el vestido de diario de los señoritos-caciques explotadores cortijeros para los hombres y en el de domingo de las mujeres del campo, de las jornaleras o esposas de los jornaleros. A ver quién supera ese simbolismo, la atroz carga semiótica que sustenta.

En los últimos cuarenta años el keynesianismo a la violeta que nos ha convertido en europeos, ricos y modernos no menos a la violeta ha teñido todo de color violeta, transmutando la radicalidad analítica -la que va a la raíz de las cosas- que empezó a imponerse en los 70 en la banalidad sintética absoluta y absolutista y que hoy es pan y vino del evangelio oficial progresista.

Por eso para mí, hijo irredento de esa radicalidad setentera, las palabras patio cordobés no van asociada a esa especie de orgasmo sincrónico que sacude al parecer unánimemente a todos los estadios de la ciudad cuando se pronuncian. Para mí, patio cordobés va asociado a patio de vecinos, y patio de vecinos va asociado a hacinamiento, a miseria, a explotación, a represión… En definitiva a dolor y a miedo. Un dolor y un miedo blanqueados con la cal de la oficialidad desde el momento en que el señorito ve la posibilidad de sacar rentabilidad social, política, económica e incluso estética a la miseria de sus explotados. Patios siempre hubo en Córdoba. A los erudos locales y redactores de folletos turísticos cordobeses les encanta enhebrar antedecentes históricos: la casa romana, la andalusí, la renacentista… En Córdoba todas las casas tuvieron siempre patio. Pero en su concepción y acceso siempre hubo clases. En los patios de los ricos, en las casas en que vivía sólo una familia, sólo podían entrar los dueños, sus esclavos y sus sirvientes. En las otras, las comunales, en las que se hacinaban decenas de familias de pobres, siempre pudo entrar cualquiera. Eran públicas.

A principios del XX una panda de señoritos de la burguesía protonacionalista, degustadores de los vinazos populares, de las tabernas donde se cantaba el flamenco que guardaba aún retazos de un pasado de miseria y persecución y de las estéticas primarias de los explotados, decidieron entronizar los patios en los que vivían los pobres como lugares de peregrinación anual, de juerga y jolgorio cíclico con la excusa del hecho diferencial local, del supuesto alma eterna del pueblo al que explotaban sus familias. Y crearon el Festival de los Patios. Ellos vivían también en casas con patio, pero esos patios, especialmente hermosos, siguieron siendo estrictamente privados, no concursables, no visitables. Lo que se buscaba como degustación era la explotación de ese primitivismo decorativo de la cal y la gitanilla, del alma popular sencilla y dócil. A mediados de los 50 los correspondientes cordobeses guardianes falangistas del campo de concentración en que se convirtió cada ciudad y cada pueblo de España tras el genocidio de republicanos trataron de blanquear los muros contra los que perpetraron sus crímenes mediante la exaltación de los localismos populares más vistosos. Y el Festival de los Patios, de los patios de vecinos de los pobres, sirvió para atraer turismo y vender la imagen de una falsa placidez, la de la población rigurosamente vigilada a punta de pistola.

Hoy esos patios de vecinos, los que consiguieron librarse de la piqueta de la especulación urbanística, son estructuras habitacionales fósiles, milagrosas pervivencias de la sociedad preindustrial, fenecido su espíritu popular por el progreso, un extraño fenómeno que consistió en que la misma alta casta que los había explotado por siglos seguiría sacándoles rendimiento a los vecinos que consiguieron huir vendiéndoles pisos adocenados a precios desorbitados en el extrarradio construidos y equipados por su propia mano de obra barata a su servicio que los pagaría religiosamente con los salarios sistemáticamente hipotecados por los bancos. O de sus hijos y nietos camareros encargados de servir a los turistas que venían a sacar fotos de los lugares donde malvivieron -hambre y piojos- de chicos. Los que no consiguieron escapar o no quisieron y se quedaron en los infectos cuchitriles de los patios de vecinos cuidando de las macetas a cambio de unas ridículas subvenciones son hoy los porteros de los museos en los que los han convertido. Zombificados. Como reclamo para atraer turistas a los que vender flamenquines y alquilar camas y cuyos beneficios principales siguen yendo a los de siempre.

Es curioso que la reciente nominación por la que ha peleado la burgueprogresía posmoderna cordobesa para acrecentar el valor de su cortijo urbano, la de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, no haga referencia a la estética de los patios, sino a una forma de vida que se desarrolló en ellos, inhumana y digna de ser recordada, pero no por su valor testimonial, sino por su supuesta autenticidad de manifestación popular. Por eso no es extraño que lo único que se muestre a las miradas de los miles de turistas que los visitan sean los espacios abiertos y profusamente decorados y no los interiores de las viviendas o al menos muestras gráficas de los cuchitriles insalubres en los que el pueblo cordobés se hacinó y sufrió la explotación de la casta dominante durante siglos. Porque desde esa óptica Patrimonio Material de la Inhumanidad hubiera sido más exacto.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El Villancico de los Funcionarios

Hace un par de días nos encontrábamos en el corazón de Galicia unos amigos que me habían acogido en su casa y yo poniéndonos ciegos de pulpo y tintorro local peleón a orillas del Miño, justamente en el Parque da Feira de Ourense, junto a las termas de Chavasqueira, cuando alguien mostró en su móvil un archivo de video que acababa de recibir en el que un gato cantaba con una voz espantosa un villancico. Me fui quedando a cuadros cuando, conforme lo iba escuchando, descubría que se trataba de MI VILLANCICO. Sí: ese villancico que este verano compuse en mi cabeza mientras conducía la moto camino del curro por puro entretenimiento entre semáforo y semáforo justo el día en que nos enteramos de que nos cepillaban la paga de Navidad. Al llegar al tajo se lo canté a mis compas y les hizo gracia. Así que lo colgué esa misma noche (11 de julio) en el feisbu. Muchos de vosotros lo celebrasteis. E incluso pensé usarlo de felicitatorio pa los amigos en estas intragables fiestas. Cosa que no hice por vagancia y olvido. Porque a estas alturas ya me había olvidado de él. Yo no soy ni poco ni mucho vanidosillo, o al menos no más ni menos de lo normal en estos casos y las cosas esas del copirai y los derechos de autor me la refanfinflan bastante (porque no vivo de ellos, claro) y además sigo al facha de Manuel Machado en aquello de hasta que el pueblo las canta / las coplas, coplas no son / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor. Pero como sé que muchos de vosotros sí que sois bastante vanidosillos y os gusta eso del roce con el famoseo os comunico que fuisteis los primeros en leerla y que tenéis de ciberamigo (o enemigo que de todo hay por aquí) al autor del que se ha convertido ya en el más FAMOSÍSIMO VILLANCICO REIVINDICATIVO 2012 de todos los tiempos, como me ha demostrado una simple oración a San Guguel. He descubierto incluso que las buenas gentes que se manifiestan contra los recortes en toda España lo usan como arma carminativa en sus concentraciones. Con eso me doy por pagado.

Venga, besitos, afortunados y felices amigos lectores de aquella primicia. Que Santa Mula y San Buey que andan desahuciados por los prados de Belén buscando cobijo desde que Herr Banker Papa los echara del Portal os bendigan.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Aniversario de boda

Hace apenas un rato, en el momento justo en que las manitas del reloj de las Tendillas se hubieron unido como las de un devoto hindú y comenzó a sonar la primera de las notas de las soleares de Juan Serrano, se cumplían 30 años (fue un 18 de noviembre de 1982 a las 12 de la mañana), de que C. y yo nos plantáramos ante un juez para que nos bendijera en nombre del estado y certificara que cumplíamos los requisitos legales para poder disfrutar de los privilegios de las parejas (de distinto sexo, claro) que se prestaran a ello. El año anterior los más fieles militares franquistas habían tratado de emular a sus colegas chilenos y argentinos. Apenas un mes antes los cabecillas del comando que arteramente se había hecho con el control del hasta entonces respetable PSOE en el congreso de Suresnes (1974) con el fin de desactivar su potencial izquierdista y sancionar a golpe de desmemoria el genocidio franquista coronaban la misión por la que el capital europeo lo había contratado. La movida, esa orgía de falsa libertad y de creatividad de celofán que apenas sirvió para tapar con su perfume de garrafón el pestazo a cebollino del sobaco nacional estaba en su apogeo y el chorro de pasta pública para bagatelas culturales y oropeles expositivos asordinaba convenientemente las bocas de los críticos. El capital, la alianza del camisa vieja franquista con el encorbatado europeo, se frotaba las manos ante tal olla en ebullición.

Lo mejor de todo es que éramos jóvenes y teníamos voluntad, y motivos, sobre todo motivos, de rebeldía. El mundo cambiaba, lo habíamos deseado ardientemente, pero no en el sentido que hubiéramos querido. C. y yo contribuíamos, modestísimamente, a la resistencia viviendo arrejuntados, sin papeles. Era un simple símbolo, pero creíamos firmemente que el estado no era quién para concedernos su aquiescencia para vivir con quien nos diera la gana. Pero el estado tiene siempre presta la manzana de la tentación colgando del árbol del paraíso de la libertad personal y te la anda ofreciendo a cada paso con ofídicas maneras para controlarte y encerrarte en el corralito social. C. consiguió su plaza en un pueblo alejado mientras yo la tenía en Córdoba. El estado entonces, en un alarde de discriminación que luego se eliminó por inconstitucional, ofrecía a los casados que trabajaban para él una mayor facilidad para los traslados que a los solteros, arrejuntados o casapapivivientes. Por algo se llamaba reunificación familiar. Los demás no eran para el estado familias. Tras muchas deliberaciones e intentos de trampear nuestras convicciones caímos directamente: la diferencia, de un mes a varios años, era una tentación irresistible. Bueno, resistible era. Pero tampoco éramos mártires de la fe. Así que podríamos decir que nuestra relación se instituyó sobre una convivencia por amor y un matrimonio de conveniencia.

La boda la planteamos como si de solicitar un certificado normal se tratara. Pedida de instancias en el juzgado, falsificación de fe de vida y soltería (lo firmaron dos desconocidos que pasaban por la puerta de los Juzgados porque los amigos que debían hacerlo se durmieron tras una noche de juerga) y entrada en lista de espera (sólo 15 días por entonces) para la ceremonia, o sea la firma definitiva de los papeles. Pensamos en un primer momento no decírselo ni a la familia para evitar que se convirtiera en eso, en una ceremonia, pero al final decidimos sensatamente que no se merecían semejante feo y lo hicimos con el aviso de que se trataría de eso, de un simple trámite burocrático. Tres de los padres se lo tomaron con más o menos resignación, el cuarto incluso se negó a participar por principios religiosos. Hermanos y cuñados y ya está. Y rogamos ropa de diario. Para que nadie desentonara con los contrayentes.

Pero el punto que se ha convertido casi en una leyenda urbana fue el hecho de que yo pidiera y firmara una salida en el trabajo para ir a mi propia boda. Lo hice por la única razón de no desperdiciar ni uno de los quince días de permiso que me correspondían. Cuando se lo comuniqué el día de antes mi jefe montó en cólera y me acusó de hacer escarnio, católico practicante como era, no sólo del matrimonio eclesiástico sino también de las instituciones civiles. Lo coronó con un fantástico ¡los jóvenes de ahora es que no respetáis ná de ná! de lo más teatral. Juro sobre los gayumbos de Voltaire que no fue esa mi intención, ni me planteé con ello el hecho de ultrajar libertariamente institución alguna, pero el descubrimiento posterior de que mi jefe lo había publicitado y de que aún hoy treinta años después se siga recordando cíclicamente y comentando como una excentricidad propia de un desharrapado social y moral en mi centro de trabajo ha acabado por convencerme de que fue un testimonio de simbología libertaria que compensaba de alguna forma la caída en rendición de principios de la boda en sí.

Así que a las doce menos cuarto llegué a la puerta de los juzgados desde el trabajo en la vieja vespa que conducía entonces, con vaqueros, zapatillas, un jersey sobre camisa abierta y mi ajada pelliza sobre la que caía la melena que calzaba entonces. Y, claro, sin casco. La novia, guapísima, ya esperaba en la puerta ataviada con un simple vestido negro y unos ligeros toques de maquillaje extra. Afortunadamente la familia se portó y se presentó sólo discretamente arreglada. A las doce en punto ante dos testigos de la familia, un abuelo y una madre, y un juez extremadamente bonachón que se frotaba las manos como un cura y hablaba como un obispo, firmamos la renuncia a vivir jurídicamente según nuestra voluntad a cambio de la infumable regalía de ahorrarnos varios años de separación laboral.

Mi madre, de todas formas, se encargó de bendecir por su cuenta aquella unión según los cánones religiosos cuando a la salida de la sala del crimen nos acorraló contra un muro, levantó el brazo como una terrible arma ofensiva, hizo una gran señal de la cruz y perpetró la fórmula: En nombre de Dios yo os caso a los dos. Amén.

Un par de días después estábamos por Madrid en casa de unos amigos. Para parodiar, esa vez sí conscientemente, las lunas de miel de la mayoría de las parejas españolas que, en plena Dictadura, comenzaban a poder permitírselas, pedimos a los amigos que nos llevaran a El Escorial. Terrible coincidencia: 20 de Noviembre cerca de Cuelgamuros…

Ni C. ni yo somos de celebraciones conmemorativas. Yo especialmente. Podéis comprobarlo buscando, si queréis pero infructuosamente, reseña alguna sobre los cumpleaños o cumpleposts de este blog. Jamás hemos conmemorado la fecha de la boda, que siempre consideramos un simple trámite administrativo. Y sólo en fechas muy redondas, por pura y relajada integración social, celebramos el aniversario de nuestro primer encuentro en serio.

Pero esta mañana cuando pasaba por la plaza de las Tendillas unos minutos antes de las 12 me he acordado de este aniversario y me he emocionado. Y me he sorprendido sacando la foto en el momento en el justo en que cumplía. Me he sentado en uno de los bancos bajo un tímido sol y he pensado en todo lo que acabo de contar. Y he pensado que, contra todos los pronósticos de los agoreros, todavía seguimos juntos. Y he pensado que de las poquísimas cosas de las que me siento orgulloso de mí mismo, la principal y más importante es la de haber sabido y podido mantener ese amor intacto. Y se me ha ocurrido contarlo. Por eso y por simple conmemoración, pero también porque representa algo del espíritu y de los valores de ciertos jóvenes de una cierta época, la de las rebeldías juveniles contra los convencionalismos sociales creados para anudar voluntades, contra la corbata, contra la etiqueta… Estos tiempos en que las bodas se han convertido por ejemplo en verdaderas orgías de derroche de estupidez vestimentaria, ceremonial y dineraria. En que las primeras comuniones entrampan a familias por años. En que los quinceañeros de barrio se ponen corbata para ir a sus fiestas de cumpleaños… En fin… Todo eso que hace que de verdad me de cuenta yo mismo y de cuenta a los demás de que me estoy haciendo viejo. Cada vez menos discretamente viejo.

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Hubiera sobrevivido la Mezquita sin la Catedral?

Este artículo se publicó en su momento (mayo de 2008) en la extinta Calleja de las Flores y aún continua colgado en las páginas de uno de sus hijos, el Museo Imaginado de Córdoba, pero me he decidido a reeditarlo aquí hoy por la pertinencia de su contenido y la pertinacia de su vigencia en estos extraños días en que todo el mundo parece haber descubierto por fin que la ciudad ha sido limpiamente saqueada por esa poderosa máquina absolutista de esquilmar los bolsillos y conculcar los derechos civiles de quienes no son sus fieles que es la Iglesia Católica. Me refiero, claro, al asunto de la ilegítima inmatriculación en 2006 de la Mezquita de Córdoba, hasta entonces legalmente un bien público, como bien particular suyo, acogiéndose a un torticero cambio en una ley franquista, sacada semisecretamente adelante por sus mamoporreros profesionales los políticos neofranquistas del PP. El primero en denunciarlo fue el escritor y profesor Antonio Manuel en un memorable artículo de 2010. Imaginamos que tardó tanto, cuatro años, por la propia impensabilidad del hecho y tal vez alarmado por las denuncias que comenzaron a surgir en esos momentos de algunos pueblos navarros igualmente saqueados. La ilegitimidad de tal apropiación, que supondría el derecho a venderlo a otro particular, fue claramente expuesta en otro artículo posterior por el propio Antonio Manuel. Yo por mi parte hasta entonces me había especializado en la denuncia del saqueo del espíritu del monumento, de la manipulación de su historia, sus cualidades artísticas y su simbología por parte de la Iglesia en una serie de artículos ( I y II) que publiqué tanto en mi blog como en La Calleja a lo largo de varios años. El que cuelgo aquí hoy lo publiqué un mes justo antes de esa denuncia. A la denuncia de la manipulación de la memoria del monumento y la usurpación de su historia sumé desde ese momento la de la usurpación de su propiedad (I y II).

Justamente esta mañana me he desayunado un artículo del incisivo Lucas León en el que, además de la persecución que en la Universidad cordobesa, tan devota de Frascuelo y de María, sufre por causa de sus artículos Antonio Manuel,  denuncia un hecho incuestionable: la complicidad, en unos casos por dejación del deber de defensa de los bienes públicos y en otros y supuesta pero presumiblemente con la colaboración directa de todos -absolutamente todos- los políticos electos de carácter autonómico pero sobre todo municipal de los últimos seis años. Lucas muy agudamente hace una muy pertinente comparación entre las cualidades éticas de un personaje histórico, el Corregidor Luis de la Cerda, arropado por casi todo el cabildo municipal cordobés del momento (1523), que se enfrentó a la todopoderosa Iglesia de entonces horrorizado por su pretensión de destruir el corazón de la Mezquita, su maravillosa uniformidad estilística, para sustituirlo por un enorme mamotreto de estilo indefinible. Fue excomulgado por ello, en un momento en que eso significaba prácticamente la muerte civil, religiosa e incluso física. Pero no se arredró y llegó hasta el final. Al otro lado de la balanza coloca a todos esos políticos municipales, verdadero hatajo de cobardes, que gobernaron esta ciudad perfectamente agarrados a la teta de la vaca eclesiástica de Cajasur y que callaron convenientemente ante el robo por agradecimiento, miedo o simple conveniencia. Sobre todo los sedicentes de izquierdas. Casi todos fueron consejeros o tienen familiares directos colocados sospechosamente en la que fue Nefanda Caja de los Curas. La propia Iglesia tuvo un nombre para eso: simonía y nepotismo. Hoy se llama simplemente ser político. Orson Welles, haciendo balance del maccartysmo, dijo aquello que tan bien les viene hoy a esa colección de farsantes: en algunos lugares la gente traiciona a los suyos para salvar la vida. La izquierda americana lo hizo para salvar sus piscinas. La cordobesa por infinitamente menos.

En el artículo que hoy reedito intento desmontar la falacia, sobre la que la Iglesia sostiene parcialmente sus supuestos derechos  al uso exclusivo y ya a su propiedad completa de que la Mezquita se hubiera perdido si no se hubiera decidido demolerla parcialmente y construir esa monstruosa joroba que soporta desde entonces. Así mismo trato de incidir en la aguda sospecha de que a la Iglesia siempre le produjo urticaria la mezquita que había okupado y que siempre tuvo en la cabeza su demolición completa, algo que hubiera ocurrido fatalmente si no se encuentra con una decidida oposición civil, real incluso. Y una defensa de aquel Corregidor y su cabildo que se jugaron la vida infructuosamente por defender el patrimonio histórico artístico de la ciudad y legarlo intacto a las generaciones futuras. Algo que ningún político demócrata municipal actual ha tenido la profesionalidad, la decencia ni la valentía de hacer.

Por supuesto apoyo totalmente el, aunque tarde, siempre oportuno movimiento promovido recientemente por Europa Laica en pro de la derogación de la infausta Ley Hipotecaria reformada, la enajenación de la Mezquita de Córdoba de las manos eclesiásticas y su conversión una vez absolutamente secularizado el monumento  en un museo y posible centro de actividades estrictamente culturales. Los turcos tuvieron la valentía de hacerlo con Aya Sofia en una fecha tan temprana como los años veinte del siglo pasado y hoy la exiben como su joya nacional civil más preciada.

¿Hubiera sobrevivido la Mezquita sin la Catedral?

Existe una consideración de carácter ucrónico muy extendida entre los estudiosos del principal monumento cordobés, la Mezquita, que ha acabado calando casi a la totalidad del resto de los niveles de conocimiento, hasta el punto de convertirse en un lugar común generalmente aceptado y que pone en circulación la pretensión de que si no se hubiera construido una catedral católica renacentista en su interior la Mezquita no habría sobrevivido.

El que esa historia contrafactual represente una visión claramente interesada de la historia del monumento y un intento de justificación de un atentado histórico de magnitudes colosales perpetrado por los propietarios del edificio en un momento de su historia, no parece disminuir su peso ni aún hoy día en la interpretación general del mismo. Hay además otro punto interpretativo muy extendido que se suma a esa defensa de la intervención y que resulta así mismo claramente falso: la construcción de la catedral se justifica al valorarla dentro del contexto histórico y de los parámetros conservativos del momento en que ocurrió.

Ambas interpretaciones relajantes son fácilmente desmontables usando una misma herramienta analítica: la historia del conflicto entre las autoridades civiles y las eclesiásticas por la conservación del monumento.

Efectivamente la relativamente abundante documentación sobre ese tema nos pone en contacto con una realidad muy distinta a la que proclaman los defensores y propagadores de la ucronía.

Un excepcional conocedor del monumento, Torres Balbás nos informa de que en fecha tan temprana como 1263 Alfonso X dispuso que todos los moros sirvientes de Córdoba trabajaran dos días cada año en la Iglesia Mayor, es decir, en la antigua mezquita, para que “sea más guardada, e no pueda caer nin destruirse ninguna cosa della.” No sólo eso sino que concedió franquicia de todo tributo a cuatro moros, dos albañiles y dos carpinteros, que labraban en el mismo edificio, privilegio confirmado en 1280. (1)

Es decir que los reyes cristianos eran muy conscientes del valor arquitectónico del monumento y sobre todo, de la unidad estilística que debía conservarse en el mismo. A ello parece responder primero la reserva por parte del rey Fernando III de sólo un pequeño y excéntrico espacio para el culto cristiano en el extremo oriental del muro de la qibla, la Capilla de San Clemente justo después de la conquista y la consagración, ya en tiempos de su hijo Alfonso X, en su interior primero de un espacio intacto, la Capilla Mayor, llamada de Villaviciosa como catedral e inmediatamente la construcción adosada a ella de la Capilla Real, en estilo islámico, aunque claramente almohade, más que probablemente por manos de alarifes mudéjares cordobeses.

Dos siglos después y tras varias pequeñísimas reformas que no alteraron el monumento comienza el verdadero conflicto entre por un lado los intereses eclesiásticos, siempre prestos a la demolición total de una mezquita que les incomodaba con su sola presencia (2) y por otro el municipio y la propia monarquía. El comienzo del conflicto aparece muy confuso pero lo que si es indudable es que la reina Católica no consintió el derribo de una parte (o tal vez toda) de la Mezquita para construir un templo catedral. El hecho de que en 1489 el obispo Iñigo Manrique consiguiera permiso para el desmonte de las columnas correspondientes a cinco naves (de la Capilla de Villaviciosa al muro occidental) y acotar el espacio con muros transversales para formar una nave gótica, parece hablar de que algo consiguieron ablandar a la reina y de que debió llegarse a esta solución de compromiso.

Pero las presiones continuaron por su tozuda pretensión de la Iglesia de no renunciar a contar con una catedral acorde con la importancia de la diócesis y conforme a las modas de la época: Capilla Mayor y crucero y nave suntuosos y monumentales. A la muerte de la reina volvieron a la carga con su nieto el emperador Carlos. Pero esta vez con quien hubo de enfrentarse la Iglesia fue con el propio Ayuntamiento de la ciudad que consideraba un gravísimo atentado la transformación del edificio heredado bajo el acerado argumento de que tal como estaba edificado era único en el mundo, y la obra que se dehace es de calidad que no podría volver a hacer en la bondad y perfectión de que está hecha (3) .

El polígrafo Rogelio Pérez Olivares lo contaba así en su guía La Mezquita de Córdoba: Contra el pensamiento del Obispo (que reclamaba una iglesia porque en aquel lugar se llevaban ya trescientos años de culto cristiano) se pronunció el pueblo: con el pueblo hizo causa común el Cabildo (municipal), que careciendo de facultad para oponerse a los deseos de la Iglesia, llegó a publicar que serían condenados a muerte los obreros que secundasen los deseos del prelado don Alonso Manrique. En vano se procuraron avenencias o posibles acuerdos entre los cabildos eclesiástico y municipal. Uno y otro mantenía resueltamente sus posiciones y después de dos años de discusión y apasionamiento sin columbrarse el más mínimo signo de concordia, la resolución del emperador Carlos V, a quien el Obispo había la cuestión, fue favorable a las obras. (4)

El héroe de esta lucha fue sin duda el Corregidor Luis de la Cerda, un personaje muy desconocido actualmente en la ciudad a pesar de ser titular desde no hace mucho del nombre de la calle que se extiende a lo largo del muro exterior de la qibla de la Mezquita. Ante el comienzo de las obras por cuenta y riesgo del cabildo catedralicio se reúne el cabildo municipal y acuerda solicitar su detención hasta que el rey no fuera informado y diera su consentimiento. Las causas que alega es el propio valor monumental de lo previsto a derribar y el hecho de que con anterioridad la reina Isabel negara permiso al propio cabildo para efectuarlas. Ante la negativa dle obispo, don Luis fue absolutamente contundente, como demuestra el dictado de la pena de muerte a los obreros que obedecieran al obispo, en su oposición a la destrucción parcial del monumento y se arriesgó y llegó a padecer la excomunión, algo letal en aquel momento. Esta actuación desmonta otra de las falacias justificativas, la de que se obró conforme a los criterios normales de la época. La feroz resistencia del corregidor y la mayoría del cabildo municipal de lo que habla es precisamente de lo contrario, de que el interés por derribar parcial o totalmente el edificio por parte de la Iglesia se contraponía a la lógica civil proteccionista y conservacionista basada en un sentido común extendido entre las autoridades del momento.

Es curioso que el propio Balbás, tras reunir todas estas pruebas, caiga también en la insostenible ucronía de la inviabilidad de la conservación del templo islámico sin la inclusión en su centro del católico cuando tras analizar la obra gótico renacentista final, a la que por cierto considera muy mediocre, termina diciendo: Sin embargo no hay que murmurar con exceso del templo catedralicio. Si en la Edad Media los monarcas castellanos aseguraron la existencia del oratorio islámico, en los tiempos modernos tan sólo el sacrificio de una parte aseguró de forma definitiva la existencia del resto. Y el precio no parece excesivo. Lo que no se compadece con las pruebas contrarias que ha ido dando.

El final de la historia es de sobra conocido. El Emperador da finalmente la razón a la Iglesia y en abril de 1543 comienzan los derribos. Varios cronistas han venido relatando a lo largo de los siglos siguientes cómo el Emperador se arrepintió posteriormente de haber dictado la real provisión para las obras cuando, años después, las visitó y pone en su boca las famosas palabras: Yo no sabía que era esto, pues no hubiese permitido que se llegara a lo antiguo; porque hacéis lo que puede haber en otra parte y habéis deshecho lo que era singular en el mundo (5).

Como anota González Alcantud (6) las fricciones entre cabildo catedralicio y autoridades civiles nunca cesaron del todo alcanzando hasta los días actuales en que tras ser declarado el monumento Patrimonio de la Humanidad su tutela patrimonial corresponde a la Junta de Andalucía que ha sentido frecuentemente la resistencia eclesial a que se inmiscuyera en los asuntos de su gestión.

Por otra parte la Iglesia ha generado su propia literatura interpretativa del monumento para contrarrestar las visiones laicas que pudieran erosionar su derecho absolutista a manejar su gestión o a entorpecer el proceso de desislamización total del monumento en que viene empleándose a fondo desde siempre, pero con especial incidencia en los recientes años que van desde la reinstauración de la democracia en España.

Así, el estudio más voluminoso que se ha publicado sobre la Mezquita ha sido obra del canónigo archivero Manuel Nieto Cumplido, reeditado recientemente con el mutilado título de La Catedral de Córdoba. En él se vierten algunas atrevidas, confusas y tendenciosas teorías acerca del carácter último del monumento, minimizando al máximo la huella y el mérito de los constructores y el carácter original islámico del templo, como ya denuncié en otro lugar. Así, como apunta certeramente González Alcantud, frente al concepto de catedral el de mezquita queda disminuido en esta obra y, sobre todo, se elude cuidadosamente toda referencia a las polémicas constructivas que arrastra la misma desde el siglo XVI: no se hace referencia a éstas a lo largo de más de seiscientas páginas.

A la vista de una serie de factores estamos autorizados a pensar que la Mezquita omeya de Córdoba podría haber corrido la misma suerte que la Gran Mezquita almohade de Sevilla si ello hubiera dependido exclusivamente de la voluntad eclesiástica. El profesor Antonio Almagro (8) que ha estudiado las circunstancias de aquella demolición y de la construcción posterior de la catedral gótica en su solar, considera el hecho de que el cabildo catedralicio se viera obligado a argumentar fuertemente en 1401 el mal estado del edificio como excusa para su derribo. Ello parece apuntar a que debieron de existir fuertes resistencias a la destrucción del templo almohade sevillano, que se repitieron con el mismo éxito, aunque en este caso se tratase de un derribo parcial, en el cordobés.

Por otra parte el reciente hallazgo en un convento guipuzcoano de un plano con el diseño primitivo de la catedral sevillana que encargó el cabildo catedralico demuestra que la torre alminar que hoy forma el cuerpo principal de la Giralda estaba previsto ser demolida. Las presiones para impedirlo debieron de existir lógicamente, y lógicamente también debieron de ser lo suficientemente importantes como para impedir semejante atentado.

Es probablemente que si hubieran podido, los curas habrían borrado radicalmente las huellas islámicas de la Mezquita. Ellos lo que siempre quisieron es una catedral normal como tienen todos los demás, porque sienten que al ser otra cosa algo que puede ser interpretado desde fuera de su doctrina, un monumento artístico per se, desligado del culto católico estricto, puede desvirtuar lo único importante para ellos: la extensión de la superstición para dominar las conciencias. Aunque, eso sí, en ese caso no hubieran descubierto nunca el potencial de su explotación como industria turística. Porque, aunque les joda la estética islámica, como hoy día se trata de un monumento declarado Patrimonio de la Humanidad y al que visitan (sólo por la parte islámica que ellos quieren reinterpretar) cientos de miles de turistas al cabo de año, disfrutan de su sustanciosa explotación económica en forma de entradas que se consideran donativos y que por lo tanto no tributan a Hacienda. Na, moco de pavo: unos diez millones de euros al año. Limpios.

  • (1) L. Torres Balbás: La Mezquita de Córdoba y Madinat al-Zahra, ed. Plus Ultra, 1965 (pg. 102).
  • (2) González Alcantud, José A.: Lo moro. Las lógicas de la derrota y la formación del estereotipo islámico, ed. Anthropos, 2002 (pg. 83).
  • (3) Rafael Ramírez de Arellano: Inventario monumental y artístico de la provincia de Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Excma. Diputación de Córdoba, 1983 (1ª de 1904), Apéndice A, copia de una página del Libro capitular del Ayuntamiento correspondiente a 1523.
  • (4) Pérez Olivares, Rogelio: La Mezquita de Córdoba, Madrid, 1948. Citado por González Alcantud (pg. 84). El autor usa el documento del Archivo Municipal de Córdoba titulado Mandamiento de la Ciudad de Córdoba prohibiendo bajo pena de muerte a los albañiles, canteros, carpinteros y peones que fuesen a trabajar a la obra de la Catedral que se estaba deshaciendo para formar el Crucero, hasta que su Majestad dispusiese lo que había de ejecutarse. Caja C-100, doc. 2 y el titulado Real Provisión de Carlos I por la que declaró la Real Chancillería que el Señor Provisor de Córdoba hacía fuerza en no otorgar las apelaciones que había interpuesto el Ayuntamiento en el pleito que seguía con el Cabildo eclesiástico, de resultas del pregón que había publicado, prohibiendo continuar las obras del Crucero. Caja C-100, doc. 3.
  • (5) Ibid. Torres Balbás.
  • (6) Ibid. González Alcantud.
  • (8) Antonio Almagro Gorbea De Mezquita a catedral. Una adaptación imposible. La Piedra Postrera. Simposium Internacional sobre la Catedral de Sevilla en el contexto del Gótico Final. Vol 1 (Ponencias).

DOCUMENTACIÓN ANEXA: (Origen: Rafael Ramírez de Arellano: Inventario monumental y artístico de la provincia de Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Excma. Diputación de Córdoba, 1983 (1ª de 1904), Apéndice A, copias del Libro capitular del Ayuntamiento correspondiente a 1523.) 1. Cabildo de 29 de abril de 1523. Preside don Luis de la Cerda, Corregidor. 2. Cabildo de 4 de mayo de 1523. 3. Bando y Cabildo de 4 de junio 4. Resolución del rey Carlos a favor de la Iglesia.

sábado, 3 de noviembre de 2012

La Jeringuera de la Finojosa ( en recuerdo de Agustín García Calvo)

Lo tenía guardado para usarlo en otro lugar, pero al final no me he resistido a compartirlo antes de tiempo en circunstancias tan... especiales (casi digo, ofendiendo su memoria, tristes).

En una visita que hizo a Córdoba el filósofo poeta, el último diogenista, Agustín García Calvo, a finales de los noventa, fue invitado a probar los famosos “fruits de perol” que se hacían en La Corredera, y allí, frente al obrador que está más cercano al Arco Alto, se enamoró del buen hacer de la jeringuera que allí oficiaba y le dedicó este poema, a manera de una Jeringuera de la Finojosa:

¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí,
tú, figurilla de flaca mozuela,
que entre tanto que vas
churros y jeringos echando a vueltas
en la vasta sartén,
cantas, y cantas aún, y los soportales
de fresca voz los alegras?
¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí,
entre la cal corroída y las tiendas,
despintadas de orín
de un pasado sol, de la Corredera,
donde aquella que fue
vida y riqueza de Córdoba se marchita
en sordidez y miseria?
¿Cómo puede ser esto?
¿Cómo puedes estar ahí
viva en mitad del barato y la venta
de lo que era ciudad,
de eso que a redor la locura cerca
de su negro collar,
donde el taladro y el auto y la grúa ladran,
donde el Dinero revienta?
Tú la vida, tú eras,
eres, niña, la vida tú,
que en la ruina por brozas y grietas
naces, como la flor
púrpura, y en medio de la maleza
de cemento y betún
cantas imperios que caen y que, entre tanto,
tú nunca mueres de veras.

Agustín García Calvo
(Mediados de abril de 1998)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Carta a Rafael Blanco, dirigente del PSOE, solicitándole que impida que el organismo que preside homenajee a un criminal de guerra fascista


Señor Blanco:

El motivo de esta carta es poner en su conocimiento el desasosiego que me ha invadido al leer la noticia de que la Organización que Vd. preside, CÓRDOBA ECUESTRE, rendirá en la edición de CABALCOR de este año homenaje a un conocido personaje histórico cordobés, el rejoneador Antonio Cañero.

Me resulta sumamente remota la suposición de que usted, a quien se le reconocen unas dotes intelectuales notables, desconozca quién fue exactamente y qué hechos jalonaron la vida del individuo que bajo su presidencia se disponen ustedes a homenajear. Pero por si acaso me voy a permitir recordárselo brevemente.

Aparte de los méritos asociados a la actividad profesional que hicieran rico y famoso al difunto señor Cañero, consistentes en realizar temerarias hazañas a lomos de altos y briosos corceles con el fin de convertir un hermoso animal en una morcilla sanguinolenta antes de atravesarlo con una lanza, en esta ciudad este caballero fue también conocido por la realización de otra serie de hazañas del mismo tipo pero con distintas víctimas. Como recogen solventes libros de la historia reciente está demostrado que como protagonista en el genocidio de demócratas perpetrado por el conglomerado nacionalcatólico fascista a partir de 1936, Antonio Cañero organizó y capitaneó las partidas formadas por falangistas y señoritos que a lomos de caballo y armados de picas y escopetas rastreaban, perseguían y capturaban o asesinaban a sangre fría en la Sierra Morena de Córdoba a los republicanos que huyeron de la ciudad tratando de escapar de la obligación que los golpistas les imponían de dar cuenta de su fe política en las tapias de los cementerios. También, señor Blanco, existen testimonios de sus prácticas de puntería junto con su compadre el también matarife Algabeño en las que usaban como diana a los presos republicanos de la cárcel de Antequera. Todo está muy bien explicadito en el esclarecedor libro de Moreno El genocidio franquista en Córdoba. Usted, señor Blanco, podría aducir que se lo homenajea exclusivamente por sus reputadas habilidades taurómacas, pero cualquiera podría aducirle a usted a su vez que a ninguna asociación de pintores se le ocurriría homenajear a Hitler por su acreditada sensibilidad como pintor de paisajes.

¿Sabe usted, señor Blanco? Muchos de aquellos asesinados directa o indirectamente a sangre fría por el individuo que usted se dispone a homenajear eran socialistas, al igual que usted mismo, miembros del Partido Socialista Obrero Español. Pero eso no es importante. También los había comunistas, liberales, no creyentes, o simplemente víctimas de la codicia o la inquina de un vecino. Lo sé porque conocí hace muchos años a alguien que consiguió escapar de ese criminal. Permítame que le cuente...

Yo me crié en la Barriada de Cañero, llamada así porque los terrenos en que se construyó pertenecieron al rejoneador del que estamos tratando y que donó a la Iglesia para la construcción de viviendas sociales en que acoger a las masas famélicas de la posguerra. No las donó altruistamente. Lo hizo a punto de morir sin descendencia extorsionado por el no menos atroz obispo Fray Albino que lo amenazó con dejarlo morir sin absolución. Vivía, conspicuo fascista y ferviente católico, contando con la vista gorda de las autoridades franquistas, amancebado con su amante. Terrible arma de chantaje la que manejaban los curas para usar con los que, sobre todo ricos, creían que podrían librarse de la condenación eterna, no tanto por los terribles crímenes cometidos a lo largo de sus depravadas vidas como por sus pecadillos de entrepierna, con un simple gesto de absolución de uno de aquellos a última hora...

Un vecino mío muy mayor, Andrés, me confió tras la muerte de Franco, calándome a mis veinte años el alma roja, que la mayor crueldad con que lo había podido tratar la vida había sido tener que vivir, en la desvalidez de sus últimos años, recogido en casa de su hija, en el barrio que soportaba el nombre del asesino de su hermano y de varios camaradas cazados como conejos en la sierra de Córdoba por las partidas del rejoneador. Él escapó milagrosamente agazapado varios días en un polvoriento agujero, sin agua ni comida, hasta que consiguió llegar andando a zona republicana. Todos ellos formaban parte de un activo sindicato socialista. Creo que recordar que de la rama ferroviaria. Aquello, que fue una simple confidencia de una experiencia vital personal, me sería confirmado años después por los historiadores más solventes del genocidio.

Yo espero poco institucionalmente de un partido de cuya cúpula dirigente usted forma parte que ha traicionado prolija, minuciosamente, todos y cada uno de los presupuestos políticos, éticos y estéticos que forman el humus de su esencialidad ideológica. Con sólo recordar su total responsabilidad en la concesión del más alto reconocimiento institucional de la Junta a la mayor y más explotadora de los terratenientes andaluces mientras demoniza sistemáticamente cualquier movimiento que reinvindique el más mínimo apunte de reforma agraria se me eriza el vello de grima. Pero sí que tengo siempre esperanza en los individuos que forman y conforman las instituciones y en su capacidad de atender a su deber más íntimo, el de fidelidad y respeto a la memoria de los muertos en defensa de la misma causa que dicen compartir frente al deber impuesto por las estrategias espurias del poder y las pedestres tácticas puramente electoralistas.

Señor Blanco: ya sabe que ahora los herederos de los genocidas tienen mucho más poder. Pero su problema sigue siendo el mismo: que sus referentes genéticos e ideológicos están de sangre hasta las cachas. Y que rezuma continuamente de sus sepulcros. Y pretenden blanquearlos permanentemente exigiendo que la cal la paguemos a escote precisamente los herederos biológicos e ideológicos de la víctimas. Pretenden que a los mayores asesinos de la historia de este país se les considere sólo personajes históricos sin más, normalizarlos en el panteón de los libros de historia borrando de la memoria colectiva sus crímenes. La responsabilidad de su partido en que no sólo no pagaran por esos crímenes sino que continuaran hasta hoy disfrutando tranquilamente de las riquezas y privilegios que el genocidio les deparó es gigantesca. Pero usted ahora tiene la oportunidad de no colaborar más con ellos multiplicando la ignominia. No sólo cumpliría con su deber de socialista sino que tendría un fino detalle con esta ciudad que ha sufrido como ninguna otra el oprobio del mantenimiento de los símbolos y los nombres de los genocidas en sus calles. Ya sabe, la principal de ellas padece el del organizador del golpe, hasta hace dos días en el Realejo escupía sobre la razón democrática una placa en honor de uno de los generales del crimen y el propio ayuntamiento del que usted formaba parte renombró una avenida con el de un obispo que confeccionaba listas de fusilables. Aunque sea por la memoria de los miles de asesinados que compartieron con usted el anhelo de un mundo mejor: no permita que el organismo que usted preside conceda honores a uno de los responsables de sus atroces muertes mancillando sus memorias. Y si no puede con la fuerza de los herederos ideológicos de aquellos criminales con los que anda estratégicamente en tratos políticos, dimita, no sea cómplice, deje que sea uno de ellos quien se siga manchando con la sangre del crimen que no cesa.

Córdoba 19 de septiembre de 2012

Agradeciendo su amable atención

Manuel Harazem

domingo, 19 de agosto de 2012

La lluvia de fuego

Uno de los más inquietantes descubrimientos que debemos a los antiguos griegos es el de la hybris, la pulsión que sienten los humanos por transgredir los límites, cualquiera que sea el ámbito que cerquen, los de la divinidad, los de la propia humanidad o los de la Naturaleza. El más alto grado de la soberbia. De hibrys pecó el rey Minos por tratar de violentar la voluntad de un dios, su esposa Pasifae por violentar las leyes de la humanidad apareándose con un toro y más recientemente y en una revisitación contemporánea del mismo mito el científico y empresario Tyrrel, el creador de los replicantes de Blade Runner, violentador de las leyes naturales sobre la mortalidad de todos los seres.

Pero los semitas ya lo intuyeron mucho antes y la hybris aparece en la Biblia desde el comienzo: el pecado original, el crimen fraternal, las ciudades corrompidas de la llanura... La hybris tanto entre griegos como entre semitas como en la contemporaneidad siempre se cobra lo suyo, el terrible castigo es el fin ineludible de la trasgresión de los límites establecidos por la racionalidad o la naturaleza, por el ensoberbecimiento. Unos más vistosos que otros, pero todos igual de terribles. Pero probablemente el más terrible de todos los descritos por los cronistas de escarmientos sea el que sufrieron las salaces ciudades de la llanura según el relato que de él hace Leopoldo Lugones (1874-1938), en La lluvia de fuego (1906).

Cuando lo leí por primera vez en la colección de relatos La estatua de sal de la preciosa colección La Biblioteca de Babel dirigida por Borges (1985), me dejó una sensación de inquietud que tardó días en abandonarme. Y de vez en cuando y durante muchos años me regresaron las imágenes de la quietud, del cielo azul y el aire límpido reinante en Gomorra mientras caían las gotas ardientes sobre los sorprendidos –pero aún no conscientes- corrompidos ciudadanos. Esa imagen de los niños recogiendo en la primera escampada las bolitas de cobre ya enfriadas para jugar o venderlas representa sólo un ligero escalofrío en in crescendo hasta la aterradora aparición en las desiertas calles de la jauría de fieras que huyen del desierto calcinado. No sé por qué en los últimos meses han vuelto una y otra vez a visitarme esas imágenes, esa forma de castigo de la hybris, inquietantemente imprevisible aún en las primeras quemazones producidas por las ardientes gotas de origen desconocido pero de clara sugerencia punitiva.

La lluvia de fuego Evocación de un desencarnado de Gomorra [Texto completo]

Leopoldo Lugones

Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre. Levítico, XXVI - 19

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre -pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir?... Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía -estoy seguro- desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre -todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega -por primera y última vez, a buen seguro-decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...

miércoles, 1 de agosto de 2012

Colleja Jones en busca de la Puerta (Piscatoria) Perdida

Hace unos días mi viejo amigo Acisclo recaló como cada año procedente del desértico corazón del Imperio -donde habitualmente mora et labora- en su ciudad natal en cumplimiento de sus obligados, inexcusables deberes filiales. De obligado, inexcusable cumplimiento así mismo ha sido cada uno de esos años el ritual compartimiento conmigo de una noche de exaltación alcohólica de la amistad que inquebrantablemente nos profesamos. Y éste con más motivo porque el cumplimiento de las premadmáxicas previsiones que vengo anunciando desde hace poco podrían convertirlo en el último. A pesar de ello y como aquellos culturetillas pompeyanos que se entretenían en el cedaceo de menudencias eruditas para enmendarles la plana a los Plinios cuando ya llevaban dos días cayendo augurantes lapillis sobre sus cabezas, nosotros esperamos la Hecatombe hablando de las pequeñas minucias arqueohistóricas de esta ciudad de las que somos desde siempre consumados catadores. Este año, que tal vez sea el último en que los intereses supervivenciales permitan tales frivolidades intelectuales, le hice partícipe de un reciente descubrimiento que aún no ha sido publicitado académicamente. Con su habitual gracejo dejó crónica de esa famosa noche, del descubrimiento y de las consideraciones histórico-arqueológicas que de él se derivan. En las páginas de La Colleja. Cómo no.

Colleja Jones en busca de la Puerta (Piscatoria) Perdida

Acisclo Lupiáñez

Como cada verano vengo desde mi lejano destino gringolandés a visitar a los cada vez más escasos familia y amigos y ya de paso pasear la ciudad que tanto tiempo fuera la mía y calibrar las novedades –aciertos y horrores- de su evolución. Una de las liturgias de obligado cumplimiento es siempre unas cañas con mi viejo amigo, camarada y compañero de canallerías Manuel Harazem, el de la Perspicaz Agudeza, por quien he dejado escritas algunas cosillas para esta Colleja.

Quedamos por indicación suya en la Cruz del Rastro  con el fin -me dice- de mostrarme la nueva zona de movida cordobesa establecida recientemente en La Ribera y con ramificaciones por Cardenal González y Potro (atrozmente colonizado ya por los veladores), según él, heredera y usurpadora de la que en los últimos años quedó asentada en el Vial o Paseo Marítimo. Efectivamente los locales de restauración y copeo han surgido como hongos en los últimos tiempos y a pesar de las nada sutiles amenazas del premadmáxico (el palabro es, cómo no, harazemiano) futuro que le espera a este país no falta la clientela. Otro día – me dice- te cuento lo que se sospecha que hay detrás de ese traslado y la influencia de los jóldines hosteleros en todo lo que ocurre. Pero esta noche PROHIBIDO HABLAR DE LA COSA. Noche estrictamente cultureta toca.

Tras un tanteo por los alrededores me introduce en un pequeño bar justo a la entrada y a mano izquierda de Cardenal González por nombre LA BICICLETA. Yo, que me crié en ese barrio, recordaba desde siempre en ese lugar una jurásica tienda de ultramarinos perfectamente integrada en el entorno de la zona. El nuevo bar también parece integrado en el nuevo espíritu de la misma. Con la salvedad –me explica Manuel- de que escapa al control de la mafia hostecoriense cordobesa. Defensores de la bici, peña alternativa y guiris de mochila forman el grueso de su clientela. Si vas en bici rebaja al canto en la consumición.

Con dos cañas en la mano Manuel entra en materia. Comenzamos hablando de la propia calle que hoy padece el terrible nombre de un jerarca católico ultramontano y antiilustrado de principios del XX y que sustituyó al antiguo de Carrera del Puente. Bajo este rótulo, desde la Cruz del Rastro hasta la Mezquita, se unificaron, por estúpida decisión municipal en el XIX, varios otros que desde la Edad Media nombraban diferentes tramos. Por orden desde la calle de la Feria: Arquillo de Calceteros, Platerías, Torrezneros, Herrerías, Pescadería y Mármol Quebrado. ¿Qué, no es pa matarlos? Nosotros nos encontrábamos en el primer tramo, el correspondiente a Arquillo de Calceteros y Manuel me pone a prueba instándome a recordar su historia.

- Así de memoria lo más fácil: que en este ángulo de la muralla de la ampliación romana se abrió una puerta cuyo nombre se desconoce, que en el estado omeya recibió el nombre de Bab al-Hadid (Puerta de Hierro) o Bab Saraqusta (Zaragoza), que sirvió de hemistiquio a la gran vía principal, az-Zuqaq al-Kabir que iba desde el Alcázar hasta la Puerta de Baeza ya en la muralla almorávide, atravesando el arrabal de Sabular (y el vicus romano previo) y que se corresponde más o menos con la existente en el viario actual. Que por esa puerta, según cuenta Ibn Idhari, salieron las tropas del emir al-Hakam hasta el vado de la almunia de Al Ramla (literalmente cortijo de El Arenal) para rodear a los sublevados del arrabal de Saqunda. Que tras la conquista se llamó Puerta Piscatoria, porque en ella se vendía el pescado, y finalmente, hasta su destrucción en el siglo XVIII, según cuenta don Teodomiro, se llamó Arquillo de Calceteros, por los muchos que trabajaban en su entorno, Puerta del Sol y Calcetonía.

- ¿Y dónde crees que estaba exactamente?

Nos salimos del bar con las cañas en la mano y en la misma puerta le señalo la calzada.

- Aquí mismo. Si doy un paso me coloco bajo ella. Ya sabes que si cruzas al restaurante de enfrente encontrarás la muralla perfectamente conservada sirviendo de muro oriental, como en toda la calle de la Feria arriba hasta la Cuesta de Luján. Si lo sigues ideal y rectamente hacia el río llegarás al punto donde nos encontramos. Lo que no sé es por qué Arjona Castro en su Urbanismo de la Córdoba Califal coloca la puerta en la entrada de la calle Caldereros, 30 ó 40 metros más allá. Bueno, creo que lo que dice es que sus cimientos deberían estar ahí. O sea que no tiene constancia arqueológica. O bien confundió el nombre de la calle Caldereros por el de Cardenal González y se refería al mismo sitio que te estoy indicando o considera la encrucijada de más allá como perfectamente posible para que se abriera una puerta. Pero en ese caso la muralla tendría que meterse para adentro esos 30 o 40 mts. Hablo de memoria. Hace varios años que no pienso históricamente en este rincón de la ciudad.

- Pues tienes una memoria de elefante. Efectivamente todo lo que dices es exacto. He traído por si no te acordabas una fotocopia de la página del Donteodomiro (Paseos por Córdoba) que habla de este lugar. Mira, dice que en el XVIII se derribó y que... Te leo: nosotros hemos visto parte de los cimientos en varias ocasiones y últimamente la zanja en 1870 para la tubería del gas... Así que cimientos, gas... todo encaja. Se supone que la zanja se debió hacer en la propia calle... Entonces... Vamos por otras dos cañas.

Una vez servidas las cañas, el Manuel se me quedó con  mirando con expresión de cabroncete y me espetó a bocajarro:

- Todo lo que me cuentas y nos cuenta don Teodo está muy bien, pero entonces cómo cojones te explicas esto...

Más allá del pequeño espacio donde estaba la barra se abría otro cuarto, lo que debió ser el almacén del viejo ultramarinos. Me instó a entrar en él, me colocó de cara al muro oriental y me lo señaló.

- ¡Joder, joder, joder!

Casi se me cae la caña de la mano, y la baba de la boca. En ese muro, que habían dejado en crudo, se conservaba inscrito medio arco completo fabricado con sillares... romanos. La Puerta romana sin nombre, Bab el Hadid, Bab Saraqusta, la Puerta del Sol, Piscatoria, Calcetonía, el Arquillo de Calceteros. Ahí estaba la jodía. La única puerta de la muralla original romana de la ciudad que se conserva. Idéntica a la del Arco del Cristo de Cáceres. Sólo que ésta es de granito y la nuestra -cómo no- de calcarenita.

- No lo destruyeron entero. En el siglo XVIII cuando tiraron ese trozo de muralla dejaron el arco para que sirviera de muro de carga para una casa. Mejor muro de carga que un arco romano...

- Pero entonces –flipé yo- la puerta no estaba enfilada respecto a la calle y el trozo de muralla debió tirarse justamente para enlazarla directamente con la actual Lucano (VER ADDENDUM). Vaya, vaya, eso cambia todo el plano de la zona que me había construido desde hace años. ¿Sería en el mismo momento del XVIII o anteriormente. ¿En época del reino de Castilla? ¿En época andalusí?

- Ni idea. Por más que he indagado no he conseguido averiguarlo. Venga. A ver si coincidimos en la reconstrucción de este espacio al menos en la época andalusi.

- Pues... si la puerta estaba desplazada respecto a la boca de la az-Zuqaq al-Kabir quiere decir que ésta no llegaba hasta aquella. Que había una plaza. Una gran plaza delimitada por la estricta muralla y a la que desembocaban las dos calles actuales: Caldereros y Cardenal González. La ermita del Amparo y el Hospital de La Lámpara y las casas a ella adosadas no debían existir. Es probable que se trate de la plaza del pescado desde época romana, fundada en el rincón más extremo de la ciudad, para limitar lo más posible el mal olor. Con esa función parece haber pervivido durante casi al menos quince o dieciséis siglos. No sabemos cuándo dejó de venderse pescado en ella, pero desde luego tuvo que ser mucho después de la conquista, porque de otro modo no hubiera conservado el nombre. Habría que buscar en la memoria arqueológica de la excavación que se hizo en el solar de la ermita hace unos años si aparecieron restos de viario, tanto romano como andalusi, ya que la fundación del hospital, y siempre según don Teodo, se remonta al siglo XIII. Por otra parte creo recordar que en la excavación de urgencia del solar de la extinta Posada de la Herradura donde se construyó el aparcamiento de la Ribera en cuya terraza se instaló ese bar tan moderno, aparecieron restos importantes, edificios industriales desde época romana, modestas casas califales e incluso un gran horno andalusi de época postcalifal, lo que nos lleva a pensar que el espacio edificado estaba ordenado de la misma manera que lo está ahora. Ello significa que al salir por la puerta había que desplazarse en diagonal hacia el noreste para enfilar la vía oriental, actual Lucano. Todo muy extraño.

- ¿Y esto está controlado? -pregunto un tanto alarmado.

- Sí, parece ser que sí. No estoy muy al tanto pero saltó la alarma nada más aparecer, vinieron los oficiales y se levantó acta. El dueño además me han dicho que es muy sensible para estas cosas del patrimonio y lo mima.

Me pongo estupendo con el subidón tras el chute de jaco histórico arqueológico que me ha regalado mi colega y le propongo seguir la marcha buscando libatorios más arriba.

- Menudo regalazo me has hecho, tío. Venga te invito a un supergintonic en el Cazador, a ver si coincido por fin con el famoso Luis, que nunca que vengo lo pillo.

Camino de El Cazador de Iconos seguimos perorando sobre lo mismo. Coincidimos en que esta zona de la ciudad es sin duda una de las más interesantes y donde el sabor, los nombres y las ubicaciones de los lugares que fueron importantes en la que fuera capital de Al Andalus están más patentes. Un baño almohade (el de la Cara), la alhóndiga, la alcaicería, alfayatas... Un diamante histórico urbanístico en bruto... Es lo bueno que tiene Córdoba para mí. Disfruto de ella cada vez que vengo -y desde mi exilio con su estudio en la distancia- pero me largo antes de que sus mocos me pongan perdida la camisa.

El Cazador de Iconos está en el tramo de Cardenal González que se llamó de Torrezneros, en la esquina con el tramo de Alfayatas que desemboca en la plaza de la Alhóndiga. A ver qué local del mundo mundial goza de una nomenclatura como esa. En la barra Luis acompañado por su socio Manuel. En un rincón Lamalgama y Mr. Parkingson conspirando -me dice Harazem- contra la dirección colegiada de La Colleja. Vaya, de una tacada al fin conozco a medio universo friki cordobés. Tras las presentaciones de rigor unas risas y me convencen entre todos de que en vez de gintonic me pimple un vargas. El gintonis paluego. Estás -me dice el Harazem- en el único bar del mundo que cuenta con una carta de vargas. Me pido el tropical y lo flipo. Después mi colega me señala primero la lámpara botellero de Duchamp que cuelga del techo con el soplo de que ES AUTÉNTICO y el arco en crudo de la puerta que da paso al interior. Y me cuenta que allí mismo, donde nos hallamos soplando, tuvieron lugar encarnizadas batallas de entre dueños de shopbares y arqueólogos en paro a cuenta de la antigüedad de la criatura. Que si califal como defendía Luis que le había dicho un experto murólogo, que si bajomedieval como defendían los arqueólogos... Al final de la noche el Harazem se subió en una banqueta y le soltó un lametón a las venerables piedras. Otros lo imitaron y de nuevo surgió la polémica... Que si sabe a califal, que si es un combinado de moro y cristiano, que tiene un fondo de aliño judío, que si... Sea como sea, el disfrute de un vargas -y varios gintonis detrás- ante ese Muro de las Lamendaciones -como a partir de ahora lo conocerán las generaciones futuras- con tan aguerrida tropa fue otro más de los inquietantes placeres que me deparó la vida aquella noche en el ventrículo más zarigüeyo del corazón  de la Córdoba que amo. El último, ya en plena exaltación etílica de la amistad, fue contagiar a toda esa tropa de nuestro grito de guerra juvenil. Ocurrió de vuelta, en el piloncete de agua no potable (¡hay que ser mezquino!) que han instalado justo donde el erudo agarenista Arjona Castro colocaba la Piscatoria, entre Cardenal González y Caldereros:

- ¡¡¡Me cago en los canónigos!!!

Bueno, amiguitos de La Colleja, nada más que desearles un FELIZ CAMBIO DE ENTRADA EN LA NUEVA EDAD MEDIA y el consejo de que no olviden vitaminizarse y supermineralizarse para lo que viene...

ADDENDUM: Me encuentro una interesante apostilla de Alimoche en los comentarios. Como dice Manuel no habíamos caído en ese detalle. Así que le agradezco el apunte. Efectivamente, a pesar de que sabía que la Mezquita conserva en sus bajos el entramado del viario romano no había caído en hacerlo coincidir con la puerta. Efectivamente el muro sur de la Mezquita delimita el borde de un decumanus. Tendría que buscar los datos exactamente en las excavaciones que se hicieron hace unos años, creo que a cargo de Pedro Marfil. Pero creo que coincidirían. Así que tenemos que la Puerta Piscatoria era la desembocadura rectilínea de un decumanus romano, probablemente el más meridional de toda la urbs. Y es que incluso los planos ideales de la urbs romana más recientes consideran la boca de Cardenal González el lugar de la puerta haciendo dar un quiebro noreste al decumanus para hacerlo coincidir con ella. Y quedaría más o menos así:

Mapa de Corduba confeccionado por el Convenio GMU-UCO y publicado en el catálogo de la exposición CÓRDOBA ESPEJO DE ROMA, pg. 218 (Córdoba 2011)

De todas formas quedo a la expectativa de que algún experto quiera aportar algo a este artículo de carácter estrictamente amateur.