(del laberinto al treinta)


martes, 12 de febrero de 2008

Wislawa Szymborska

Soy un adicto a las columnas sabatinas de Francisco Calvo Serraller en el Babelia. No siempre, pero a veces me hace descubrimientos deslumbrantes. Poemas, películas, novelas, cuadros... Y me proporciona perspectivas interesantes desde donde abordarlos. En uno de esos artículos me descubrió el precioso corto de Wong Kar-wai La mano, el último de los tres episodios de la película Eros en el que también participan Michelangelo Antonioni y Steven Soderbergh. En otra ocasión me descubrió otra película de la que disfruté intensamente, la entrañable Chichi ariki (Érase una vez un padre, 1943) de Yasujirō Ozu. Así que siempre le hago caso, aunque no siempre es fácil conseguir lo que propone. Hace tres semanas dedicó un artículo al recién traducido libro de la poeta polaca, premio Nobel en 1996, Wislawa Szymborska, Dos puntos (Ed. Igitur, 2007). Aunque la conocía de oídas desde hacía tiempo precisamente por la concesión del mayor premio literario mundial, en su momento no tuve la curiosidad de leerle nada y ya casi la había olvidado. Así que tras la recomendación de don Francisco me hice con el libro. Muchos son los poemas que me han impactado de esta conjuradora del tiempo y del espacio en la redoma del verbo y no voy a hacer ninguna reseña. Tan sólo invitaros a saborear uno de ellos que ha conseguido inquietarme, inferirme un profundo estado de desasosiego, una obra tan pequeña. De exactamente 145 palabras.




ACCIDENTE DE TRÁFICO

Todavía no saben
qué pasó hace media hora
allá en la carretera.

En sus relojes
una hora ni fu ni fa,
vespertina, de esas, de septiembre.

Alguien escurre la pasta.
Alguien recoge las hojas en el jardín.
Los niños corren chillando alrededor de la mesa.
A alguien un gato le permite que lo acaricie como con desgana.
Alguien llora como siempre frente al televisor
cuando el malvado Diego engaña a Juanita.

Se oyen unos golpes en la puerta:
no es nada, la vecina con la sartén que pidió prestada.
En el piso, al fondo, el timbre del teléfono,
de momento sólo por lo del anuncio.

Si alguien se acerca a la ventana
y mirara al cielo,
podría ver ya unas nubes
arrastradas por el viento del lugar del accidente.
Es cierto que rasgadas y esparcidas,
pero en ellas ése es el pan de cada día.



La leí en la azotea, al sol matutino de esta primavera anticipada. Levanté la cabeza del libro transido de congoja y vi otras nubes rasgadas y esparcidas que se acercaban como inocentes criaturas a la espadaña de la iglesia y un escalofrío me recorrió súbitamente el cuerpo entero, de las uñas de los pies a la raíz del pelo, electrizado de pavor por ese terrible instante congelado, perfectamente detenido en la posibilidad de un atroz secreto, como la amenaza de una premonición ya consumada.


Reconocí inmediatamente esa sensación porque ya me había sido producida antes. Varias veces leyendo un cuento de Carver, la súbita aparición de los caballos en Caballos en la Niebla, el molde de dentadura en el florero rojo de Plumas. La oreja cubierta de hormigas entre la yerba en los primeros minutos de Blue Velvet de David Lynch. La nieve cayendo blandamente sobre todos los vivos y todos los muertos en el párrafo final del Dublineses de Joyce.

1 comentario:

Lisístrata dijo...

El poema q nos muestras de la Szymborska, sumamente bueno, y como bien lo has definido, describe momentos inquietantes q más de uno hemos percibido desafortunadamente. Pero tus palabras, tu manera de compartirlo es sublime, Wislawa no merece menos. Un abrazo.