¿Fumaba porros Julio Romero?
Pues sí, atufados (voluntaria o involuntariamente por la peste aunada del incienso y la cera) lectores, se trata de una vieja duda que me corroe el alma desde hace años y que por fin he decidido sacar de mi pecho, hacerla pública y quedarme saludablemente descansado. No se piense el suspicaz lector que pretendo empañar la figura ejemplar de uno de los puntales simbólicos de esta ciudad tratando de convertirlo en un fumeta de los bloques, pero la realidad es tozuda y las pistas y pruebas que he ido acumulando con los años no sólo me llevan indubitablemente a pensar que quien pintó a la mujer morena /con los ojos de misterio /y el alma llena de pena se fumaba los cocolotrocos doblaos, sino también a descubrir un inquietante pasado familiar...
PRIMERA PISTA. Año 1976. Un amigo ha conseguido una maría estupenda mercada a pie de procesión a los legionarios que venían con los bolsillos llenos de grifa a desfilar a Córdoba el Jueves Santo, único interés que nos movía entonces a acudir a los siniestros botellones idólatras católicos. Es final de Semana Santa, hace mucho frío y estamos él y yo en mi casa sentados al brasero con la sola compañía de mi abuela, muy mayor y casi gagá, pero no lo suficiente como para impedirle enebrar inteminables solitarios sobre el cristal de la mesa. Pensamos liarnos un canuto y yo decido que la abuela no va a enterarse y que me lo voy a hacer directamente delante de ella. La abuela ni se cosca de la maniobra. Hasta que, una vez encendido, le llega el olor. Entonces levanta la naricilla, aspira curiosamente, se le iluminan repentinamente los ojos y dice: eso huele como el tabaco que emborracha que fumaba tu abuelo. Nos quedamos a cuadros y antes de terminar el porro ya le hemos aplicado el tercer grado.
Mi abuelo hizo la mili en África, donde se pasó tres años (1911-1914) pegando tiros en las barrancas rifeñas. Yo conservo aún su cartilla militar que narra minuciosamente sus espeluznante aventuras. Según mi abuela allí se acostumbró a fumar ese tabaco que emborracha y luego ya licenciado, como trabajaba de fogonero de tren en la línea de Algeciras nunca le fue difícil conseguirlo. Lo fumaba con sus amigos en el patio de la casa de la calle Marroquíes donde vivían y, se ilumina una pícara y soñadora sonrisa en su arrugado rostro, al cabo del rato les producía una incontenible euforia que se materializaba en grandes carcajadas y sartas interminables de pegoletes, el nombre cordobés de las tonterías.
Nos quedamos ambos dos, que nos creíamos estar descubriendo la América de la modernidad estupefaciente, más estupefactados todavía, pero cortamos prudentemente y le decimos a la abuela que no se trata de lo mismo, sino de un tabaco nuevo, para evitar que le pueda contar a mis viejos la movida y la dejamos tranquila, absorta de nuevo en sus infinitos bucles de sotas caballos y reyes.
SEGUNDA PISTA. Tras la muerte de mi abuela, un vecino de ella y de mi abuelo y también compañero de la guerra de África al que tuve la suerte de conocer me contó poco antes de morir a su vez de viejo que mi abuelo cantaba flamenco, cosa de la que yo había oído hablar a mi madre. Según el viejo vecino el gran Andrés cantaba unas malagueñas que chorreaban pringue. También me confirmó algunos rumores que yo había escuchado en la familia. Un par de poetas de la vena folklorista del barrio de Santa Marina, los hermanos Arévalo, Francisco y Antonio, cuyos nombre actualmente rotulan sendas calles por Cañero, participaban frecuentemente en las serenatas de mi abuelo y como eran amigos del pintor y también guitarrista aficionado Julio Romero de Torres lo llevaron algunas veces a su patio para que apreciara aquella pringue que chorreaban las malagueñas de mi abuelo. El propio pintor lo acompañaba a la guitarra. De eso no solía hablarse en la familia, aunque sí del detalle mucho más sabroso de que el pintor de la musa gitana se fijó en mi abuela, muy guapa, como demuestran las fotografías que conservo, con una verruga en el centro de la frente que le daba un aire misteriosamente hindú, que le propuso pintarla y que mi abuelo poco menos que lo echó con cajas destempladas de su patio.
TERCERA PISTA. Julio Romero de Torres era muy amigo de los intelectuales que estaban en el candelero entonces en Madrid, especialmente de Valle Inclán, gran consumidor de hachís, quien publicó en 1919 un libro de poemas alucinados, La pipa de kif, compuestos sin duda bajo los efectos de la maría (¡Verdes venenos! ¡Yerbas letales / de Paraísos Artificiales!). Alejandro Pérez Vidal (Ética y estética del kif: Valle Inclán, Baudelaire y Benjamin) llega a afirmar incluso que el libro fue un desafío al Real Decreto de 1918 que prohibía en España la posesión de estupefacientes sin receta.
CONCLUSIÓN. Si juntamos las piezas del rompecabezas podríamos ensamblar la teoría de que fue mi abuelo el que en esas sesiones de cante bajo el viejo limonero del patio de Santa Marina puso en contacto al célebre pintor con la alegre marihuana moruna a la que él se aficionó en los montaraces aduares rifeños. Y que fue Julio Romero, tras su traslado definitivo a Madrid en 1915, el que aficionó a su vez a don Ramón de las barbas de chivo y a los demás intelectuales desinhibidos de la época. E imaginando un poco más allá podría apuntarse la posibilidad de que la provisión de la rica hierba corriera a cargo de mi abuelo que la conseguiría en sus frecuentes viajes como esforzado fogonero del correo de Algeciras y le pasara puntual y religiosamente las correspondientes dosis al de los sensuales pinceles. Es decir que ¡chan-ta-ta-chán! cabe la posibilidad de que mi abuelo hubiera sido el camello de la élite vanguardista intelectual española de entreguerras.
A ver quién supera un punto de abuelo como ese ¿Orgulloso? Yo sí, la familia no sé, creo que hubiera preferido que mi abuelo fuera menos moro y hubiera permitido que el pincel del genio de la capa y el galgo inmortalizara convenientemente a mi abuela para vivir del cuento varias generaciones. Pero yo estoy seguro de que muchas de las obras del genio cordobés y de los escritores españoles de la época estuvieron inspiradas por la mercancía que les pasaba mi abuelo, mientras les cantiñeaba esas malagueñas que chorreaban pringue.
Dejo a los expertos la interpetación de los flipantes cuadros del genio del Potro a la luz de las nuevas circunstancias biográficas que regalo desinteresadamente al mundo entero.
DE NADA.
















