(del laberinto al treinta)


domingo, 1 de septiembre de 2013

Córdoba homenajea con un congreso al obispo Osio, "inventor" de la persecución religiosa, la judeofobia y la misoginia

Anda por estos días el Obispado de Córdoba con su gordo culo entre dos manos en plena preparación del Congreso titulado EL SIGLO DE OSIO DE CÓRDOBA. La celebración de este Magno Evento del 28 al 31 de octubre de 2013 será posible por la feliz confluencia de dos impactantes hechos: la conmemoración del 17 Centenario del Edicto de Milán (313) del que fue factótum el obispo tardoantiguo cordobés y la ocupación hoy día de la que fuera su sede por su muy dignísimo sucesor Monseñor Demetrio Fernández. No es raro que los católicos vean la Mano de la Divina Providencia en estos revueltos tiempos detrás del nombramiento para la sede episcopal cordobesa de quien se ha mostrado como el más fiel seguidor de los pasos del Gran Osio por los escabrosos caminos de la persecución de la Herejía Arriana, sin duda la peor y más pertinaz de las que sufriera en su larga historia la Iglesia Católica, como demuestra el que su insidiosa pervivencia hasta nuestros días haya quedado descubierta por obra y gracia y perspicacia de nuestro actual pastor escondida y camuflada en los escritos de ciertos herejes posmodernos disfrazados de sacerdotes conciliares. Nadie mejor, pues, que nuestro actual obispo para alzarse como su defensor e impulsor de su reconocimiento definitivo como Padre indiscutible e indiscutido de la Iglesia Católica.

A esa feliz confluencia hay que sumar también el no menos venturoso hecho de que las bendiciones que está recibiendo el magno evento que se nos avecina no provengan sólo del ámbito eclesiástico como era de prever dada su índole esencialmente pastoral, sino que haya recibido también, junto a las de su Católica Majestad el Rey de España, el Católico Ayuntamiento de la Ciudad, la Católica Diputación Provincial y la Católica Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, las inesperadas bendiciones del ámbito académico local tras recibir el respaldo de la no menos Católica Universidad de Córdoba, cuyo señor Rector Magnífico ha accedido gustosamente, como no podía ser menos, a formar parte del Comité de Honor del Congreso. A pulso, pues, se viene ganando nuestra inefable Institución Universitaria el título que muchos pensamos que debiera instituirse como su lema definitivo:

UCO BRAVA Y PÍA, DEVOTA DE FRASCUELO Y DE MARÍA

LOS CUATRO PILARES UNIVERSALES CORDOBESES

Córdoba fue bendecida por la Historia con la maternidad de un larguísimo, casi innumerable, elenco de hijos ilustres en todas las ramas de las artes y el saber, aunque de todos ellos son sólo cuatro, pero nada más y nada menos, los que han alcanzado unánimemente la consideración de personalidades de influjo universal: Séneca, Osio, Averroes y Maimónides. Y en un portentoso derroche de justicia poética e intelectual, de geometría histórica distributiva, la siempre azarosa mano de Clío los repartió igualitariamente entre los principales credos religiosos que sus habitantes practicaron a lo largo de los siglos paganismo, cristianismo, islamismo y judaísmo. Uno para cada uno, para que en principio y presumiblemente no hubiera favoritismos ni peleítas.

Pero las diosas proponen y los hombrecillos y sus miserias políticas deponen y lamentablemente no todos ellos han sido tratados con igual reconocimiento de sus méritos en lo que de universal tiene su aliento. Porque no ya la historiografía académica, sino que la propia Iglesia que ayudó a fundar y la propia ciudad que lo alumbró han discriminado y ninguneando desde siempre clara e irresponsablemente los méritos de uno de esos hijos ilustres, los de aquel precisamente cuyo pensamiento y alcance de sus dictados mayor incidencia ha ejercido en la historia de la humanidad. Es así que este congreso que nuestro Obispado organiza viene a tratar de paliar ese ocultamiento y a rescatar y poner en circulación por fin la relevancia histórica, moral y pastoral del obispo Osio, fin que sin duda alcanzará con facilidad por cuanto, a la vista de la inconmensurable altura profesional y penetración catequética de todos sus participantes, en él se hará definitivamente la luz sobre tan injusta preterición abriendo el camino para la elevación a la Sede Vaticana de solicitud de apertura de expediente para la merecida santificación del obispo Osio, fin último del congreso. AMÉN.

INTOLERANCIA, JUDEOFOBIA, MISOGINIA

Repasemos. Si Séneca pasó a la historia universal por haber tratado de moralizar las estructuras del estado romano y devolverle, en la época difícil de los emperadores enloquecidos de autoendiosamiento, la condición más democrática que tuvo durante la República y Averroes y Maimónides supusieron la reintroducción en occidente del racionalismo aristotélico separando la vía del conocimiento en dos ramales paralelos pero intangentes, el religioso y el científico, que haría posible posteriormente la explosión del humanismo renacentista, y todos ellos han sido colmados de honores y reconocimientos en los libros de historia y filosofía de todo el mundo, a Osio cabe por su parte el mérito de haber sido, aparte del introductor de la santa intolerancia como forma de gobierno en las blandas estructuras del Imperio Romano, el ingeniero artífice de la mayoría de los pilares que han sujetado el edificio de la civilización occidental hasta nuestros días y de los que ética, estética y políticamente la mayoría de la población mundial es heredera.

Porque al gran obispo cordobés se deben nada más y nada menos que la invención del catolicismo, mediante la fijación de su dogmática definitiva, y de instituciones de tan largo alcance en la historia europea y mundial como la persecución religiosa, la represión sexual universal y obligatoria, la judeofobia y la misoginia, preterición definitiva de la mujer de la vida pública.

El fenómeno de la persecución religiosa de disidentes tal como la hemos conocido en los últimos 17 siglos nace con Osio a raíz precisamente de la emisión del Edicto de Milán firmado por el emperador Constantino pero hecho a medida de los deseos, y redactada probablemente por él, del obispo cordobés que ejercía de su consejero en asuntos religiosos. Efectivamente y contra lo que usualmente se piensa nunca hasta ese momento de la Historia y salvo puntuales precedentes ocurridos en la religión padre del cristianismo, el judaísmo (recuérdense los 450 sacerdotes de Baal asesinados por el profeta Elías) (1), la humanidad no conocía el concepto de persecución religiosa. Hasta entonces todos los estados habían permitido la libre circulación y práctica de las ideas religiosas. Todos los dioses eran legítimos. Algo que alcanzó su máximo apogeo en el estado romano que, contrariamente a lo que se estudia nunca persiguió a nadie por sus ideas religiosas. Las sobredimensionadas, por causas propagandísticas de la propia Iglesia, persecuciones a los cristianos, se debieron siempre y exclusivamente en unos casos a su negativa a cumplir con los deberes políticos del estado romano, el equivalente al juramento de la Constitución en los estados actuales, otros bajo el amparo legal de ser seguidores de un lider que se había levantado contra Roma y había sido condenado a muerte por ello y en otros a que se encontró frecuentemente presionado por el clamor popular que exigía protección frente a las agresiones de los cristianos que, cumpliendo con su obligación de extender la santa intolerancia por el mundo, ofendían pertinaz y sistemáticamente a sus grotescos dioses y sus estrafalarias ideas religiosas tachándolas de aborrecibles y falsas. Cristo, al igual que todos sus seguidores ajusticiados en los siguientes tres siglos, lo fue por sedición, no por sostener determinadas ideas religiosas (2).

Fue presumiblemente Osio el que instó a Constantino a que eliminara el factor político de las persecuciones y las justificara sólo por el religioso, o al menos que conjugara ambos para ejecutarlas. En dos vertientes además, la de la exclusividad y la del dogmatismo: la dirigida contra los que practicaban otras religiones diferentes (paganos y judíos) y la dirigida contra los disidentes de la propia (herejes). Y no sólo eso, también eliminó la prohibición neotestamentaria de matar mediante la cual y durante los tres siglos anteriores todos los Padres de la Iglesia (Justino, Tatiano, Atenágoras, Tertuliano, Orígenes, Cipriano, Arnobio...), independientemente del grado de ortodoxia doctrinal con que pasaran a la historia de la Iglesia, habían predicado las virtudes de la no violencia (3), para que los cristianos pudieran alistarse en el ejército imperial, algo que ya venía ocurriendo desde tiempo atrás, pero de una manera irregular. Un caso curioso fue el de Lactancio, preceptor del hijo de Constantino, coetáneo, amigo y compañero en la asesoría religiosa imperial de Osio y probablemente su introductor en la corte, que predicó antes del Edicto de Milán el pacifismo y la prohibición del homicidio en cualquier supuesto en varias de sus obras para redactar sólo un año después un Epítome (314) en el que elimina cuidadosamente todas aquellas referencias, justificando las guerras del emperador e incitando a los soldados cristianos a dar su vida en ellas por él (4).

La inauguración mundial de las PERSECUCIONES POR CAUSAS RELIGIOSAS tuvo lugar en 314, al año siguiente de la promulgación del Edicto de Milán llamado posterior y falsamente de Libertad Religiosa. Y fue precisamente su primer teórico e impulsor, el obispo Osio, el que cortó simbólicamente la cinta inaugural señalando con su dedo de señalar perseguibles a los que tuvieron el honor de ser sus primeras víctimas, los donatistas de Cartago, cristianos tachados de herejes porque no compartían al cien por cien la doctrina oficial romana, pero sobre todo porque no consideraban decente la reciente alianza entre el Imperio persecutor y la Iglesia hasta entonces perseguida políticamente. Los soldados del emperador se encargaron de masacrar convenientemente a la mayoría de los disidentes, obligar a exiliarse a los restantes y confiscar los bienes de todos (5). Ese hecho señaló además el comienzo de la fructífera alianza represora entre el estado y la Iglesia: la Iglesia señalaba el objetivo y el estado se encargaba de liquidarlo. El genocidio cátaro, la Inquisición, las expulsiones de moriscos y judíos y la cruzada nacionalcatólica española son muestras de la fructífera alianza y de su pervivencia a lo largo de los siglos. La gloria de la invención de tan fecunda institución que ha conformado la historia europea –y universal- hasta prácticamente nuestros días debe adjudicarse a quien realmente lo merece, el obispo Osio, y Córdoba sentirse orgullosa de haber alumbrado al personaje destinado a cumplir tan altos y providenciales designios.

Un poco después en el Concilio de Nicea (325) (6), organizado por un Osio en la cima de su poder para condenar a sus colegas que practicaban el arrianismo, versión del cristianismo paulino más sencilla en sus creencias y menos fantástica en sus dogmas que el catolicismo que impulsaba y trataba de oficializar por entonces Osio y a los que el obispo cordobés declaró herejes, oficializa la persecución de todos aquellos que no comulgaban con la ortodoxia por él dictada convirtiéndolos en perfectamente extinguibles si persistían en su error. Los ajusticiamientos de obispos acusados de herejes -Prisciliano abriría la lista perdiendo la cabeza limpiamente bajo el filo de un hacha por denuncia precisamente del sucesor de Osio en la sede cordobesa, el obispo Higinio-, comenzaron muy pronto y la apertura de la puerta para la comisión del santo genocidio de paganos y judíos quedó así mismo inaugurada.

La fijación dogmática del catolicismo fue la fundamental aportación a la Historia de la Iglesia del obispo Osio, hecho que lo coloca, aunque no se le reconozca normalmente, en el tercer puesto de la línea en importancia personal de la religión cristiana romana, tras Cristo, el mesías aparentemente fracasado en su misión terrestre y Pablo su conversor en mesías de misión diferida mediante el adecuado cocimiento en un caldero teórico de una mezcla de elementos emparentados con los cultos de salvación mistéricos de raíz oriental y las corrientes gnósticas, neopitagóricas y platónicas de andar por el Mediterráneo aliñado finalmente con ciertos elementos de la moral estoica grecorromana, fundamentalmente la emitida por otro cordobés: Séneca (7). Osio funda el último estadio fijando el dogma de la Trinidad. Y lo hace mediante una fórmula, el símbolo de Nicea, el Credo, que elimina cualquier posibilidad de dialéctica, de discusión o matización en la forma de entender la fe. Lo que dice el Credo es lo único que se debe creer obligatoriamente. O sea, el Credo Por La Cuenta Que Me Trae.

A partir de ese momento, la creencia en otra cosa distinta de ese dogma llevará aparejado sistemáticamente el martirio del reluctante. Es pues preciso que se reconozca el supremo bien de la dogmática que impulsó con mano de hierro el obispo Osio y que evitó que la vía recta del catolicismo se disipara en escabrosos senderos laterales. Y que llegara intacta hasta nuestros días.

EL CONCILIO DE ELVIRA

Pero la actividad de Osio, que vivió 99 años, como teórico de los fundamentos del catolicismo, comenzó bastante antes, cuando ni siquiera sospechaba que llegaría a convertir a la Iglesia en uno de los pilares de apuntalamiento del tambaleante Imperio Romano cuando ofreció al emperador los servicios del episcopado cristiano como sustituto de las oxidadas estructuras e incontrolables autoridades municipales imperiales. En lugar de ediles coloque Su Grandeza Imperial obispos (episcopos = vigilante) que obedecen y son obedecidos mucho mejor, debió decirle a Constantino. En lugar de jueces magistrados deje que sean los obispos quienes impartan justicia iluminados por Dios. Cárguese los fundamentos del Derecho Romano e incluso los del derecho cristiano primitivo haciendo que la palabra testimonial de un obispo no tenga necesidad de ser enfrentada con otra (8). La primera noticia que de él tenemos se debe a su participación, en grado desconocido, pero probablemente en el de impulsor, organizador e implementador principal de doctrina, en el Concilio de Ilíberis (Elvira, cerca de Granada) celebrado aproximadamente en 302 ó 303. Las actas de ese concilio son una fuente fundamental para entender no sólo la tremenda ruptura ética en el campo de la tolerancia y la convivencia que suponía el catolicismo en ciernes respecto a las tradiciones romanas, sino sobre todo la futura deriva del pensamiento y la moral que imperarán, no ya en el cristianismo o más concretamente en el catolicismo, sino también de la ética civil por ellos impregnada y conformada hasta nuestros días. Así en aquel concilio granadino, cuyos 81 cánones se conservan (9), traduce con exactitud meridiana el pensamiento de nuestro obispo. Entre esos cánones encontramos fijaciones legales tan importantes como la obligatoriedad del celibato de los clérigos (cánon 33), un mandato crucial en la conformación de los mecanismos de control social, ya que el subsiguiente agriamiento general del carácter que en los pastores (cumplidores) provoca la total y absoluta abstinencia sexual en todas sus formas, los hace más eficaces en la ardua tarea de mantener la disciplina doctrinal entre la grey. La salida de la pederastia y otras secuelas negativas de los clérigos afectados por la represión son claramente menores que los beneficios que a lo largo de la historia ha procurado al buen funcionamiento de la Iglesia.

Entre esos cánones del concilio de Elvira encontramos así mismo la plasmación por primera vez en la historia de normativas que fijan modelos de conducta xenófobos y antijudíos y que tanto aliento tendrán en los siglos futuros, ya que prohíben a los fieles no ya el matrimonio (cánon 73), sino el mero contacto con personas que practiquen otras creencias y liturgias ajenas al catolicismo dogmático que el obispo Osio comenzaba a pergeñar, herejes, paganos y judíos. En los dos primeros casos esas normativas pronto se tornarán obsoletas ya que las persecuciones a sangre y fuego y su exterminio consiguiente las hará innecesarias. Pero en el caso de los judíos la Iglesia Católica Triunfante jamás conseguirá ni convertirlos ni erradicarlos del todo a pesar de los múltiples intentos que llevará a cabo a lo largo de la Historia. El antijudaísmo no es invento exclusivo de Osio, ya que sus primeras manifestaciones son tempranas en el Nuevo Testamento y entre los Padres de la Iglesia –San Juan, Tertuliano, etc.-, pero sí fue responsabilidad suya su sistematización mediante la fijación canónica en un concilio, su legalización y conversión en norma de conducta obligatoria para los católicos (cánones 49, 51 y 78). La considerada por los historiadores enemigos de la Iglesia como mera conducta edípica del cristianismo en su adolescencia se convierte ya a partir del concilio de Elvira en uno de los pilares de la personalidad adulta de la Iglesia y de la civilización occidental toda a la que aquella inoculará el virus del odio al judío. La infección desarrollará una enfermedad endémica y de dificilísima vacunación que cursará en el rosario de persecuciones, expulsiones masivas y pogromos, con el corolario monumental del genocidio perpetrado por los nazis, el Holocausto, que han pespunteado la historia de todas las naciones del mundo occidental hasta nuestros días y dan fe del alcance de aquella fijación canónica debida a la personalidad de nuestro ilustre paisano. Córdoba debe reivindicar con mayor ahínco, para su propio engrandecimiento moral y espiritual, el haber sido cuna de la enorme personalidad que está en el origen de todas esas hazañas de la Cristiandad.

Otra prohibición del concilio de Elvira fue la de ejercer el oficio de actor de teatro o auriga de espectáculos con expresa prohibición a las cristianas de casarse con quienes lo hicieran (cánon 62 y 67). Pero donde descuella claramente el concilio de Elvira es en el control que a partir de entonces y recogiendo una tradición in crescendo entre la patrística, se ejercerá sobre las mujeres, anulando la importancia y la libertad no ya que tuvieran en el mundo romano, sino incluso en el cristianismo primitivo anterior a Pablo. Nada menos que una cuarta parte de todas las disposiciones del concilio buscaban imponer mayor control que hasta entonces sobre las mujeres de la comunidad cristiana. Quedó inaugurado pues el machismo esencial católico y su imbricación en el mundo occidental hasta nuestros días. Las mujeres siempre fueron fuente de problemas y gracias a nuestro paisano el obispo Osio tempranamente dejarían de serlo. De hecho de las dos obras perdidas que se le atribuyen la principal parece ser De laude virginitate, una alabanza del control del cuerpo de la mujer por medio del fomento de la virginidad. La otra, Tratado de las vestiduras sacerdotales, quizás fuera el primer libro de homofashion de la historia, en el que parece que nuestro obispo recomendaba y diseñaba las colecciones de moda de cada temporada para toda clase de clérigos.

LA DENIGRACIÓN DE OSIO

Pero no todo fue un camino de rosas hacia el engrandecimiento de la Iglesia Católica para nuestro paisano obispo. La paciente labor llevada a cabo por el obispo Osio para la conversión al catolicismo de Constantino y conseguir ya plenamente su sumisión a los designios del Dios de los Católicos en su conquista del universo se encontró con algunos pequeños escollos. Entre otros compaginar la asesoría religiosa y la catequesis con el cumplimiento de las tradiciones imperiales de Constantino, principalmente las que le llevaron a mandar asesinar a su esposa y a su propio hijo.

La figura de Osio, que tan enormes méritos acumula y a la que tanto debe la civilización occidental sufrió varios torvos intentos de empañamiento que al final acabaron consiguiendo su objetivo empezando por el que le vino de parte de sus enemigos donatistas que lo acusaron de haber flaqueado en el martirio (10). Y ciertos autores contemporáneos han encontrado indicios de que Osio fue acusado también en Hispania por sus propios paisanos de haber renegado de su fe cuando supuestamente fue perseguido en tiempos de Diocleciano. Y hay que decir supuestamente porque incluso hay otros que niegan que hubiera podido sufrir persecución y martirio como él mismo comunicó en una carta al emperador Constancio al final de sus días, dado que se sabe que dichas persecuciones apenas afectaron a la zona occidental de Imperio donde se encuentra la diócesis de Córdoba de la que ya era obispo y además no incluyeron a cargos eclesiásticos de importancia (11). Por otra parte al final de su vida, tal vez con la mente obnubilada por el peso de sus 99 años, se sabe que renunció al catolicismo y abrazó la fe arriana de la que había abominado y a la que había perseguido ardorosamente durante toda su vida. Ésta prueba de Dios que de haberle sido impuesta estando en sus cabales hubiera sido superada, y en la que claramente falló, fue la causa de que su memoria quedara mancillada por los escritos y acusaciones de Agustín de Hipona y san Isidoro de Sevilla (tenía que ser...) y se viera empañada definitivamente en la zona que después del cisma ocupara la Iglesia Católica Romana hasta el punto de que su nombre fue borrado de los dípticos de su Iglesia de Córdoba (12). Porque en la zona oriental, es decir en la Iglesia Ordodoxa nuestro obispo Osio fue elevado a los altares y ahí permanece hasta nuestros días. Mientras en su propia ciudad de nacimiento, aparte de una estatua y nombrar una callejuela, su inconmensurable prestigio apenas era utilizado para otra cosa que para bautizar cines de barrio, autoescuelas y equipos de fútbol infantiles.

Por ello este congreso, en el que participa el mayor elenco de hagiografistas católicos que nuestro Obispado ha conseguido reunir y del que ha evitado prudente, cuidadosa y minuciosamente la intervención de todos aquellos expertos contaminados de algún tipo de tendenciosidad anticlerical que pudieran macular la alta misión que se ha propuesto: la reivindicación definitiva del obispo Osio y la proposición a las más altas instancias vaticanas de la apertura de un proceso de canonización que acabe elevando a los altares a este cordobés universal, dignísimo hijo de Córdoba y no menos digno Hijo de la Gran… Iglesia Católica Apostólica y Romana.

NOTAS:
  • (1) K. Deschner Historia Criminal del Cristianismo TOMO I, Ed. Martínez Roca 1990. Pg. 222.
  • (2) J. Montserrat Torrents: El Desafío Cristiano: Las Razones Del Perseguidor Anaya & Mario Muchnik, 1992.
  • (3) K. Deschner Historia Criminal del Cristianismo TOMO I, Ed. Martínez Roca 1990. Pg. 196.
  • (4) K. Deschner Historia Criminal del Cristianismo TOMO I, Ed. Martínez Roca 1990. Pg. 201.
  • (5) J. F. Ubiña: Osio de Córdoba, el Imperio y la Iglesia del siglo IV. En revista Gerion nº 18 pg. 449.
  • (6) A. Piñero: Los Cristianismos derrotados. EDAF, 2007, PG. 197.
  • (7) G. Puente Ojea: Ideología e historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, Siglo XXI, Madrid, 1984.
  • (8) J. F. Ubiña: Privilegios episcopales y genealogía de la intolerancia cristiana en época de Constantino, PYRENAE, núm. 40, vol. 1 (2009) pg. 98.
  • (9) M. Menéndez Pelayo Historia de los Heterodoxos Españoles, libro I, capítulo I, pgs 96-102, BAC, Madrid, 1978).
  • (10) J. F. Ubiña, Osio de Córdoba, el Imperio y la Iglesia del siglo IV. En revista Gerion nº 18 pg. 442.
  • (11) J. F. Ubiña, Osio de Córdoba, el Imperio y la Iglesia del siglo IV. En revista Gerion nº 18 pg. 441-2.
  • (12) J. M. Blazquez: Influjo del cristianismo hispano de la Iglesia Universal. Osio, Dámaso, Orosio, Prudencio. Publicaciones del Colegio Libre de Eméritos.

La bibliografía utilizada para la confección de este artículo incluye todos aquellos autores expertos vivos y en activo que por su clara tendenciosidad anticlerical o simple tibieza fideística lógicamente habrían sido eliminados en cualquier caso de los listados de participantes en el piadoso Congreso, pero cuya consulta se ha considerado necesaria en aras a la mayor ecuanimidad del mismo.