Bonista Bruce Springsteen
A mí el amigo Bruce nunca me dijo nada, ni me cayó bien ni mal, sólo eso: que nunca me dijo nada. Aunque nunca tuve que retirarle el saludo como tuve que hacer con el viejo Dylan cuando se mostró como una lombriz arrastrándose a los pies del Papa. No, yo a Brucito simplemente lo ignoré siempre. Por blando y por previsible. Y por ser uno de los pilares básicos de la domesticadora de rebeldes MTV. Yo soy de la estela del rock más inquietante y oscuro: el de Lou Reed, The Doors, Hendrix, el rock más áspero y el heavy más gamberro. Pero contra el chico de Independence Day no tuve realmente nada. De la misma manera que nunca tuve nada contra nuestro incombustible Mike Ríos. Ni siquiera cuando me llegaron los terribles chismes de que era profundamente católico (a pesar de estar divorciado o precisamente por eso, siguiendo la tendencia a la hipocresía de la secta vaticana), que subvencionaba una empresa tan progresista como un convento de monjas de clausura y que su inspiración literaria principal son los relatos de la tormentosa escritora catolicista Flannery O’Connor.
Fue la lectura de un ensayo sobre el odio que cayó en mis manos hace unos años el que me hizo mirarlo ya con otros ojos. A partir de ese momento mi indiferencia mutó y lo convirtió en otra cosa. En un rebelde reaccionario desempeñando la función de profeta del bonismo (que no bondad): solidario a ultranza con todas las causas perdidas que mejor alivian los sentimientos de culpabilidad más socializados en el Primer Mundo (Jordi Villegas). Hay que ver lo que hace un buen punto de vista.
Pienso, por ejemplo, en el farsante más abyecto del siglo XX: Bruce Springsteen.
Hemos de reconocer la habilidad de este genio del mal para hacerse rico con su disfraz de humanista y su inteligencia emocional a la hora de elegir la música popular como vehículo para la puesta en práctica de su demoledor bonismo. Si eres español y escribes en un diario, puedes dar la tabarra a un número limitado de personas. Pero si eres norteamericano y practicas una perversión bonista del rock and roll, puedes contaminar con tus tonterías a toda la humanidad.
No creo exagerar si digo que Bruce Springsteen es el hombre que ha acabado con la música pop tal como la conocíamos. Tradicionalmente, el rock and roll era el refugio de los inadaptados, de los gamberros cuya idea de la diversión era prender fuego a los muebles de los hoteles tras mearse en las macetas del hall. El mundo pop era un amasijo de simpáticos sociópatas, algunos de los cuales hasta tenían talento. Era un mundo clasista en el que los que triunfaban hacían realidad su sueño de vivir sin trabajar y se dedicaban a dilapidar su fortuna en alcohol, drogas y sexo desordenado. Gracias a las bandas de rock, los chavales díscolos tenían un espejo en el que contemplarse y hacerse la ilusión de que no eran unos borregos como sus compañeros de pupitre, que no había más que verlos para deducir que acabarían en una oficina siniestra acumulando trienios y encajando, al cabo de los años, una patada en el culo acompañada de un reloj barato.
Estoy hablando de un mundo maravilloso que se fue al carajo cuando todos esos santurrones como Sting, Bob Geldof o Michael Jackson se lanzaron a montar sus equivalentes musicales de las fiestas de la diversidad en vez de quedarse en sus casas inyectándose heroína o de destrozar la habitación del hotel que los acoge en una de esas ciudades de las que sólo conocen el aeropuerto y el estadio en el que actúan. El uno se agarraba a las madres de la Plaza de Mayo, que bastante desgracia tenían, las pobres; el otro intenta salvar África él solo; el de más allá rueda el asqueroso video clip de una canción en la que miente como un bellaco al asegurar que da lo mismo ser blanco que negro: ¡no hay más que vede para comprobar que él prefiere ser blanco!
Esta gente, de un plumazo, se propuso acabar con una imagen trabajosamente construida por héroes del pop como Jerry Lee Lewis, Little Richard, Janis Joplin o Sid Vicious, que siempre quisieron dejar bien claro que el rock and roll era, ante todo, una gamberrada insolidaria practicada por personas que se ganan a pulso el privilegio de hacer lo que les sale de las narices sin rendir cuentas a nadie.
Pero ninguno de esos meapilas del rock ha sido tan funesto como Bruce Springsteen.
Ramón de España
EL ODIO: Fuente de Vida y Motor de la Historia
Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2000
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