(del laberinto al treinta)


sábado, 14 de diciembre de 2019

Pomporrutas Imperiales

Cuándo llegará el momento
en que las agüitas vuelvan a sus cauces
y las esquinas con sus nombres:
ni reyes, ni roques, ni santos, ni frailes.

¨

Francisco Moreno Galván

Lo peor de todo no es la fascistada que supone cambiar el nombre de los Llanos del Pretorio de Córdoba por otro que lejos de ser inocuo o inocente supone un avance en los intentos de volver a sustituir la racionalidad democrática por el rancio, apestoso, nacionalismo español de por el Imperio hacia Dios. El de las Pomporrutas Imperiales de Forges.

Al fin y al cabo, perifascistas de Cd’s, fascistas del PP y seminazis de la peor calaña, incitadores a exterminar niños inmigrantes, son lo que son y es su condición: el fascista hace fascistadas.

No, lo peor es el atentado contra el patrimonio onomástico de Córdoba. El nombre de Llanos del Pretorio es un nombre histórico que tendría que ser protegido, por alguna ley de Patrimonio Inmaterial, de la estupidez de los políticos y de muchos ciudadanos que no le dan importancia a esas cosas y luego vienen llorando con el mantra de la protección de las farolas fernandinas. El nombre del Llanos del Pretorio lleva 350 años rodando en la boca de todos los cordobeses. Son nombres ya pulidos y repulidos como cantos de río por su uso ancestral, que forman parte del acervo histórico como los restos de lienzo de muralla o nuestros históricos empedrados y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a robárnoslo.

Esa sublime desfachatez de creerse con derecho a escamotearnos una parte de nuestra historia es el más depurado indicio de la profunda idiocia de muchos de nuestros gobernantes, con la sensibilidad patrimonial de una zarigüeya. Que aquello fuera normal desde mediados del siglo XIX en que el afán ejemplarizante de nuestra raquítica Ilustración nos cambió decenas y decenas de nombres tradicionales de oficios, gremios y sucedidos populares por los de más o menos merecidos próceres locales y sobre todo de canónigos de mugrientas sotanas no tiene cabida hoy. Ya Rosa Joaquina la Renacida, esa Desgracia (sin acento) nos escamoteó un par de ellos (Ronda de la Manca y calle de la Paja) que llevaban nombrando esos espacios desde hace la friolera de 700 años para ponerle el de dos curas. Pero lo de esa Cosa Infame siempre fue lo que fue.

Un recuerdo emocionado a mi abuela Chon, entrañable analfabeta, que nunca fue capaz de nombrarlo correctamente y lo llamaba siempre El Petrolio

2 comentarios:

Paco Muñoz dijo...

Estoy, como no podía ser de otra manera, de acuerdo contigo, aunque yo tenga mi alma y mi almario, y esté haciendo penitencia personal diaria por el tema de los nombres de las calles, ya lo hablamos en privado. Enhorabuena por la reflexión. Un fuerte abrazo.

harazem dijo...

Gracias, Paco, creo que sé por dónde vas. Pero te recuerdo que por entonces
el tema de los cambios de nombre no tenía las connotaciones que, por mi cuenta, luego alcanzaron para mí. Fueron tiempos de ilusión en los que muchas veces no se era consciente del asunto. Se hacían las cosas de buena voluntad, porque lo pedía la gente, aunque esa gente en realidad no representaran más que a sus caracolillos pescueceros, pero se arrogaban un derecho que exigían con contundencia y además no había contestación, ni le levantaban recursos.

UN abrazo