(del laberinto al treinta)


miércoles, 22 de febrero de 2017

Veneno, cuarenta años

Me entero por casualidad de que del disco mítico de Veneno del año 77 sólo se vendieron 500 ejemplares. También que muchos críticos lo consideran el mejor disco publicado en España en el siglo XX. De lo primero no me queda más que alegrarme porque yo tengo uno de esos ejemplares. De lo segundo… pues también, aunque no sé, ando dándole vueltas a algún otro que me parezca merecedor de ese título. Y la verdad es que por ahora no lo he encontrado.

El disco lo compré recién aparecido, claro, aunque no sé cómo llegué exactamente a conocerlo, porque entonces estaba rodeado solo de adoradores de Cat Stevens o Victor Jara. Pero para gastarme la pasta en adquirirlo en un tiempo en que andaba más tieso que la mojama ya tuvo que interesarme. Yo hurgaba entonces en el underground americano y en el flamenco puro, del que me convertí en un verdadero flamencólico, como llamaba Morente no ya a los talibanes del mairenismo o el fosforitismo, sino sobre todo a aquellos que exigíamos en el campo de la evolución un mínimo de inteligencia más allá de que nos divirtieran las protololailadas de Las Grecas o el tangencialismo de Triana. Me fascinaba la capacidad de una música tan de raíz como el blues para evolucionar y ser capaz de, a partir de un puñado muy limitado de arpegios, haber generado un universo infinito mixturándose con todo lo que se le ponía delante. El flamenco, sin embargo, moribundiaba lentamente sin que ningún genio fuera capaz de adaptarlo a los nuevos tiempos. Era un arte preindustrial que no encontraba oxígeno fuera de los patios, las ventas y los tablaos, ecosistemas en peligro de extinción. Los festivales de la Transición fueron su último canto de cisne.

Salvo la guitarra, con la revolución que supuso Paco de Lucía, que aún sigue creando músicas, y tras el fenómeno de Camarón cuyos epígonos siguen contaminando las calles a través de las ventanillas de los coches de los lolailos con sus patéticos maullidos, el flamenco puede darse por definitivamente extinguido.

Pero en 1977 aquel disco nos sacudió con la esperanza de que lo que había ocurrido con el blues podía ocurrir con el flamenco. Había esperanza aún, sobre todo porque se andaba buscando un camino que luego simplemente se cerró sin explicación, a menos que se considere la generalizada escasez de talento como una de sus partes. Y sálvese lo que y a quien tenga que salvarse.

Esa feliz congruencia del catalán errante regresando con los sones de Morón desde California para relocalizarlos en el lugar de donde había huido y los dos gitanos locos, y por lo tanto genios, un productor visionario, las cuatro dosis de LSD y una poesía que nunca antes había sido escrita ni dicha en este país fue un milagro único en la historia de la música española. No sé si puede afirmarse lo que afirma el articulista de que es el disco más importante del siglo XX, ni falta que nos importa, pero sí que fueron los 36 minutos más sublimes que, de la música cercana, la que nos aparta el corazón de las mangueras, muchos andaluces perdidos y otros, luego lo descubrí, de otras latitudes, pudimos disfrutar. Y no descarto que los alcaloides tuvieran mucho que ver. Pero es que eran su imprescindible aliño.

Apenas dos años después fui arrastrado al servicio militar obligatorio. Para mí fue un terrible shock y sigue siendo lo peor que me pasó nunca en la vida. Las canciones de Veneno me acompañaron durante todos y cada uno de los momentos que viví en aquel infierno como la mejor compañía que pude buscarme. Las tarareaba en los desfiles, en las guardias y en las horripilantes, tediosísimas teóricas. En una de ellas, mientras cantiñeaba aquello de Me devoraaaa mi miedo devoradoooor… alguien a mi lado se puso a acompañarme. ¡¡¡Alguien de Navarra!!! Tras la primera sorpresa porque alguien de un lugar tan semiártico conociera una música tan de tostanera andaluza descubrí que no estaba solo. Juan era de Pamplona y conocía a Veneno, que yo tenía por algo tan sumamente marginal andaluz que probablemente no había llegado ni a Despeñaperros. Desde entonces, los fines de semana, cantamos mucho, a Veneno y a otros grupos. En el coqueto apartamento el Mesón del Gitano -que fue resort de los artistas de la época dorada del western italiano donde según decía el guardés había dormido Yul Brinner y Claudia Cardinale-, bajo la torre redonda de la Alcazaba de Almería y sobre el barrio de Pescaderías, a cien metros escasos de donde el Malaguita pasaba las mejores posturas al oeste del Andarax… Han pasado casi cuarenta años… pero ni uno solo de ellos sin que al menos dos veces nos volvamos a encontrar.

Lo sanimaleeeeeeee…

NOTA: Pa celebrarlo abrí el domingo la botella de coñá jerezano der güeno que me regalaron estas navidades mis amigos Isabel y Javi. Va por ellos.

3 comentarios:

marti dijo...

Gran artículo, Sr. Prof. Dr. Harazem.
Despacha en dos frases lo que de flamenco queda y nos regala una introspección seria, pero que muy seria, de un época, una música e, incluso, sus gentes.
Enhorabuena y que siga Vd. deleitando a su parroquia con artículos así. No me tarde.

ben dijo...

Realmente hermoso el escrito.Sobretodo con el mismo sabor de ese coñac que a
mi me suele acompañar en tierras catalanas.Recuerdos de cantes de mi niñez,ya
lejanos e imposibles.

harazem dijo...

Gracias, señor Marti. Ahora ando mu liao con otras cosas. Pero en cuanto termine igual retomo el blog y persisto en mi desparrame.

Y, Ben, no te quejes, que ahora en Youtube tienes todo el flamenco antiguo que quieras para recordar.