(del laberinto al treinta)


miércoles, 18 de agosto de 2010

El homo luxuriosus



Para ayudar a tragar a los que insensatamente decidan merendarse el ladrillo que os voy a endiñar esta rara fresca mañana agosteña y para los que saludablemente se limiten a picotear por sus párrafos (o no) un espirituoso tema de S. E. Rogie, quien fuera uno de los más afortunados representantes de la palm wine, género musical cachondo y euforizante como el vino que le da nombre y que se fabrica del fruto del cocotero, ambos productos, música y vino, típicos de Sierra Leona. Tiene influencias brasileñas y del calypso de Trinidad que se acomodan blandamente sobre el lecho de la tradición local. Yo tuve la oportunidad de escucharlo y de intercambiar una docena de palabras con él en el segundo WOMAD de Cáceres (1992). Un tipo supervitalista y con una tendencia a la risa pasmosa. Allí, armado sólo con su guitarra y una mugrienta caja de ritmos nos llenó de energía positiva, de la de verdad, la física, la que puede notarse por alguno de los sentidos, interpretando todos los títulos de su recién salido álbum Dead men don't smoke marijuana. Llevaba el mismo gorrito con el que aparece en la portada de disco, que me compré allí mismo. Dos años después leí la noticia de su muerte en los obituarios de la prensa. No sé por qué pero siempre que lo vuelvo a escuchar acabo con una inevitable sonrisa en los labios.




El homo luxuriosus




“El sistema es tan necesario como el exceso”

G. Bataille



Adios patio de la cárcel,...
rincón de la barbería.........
que al que no tiene dinero
lo afeitan con agua fría......

Tangos del Piyayo






Las relaciones del hombre con el lujo, con el exceso, han sido siempre fluidas y sintomáticas. La propia condición de razonabilidad de las actuaciones humanas está en la base de las mutaciones aparentemente irracionales en su visión de la utilidad de los recursos. Siempre que se adquieren bienes suficientes para sobrevivir se tiende a una acumulación excesiva por puro prurito de derroche, de hacer reventar las costuras de lo meramente utilitario para desarrollar el instinto suntuario que parece estar inscrito en nuestro código genético a la luz de que su generalidad es apabullante. Las causas no siempre son las mismas pero sí los resultados, como si tal se desarrollara en los mecanismos evolutivos de la especie. Y en todos los estadios de la evolución y en todas las culturas formadas son detectables sus efectos. Y en ello somos una especie de microcosmos que desarrollamos los mismos mecanismos de expansión que los del origen, como si en definitiva no fuéramos más que una escala reducida del gen universal de la vida. Oigamos a Bataille cuando se pone a analizar la índole secreta del despilfarro: La historia de la vida en la tierra es ante todo el efecto de una exuberancia descabellada: el acontecimiento dominante es el desarrollo del lujo, la producción de formas de vida cada vez más costosas (1). Por ello nunca nos suenan a nuevas las invectivas inveteradas de los profetas que anuncian la índole perversa del despilfarro. Desde el epicúreo que colgó cartel en el mercado de Mitilene en el siglo III ad. C. advirtiendo de los males del consumismo desaforado a que se entregaban sus coetáneos parroquianos, pasando por los distintos savonarolas que la historia ha dado hasta nuestros días en que la predicación no sólo se ha hecho insistente, sino estrictamente imprescindible.

Enzensberger en uno de sus penetrantes análisis de la contemporaneidad (2), divide la percepción del problema en dos ámbitos separados por una línea más ética que funcional. Primero tiende a sospechar que la tendencia del ser humano al despilfarro tiene orígenes verdaderamente biológicos, analizando la tendencia general de la propia naturaleza al exceso, a la supuración de formas no estrictamente utilitarias. No hay que salir muy lejos del propio entorno para encontrarlas. Desde el desmesurado colorido de las flores o las mariposas a las barrocas formaciones córneas de muchos herbívoros la naturaleza parece tender a superar su propia dinámica de justeza y equilibrio. Seguidamente considera la función social del despilfarro en sociedades pretéritas como un planteamiento fundamental a la hora de entender las incalculables orgías de derroche aparentemente improductivas en que se ha embarrizado la humanidad.

Sombart (3) a principios de siglo, siguiendo la estela de los tratadistas del XVII y de los enciclopedistas del XVIII, considera el lujo el verdadero motor del capitalismo desde el momento en que la tendencia natural al derroche y la necesidad de redistribución de la riqueza pasa de las formas más improductivas que se daban en la Edad Media en forma de grandes performances y festejos públicos da paso a la extensión de un lujo más privado basado en el consumo de objetos suntuarios altamente costosos que insufla en la economía europea la necesaria dinámica de superación de viejas las estructuras económicas feudales.

Esto mismo, en estadios culturales más primarios, es bien conocido por todos los etnólogos. Las formas que adquiere la redistribución social de la riqueza en muchos pueblos ha llevado incluso al escándalo a las mentes menos preparadas. Y si no ahí están los diversos sentimientos que ha producido en los etnólogos un fenómeno como el del potlatch. La desmedida afición de los habitantes de ciertas tribus de la franja costera oriental desde Alaska hasta el norte de los EE.UU. por las ceremonias de despilfarro y destrucción de riqueza a que se entregaban frecuentemente antes de ser profundamente aculturados ha confundido frecuentemente a los investigadores que sólo han visto en la base de esta actuación la pura aspiración de sus promotores a cotas cada vez más altas de prestigio y consideración social.

Marvin Harris (4) sostiene que son fórmulas subsconscientes de pueblos en el umbral de la subsistencia para incentivar la producción y evitar la caída en la imprevisión en caso de catástrofes naturales o guerras. Los jefes de tribu que arrastraban al resto de sus conciudadanos a producir más para destruir más y competir con las demás tribus en las orgías de consumo y despilfarro conspicuos a que se entregaban cíclicamente no son simplemente vesánicos buscadores de prestigio, sino los motores de unas condiciones económicas y ecológicas muy definidas.

Lo mismo puede decirse de la espiral creciente de lujo que se da tras la Edad Media en el Occidente rico y que llega hasta nuestros días. Desde muy temprano corren paralelas las invectivas de los estigmatizadores del despilfarro con los análisis de su necesidad por parte de los tratadistas. En el desarrollo de las formas económicas que hoy vivimos está la producción y consumo de ingentes cantidades de productos superfluos muy por encima de la producción y consumo de los productos de primera necesidad y ello en los ámbitos público y privado. El derroche público siempre fue más ostentoso pero no por ello más criticado. La tendencia general de las Iglesias a elevar sus preces a Dios en medio de suntuosas chorreras de oros y jaspes da una idea de ello. Las construcciones civiles magnificentes y los despliegues visuales en forma de desfiles y fiestas multitudinarias que tanto obligaron siempre al poder, también. El crecimiento desmedido de las ciudades de Occidente en los últimos siglos se debe fundamentalmente a la concentración del consumo conspicuo en ellas, tanto público como privado, y el acicate de la producción es el motor del capitalismo. La búsqueda de productos suntuarios es la única responsable de la apertura de vías de comunicación a lo largo de todos los meridianos del globo y del crecimiento del volumen de intercambios transnacionales, base del gran capitalismo globalizado. Ello está conectado con los avances de la emancipación del individuo respecto de la comunidad que está en la base de todas las transformaciones sociales y culturales de la modernidad, cuyo punto de inflexión es la Ilustración. El hombre empieza a tomar la duración de su propia vida como medida de su goce, en contraposición a la concepción más gregaria que se daba en la Edad Media, en las que la construcción de las grandes obras duraba varias generaciones, porque se hacían para que las gozase el municipio o la colectividad, no los individuos concretos. Ahora el gasto se inmediatiza y el placer de la posesión o del consumo se ligan a la propia vida del que lo paga. Por otra parte el tiempo irá procurando una democratización de todas su formas en una cadena de producción-consumo cuyos íntimos mecanismos no han sido desvelados todavía sobre todo porque atiende a la insoluble armonía entre necesidad y justicia y, lo que es más importante, entre naturaleza y ética. Enzensberger da de nuevo en el clavo: El análisis de la producción todavía tiene otro mérito: ha acabado con la errónea suposición de que la cuestión de la oferta y la demanda, de la producción y el consumo, se reduce a un mero juego de sumas cero, y que el deseo de justicia puede aplacarse por una simple redistribución. Por cierto que, al renunciar a esta idea fija, Marx coincidía con sus detractores burgueses, hecho que lo menos inteligentes de sus seguidores jamás quisieron admitir. Los bienes materiales de este mundo no pueden representarse por medio de la imagen de una tarta de tamaño fijo que sólo habría que dividir en partes iguales, a pesar de que la creencia en este modelo parece inextinguible. (2)

Lo cual no quiere decir que la búsqueda de armonización entre la necesidad y la justicia sean tareas vanas como apuntan los panegíricos más descarnados del sistema, sino que las coordenadas de los análisis deben tener en cuenta más factores. Entre ellos que la bipolarización del reparto global de la riqueza no sólo atiende a las necesidades de la ética, sino incluso, y cada vez más palmariamente, a la propia pervivencia del sistema. Y por supuesto al hecho de que la cuota de despilfarro que actualmente nos toca supera con creces la capacidad de regeneración de los recursos del planeta.

Y es precisamente este último factor el que determina las nuevas formas que está empezando a adoptar el consumo del lujo en nuestros días y que posiblemente sean las que se impongan en un futuro no muy lejano. Mientras el consumo conspicuo privado se mantuvo en poder exclusivo de las clases privilegiadas, el lujo fue por su propia índole el denotador de status más fiable y por ello seriamente cultivado por las mismas para marcar las diferencias de clase. Su propia excepcionalidad era la moneda que pagaba su valor de uso. Con la democratización del lujo en sus formas más comunes, la excepcionalidad se ha ido arrinconando hasta los más extraños cubículos, para reaparecer de una manera clara y contundente en nuevas formas que nada tienen que ver con la cultura material que antes la sustentaba. El lujo del futuro se despide de lo superfluo y tiende a lo necesario (2). La propia destrucción compulsiva de los recursos del planeta y la necesidad de dedicar el máximo de tiempo y de esfuerzo a la consecución de alcanzar el máximo de productos superfluos para alimentar la cadena marcarán los nuevos lujos que sólo estarán al alcance de minorías muy selectas: el tiempo libre, ambientes de atmósfera limpia, alimentos sanos y naturales y sobre todo la seguridad para poder disfrutarlos. La gran paradoja está en cómo el lujo, cuya propia esencia ostentatoria lo hace necesitar de la mostración pública, tenderá a todo lo contrario, a la consecución de una feroz privacidad, del apartamiento radical de la mirada de los desfavorecidos por la fortuna que por supuesto volverán a ser la mayoría total que siempre fueron.




(1) Georges Bataille: Obras escogidas, Barral Editores, Barcelona, 1974.

(2) H. M. Enzensberger: Zigzag, Ed. Anagrama, Barcelona, 1999.

(3) Werner Sombart: Lujo y capitalismo, Alianza Editorial, Madrid, 1979

(4) Marvin Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura, Alianza Editorial, 1991


Publicado en ARTyCO, nº 12
Primavera- 2001

lunes, 16 de agosto de 2010

Pruebas de la existencia/inexistencia de Dios (rep)



Como en uno de los último post en que colgué la música más o menos rara que suelo colgar recibí en un comentario una pequeña sutil queja escondida tras una agradable alabanza de mi amigo Paco Muñoz, le voy a dedicar, a él y a Conchi, por supuesto, esta canción que seguro que no les es desconocida. De aquellos tiempos en que el entretenimiento musical favorito era lanzarnos unos a otros canciones en Discos Dedicados. Pero si la canción no dudo que la conozcan a la cantante sí. Sasha Sököl, es una guapísima mexicana que fue niña prodigio en su país y formó parte de grupos pop juveniles para acabar haciendo blanduchirriadas primero con Luis Miguel y después con Miguel Bosé. En medio, algunos infiernos con la Hacienda mejicana y con otra controladora aún peor: la coca. He de decir que a mí la música que hizo y hace Sasha me la refanfinfla olímpicamente lo que empeora mi irracional, irreprimible e irreductible miguelbosefobia. Pero en 2004 se dejó caer con un disco completito de versiones de las rancheras más arrastradas del arrastrado repertorio tequilero mejicano: Por un amor. Desde luego que suenan mejor en la voz achicharrada de Chavela, pero cerrad, cerrad los ojos y escuchad...


The Eye of God de David Burliuk



Aunque soy decididamente ateo me gusta buscar esas pruebas de la existencia de Dios que los teos suelen encontrar en la naturaleza. No ya el típico algo tiene que haber, que no denota esfuerzo intelectual alguno, sino escogidas pruebas contundentes que lleven a la conclusión de que un ser todopoderoso ha creado el mundo siguiendo un diseño inteligente. Así mismo en los ratos en que no puedo hacer otra cosa que pensar, caso de las obligadas y a veces largas sentadas evacuatorias en las que sólo tengo ante mí el triste horizonte de un toallero cromado, me dedico a buscar pruebas de la inexistencia de ese Ser Supremo. Y de todas las que he alcanzado a encontrar me quedo con dos. Una para cada opción.

La prueba de la inexistencia de Dios me surgió lógicamente en una de las inmersiones en los efluvios del vacío momento escatológico frente al toallero y se puede enunciar así: es imposible que un dios diseñador inteligente haya diseñado un cuerpo para los humanos en el que el sexo y el culo están tan cerca o haya hecho confluir en los mismos conductos el placer y la evacuación de desperdicios. Eso es una tremenda cochinada y si fuera así habría que colegir que Dios es un tremendo tacaño o un perfecto cerdo. Porque teniendo en cuenta que el resto del diseño del cuerpo humano no está nada mal para un principiante y que cuenta con superficies de sobra para separar esas funciones, por ejemplo en la enorme y desaprovechada espalda o en toda esa desperdiciada redondez de la barriga que sólo sirve para que contener el triste e inútil ombligo, pudiera deducirse que lo hizo adrede, para gastar una macabra broma al ser que supuestamente construyó a su imagen y semejanza. Que Yahvé, el dios semita de judíos, musulmanes y cristianos, el único verdadero, era un poco cabroncete ya lo sabíamos. Ahí está el pobre Onán al que fulminó con un rayo dejándole el pizarrín convertido en un torreznillo por andar toqueteándoselo, o las pobres Sodoma y Gomorra... Pero que además fuera un perfecto cerdo es excesivo para nuestra comprensión de la divinidad. Porque desde luego Él seguro que no usaría los trastos de follar para mear a continuación, ni tendría que andar con mil cuidados durante toda su vida para no untarse los cojones (en caso de que definitivamente fuera macho) de mierda cada vez que se limpiara el culo. Así que al menos de eso de a su imagen y semejanza, nada. Debió de ser, pues. la evolución natural darwiniana, en uno de sus extraños saltos ahorrativos, la responsable de la tremenda cerdada que supone el que el cagar, el mear y el follar (con sus diferentes variantes imaginativas) concurran en un espacio común tan reducido y expuestos siempre a desagradables interferencias mutuas.

La prueba de la existencia de Dios la sufro de vez en cuando, cada vez que los resortes de mi poder de autocontrol se encasquillan y me quedo corto en el recorrido de la frenada soplando cervezas de manera que acabo chocando inevitablemente con sus consecuencias del día posterior. La resaca no puede ser más que un castigo divino. La ciega evolución darwiniana no pudo prever un mecanismo tan diabólico para hacer desistir a los humanos del consumo de alcohol. Tuvo que ser un Diseñador Inteligente el que creara un estado de malestar tan asqueroso, persistente y resistente, como castigo a los humanos que no fueran capaces de practicar un saludable autocontrol. Porque Dios hizo un fabuloso regalo a la humanidad para compensar la putada de la inteligencia y del libre albedrío: el morapio, en su doble variante de fermentado o destilado. Es como si le hubiera dicho: cuando las angustias vitales inherentes a tu nueva condición de autoconsciente te resulten insoportables, tómate un vasito. O dos. Pero no te pilles una toña porque entonces ya no podrás adorarme y es posible que me faltes al respeto en el fregado o incluso que te cepilles a tus propias hijas, como hizo Noé tras la fiesta postdiluvio. Así que como mecanismo de disuasión creó ex nihilo, como siempre, la resaca. Y como obra divina que es, no hay nada que el hombre pueda hacer para evitarla. Efectivamente, el genio humano que ha conseguido la gran proeza de descubrir las vacunas contra enfermedades mortales y que está muy cerca de la curación de terribles enfermedades como el cáncer y el sida, ha sido absolutamente incapaz de conseguir un remedio para la resaca. Nada: ni pastillas, ni gotas, ni analgésicos, ni yogas orientales... Teniendo en cuenta que sus terribles efectos vienen aquejando a casi todas las culturas desde el invento de la agricultura, es realmente asombroso que ni la antiquísima medicina china, ni las célebres pócimas de los druidas, ni los mayores adelantos de la ciencia médica actual hayan sido capaces de curarla.

Es pues el castigo divino perfecto, el que mejor hace relacionar los conceptos que más fácilmente entendemos los humanos: virtud/premio y culpa/castigo. Otros mecanismos, inventos fácilmente atribuibles a los diferentes ventrílocuos de la divinidad no han sido tan eficientes. El dolor de la culpa por el pecado (remordimiento) no siempre funciona. Existen anestesias psicológicas perfectamente homologadas. Y no hay que ir a buscarlas a la farmacia: las segrega nuestra propia mente. Pero el dolor físico en forma de asqueroso malestar aliñado frecuentemente con las agujetas de la vomitera, de un día o más de duración, por haber pecado con el morapio no lo cura ni Dios mismo que lo inventó. Los propósitos de enmienda y dolor de corazón (y de muchas más vísceras) que los acompañan esos sí que son verdaderos remordimientos.

No sabemos por qué Yahvé permitió a unos hijos que bebieran moderadamente y a otros no. A sus hijos israelitas y a sus descendientes cristianos sólo les prohibió aparte del consumo de determinadas carnes que no adoraran becerros de oro y gilipolleces así, pero nunca les exigió que dejaran de soplar del todo. Consideró que los remordimientos de la resaca serían suficientes para mantenerlos en una moderación moderadamente moderada. En cambio de sus otros hijos, los musulmanes beduinos del desierto, no debió fiarse mucho, bien porque fueran mas resistentes o bien porque eran de naturaleza más inmoderada. Nunca sabremos hasta dónde habría llegado el Islam si sólo hubieran tenido el freno de la resaca para impedirles pasarse el día borrachos como cosacos. Porque los cosacos tienen la excusa del frío, pero los beduinos del desierto...

Y yo ya voy por el segundo día. Esto ya no es una resaca, sino ¡¡¡una convalescencia!!! Aaaaagggggg....

Y esta vez, de la reedición de este post, la culpa la tienen MIS VECINOS.

viernes, 13 de agosto de 2010

Vergüenza (rep)

Libérate, de Manzanita, auténtica banda sonora de esta historia verídica.



Una tarde de junio del año 78 fui con el Nono a pillar hachís al Pink Panther. 1978. Qué barbaridad. Yo era por entonces un universitario bastante entusiasta al que aún no habían mordido los calcañares los perros de la perplejidad y andaba probando todos y cada uno de los paraísos artificiales de orden físico, químico o mental que se me ponían a tiro, que no eran muchos, ni baratos, ni claros y distintos, pero cuya obtención me ocupaba más tiempo que el que, insensato de mí, debería haber dedicado a aprobar las áridas asignaturas de la facultad. Los paraísos químicos se reducían estrictamente, por razones presupuestarias fundamentalmente, a los simpáticos canutitos de hachís que tanto nos hicieron reír y tanta lucidez ingeniosa nos proporcionaron en aquellos divertidos años. Los otros dos se resistían aún a ser colocados en su justo lugar y nos traían en un sinvivir de subidas de testosterona y fervor revolucionario. Y si estas últimas bullían abundantemente en la revuelta olla de las aulas universitarias de la época, el hachís había que conseguirlo fuera de las mismas.

Contra lo que pudiera parecer desde la perspectiva actual, este consumo del simpático estupefaciente no estaba demasiado extendido entre los universitarios por aquel entonces y más bien constituía una especie de comunión grupal de algunos elementos que nos considerábamos más en la onda y flirteábamos con las teorías disolventes de los valores establecidos mediante los ácidos alternativos de la contracultura y la marginalidad que se impartían desde las páginas catecumenales del Ajoblanco y El Viejo Topo.

Se daba casualmente la curiosa circunstancia de que en mi célula de agitación yo era el único originario de un barrio nítidamente popular y obrero y como seguía en contacto aún con muchos de mis amigos de la infancia, algunos de los cuales andaban por entonces en labores de trapiche a pequeña escala con la preciada especia estupefaciente, fui comisionado por ello a menudo por mis compañeros para conseguirla. Yo mercaba una bola de hachís de buena calidad, la llevaba a uno de los pisos compartidos de compañeros foráneos, la pulverizábamos con un molinillo eléctrico de café y la planchábamos mediante un sofisticado sistema en el que intervenía una plancha normal de planchar, unas bolsas de plástico de las de meter frutos secos, un papel de periódico humedecido, una botella vacía y unas dosis infinitas de deliciosa insensatez juvenil. Luego se repartían religiosamente las posturas en función del aporte económico de cada uno y todos tan contentos, aunque lo consumíamos preferentemente en comunidad, en una especie de misas concelebradas donde utopías y risas constituían las principales formas de liturgia.

Así que aquella tarde de junio, en plenos exámenes finales, allí estaba yo, con mi amigo el Nono en la barra del Pink Panther, bajo las fatigosas y casi inútiles aspas de un ventilador de techo, dos cubatas de ron en la mano y la voz de Manzanita lijándonos inmisericordemente los tímpanos. El calor era espantoso. Esperábamos a un camello que acababa de llegar del moro con el culo empetado de bolas del tamaño de un huevo de gallina. Esa misma mañana, según aseguraba el Nono. Al Nono le gustaba prestarme ese servicio, por amistad y porque cuanta más cantidad fuese a comprar más barata conseguía él su parte. Pero no entendía que yo quisiera acompañarlo y aunque accedía, de mala gana, me ponía la condición de que no abriera mucho la boca, por temor a que se me escapara algún mamoneo de palabras raras y me comportase justo lo contrario de lo que realmente era: un pringao estudiante de filosofía, con unas cantosas gafas de concha y una pinta de progre de manual inconfundible. Pero yo no iba a perderme por nada del mundo esas experiencias de buceo en los submundos literaturizados por nuestra febril imaginación.

El tipo llegó y saludó secamente. Con un sordo gruñido al Nono y a mí con un displicente tanteo examinador. Llevaba una camiseta azul con la leyenda de la Columbia University y tenía el aspecto propio de su mismo personaje, al que sumaba el detalle patibulario de un ojo deformado por una antigua cicatriz, lo que le obligaba a mantenerlo en un entrecierre continuo. Me recordó inmediatamente al Seisdedos, el malvado personaje de una novela de Ramón J. Sender que me entusiasmó de adolescente, que tenía un ojo de tiburón y otro de persona, según decía, y al hablar guiñaba uno de ellos, según su estado de ánimo (1). Tras un breve preámbulo en el que el camello comentó los pormenores de su viaje al moro, se llevó a cabo el trapiche sin incidencias. El intercambio de los huevos por los billetes se hizo bajo la barra con un innecesario ritual de cautela. El camello ordenó al camarero otros tres cacharros de lo mismo y sacó entonces media bola del bolsillo. Mientras hablaba esquinadamente de picoletos, aduanas, julais, pringaos, etc., la mordió, arrancó una china respetable, la masajeó ligeramente con los dedos y la lanzó sobre el mostrador. La china llegó rodando justo hasta donde mi mano sujetaba el vaso. Por un momento pensé que el Nono cogería la china y la trabajaría él mismo. Pero el Nono no hizo ningún gesto. Estaba claro quién tendría que trabajar. Mi pericia liando canutos no era por entonces ni sombra de lo que llegaría a ser un tiempo después y sentí cómo el pánico me invadía y se instalaba en la boca de mi estómago en forma de bola de plomo candente. La posibilidad de no ser capaz de liarlo como un profesional delante de semejante público amenazó con paralizarme. Pero en seguida traté de controlar mis pulsos y concentrarme en la faena. Tragué saliva y me dispuse a llevarla a acabo lo más concienzudamente posible. El sudor me corría cuello abajo y sentía las manos completamente húmedas. Me las sequé en el pantalón. Saqué un papel, rompí la punta de un Fortuna, desmenucé el resto sobre la mano, coloqué la china encima y le arrimé la larga llama del mechero. El camello hablaba y hablaba sin echar más cuentas de mí. Hecha la mezcla conseguí traspasarla de la mano al papel con un certero movimiento de muñeca y liarlo con precisión y cierta gracia. Se me aflojó entonces un poco la presión en la boca del estómago y noté un merecido alivio en los músculos faciales. Fue sólo un segundo después cuando ocurrió la catástrofe. Agarrando con la punta de los dedos el extremo el canuto ya liado lo sacudí un par de veces a la altura de mi cara para apretar adecuadamente su contenido. El canuto reventó en el aire y una lluvia dorada se disparó hacia adelante. Yo me quedé muerto con el papelito blanco y roto entre los dedos mientras mis ojos se clavaban en la leyenda de la Columbia University del pecho del camello toda cubierta de hebras de tabaco impregnadas de hachís. Sé que alcé la vista hasta su cara porque vi su ojo de tiburón que me miraba. Y además sentí la maldición muda del Nono trepanándome la calavera. La vergüenza, la lacha, con sus más crudas uñas desgarrándome las entrañas. ¿Qué hacer? ¿Pedir que se abra el suelo y me trague la tierra en ese mismo instante, que unos demonios alados me agarren de los brazos y me saquen de allí aunque sea para conducirme al mismo infierno. Que me fulmine un infarto auténtico con llamada de ambulancia incluida que difumine esta imperdonable torpeza...? Me quedé sin habla. La boca como de cemento. Rojo como la grana y con la piel tirante, a punto de estallar. El tipo hizo entonces un gesto raro y cambió el ojo de mirarme. Su ojo de persona adquirió de pronto un brillo burlón. Se sacudió las hebras de la camiseta, volvió a sacar la media bola, la volvió a morder, masajeó la china y volvió a lanzármela sobre el mostrador. Luego llamó al camarero.

- Anda Curro, ponnos más yelos en los cacharros que con este calor no duran ná.

Para concentrarme de nuevo me puse a pensar en la estólida cara de batracio del catedrático de Historia Contemporánea con quien tendría que enfrentarme a la mañana siguiente en terrible examen oral.

Manzanita mientras tanto insistía con la lija de su voz acompañándonos la vida: Liberateeeeeeeeeee, no timporteeeeee la geenteeeeeeee...




NOTA IMPORTANTE: Dado que este blog se emite a lo largo de todo el día y por lo tanto ocupando de pleno el horario infantil he de aclarar lo siguiente:

Los contenidos laudatorios del consumo de estupefacientes que podrían entreverse vertidos en lo anteriormente expuesto son sólo ejercicios de estilo, elementos retóricos para dar más fuerza a la narración, recurso legítimo para cualquier redactor de bitácoras, tanto como para escribidores de la órbita exterior y no responden en absoluto al pensamiento actual del autor.

Para los niños que accidentalmente hubieran accedido a los contenidos de la anotación he recabado documento gráfico que adjunto como medida disuasoria para que eviten seguir los pasos del triste protagonista de la dicha historia que no es otro que el que esto escribe. No sólo dilapidó el esfuerzo que la sociedad entera hizo por él para que accediera a la Universidad, sino que en la actualidad presenta el siguiente estado, fruto incuestionable de sus repelentes aficiones juveniles:




(1) Epitalamio del prieto Trinidad, uno de los títulos de novela más hermosos que conozco, en la horripilante, aunque entrañable, edición de la Biblioteca General SALVAT (1972), que tanto hizo por nosotros, los lectores pobres, en los años del oprobio y la oscuridad. Una inquietante galería de siniestros personajes sin ley ni moral se paseaban por ella dueños absolutos de una isla-penal caribeña tras el asesinato, en victorioso y sangriento motín, del carcelero jefe en su noche de bodas. (VOLVER)






ESTE POST FUE PUBLICADO EN ESTE MISMO BLOG EL 11/04/05

Almuñécar compite por el título de PUEBLO MÁS TONTO DE ESPAÑA

Para Lisis que me avisa

A Morón de la Frontera, favorito por ahora, seguido muy de cerca por Rota, para alcanzar la gloria de convertirse en el PUEBLO MÁS TONTO DE ESPAÑA del siglo XXI en la modalidad de NOMBRAMIENTOS HONORÍFICOS GILIPOLLAS DE SERES IMAGINARIOS (vírgenes, cristos, el Ratoncito Pérez o personajes de Disney), le ha salido un nuevo serio competidor, Almuñécar, cuyo ayuntamiento votó ayer mismo en un pleno expresamente convocado para ello nombrar a la virgen titular de la plaza de patrona del pueblo, marca DE LA ANTIGUA, Alcaldesa Honoraria.

Aún no se ha fijado la fecha para la emisión del fallo definitivo del jurado y este nuevo competidor hace subir muchos puntos las dosis de emoción entre los participantes. Principalmente porque cumple varios de los requisitos que suman puntos a la hora de valorar méritos. Por ejemplo el hecho de haber hecho el NOMBRAMIENTO GILIPOLLAS más entrado el siglo XXI y el que su alcalde y ediles pertenezcan a formaciones políticas que se consideren a sí mismos progresistas. Así, si en Morón el alcalde era del PP el de aquí, Juan Carlos Benavides y su corte de ediles pertenecen a un partido, Convergencia Andaluza, que se reclama de la izquierda nacionalista. No sabemos si nacionalista andaluz o nacionalista católico, a la vista de las banderas que ondea. Y en su web aparece bien gordo un letrero que dice ¡VIVA ANDALUCÍA LIBRE! Parece ser que la desean libre de todo menos de zurraspa supersticiosa nacionalcatólica. En realidad se trata un partido tacho de chaqueteros, antiguos sociapollas rebotados del PSOE y del PA arrejuntados para copar puestos en un pueblo con unos intereses urbanísticos de puta madre. Le sigue el PP y después el PSOE, el de la izmierda real, uno del PA y uno de IU. Que se sepa sólo esta última formación, tan metepatas en las cosas de aceptar sanamente la existencia de seres imaginarios ha presentado recurso por probable delito de lesa laicidad y racionalidad democrática. Aunque existe el precedente de un alcalde de IU que nombró también a la virgen de su pueblo alcaldesa perpetua (como las condenas). Lo que pasa es que se trataba de un pueblo, Teba, mu chico mu chico y casi nadie lo tuvo en cuenta. Como el nombramiento aún no ha trascendido oficialmente habrá que esperar a ver cuántos ediles del PSOE se sumaron a la supina soplapollez para calibrar el grado exacto de estulticia de esta Corporación votada por los almuñecarenses, almuñecareños, almuñecagurritanos, o como carajo se llamen los de ese pueblo que elige a políticos de esa calaña. Pero en vista de cómo se las gastan en otros lados casi seguro que suma el máximo.

¡ÁNIMO Y QUE GANE EL MEJOR!

¿Y el orgullo de que todos sean andalucés qué?

jueves, 12 de agosto de 2010

Hijoputas con el Pulitzer


No es lo suficientemente achicharrante este verano cordobés como para que encima venga un cabrón con carné de periodista y varios premios Pulitzer a derretirte la moral con el lanzallamas de sus infamias.

El artículo se titula No se pierdan ese reportaje y el miserable que lo escribe THOMAS L. FRIEDMAN. No voy a entrar en valorar su contenido, salvo el breve comentario de que se trata de uno más de los intoxicadores relatos de todos buenos y todos malos a que tan acostumbrados nos tienen ya los pensadores y políticos occidentales neutrales o neutros cuando tratan del que interesadamente llaman conflicto israelo-palestino. Como nuestro Carapapa Moratinos sin ir más lejos.

Sólo voy a pegar un párrafo que habla por sí mismo de la clase de sucias tretas que intentan colar como análisis objetivos aquellos que fomentan la idea de que lo que ocurre en Palestina es un conflicto entre un gobierno democrático que se defiende de los ataques de unos terroristas vecinos y odiadores por naturaleza, en lugar de la defensa numantina de lo que queda de un colectivo de ciudadanos supervivientes de una brutal limpieza étnica llevada a cabo por un estado blanco occidental expansionista desde hace 60 años, que se resisten a ser desalojados definitivamente de los minúsculos territorios en los que han acabado siendo arrinconados, territorios convertidos en campos de concentración, en bantustanes, en reservas indias, por ese mismo estado expansionista y genocida.

Dice el hijoputa:

La crítica destructiva bloquea los oídos de los israelíes. Les dice que ningún contexto puede explicar su comportamiento, que la singularidad de sus errores es tal que eclipsa todos los demás. Los críticos destructivos se limitan a decir que Gaza es una cárcel israelí, sin llegar nunca a mencionar que, si después de la retirada unilateral de Israel de la franja, Hamás hubiera decidido convertirla más en Dubai que en Teherán, Israel también se habría comportado de otra manera. La crítica destructiva solo fomenta que los sectores israelíes más destructivos puedan señalar que poco importa lo que haga Israel, así que ¿para qué cambiar?

Y digo hijoputa porque sólo un hijoputa con los ojos malos es capaz de la villanía de acusar al Gobierno de Gaza de no convertirla en un emporio de milagroso crecimiento económico en un par de años, en un nuevo Dubai. Al gobierno de un campo de concentración saqueado y expoliado sistemáticamente desde 1948 con la aquiescencia de los demás estados del hombre blanco y que acababan de abandonar, arrasándolo previamente, las tropas y los colonos del estado invasor por la imposibilidad manifiesta de mantener el sojuzgamiento de la población invadida sin exterminarla del todo. Lo que en el Oeste del siglo XIX era posible, pero que ahora queda un poco brutote para la nueva sensibilidad occidental. Este cabronazo acusa al gobierno de un territorio sometido a un brutal bloqueo económico y sanitario desde el mismo momento de haber sido elegido por sus ciudadanos democráticamente que impedía, e impide aún, el paso de productos tan peligrosos para la seguridad del estado israelí como el cemento, la carne fresca o el chocolate, de no elevar el nivel de vida de sus habitantes en lugar de hacer lo único que podía hacer contando sólo con la más absoluta escasez de medios y bienes: mantener la moral de los ciudadanos alta. Resistirse con uñas y dientes a convertirse en los siux del siglo XXI. Los medios tal vez puedan tacharse de dudosos pero el fin es impecable. Y que por eso fue seguidamente bombardeado casi hasta el arrasamiento e invadido por el ejército más sofisticado del mundo para terminar de destruir por tierra lo que no consiguió desde el aire.

¿Alguien se imagina a un acreditado periodista inglés acusando en 1943 a los dirigentes judíos del gueto de Varsovia de no haberlo convertido en una pequeña Suiza, de no haber hecho más para elevar el nivel de vida de sus habitantes? Pues eso, que lo hubieran merecidamente llamado grandísimo son of a bitch, sin la más mínima duda. Pues ahora le dan el Premio Pulitzer. Y es que los tiempos adelantan que's una barbaridad.


NOTA: Uso la palabra hijoputa en un sentido metafórico, con los contenidos semánticos que ha llegado a tener en el idioma castellano, o sea con el significado de malnacido. Soy consciente de las connotaciones machistas de la misma, pero qué queréis que os diga, es la más exacta que conozco para expresar lo que pienso del hijoputa ese.

martes, 10 de agosto de 2010

El monstruo melancólico

As tears go by, Mientras caen las lágrimas es una de las canciones de la prehistoria del POP con más leyendas a cuestas. Tiene una melodía ñoña, como muchas de las que por el mismo tiempo compondría mucho más ácidamente la Velvet Underground. Marianne Faithful fue un fenómeno especular al de Nico. Lo que una fue para los Rollings, la otra lo fue para la Velvet. Hablamos de los primeros 60. Las canciones más tarareables, las que posteriormente recibirían el título de comerciales, se las endiñaban a las chicas. Afortunadamente. Sólo hay que ver las versiones que posteriormente, al calor del éxito cosechado por ellas, perpetraron los chicos. Más Jagger que Reed, que siempre se resistió más a caer, erróneamente, en la tentación de lo fácil. La versión que os ofrezco es un producto de madurez. De 1987. De cuando la Faithful consiguió por fin salir del submundo de la narcolepsia. Quien quiera conocer la historia al completo puede usa la Wiki. Sólo una apostilla. Me jode enorme, abisalmente, compartir mi pasión por la Faithful con ese saco de basura intelectual que es Golum Gabriel Albiac.

EL MONSTRUO MELANCÓLICO

...toro
padre de serpiente y padre de toro serpiente,
en la montaña el oculto, oh mayoral,
el aguijón.

Anónimo tarentino, en Clemente de


Alejandría, Exhortación a los griegos (1)

Al principio fueron las escamas. La Serpiente primordial, fundante, monstruo devorador o tentador o prodigador de dádivas. Y el anillo de mitos en su torno: inductora del conocimiento y fuente de congojas. Su transfiguración más luminosa fue el dragón, que como casi todo nació en China. 4000 mil años antes de Cristo ya lo dibujaban con conchas sobre los cuerpos de los difuntos en la cultura de Yangshao. El imaginativo arabesco de escamas de la tradición oriental ya estaba fijado para entonces y ya era asimilado al poder celeste con su capacidad generativa de agua beneficiosa y el poder mortífero del fuego de su boca. Por ello el poder imperial se apropió de su imagen y se hizo descender directamente de él. El enorme vientre azul del monstruo es la máxima fundación teratológico del alma china y decora desde entonces y hasta hoy toda su cotidianidad desde los oratorios budistas hasta los templos del chop‑suey.

En las culturas mediorientales también el reptil representó un papel primordial. La serpiente tentadora de la parte considerada más débil de la Humanidad, la mujer, ha marcado la línea vertebral de la función del mal en la cultura judeocristiana, desde su primer triunfo en el paraíso hasta su derrota simbólica bajo los pies de la doncella madre de la divinidad. Aunque la interpretación secreta puede apuntar a la pérdida de inocencia, animalidad inconsciente, y descubrimiento de la libertad de elección, la aventura gnoseológica de la esencialidad humana. Así, la serpiente edénica representaría una doble vertiente: por un lado el mal puro que consigue rebelar al hombre contra Dios, su creador y por otro el mal relativo: liberación de las cadenas de la animalidad, la enseñanza de la luz del autoreconocimiento a cambio de la asunción del dolor que ello comporta. Por otra parte los acadios sintetizaron todo esto probablemente desde finales del segundo milenio en el mito del combate (Enuma elish) entre Marduk, el principal de sus dioses y Tiamat, el dragón femenino del caos acuoso que encabezaba los poderes divinos primitivos.

En la tradición intermedia, la gran abandonada por la cultura occidental, la griega, la dispersión de sus fuerzas teocráticas, la mayor racionalidad de su panteón impide una asociación absoluta del bien y el mal en dos bandos irreconciliables. Los monstruos no son uno ni representan la alteridad malvada de la divinidad, sino manifestaciones del poder divino mismo; no son ni buenos ni malos, como los dioses mismos, que son sólo lo que son: dioses. Estos mandan monstruos a los humanos para castigarlos, para premiarlos o para probarlos. Los propios dioses se monstruizan a veces para demostrar su poder o para conseguir determinados fines. Y junto a la manifestación monstruosa surge inevitablemente su alter ego: el matador de monstruos, el héroe, cuya existencia está inevitablemente atada a la del ser que ha de liquidar para convertirse en carne de mito. Su esencia es la demonstración, la liberación al precio de la gloria eterna de la bestia que amenaza a sus congéneres. Pero la búsqueda del monstruo también es simbólicamente una vía de conocimiento y la muerte del monstruo la adquisición de la luz. Así lo entendieron los creadores de mitologías medievales que retomaron la tradición griega y la plasmaron en el corpus literario de la caballería andante.

El primer matador de monstruos de la mitología griega fue Apolo, su hazaña, la muerte de la gigantesca serpiente Pitón. Le siguieron Cadmo que mató al dragón Aonia en la cueva de Ares (los dientes del dragón, sembrados, fructificarían en soldados), Perseo que con la muerte de la Serpiente marina que tenía secuestrada a Andrómeda y su desposorio con ella tipifica el triángulo clásico para siempre, la Gorgona Medusa y un largo etcétera de liberaciones, Belerofontes ( a la Quimera, que tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente, adhiriendo plomo en la punta de su flecha que se derretiría al contacto del fuego bucal del monstruo), Heracles y sus zodiacales aventuras, Jasón y Teseo. Matadores de monstruos de escama. Son los héroes solares, luminosos, que se debaten entre dos extremos del mito: los monstruos y las mujeres. La relación con los monstruos es unívoca e inequívoca: la destrucción los une con lazos indestructibles. Se da una fidelidad fervorosa en el acto de la búsqueda y la destrucción, en la comunión existencial entre ambos, que no se da en cambio en sus relaciones con la mujer, la tercera pata del banco, con las que las relaciones secuenciales son discontinuas, la infidelidad frecuentemente manifiesta, y la traición base de la mayoría de las relaciones.

Después vino el toro. El cosmos late entre la serpiente y el toro. Pasó un tiempo larguísimo antes de que a la serpiente, Tiempo-sin-vejez, siguiera el latido del toro, que fue Zeus (2). Si la serpiente es el agua, el toro es la tierra. El toro resume en todas las civilizaciones mediterráneas la fascinación de la fuerza genésica, la poderosa fuente de simiente. Es el gran tótem de las culturas agrícolas, símbolo de vida y energía e imagen de la belleza impactante de la animalidad. Su cornuda máscara es de una fuerza vital inquietante y a la vez supranatural. Por ello es el regalo más preciado por los dioses y su sacrificio siempre fue el acto supremo de respeto oferente a la divinidad. Pero el toro presenta además un aspecto añadido: no deja de ser una bestia peligrosa, cuya acometida ciega mata y destruye la vida del propio hombre: su caza es una muestra de valor que emula la heroicidad de los grandes cazadores de monstruos míticos. Fuerza y destrucción se enlazan en "una dialéctica cuya duplicidad, inmersión y contradicción toca los orígenes de la experiencia religiosa a través de todo el Mediterráneo" La lucha ritual es una de las constantes más acusadas de las culturas del Mediterráneo. Hay una especie de hilo que une en la fascinación por el toro-monstruo tres lugares donde la tauromaquia fue ritual: Creta, Egipto y España (3) (y en España incluso sigue plenamente vigente). Mitra, Gerión, el buey Apis, completan una panoplia de mitologías taurógenas que ha conformado el imaginario estético-religioso de toda la espina dorsal mediterránea.

En Grecia la saga empezó con el Toro-Dios-Monstruo que rapta a la doncella para fecundarla, nombrar continentes y generar estirpes desgraciadas y continúa con el toro blanco que Posidón envía a Creta como señal para el pueblo de que el rey Minos, hijo de aquella unión, es agradable a sus ojos. La condición para su envío es que Minos lo sacrifique al propio Posidón una vez cumplida su misión. Pero a Minos le parece un animal demasiado hermoso y lo sustituye por otro de sus rebaños. El engaño es, por supuesto, descubierto por el dios del mar que le envía un terrible y sarcástico castigo: si tanto le había gustado al rey el toro, más le gustará a su esposa. Así que provoca en su esposa Pasífae una pasión y un deseo irrefrenable de ser poseída por aquel toro sagrado. Para consumarlo Pasífae obliga a Dédalo, el arquitecto real, a que le construya una novilla de madera hueca cubierta de piel bovina donde se encerrará la reina para ser poseída. De esta unión nacerá un ser híbrido, el Minotauro, de cabeza de toro y cuerpo humano. Dédalo construyó el artefacto para el pecado y construirá también el lugar donde se ocultará su fruto vergonzoso: un edificio de intrincada arquitectura: el Laberinto. El ser nacido de la monstruosa unión tendrá un hábitat monstruoso y su alimentación también lo será: habrá que proporcionarle carne humana. El resto es de sobra conocido: Minos impone a Atenas la entrega de 9 jóvenes y 9 doncellas cada 7 años para alimentar a su hijastro. A una de las expediciones se apuntará Teseo, el hijo del rey de Atenas, que convence a su padre de que logrará matar a la bestia. Una vez en Creta, la hija de Minos y Pasífae, Ariadna, se enamora del joven y le ayuda a matar a su hermano Asterión, el Minotauro, proporcionándole una espada y un hilo que, atado a la puerta del Laberinto, le permitirá encontrar la salida. Una vez muerto Asterión, Teseo se llevará consigo a Ariadna con la promesa de desposarla en Creta, pero la abandonará en una isla antes de llegar.

La invención de Minotauro supone un quiebro en la percepción de la relación de los griegos con sus monstruos. Asterión ya no es un monstruo total, de una perversidad indivisible, ajeno, y por lo tanto, enemigo, de los seres humanos, sino que es hijo de una reina de carne y hueso y por lo tanto semihumano. Asterión posee una historia y un nombre y un apellido. Y lo que es más importante: es un ser inocente que carga culpas heredadas. Aparece, pues, a nuestros ojos como un ser monstruo-víctima. Producto de un pecado que él no cometió está condenado a la crueldad y a la soledad. Nos produce horror, pero a poco que se piense en su figura solitaria vagando por los corredores infinitos de su cárcel laberíntica, tal como los imaginó Borges, sus pies de adolescente desnudo trotando sin descanso sobre el polvo, se nos hace cercana y hasta entrañable. Teseo más que liberador de la juventud ateniense fue liberador del propio monstruo sin saberlo, el que puso fin a su existencia indeseada. Más que héroe triunfante es un instrumento de la piedad divina.

Calasso emparenta el significado de Asterión respecto a los monstruos con el de Edipo respecto a los héroes. El más desgraciado de los héroes, tendrá una relación atípica que será la fuente de sus desdichas futuras. La relación con el monstruo es un contacto piel con piel. Edipo mata con la palabra, arroja al aire palabras mortales como las fórmulas mágicas lanzadas por Medea contra Talos. Después de la respuesta de Edipo, la Esfinge se precipitó por un barranco. Edipo no bajó a arrancar su piel, esas escamas abigarradas que ansiaban los viajeros como los ricos ropajes de una hetera oriental. Edipo fue el primero que pretendió prescindir del contacto con el monstruo. Entre todas su culpas, la más grave es la que nadie le reprocha: no haber tocado al monstruo".

El nacimiento de Asterión está directamente emparentado con un concepto griego de pantanosas connotaciones semánticas: la hibrys. Fundamentalmente podría definirse como el impulso humano por transgredir los propios límites, aunque sea enfrentándose a las leyes que rigen el cosmos -ya sean divinas, humanas o de la naturaleza- (5). En este sentido está claro que se dan varias circunstancias que provocan pecados de lesa hybris: Minos desafía la inteligencia de los dioses, su esposa mantiene relaciones atroces con un animal y Asterión, el Minotauro, es la trasgresión misma de las leyes naturales, con su esencialidad dividida entre la animalidad y la humanidad.

Santarcángeli (6) por otra parte, propone que la estructura simbólica del Minotauro está emparentada con la derivación del concepto de hibrys en la palabra híbrido asumida por todas las lenguas occidentales. Queda, pues, convertido en lo otro, en nuestro lado de sombra, la bestialidad que hay en nosotros, en el anti-Teseo y con ello en el ser de la oscuridad que debe perecer para que el hombre viva, liberándose a sí mismo del tributo infamante que debía pagar a las tinieblas. Sería, pues una representación de la eterna lucha entre la razón y el instinto, del espíritu sobre la materia, de lo eterno sobre lo perecedero, del saber sobre la ciega violencia. La victoria de Teseo sobre el Minotauro es la victoria de Teseo sobre sí mismo, el bautizo del hombre nuevo en la sangre del Toro-hombre .

El mito del Minotauro, como todos los mitos que atienden directamente a la esencialidad del alma humana se ha repetido, camuflado a lo largo de la Historia y en culturas muy distantes en multitud de historias fácilmente reconocibles. La representación de la hibrys, la trasgresión de los límites razonables, vuelve una y otra vez sobre todo en momentos históricos en que los avances del pensamiento o de la ciencia encuentran caminos inexplorados y tienen suficiente libertad para desarrollarse. Fue el caso de la aventura humana de la razón en la gestación de la civilización griega, en que los hombres desafiaron a los dioses al querer desentrañar por sí mismos los misterios del universo. Cruzar el límite de lo establecido como cognoscible suponía una ofensa a los dioses, y tenía, por lo tanto, el precio de entrar en lo desconocido, en el territorio del monstruo que guardaba los secretos de las divinidades. Porque la más genuina pulsión humana se basa en un dilema insoslayable: la necesidad de habitar dentro de unos límites infranqueables para asegurarse la propia supervivencia, pero a la vez, el inevitable impulso de traspasar esos límites, como motor de la propia vida humana (7).

David Cifuentes ha descubierto una versión del mito del Minotauro en clave estrictamente contemporánea: el film de Ridley Scott Blade Runner y ha descubierto las suficientes similitudes como para concluir que el autor de la novela tenía en mente la estructura formal y semántica del mito minoico y que tiene una clara vigencia en la representación de los dilemas del ser humano en este tránsito de un milenio a otro.

La hybris se refleja en la trasgresión que el personaje Tyrrell/Minos (empresario científico/ rey) comete creando unos seres híbridos (hombre-máquina) que cumplan el sueño de la inmortalidad. Pero el miedo a su propia obra monstruosa le lleva a inscribir la muerte programada de los replicantes en sus códigos genéticos. El castigo a la soberbia creadora, a la hybris, es la rebelión de los monstruos que lo buscarán para que desactive dichos códigos. Hay un Laberinto, la ciudad de Los Ángeles en el año 2019, un héroe liberador (el agente Deckard que llega y que se va en una nave) y una Ariadna, la replicante que por amor ayuda al héroe a destruir a sus hermanos y se acaba marchando con él.

La civilización cientifista en que estamos inmersos desde hace unos siglos ha llevado al hombre contemporáneo a situaciones límite muy parecidas a la que se vivieron en la etapa de gestación mítico-racional griega, y por tanto muchos de aquellos mitos han vuelto con fuerza propia camuflados de historias contemporáneas. Y aunque la hybris sea el gran pecado original humano, en unas épocas el hombre estuvo más dispuesto a cometerlas que en otras. Hoy día los límites de la ciencia están guardados por delgadas cortinas tras las cuales parecen amenazar de nuevo los monstruos de lo desconocido y algunas veces hasta parece que oyéramos claramente los mugidos aterradores del nuevo Minotauro inocente/ culpable que corre desesperado por los corredores del laberinto.


  • (1) Recogido por Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Anagrama, Barcelona.

  • (2) R. Calasso (op. cit.)

  • (3) F. Sánchez Dragó, Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España, tomo 1, ed. Hiperión, Madrid 1980.

  • (4) R. Calasso. Op. cit.

  • (5) D. Cifuentes, Blade Runner, revista "Pensamiento", vol. 54, núm. 210, septiembre-diciembre de 1988).

  • (6) P. Santarcángeli El libro de los Laberintos, ed. Siruela, 1997.

  • (7) D. Cifuentes, op. cit.


Este artículo apareció publicado en la revista ARTyCO, nº 11, invierno de 2011


Nos caerá encima Moratinos

La nueva amenaza que pende sobre nuestras mareadas cabezas en este verano de calenturas bíblicas nos viene del espacio exterior y se llama MORATINOS. Como alcaldable de Córdoba. Ya está currándoselo Griñán. Y la pregunta que de entrada le viene a cualquiera a la cabeza es: ¿y qué tiene de malo Moratinos? Y la respuesta es: MUCHO. Porque Moratinos es uno de los políticos más TRAMPOSOS de todo el hemisferio norte. UN TIPO QUE LLEVA 20 años haciéndose el neutral en el conflicto palestino pero que no ha parado de echarse amigotes, pero amigotes de verdad, no como el millón de Roberto Carlos, en cualquiera de los gobiernos israelíes que ha conocido y amiguitos felpudos entre los palestinos. Hay que serlo de todas maneras para poder ser ministro de Exteriores de un país como España y miembro de un partido que reclama la identidad la izquierda, instalado permanentemente en la mentira, porque se limita a aplicar las políticas ultraliberales que le mandan los que mandan. Pero es que Moratinos es un político perfecto para ese papel. Un verdadero profesional de la doblez, la mentira y la iniquidad. Yo lo llevo siguiendo hace mucho tiempo y le llevo contabilizando todas y cada una de las miserias que contra la razón de la izquierda viene perpetrando desde que fuera Enviado Especial de la U.E. para Oriente Medio en los 90 y se la pasara con esa vocecilla eunuca que gasta pidiendo a ambos, ¡¡¡a ambos!!! al estado genocida y ladrón israelí y a sus víctimas palestinas que se llevaran bien, culpabilizándolos por igual. Sólo tenéis que verlo en el video en el que da su versión de los hechos en el asalto del ejército israeli a la flotilla desarmada y las medidas que no tomaron, que han tomado y que tomarán los europeos para evitar el genocidio final de un millón de personas encerrados en el mayor campo de concentración del mundo. Medidas de sastre para hacerse un traje de perfecto macho de la raza caprina.

Un político de la misma raza que la felizmente escapada por la maroma del barco Repelente Señora Aguilar. La entrañable amistad que los une a ambos (besitos, besitos) habla por sí sola. Políticos sin escrúpulos, sólo pendientes de sus propias carreras y de lo que manden los señores que mandan. Que queremos al bueno de Rafael Blanco, hombre, que nos monte si gana veinte espectáculos al día de boñigas de caballo y treinta tomatinas flamencas, pero que reinvindique el valor de su trabajo ante los designios de su partido de usar esta ciudad de cementerio de dinosaurios más quemados que la cazuela de la pipa de un indio.

Desde aquí hago un llamamiento para recabar fuerzas y presionar al PSOE. Vale que nos encule con las medidas más reaccionarias y procapitalistas de la historia reciente del país, vale que hayan demostrado ser sólo unos peones útiles para imponer la razón de los mercados sobre la razón democrática, el condón que se ha puesto el neoliberalismo para violarnos sin peligro de embarazarnos de rebeldía, pero que no castiguen a esta ciudad mandándonos un candidato tan abyecto. No es que piense que tenga posibilidades de ganar, pero la sólo idea de tener que ver su careto afichado por toda la ciudad durante la campaña me descompone los centros ventrales. Que se lo metan donde les quepa.

lunes, 9 de agosto de 2010

DE COCINA (III)



Para ilustrar esta última parte de DE COCINA os traigo una pequeña maravilla. Se trata de un tema de la pianista de jazz compositora y cantante azerí Aziza Mustafa Zadeh, también conocida como Jazziza. Un verdadero dechado de talento y virtuosismo aunados. Personalísima, ha cristalizado un estilo en el que las técnicas del bebop, la tradición jazzística de vanguardia y los aires musicales de su tierra natal se amalgaman creando composiciones electrizantes, junto a temas de una sensibilidad y una textura emocional exquisitas. Desperation de su trabajo Seventh Truth, cantada en inglés, a pesar de que en el resto del album predomina su idioma natal. La portada de Seventh Truth causó un gran revuelo en Azerbaijan ya que en ella aparece la artista desnuda tapándose los senos con las manos. El escándalo llegó hasta al Parlamento, en el que se debatió la posibilidad de prohibirla. La propia artista lo cuenta jocosamente en su página web. Los azeríes como los habitantes de tantas otras repúblicas asiáticas exsoviéticas pasaron del rigorismo moral bolchevique al islamista sin apenas un respiro.





III







Todo lo que me gusta

es inmoral,

es ilegal

o engorda.




Pensamiento finisecular







Hoy en día parece que estamos asistiendo sobre todo en las zonas donde tiene su asiento la civilización occidental a una nueva revolución gastronómica que se manifiesta en todos los frentes relacionados con la actividad incorporadora del hombre. En el tema de la diversidad asistimos a la universalización, al calor de la globalización cultural, política y económica de determinados modos de consumo que se van gradualmente desvinculando de las formas culturales autóctonas para pasar a depender de los intereses de las empresas multinacionales que conforman la cara no visible pero detentadora auténtica e indiscutible del Poder en este paso de milenios . Es un proceso bidireccional: por un lado extienden platos y fondos de cocina de países muy diversos por el resto del mundo (pizza, currys, paella) mientras que por otro envuelven toda esa diversidad ofrecida en una sola estructura, en una forma unívoca de producción y consumo perfectamente controlada. La tendencia es a la implantación de una cocina mundial y única en la que los fondos de cocina tradicionales, basados en productos arraigados tradicionalmente en la ecología, economía y cultura autóctonas de cada lugar o región, son sustituidos por otros diseñados, fabricados en serie y distribuidos por conglomerados industriales perfectamente centralizados y organizados de acuerdo con los estudios de mercado que sus propios gabinetes de expertos realizan. Ya no se trata de que unos productos ajenos a la cocina tradicional de un lugar se superpongan a los propios y acaben enriqueciéndola en procesos de aculturación perfectamente medibles por la propia sociedad que los genera, sino de la sustitución del acceso del consumidor a las fuentes primarias de producción y al control directo del proceso de elaboración de los platos por un dirigismo de los planos sintáctico, gramático e incluso litúrgico del hecho alimenticio.

A este dirigismo se suman, íntimamente interrelacionados con él, los nuevos modos de vida que la modernidad impone en un proceso imparable de destrucción de los ritmos cotidianos que marcan las diferentes funciones biológicas y sociales de los individuos de las colectividades modernas. A las nuevas formas de producción se corresponden nuevas formas de relación con el mundo. Así, como apunta Vázquez Montalbán, la cocina tradicional no tiene nada que ver con la prisa. Descansaba en el pilar de una división familiar del trabajo, y, por lo tanto, en la existencia de la mujer cocinera que podía vigilar la cocción del puchero durante las horas que hicieran falta. También contaba con un espacio más humano, en el cual el trabajo de los otros miembros de la familia estaba lo suficientemente cerca del hogar como para ir a comer al mediodía y luego volver a trabajar, práctica que se sostuvo, incluso en las ciudades industriales, antes de que reventara por los descosidos de la presión demográfica. (1) El problema está en que las partes positivas de la modernización (ruptura de relaciones de dominación patriarcales, religiosas y políticas, libertad de elección en la función que se desea realizar en el mundo laboral y familiar, etc.) no son sustituidas por alternativas racionales y consensuadas por toda la sociedad, sino por otras totalmente impuestas por los intereses económicos desnudos de los conglomerados de poder que conforman el tardocapitalismo o poscapitalismo (dependiendo del tipo de análisis que se haga) dominantes en este paso de milenio.

Así, la transmisión de los gustos culinarios deja de estar en manos de la familia y pasa a depender de la publicidad, que conformará las tendencias gastronómicas dominantes en perfecta consonancia con los intereses industriales que representa. La comida será un mero trámite cotidiano en lugar de un rito de reconocimiento del mismo valor que el de la mayoría de los animales gregarios ejercitan con el olfato. Aunque por otra parte su valor simbólico no se pierde totalmente, sino que se transforma en liturgias de frecuencia variable, plenamente recogidas en la cultura del ocio que el propio sistema distribuye y explota integradamente. Ello es perfectamente observable en el mundo juvenil, donde determinado tipo de comida o determinado tipo de logo de comida (frecuentemente tildable de comida basura) se convierte en una marca más de integración en un grupo, donde la simbología, el lenguaje, los sabores les vienen dados por la agresividad publicitaria como marcas personales de rebeldía frente a un mundo adulto al que se representa paradójicamente como monótono y uniforme, con el agravante además de que la nueva cultura estética que se trata de vender para todo el mundo se basa en la consideración de esos mismos valores juveniles como perfectamente asumibles por el resto del conglomerado social. El culto al cuerpo, al cuerpo juvenil se entiende, es el valor más en alza en los mercados emisores de mensajes culturales. Con lo que la nueva paradoja está servida.

Lo más curioso de todo este cambio de valores está en que en realidad conviven los nuevos usos con atávicas presencias de miedos y lacras que no han podido ser no ya eliminadas, sino tan siquiera disimuladas por los administradores, cuando no han sido directamente utilizadas como nuevas fuentes generadoras de beneficios.

Por una parte tenemos toda la sustitución de la teología de la alimentación tradicional, con sus prohibiciones religiosas y sus supersticiones oscurantistas, por una nueva basada en el culto a la salud y la estética corporal, que por supuesto no siempre responden a las necesidades más perentorias del ser humano, y cuyas normatizaciones, como las de todas las teologías, tienden al dogmatismo. El concepto de pecado, lejos de diluirse en la racionalidad de los tiempos, se alza de nuevo transformado en manos de médicos, sacerdotes dietistas y diseñadores de moda en el nuevo azote de la conciencia del individuo. La obesidad, signo de distinción en épocas pasadas o en culturas actuales ancladas aún en la tradición se ha convertido en una obsesión social cuya eliminación determina buena parte de las actividades particulares y de los ofrecimiento de servicios de la industria dominante. En un momento en que , como afirma Bourdieu (2), es tan difícil determinar los parámetros de distinción en materia gastronómica a no ser en la actual tendencia inversa según la cual las clases superiores vienen a tener figuras más estilizadas que las clases populares debido a que pueden dedicar más presupuesto y más tiempo al cultivo de su cuerpo, más que a la cantidad y la calidad de los alimentos que ingieren, a los que ya prácticamente todo el mundo tiene acceso.

Hipernutrición y sedentarismo son la causa última de la peor de las enfermedades sociales, enfermedad que los nuevos sacerdotes asimilan a la culpa tal como antes se asimilaba la sexualidad libre con el pecado. Por algo la palabra régimen, la más asociada en los últimos tiempos a la comida, tiene curiosa correspondencia en política con la instauración de gobiernos férreos de inequívoco carácter militar. Los cuerpos y los pueblos necesitan ser metidos en cintura por los expertos dietistas.

El otro fenómeno constatable es fruto del alejamiento del consumidor de la materia originaria objeto de su consumo. Los consumidores van teniendo cada vez menos acceso a los productos en bruto, a la materia prima alimentaria que puede ser apreciada en su salvajidad antes de ser convertida en materia cultural en forma de comida cocinada y cuyo origen es aproximadamente conocido. Por el contrario, la tendencia general es al ofrecimiento de las comidas elaboradas o semielaboradas, en las que las materias primas han sido ya previamente transformadas en remotos y desconocidos lugares y cuya preparación sólo necesita de la fase final de la actividad culinaria, la cocción, cuando no el simple calentamiento del producto ya cocinado. Ello tiene como consecuencia un regreso a los orígenes en los que el omnivorismo presentaba la crucial paradoja que hizo progresar el arte culinario. Efectivamente la desconfianza, totalmente conjurada a lo largo de la historia por la intelectualización de la comida y su reducción a materia familiar y segura por medio de la cocina, vuelve a mediatizar en gran medida la actividad nutriente del hombre actual. Los productos ya no se sabe de dónde vienen exactamente. Se adquieren parcial o totalmente transformados, cortados, triturados, cocidos o liofilizados. Se les añaden en los lugares de producción elementos desconocidos, sospechosos, a veces insospechados: conservantes, colorantes, edulcorantes, potenciadores del sabor, etc. Y además ya no se corresponden con los usos familiares y tradicionales a las que se estaba acostumbrado y que daban seguridad y sentimiento de arraigo.

El miedo justificado, aliado con la rumorología pánica, en la que se mezclan datos científicos sobre inductores cancerígenos, noticias de envenenamientos masivos e incluso serpientes interesadas por competencias industriales, producen estados de suspicacia personales o colectivos que tienen mucho que ver con los miedos ancestrales a las comidas que se cocinaban fuera de la comunidad, las cocinas malditas de ingredientes inmundos e innombrables, las inmundas ollas de las brujas en los aquelarres.

Otro bucle impertinente: como también pone en evidencia Fishler la forma en la que el hombre actual consigue sus alimentos, recolectándolos de los estantes de las grandes superficies, se asemeja curiosamente a la de su ancestral antepasado que recolectaba los suyos en la inhóspita sabana.








  • (1) M. Vázquez Montalbán: Contra los gourmets

    Ed. Grijalbo Modadori, Barcelona, 1997.




  • (2) P. Bourdieu: La distinción: criterios y bases sociales del gusto. Ed. Taurus, 1988

Glorificación del TOMATE ROSA CORDOBÉS

La belgo-tunecina Ghalia Banali por rumbas. Awadu, de su album Wild Harissa.


Obviando el abrumador título que me endiña, sospecho que no sin cierta sana sorna, respondo desde aquí a mi admirado Eladio Osuna que en un comentario a mi anterior post sobre el papel del tomate en la gastronomía mundial me reclamaba extensión sobre el tomate rosado cordobés.

Y lo primero que he de confesar es que yo de tomates, como de casi todo, entiendo un pimiento, valga el trillado jueguecillo hortofructícola. Me refiero a razas, marcas y demás asuntos periciales. Eso sí, el tomate rosado de la huerta cordobesa lo conozco a la legua. Ese feo de aspecto, lleno de borococos y la zona del pedúnculo deformada, pero que tiene una carne prieta y jugosa y un olor y sabor tan intensos que dan ganas de llorar. Porque sabor y olor han desaparecido totalmente de los criados en invernaderos y producciones agrícolas industriales, esos que vienen en asépticas cajas todos igualitos que pareciera que los hubiera fabricado a molde una máquina. La característica más penosa de esta maravilla es que sólo se encuentra bien entrado el verano. A mí me lo sirve mi vecino frutero provinente de la huerta de su padre en Alcolea, a quien conozco también desde casi niño, con lo que al placer de su degustación se le une el cariño por su crianza. No sé si se trata de una raza autóctona cordobesa como la del canónigo banquero, en feliz peligro de extinción, o el erudito folklórico-moruno, a quien Dios guarde muchos años, o simplemente un tomate criado artesanalmente en las escasas huertas periféricas que van quedando y que se han salvado de la metástasis parselista. Y no quiero saberlo. Seguro que si le pregunto a San Google me sale con que tomates rosas los hay hasta en el Sájara. Así que, como la de la copla de la Piquer prefiero seguir soñando a conocer la verdá. Soñando que esa maravilla tomatera es tan cordobesa como el carácter de sus taberneros. Una gilipollez autoctonista, desde luego, pero que me perdonaréis porque esta caló de desierto bíblico me está recociendo a placer las neuronas. Sea como sea, tomate de esos que veo en la frutería, tomate que morirá en mis manos partido en dos, esturreado de sal gorda y pimienta y devorado a bocados o troceado en picaíllo con aseitito de Priego, atravesado por agudo mondadientes. No antes desde luego de haberlo adorado un rato sobre la tabla de partir de mi cocina ya con el cuchillo en la mano y una beatífica sonrisa.


Por cierto que anoche se celebró en el marco incomparable del hondo patio cordobés de la madre de mi amigo Juan Sepelio el XIV CERTAMEN INTERFRATERNAL DE GAZPACHOS COLORAOS. En cuanto vea a mi amigo Juan Sepelio le pregunto por el resultado de este año. El pobre no ha conseguido una victoria en ninguno de las ediciones anteriores. Y eso que hace un gazpacho que se te va la olla. ¡Cómo serán los de sus fraternales adversarios!

sábado, 7 de agosto de 2010

DE COCINA (II)


Elijo para ilustrar este apunte sobre el tomate americano y mediterráneo la recia voz de Elena Ledda, la voz de Cerdeña en sardo, puro Mediterráneo que aquí, en el tema Sa neghe de su trabajo Amargura se nos exotiza un poco y aromatiza su temple expresivo, duro como las escarpadas costas de su tierra, con brisas del Caribe, aires de habanera, cantes de ida y vuelta, de vuelta con las semillas del oro rojo en el zurrón.



II

El mundo está dividido en dos partes cuya frontera pasa por los alrededores del Loira. Al Sur viven pequeños hombre morenos que consumen aceite de oliva. Son unos dioses. Al Norte, grandes hombres que consumen mantequilla; son esquimales.

M. de Unamuno
(con la mala sombra que le caracterizaba)


La cocina española está llena de ajo y de prejuicios religiosos.

Julio Camba

El descubrimiento del Nuevo Mundo supuso la última de las grandes revoluciones gastronómicas y sus efectos son los vigentes hoy en día en todo el mundo, aunque su gestación se dio naturalmente en el meollo de lo que era entonces la civilización occidental: la Europa Atlántica y la Mediterránea. De América llegaron sobre todo nuevos productos, ya que no nuevas formas de cocinarlos. Dichos productos se superpusieron en la cocina europea a los tradicionales y se acoplaron a los fondos de cocina en uso y fue tal la conmoción que produjeron que si se eliminasen hoy de golpe, ninguna cocina europea y tal vez mundial sería la misma.

Tres fueron los productos que más incidieron en el cambio: el maíz, la patata y el tomate y cada uno tuvo una responsabilidad diferente. El maíz alimentó de grano las zonas en las que las gramíneas tradicionalmente no se adaptaban bien. La facilidad de la patata para crecer en cualquier terreno y clima la extendió como alimento de las masas pobres europeas que pasaron a contar con un nutrimento barato y fácilmente conservable como alternativa al siempre escaso y tradicional pan de gramíneas. Pero el producto que más ha cambiado la cocina no sólo de Occidente, sino de todo el mundo ha sido sin duda el tomate.

En el caso del Mediterráneo, que fue donde primero se extendió, supuso no sólo la irrupción de un elemento de color rojo intenso que alegró los platos tradicionales, sino toda una conjura para alterar el sabor y la textura de todos y cada una de las especialidades propias de todas y cada una de las regiones del Mare Nostrum. Si la aceptación de la patata responde a factores, al menos en un principio, puramente económicos, la del tomate responde a una profunda fascinación por la versatilidad de sus cualidades. Si la patata supuso una revolución nutricional para occidente, el tomate supuso una revolución gastronómica. Desde su incorporación se convirtió en un elemento indispensable y fuente fundante de especialidades que a su calidad nutritiva sumaban la maravilla de sus tamizaciones.

Aliado con el aceite de oliva, con la cebolla y con el ajo se convirtió en la fórmula más usada como base de los guisos de toda la cuenca. Desde Turquía a Marruecos, desde Portugal a Grecia, todas las cocinas participan de la inexcusabilidad del sofrito, un fondo perfumado que hermana todos sus platos más allá de diferencias culturales o religiosas y más allá del carnivorismo o el vegetarianismo. La paella, la musaka, la fasulia turca, el cuscus y la harira, los potajes, el tajine...

En crudo y en compañía de otros (siempre los mismos) ha dado lugar a una suerte de juego culinario en el que el azar y tal vez una forma de empatía cultural combinatoria han producido una asombrosa coincidencia gastronómica: el tomate, el pan y el aceite de oliva se erigen en las tres patas del banco mediterráneo y dan lugar a tres platos distintos: el tabuleh (1) de Líbano, la pizza de Italia y el gazpacho de Andalucía. El carácter de crisol del Mare Nostrum nos se ha agotado aún.

El fruto rojo, que fue considerado tóxico y hasta afrodisíaco (pomme d’amour fue el primer nombre que recibió en Francia) y que no consumían los indígenas americanos de la zona chilena y peruana de donde procede antes de la llegada de los europeos se convirtió así, por méritos propios, en el rey del taller del alquimista, no gratuitamente pertenece a la familia de las solanáceas entre las que cuenta con primas tan sugerentes como la belladona y la mandrágora...

viernes, 6 de agosto de 2010

DI NO A LA NOCHE EN BLANCO

Logotipo del colectivo de artistas críticos con la NOCHE EN BLANCO, jugando con el logo original del evento. Picando en ella llegarás al texto de la CONVOCATORIA. De imprescindible lectura.


Resulta todo un maravilloso alivio, como un encuentro con un fresco oasis en mi travesía en soledad del desierto clamando contra la soberana estupidez de las Noches en Blanco, sean de Flamenco o de Peer en Botijo, y demás botellones culturales que están de moda. Hoy PÚBLICO recoge la noticia de que en Madrid ha surgido un colectivo DI NO A LA NOCHE EN BLANCO que está denunciando lo mismo que ya denuncié en su momento sobre la NUESTRA. Como los responsables deL COLECTIVO, mayormente artistas, lo bordan ahí os dejo unas cuantas de las consideraciones en las que sustentan su propósito, las mismas que ya expuse, pero mejor dichas, claro. Aclaran que


...no se trata de una mera censura del evento —ni de esta edición en concreto, la quinta ya— sino de un rechazo a "un modelo asociado a la idea del arte como bien de consumo rápido y al espectáculo en su sentido más perverso".

Y que el evento

...pretende "prestigiar la ciudad" e impulsar una imagen "atractiva para el turista". Un evento, a su juicio, pomposo pero sin chicha, que deja sin recursos a otras actividades culturales que podrían desarrollarse a lo largo del año. "Ésa no es la forma de crear un tejido productivo dentro del mundo del arte. Son sólo fuegos artificiales".

Yo eliminaría lo del gobierno municipal, porque he de reconocer que en otros eventos este ayuntamiento cordobés se porta. Pero en el caso concreto del Botellón o Tomatina Flamenca


... el gobierno municipal "entiende que la cultura es sólo industria cultural: una mercancía, una experiencia efímera...".

En su WEB rescatan oportunísimamente un viejo artículo (de 1984, a los dos años del primer gobierno del PSOE) del Profeta Sánchez Ferlosio La Cultura, ese invento del gobierno en el que como un certero Nostradamus contemporáneo vaticinó que “la cultura quedará cada vez más exclusivamente concentrada en la pura celebración del acto cultural, o sea, identificada con su estricta presentación propagandística”. Menudo bolón de cristal que tenía ya entonces don Rafael.

En la WEB del COLECTIVO además pueden encontrarse entrevistas y artículos relacionados con el tema, en el los que se analizan los conceptos de cultura imperantes en ayuntamientos, comunidades y estados y las alternativas que proceden contra ellos, con la sorprendente constatación de que parecieran estar impresos sobre papel cebolla, de manera que si se coloca sobre la política de esta ciudad (y sobre todos las demás, desde luego) parecieran redactados ex profeso para ella.