(del laberinto al treinta)


jueves 7 de mayo de 2009

Buceando en El Cairo islámico (II)

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A pesar de que fue una fundación estrictamente musulmana Al Qahira fue diseñada según el modelo de las ciudades-campamento romanas: cuadrangular y siguiendo un orden geométrico a partir de dos calles en cruz que se juntan en el centro: el cardus (de norte a sur) y el decumanus (de este a oeste). Actualmente el cardus se corresponde con la sharia Muizz li din Allah, nombre del general fatimita que fundó la ciudad y el decumanus con la sharia Al Azhar. La primera es una calle larga y estrecha, libre pues (casi) de tráfico y abarrotada de monumentos y cuya primera parte recorrimos en la pasada entrada. La segunda es ancha y tan abarrotada de tráfico que hubo que construir una segunda calzada en altura para que pudiera medianamente absorberlo y está dividida longitudinalmente por una alta barrera metálica a prueba de la riada de peatones que abarrotan permanentemente la zona. A diferencia de su hermana no cuenta más que un par de monumentos, eso sí de la importancia de la mezquita-universidad de Al Azhar y de la mezquita de El Hussein.

En el anterior paseo nos quedamos justamente en ese centro donde se juntan ambas calles, en el complejo de El Ghouri. Para cruzar al otro lado, continuar el sector norte de Muizz li din Allah y sortear la barrera metálica el ayuntamiento ha provisto a la calle de El Azhar de un paso elevado que encauza la riada humana de un lado a otro.

Es a partir de aquí y hasta Bab Futuh donde encontraremos una de las colecciones monumentales más importantes del mundo. Guardando las dos esquinas orientales de la sharia el Muski encontramos los dos primeros monumentos. Primero la Madraza de Barsbey (1425) con su característico muro a franjas rojas y blancas rematado por la cúpula estriada del mausoleo y un airoso minarete en dos cuerpos, el primero cuadrangular rematado por la balconada del muezzin y el segundo circular. Y seguidamente una pequeña mezquita de inequívoca factura turca del siglo XVIII.

A la derecha quedará Khan el Khalili, uno de los barrios mercados más famosos del mundo y uno de los más antiguos en el imaginario orientalista occidental. Nacido en época mameluca como un caravanserrallo, una de cuyas puertas, la hermosa Bab al Badistan se conserva aún, fue luego mercado de especias y para cuando Eduardo Toda estuvo en El Cairo (1884-86) ya estaba especializado en la lucrativa industrias de cazar turistas.

Algunos de aquellos bazares tienen en El cairo gran reputación, pero sólo á uno consagraré algunas líneas, y es el Khan Kalil.

Este bazar tiene por principal objeto la venta de tapices árabes y de antigüedades, pero como suelen frecuentarlo mucho los extranjeros que visitan el Cairo, ha perdido el carácter nacional ó indígena que antes tenía, y ha caído en manos de los judíos y los persas. Forma dos largas calles, con tiendas á derecha e izquierda. La primera está ocupada principalmente por las alfombras, cuyo mayor almacén fue hasta hace poco tiempo el de mi amigo ABDALAH. Era el primero de la derecha, y consistía principalmente en un patio, donde se guardaba un número increíble de tapices, formando altas pilas que llegaban hasta las ventanas del primer piso de la casa. Lo notable de aquella tienda era la formalidad con que ABDALAH hacía sus ventas. Era éste un hombre original en su clase: árabe mezclado de negro, siempre vestido de verde y amarillo, con el rosario en la mano y la taza de café en los labios. Tenía alguna vez buenos tapices, pero les enseñaba poco y prefería venderlos á los harenes turcos. En su patio guardaba las peores alfombras caramanis y de Esmirna, que llamaba antiguas porque estaban rotas, y por cada una de las cuales pedía exorbitante cantidad de libras esterlinas. Cien duros era su precio favorito, que aplicaba muchas veces á un mal trozo de tapiz que no valía cinco. Naturalmente, los inocentes viajeros que conseguían comprarle una de sus alfombras por la mitad del precio pedido, salían muy satisfechos creyendo haber hecho un buen negocio, y ABDALAH por su parte daba gracias á Alah que con sus inescrutables designios ha hecho imbéciles á tantos europeos.

ABDALAH ya no existe, quiero decir, acaba de quebrar. Me extrañó la noticia cuando me la dieron, porque le creía muy rico á juzgar por lo mucho que ganaba, pero pronto averigüé que si tuvo buenos negocios en su patio, los hizo malos en su casa. Era muy aficionado al sexo débil, y montó su harén con tanto lujo, que las mujeres le comieron cuanto poseía.

En la segunda calle del Musky se venden objetos antiguos, entendiéndose por tales los que son viejos, sucios, rotos y sin aplicación alguna. En una de sus primeras puertas hay un judío que se dice español, y que en un gran cartel colgado en lo alto de la tienda se anuncia como casa de confianza. ¡Bueno es el amigo COHEN!

Varias veces fuí á su casa á ver antigüedades egipcias y nunca hallé más que objetos falsos fabrícados por los árabes de Luxor. Las tiendas persas suelen á veces exhibir buenas armas, pero sus dueños piden por ellas precios inverosímiles. Más baratas venden las cotas de malla y cascos iramitas, pero ya se comprenderá que son imitaciones más ó menos acabadas de las antiguas armaduras persas.

En resumen, lo mejor que puede hacer el viajero en el Khan Khalil y en todos los bazares del Cairo, es visitarlos y no comprar nada, si quiere evitar á su amor propio la molestia de saber luego que ha sido estafado. (EDUARDO TODA: A través del Egipto. Madrid, 1889, pgs. 106 y 109)

Hoy día cientos de autobuses de los viajes organizados paran todas las tardes en el límite oriental del bazar, la plaza de Hussein, abren sus puertas y vomitan, tras la bocanada de aire refrigerado, a miles de turistas de todo el mundo que son soltados, aunque estrechamente vigilados, por las estrechas callejuelas abarrotadas de tiendas con las más inverosímiles bagatelas o tesoros que imaginarse puedan sus mentes recocidas tras la visita a la explanada de las pirámides. Presuntamente preparados para la ardua lucha por la libra egipcia son vencidos sistemáticamente por la pericia de unos vendedores con más tablas que el sombrero de Valderrama, capaces de hablar al menos 50 palabras de los dialectos más recónditos de los más perdidos países europeos.

Siguiendo la calle entramos ya en la zona mas monumental de la calle en la que cada menos de 40 metros encontraremos una detrás de otra y en ambas aceras no menos de 15 edificios de importancia y antigüedad notables. El gobierno egipcio, con la imprescindible ayuda internacional ha hecho un esfuerzo titánico por rescatar el conjunto monumental del lamentable estado en el que se encontraba desde hacía siglos. La diferencia que presentaba ahora respecto a las últimas veces que la recorrimos es radical. La suciedad ha sido desterrada empleando un ejército de uniformados barrenderos que pasan y repasan el suelo con sus cepillos y recogedores. Los vendedores de las tiendas han sido conminados a que se abstengan de invadir la calle con metros y metros de mercancías y los cientos de andamios que cubrían las paredes de los monumentos por fin desmontadas. Un aire de las cuidadas ciudades museo occidentales ha invadido la zona, aire que se disuelve automáticamente con sólo desviarse por alguna de las calles laterales. Pero el colmo de la sofisticación ha sido la colocación de unos baños públicos de monedas en plena calle. Claro que los que avispados diseñadores del mecanismo no pensaron que sólo sería usado por los turistas y lo hicieron funcionar mediante dos monedas de 25 piastras, monedas que los turistas no ven ni en pintura, porque ningún cairota se las dará como cambio ya que todo lo vendible para ellos tiene un rotundo precio redondo. Así que un avispado vecino ha visto claro el negocio. Cuando llegan unos guiris apretándose los bajos él se ofrece a meter las dos monedas 25 a cambio de una de una libra y lo hace con tanta habilidad que yo no descubrí el truco hasta la tercera vez en que fui a mear, pensando hasta entonces, ingenuo de mí, que se trataba de fichas especiales.


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Puerta de la Medersa de Salih Ayyub, una de las entradas actuales al Khan el Khalili


Lo primero que encontramos a mano derecha es el minarete de la ruinosa madraza de Salih Ayyub (1250), el nieto de Saladino y último monarca ayyubida, cuya fachada quedó hace siglos cubierta por las tiendas del zoco de los cobreros, hoy de los turisteros. Un pequeño pasaje abarrotado ahora de tiendas cuya parafernalia souveniresca permite dificultosamente su contemplación de cerca conduce a la que muy probablemente fue la entrada del palacio de los sultanes fatimidas, hoy totamente desaparecido y cuya parte delantera fue ocupada posteriormente por la madraza. Pasando el arco actual y que se corresponde con la puerta de la madraza encontraremos aquí y allá restos de la estructura original, una columna, un arco, un muro, por entre las actuales callejas El minarete es muy interesante porque muestra perfectamente el cambio de modelo arquitectónico que se avecinaba con la inclusión en su parte alta y por primera vez de un collar de estalactitas que serán el sello de marca de la arquitectura mameluca. Por lo demás se trata del único minarete que nos ha llegado completo de la época ayyubí que muestra la pervivencia de las formas y las estructuras fatimí dos siglos después de la caída del califato de credo shií (1170). La parte alta (la mabkhara, el quemador de incienso, nombre que le dio el orientalista y aventurero Richard Burton en el siglo XIX), habrá de ser comparada con los minaretes de la mezquita Al Hakim, junto a Bab Futuh y los arcos ciegos profusamente decorados con los de la cercana mezquita famitida del Al Aqmar.


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Alminar del Complejo Qalawun, cuyo remate fue probablemente diseñado por artistas andaluso-maghrebíes

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Vista de Bayn al-Qasrein, en grabado de Roberts y actualmente. En el grabado aún existía la Medersa de Baybars. Al fondo el alminar de la Medersa de Salih Ayyub, con el característico remate makhbara, sobresaliendo por el tejado del sabil-kuttab de Khushraw Pasha

Esta zona de la calle es conocida desde época fatimida como Bayn al-Qasrein (entre dos palacios) porque se desarrollaba entre los dos palacios que los monarcas fatimidas construyeron, el oriental que como hemos visto fue desde época temprana sustituido por la madraza Salih Ayyub y el occidental que ocupa desde finales del siglo XIII el conocido como Complejo del Sultán Qalawun, uno de los más activos constructores de edificios de la Historia de la ciudad. El complejo consta de una mezquita, su mausoleo y un hospital, Maristan, dedicado principalmente a las enfermedades mentales, lo que supuso una gran novedad en todo el mundo y en la que se pusieron en práctica las enseñanzas que Ibn Sina dejara plasmadas en sus obras dos siglos antes. Los edificios presentan una perfecta unidad estilística, aunque la fachada se encuentra quebrada por una pronunciada esquina que da entrada a la puerta principal de la Mezquita. Lo más destacable es su especial mezcla de estilos cristianos y musulmanes, fruto de una época de profundos encuentros que si bien se efectuaron siempre bajo el signo de la guerra no dejaron de dejar huella en lo cultural. Efectivamente las iglesias construidas por los cruzados en Siria y Palestina dejaron su huella en la forma en que el arquitecto del Complejo de Qalawun (1285) concibe la fachada mediante una sucesión de grandes ventanales abiertos por arcos apuntados, geminados por columnillas clásicas y adornados con rosetones de estirpe inequívocamente gótica. El minarete es imponente, con su parte inferior maciza y cuadrada de inequívoca influencia siria y la superior de estilo claramente andaluso-maghrebí, reconstrucción de 1303 de la destruida por un terremoto y probablemente ejecutada por artistas del occidente musulmán, como demuestran los entrelazados arcos en sebka, típica de los minaretes almohades.

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El Complejo Qalawun, el gótico cairota

El interior sigue cerrado, aunque estaba prevista su apertura para 2008. Yo sólo pude acceder mi primer año de visita a El Cairo, allá por la primavera del 91, pero recuerdo que me impresionó y que lo consideré una de las visitas más interesantes de todo el viaje. Ahora leo que el contraste con el exterior es dramático, pues mientras éste presenta una influencia foránea total el interior representa el germen en el que está todo el ADN de la futura y fastuosa arquitectura mameluca.

Justo en frente del Mausoleo encontramos uno de los más antiguos, si no es el que más, sabil kuttab otomano, construido en 1535 por Khushraw Pasha, que servirá de modelo para muchos otros que se construirían en la ciudad hasta bien entrado el siglo XIX. Seguidamente y haciendo esquina con la sharia Beit al Qadi se encuentran los restos de la Madraza de Baybars (1260), destruida a fines del siglo XIX para abrir la dicha calle, una calle que lleva a la casa del mismo nombre, Beit al Qadi y a la de Utman Katkhuda, un par de casas otomanas muy bien conservadas.

A continuación del Mausoleo de Qalawun, su hijo Nasi Muhammad para no ser menos se construyó el suyo. En un estado mucho más ruinoso que el de su padre su restauración será más larga. Lo más llamativo de su fachada es la puerta, una auténtica puerta gótica procedente de una iglesia de San Juan de Acre traída a El Cairo como trofeo de guerra. Pero la joya del mausoleo es el minarete, una verdadera maravilla de la filigrana bordada en estuco de estilo andaluso-maghrebí. De hecho y dada la fecha de su erección (1304) es muy probable que saliera de las mismas manos occidentales que labraron el remate del alminar vecino de Qalawun. Ha sido restaurada completamente en fechas recientes, restableciéndose las partes caídas por la acción del tiempo y practicando una profunda limpieza a las partes originales.

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Alminar de la mezquita de Muhammed Nasi

El siguiente edificio es la Merdersa del Sultán Barquq (1384), de un sobrio exterior en el que destaca la alta puerta decorada con mosaico de mármol blanco y negro y coronada de la típica cúpula de estalactitas. Tampoco se puede visitar, pero desde una de las ventanas es posible admirar un sobrio patio dotado de una fuente cubierta imitación de la de l Madraza del Sultan Hassan bajo la ciudadela. Yo lo pude visitar en 1991 y recuerdo el interior de la tumba (donde está enterrada la hija de Barquq, porque él lo está en un soberbio mausoleo de la Ciudad de los Muertos) como uno de los más hermosos espacios de El Cairo. El alminar es un buen ejemplar mameluco, con profusa decoración en sus muros octogonales.

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Vista desde una ventana del patio de la Medersa de Barquq

Varios edificios más completan este corto espacio urbano pleno de tesoros: El sabil-kuttab de Ismail Pachá (1828), frente al Mausoleo de Nasi Muhammed y a continuación de la Madraza Barquq dos ruinosos edificios, uno correspondiente a la Madraza de Kamil Ayyub y otro al Hammam del Sultán Inal. A este último se puede acceder libremente, aunque sólo se puede contemplar en su interior un muy perjudicado conjunto de mudas ruinas. Por una propina, un tipo que mosconea por allí deja subir a la terraza, desde donde se tiene una vista mejor del conjunto.


Cincuenta metros más adelante encontramos uno de los monumentos más dibujados y fotografiados de todo El Cairo: El sabil-kuttab de Abd al-Rahman Katkhuda (1744). Situado en el centro mismo de la calle sirviendo de chaflán a la propia Muizz li din Allah que sigue por su izquierda y a un callejón polvoriento que lo hace a su derecha, lo hemos visto impávido en grabados y fotografías a lo largo de los siglos mientras evolucionaba su entorno con la sustitución de los camellos por motocicletas. El interior merece una ojeada por sus azulejos, sobre todo por una representación muy curiosa de la Kaaba, la Piedra Negra sagrada de La Meca.

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Sabil-kuttab de Katkhuda

Justo antes de llegar al sabil kuttab surge una calleja a la derecha que lleva a la puerta del Palacio Beshtaq, contruído por el Emir Beshtaq en 1334, aunque sus muros, en los que se abren ventanas cubiertas por bellas mashrabeyas, la rodean y se expanden hasta Muizz li din Allah. Fue restaurada en 1985, aunque está abierta al público desde hace poco, y el arquitecto recibió por ello el premio Aga Khan. Su interior es muy interesante y sobre todo cuenta con un pequeño museo de mapas que explican el crecimiento de la ciudad a lo largo de su historia, una de mis aficiones favoritas. Hasta cuatro veces intentamos entrar, pero en todas ellas el portero estaba mising, desaparecido y la respuesta de los vecinos siempre fue la misma: ya volverá, in shaa Allah. Parece que Allah no estaba por la labor de darme gusto.

Cien metros más allá se encuentra una de las mezquitas de El Cairo que más me gustan. La de Al-Aqmar (la iluminada por la luna). Jamás antes había conseguido acceder a su interior, porque llevaba más de 15 años en obras. Se encuentra hundida en la calle y su fachada ha sufrido una restauración muy criticada por la radicalidad de las actuaciones. Todo el lateral derecho de la fachada principal estuvo tapada durante siglos por un edificio posterior que eliminó totalmente la decoración del muro. La intervención, subvencionada y llevada a cabo por la secta ismailita india de Bohara ha consistido en falsificarla totalmente copiando la estructura del lateral izquierdo. Así mismo falsificaron ventanas, inscripciones y arcos ciegos de manera que es muy difícil actualmente discernir las partes nuevas de las originales. Una verdadera barbaridad, una agresión a una de las escasas construcciones auténticamente fatimidas que nos habían llegado más o menos intacta.

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Fachada de la mezquita Al Aqmar

Con todo la mezquita es extremadamente hermosa en su pequeñez y, como dice Caroline Williams en su Islamic Monuments in Cairo: It is one of the seminal monument’s in Cairo architectural history. En ella aparecen por primera vez de forma germinal muchos elementos arquitectónicos que, desarrollados, constituirán las piezas fundamentales de las formas islámicas de decoración en todo el mundo. El arco en quilla estriado que acoge el medallón de encima de la puerta que luego dará lugar a tantos iwanes, aparece aquí por primera vez, así como la decoración en estalactitas que será el sello de la arquitectura mameluca y seldjucida y mogola, desde Egipto hasta la India.

Es especialmente hermosa la caligrafía en piedra en arcos, medallones y esquinas, con textos específicamente chi´itas, como corresponde a la adscripción sectaria de sus constructores, los fatimidas, las alusiones a Ali y Hussein y los trozos del Corán que les son especialmente caros, destacando el medallón cenital de la puerta con la leyenda Muhammad ua ‘Ali en su centro. El interior sólo conserva de la época original su estructura, siendo el primer edificio de Egipto con arcos en quilla en su patio, cuadrado, y con sólo tres de ellos por lado.

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Interior de la mezquita Al Aqmar

La mezquita de Al-Aqmar formó parte del enorme palacio fatimida, que se contruyeron los sultanes en el corazón de la ciudad por ellos fundada constituyendo su esquina norte. Por ello y por primera vez en El Cairo una mezquita tuvo que adaptarse al alineamiento de la calle de manera que hubo que desplazar el eje central para que el muro de la qibla mirara directamente hacia la Meca.

Siguiendo hacia el norte Muizz li din Allah llegamos pronto a la esquina de la calle que tira a la derecha y a cuya mitad se encuentra la Casa Suhaymi, una deliciosa mansión construida a lo largo de los siglos XVII y XVIII, en la que podremos disfrutar del placer de perdernos por un laberinto de salas con mashrabeyas desde donde espiar la calle, fotografiarnos sobre alfombrados divanes y descansar en patios umbríos llenos de vegetación.

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Patio de la mezquita Al Hakim

Continuando por Muizz llegamos por fin a Bab Futuh y a la mezquita de Al Hakim. Llaman poderosamente la atención los extraños alminares en forma de pebetero (makhbarat, quemadores de incienso, en feliz comparación debida a la pluma de Richard Burton), auténticamente fatimíes, como demuestran sus franjas coránicas corridas, aunque tanto la base trapezoidal como la parte superior fueron añadidas posteriormente por el sultán mameluco Baybars (1309) tras el terremoto de 1303. Sus figuras son uno de los sellos más característicos de El Cairo y su altivez arcaica proporcionan una mágica atmósfera orientalista al entorno. Hay que contemplarlos largamente desde el exterior, desde fuera de las murallas, saliendo por Bab Futuh o desde el patio de la mezquita o sentirlos como amenazantes guardianes desde la puerta principal.

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Estado de la mezquita a principios del siglo XX y grabado del libro de Eduardo Toda (1889)

La mezquita propiamente fue construida siguiendo el modelo de Ibn Tulum, aunque la mayor profundidad de las naves que llevan a la qibla son influencia de las mezquitas tunecinas y argelinas, de donde procedía la dinastía fatimí reinante. Desde siglos fue una completa ruina y sirvió para varias tareas excepto para mezquita (cárcel de cruzados, almacén, fortaleza, escuela de niños en tiempos de Nasser), función a la que regresó tras la radical reconstrucción que sufrió en los años 80 costeada por la secta de los Bohras y el millonario lider espiritual ismailí Aga Khan. Aunque de una hermosura deslumbrante, la profusión de mármoles nuevos ha desvirtuado su espíritu original según los críticos de la obra, pero si se miran las fotos anteriores el estado de ruina total en que se encontraba puede perfectamente hacer olvidar las posibles pegas que se le pudieran hacer a la impresionante recostrucción. Sentarse tranquilamente en momentos en que no haya demasiados turistas en el escalón del patio del oratorio y contemplar su impactante blancura sólo rota por la alternancia de los arcos y vigilada por los alminares de color terrizo es una experiencia inolvidable.

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Salida de la oración de la mezquita de Al Hakim

sábado 2 de mayo de 2009

CRUZ DE MAYO DE CAÑERO (2009)

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Por imperativo maternal vuelvo otro año a acudir a la Cruz de Mayo de mi antiguo barrio, Cañero. Es la única Cruz que visito ex profeso cada año. Las demás que alcanzo a ver son las que me pillan de paso. A mí, por la mala follá que me caracteriza, más de 10 claveles juntos me producen sarpullido estético. Pero desde luego, aparte del deber sentimental, parece que apunto bien porque de nuevo esta de mi barrio ha ganado el

PRIMER PREMIO

Mi madre me llamó el jueves para decirme que ya estaba lista y que cuándo podría verme por allí. Un simple trámite, porque luego siempre que llego no tiene ni un minuto para dedicarme, tan ocupada se encuentra siempre en la cocina. Este año la he pillado, en la inevitable compañía de sus amigas, removiendo una de las dos enormes ollas de potaje que estarían listas para el almuerzo, Me tomo un par de cervezas en la barra mientras flipo desde allí como cada año con la aparición súbita de varios fantasmas del pasado, rostros que dejé de ver hace más de 30 años y que ahora me asaltan con las lógicas cicatrices del tiempo.

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Este año el motivo de la Cruz han sido las callejas típicas, en concreto la de los Arquillos de Cabezas y la de Las Flores que han reproducido en un impactante 3D. Me señala mi madre la de los arquillos y me cuenta que los ladrillos se los han currado los jubilados del barrio cortándolos uno a uno. La gran macetada que cubre todo el muro exterior de la iglesia acaba de darle el aire rabiosamente andaluz que se pretende. Me pide que le haga una foto ante el conjunto y que la cuelgue en el internet ese donde le han dicho que escribo porquerías contra los curas y las monjas. Le digo que mejor no, no sea que la señalen en el barrio, que colgaré aquellas en las que no esté. Me animo así mismo, aprovechando que unas contrastadas nubes le sirven en ese momento de telón de fondo, a cruzar la plaza y hacer una foto a la iglesia, desde cuya hornacina central un atronante San Vicente Ferrer no ha dejado ni un minuto desde que nací de amonestarme desabridamente con el dedo tieso.

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Lo que más me gusta de esta Cruz de mi antiguo barrio es que es netamente popular, una fiesta organizada por la Asociación de Vecinos sin intervención de la mafia de las cofradías de Semana Santa. Una fiesta de ruptura de la cotidianidad sin ánimo de lucro, sin más fin que la fiesta por la fiesta.

Hasta el año que viene.

IGLESIACAÑERO


CRUZ DE MAYO 2007
CRUZ DE MAYO 2008

A TRAVÉS DEL EGIPTO CON EDUARDO TODA


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Yo siempre tuve suerte con las herencias. Y eso que lo único que he alcanzado a heredar han sido libros. Pero como los libros son los objetos materiales que más me gustan, puedo hacer esa afirmación con total tranquilidad.

Mi padre sólo me dejó libros, su pequeña colección de baratos ejemplares de colecciones de kiosko que no obstante me desvelaron tantas maravillas. Pero fue mi tío abuelo Ortiz, el tío Ortiz, mi tío Iturrioz particular quien me aficionó realmente a ellos. Autodidacta desde las primeras letras (aprendió, como en las fábulas, a leer mientras cuidaba cabras en la sierra), consiguió reunir con los años en su escondida casa del barrio de Santa Marina una preciosa colección de libros de historia y de viajes del siglo XIX que había ido comprando pacientemente, dada su modesta posición económica, en las librerías de viejo con sus ahorros desde antes de la guerra, pero sobre todo desde la posguerra, tras salir de la cárcel donde lo encerraron la banda de facinerosos que secuestraron el país a punta de pistola durante tantos años. Aparte de esas grandes maravillas contaba también con una nada despreciable colección de novelas de sus autores favoritos, naturalistas fundamentalmente con Emile Zola a la cabeza, cuya afición me inoculó y cuyas obras completas fui devorando morosamente préstamo a préstamo entre los 13 y los 15 años. Cuando contaba con 10 años me regaló el primer libro que pude llamar mío: Al Polo Austral en velocípedo de Verne. Era un ejemplar de 1914 y estaba muy deteriorado pero recuerdo que su lectura me fascinó tanto que nunca más he dejado de leer (y de leerlo) desde entonces.

Mi padre, que tenía un amigo encuadernador, me llevó a su casa para restaurarlo. El amigo, versionando el viejo proverbio chino del pez y la caña, en lugar de hacerlo convenció a mi padre, que era carpintero, para que me fabricase un telar y una prensa con el compromiso de enseñarme a encuadernar. Aprendí los secretos del cosido, los nudos, las colas, las guardas, etc. Y restauré el ejemplar de Verne que mi tío me había regalado y ya de paso encuaderné varios libros de mi padre y alguna colección de revistas de una vecina. La afición al encuadernamiento se me pasó afortunadamente pronto. Digo afortunadamente porque mi buen gusto nunca superó a mi mediana pericia y los acabados de mis trabajos no fueron nunca demasiado respetuosos con las portadas ni los lomos de los ejemplares que llegué a restaurar por mi manía de cubrirlos siempre con el tradicional hule de encuadernador. Eso impidió que algunos años más tarde me pusiera en la tarea de encuadernar el único libro que alcancé a heredar de mi tío Ortiz tras su muerte en el ya lejano 1971, cuando yo sólo contaba 17 años.

Mi tío me había prometido varias veces que a su muerte yo podría quedarme con sus libros, dada la escasa afición a los mismos del resto de la familia, pero cuando llegó el momento, que ocurrió repentinamente, me fue imposible hacer valer mis derechos adquiridos verbalmente. Los libros se los quedó todos un tío carnal mío, sobrino directo de él y la maravillosa colección de lomos de cuero con letras doradas quedaron para siempre y como único destino rellenando los huecos del espantoso mueble bar que cubría todo un testero de su salón.

Pero casualmente obraba en mi poder un preciosísimo ejemplar que mi tío, tras mil peticiones y juramentos de tratarlo como a mis propios ojos, accedió a prestarme, una semana escasa antes de su muerte. Se trataba de A través del Egipto de Eduardo Toda, en una, aunque desportillada, preciosa edición, la original de 1889 , con una portada absolutamente delirante y los filos de las hojas dorados, unos grabados sublimes y unas coloridas litografías de la escuela delacroixiana protegidas cuidadosamente con papel cebolla. Una de esas ediciones del siglo XIX que sólo he podido contemplar en los stands de las ferias del libro antiguo y de ocasión a precios desorbitados. Así que tras comprobar que la colección de libros que moralmente me pertenecía nunca sería mía me callé como una momia el pequeño detalle de que uno de ellos obraba en mi poder.


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Habré leído el libro desde entonces como 20 veces, algunas de ellas de un tirón y las más de las veces picoteando por sus capítulos. Eduardo Toda (1855-1941) fue uno de los escasos ejemplares de orientalófilo español o al menos de orientalófilo español de calidad, del siglo XIX, un siglo en el que dichos ejemplares sobreabundaron en toda Europa. Catalán de Reus, antes de los 30 años ya estaba destinado en el Extremo Oriente como diplomático y aprovechando esa circunstancia para estudiar a fondo todo lo referente a los lugares en los que residió, principalmente China, pero también Japón, Corea y Filipinas.

Pero fue su etapa como Cónsul General de España en Egipto entre 1884 y 1886 el que más frutos daría a la literatura histórica y de viajes española. Su enorme curiosidad, su capacidad de estudio y su afán aventurero le convirtieron en el mayor experto en egiptología faraónica de España. En El Cairo entabló enseguida amistad con el director del Museo de Bulaq (el Museo Egipcio de la época), el famoso Gaston Maspero y con él aprendió los secretos de la egiptología llegando por orden suya a encargarse del descubrimiento y vaciamiento de una importante tumba cerca de Luxor, cuya descripción ocupa el capítulo XXV del libro. Recorrió todo el país desde Alejandría hasta Asuan y hasta el Mar Rojo. Y todo lo dejó minuciosamente narrado en ese libro.


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Afortunadamente no sólo se explayó en explicar, muy profundamente, todo lo referente al mundo faraónico que alcanzó a saber y a estudiar sino que tocó todos los aspectos del país del Nilo. Así, encontramos en el libro estudios completísimos sobre las distintas clases sociales del Egipto que conoció en vivo, tanto de las campesinas como de las urbanas, la vida cotidiana de los miles de europeos que allí residían y que habían creado una ciudad a su medida con todas las comodidades de sus países de referencia y la de los barrios aristocráticos turcos y de los populares árabes. Encontramos en sus páginas denuncias de la destrucción de los centros urbanos históricos de El Cairo y Alejandría por la piqueta demoledora de la especulación inmobiliaria que fomentaba el corrupto gobierno de los jedives. Justifica veladamente en ellas así mismo la revuelta popular contra la insoportable sangría y explotación a que se veía sometida la población por las compañías europeas que terminó con un brutal bombardeo desde el mar que destruyó totalmente Alejandría a cargo de la muy civilizada Armada Británica. Y al contrario del otro gran divulgador del mundo egipcio, el también catalán Terenci Moix, al que el mundo islámico le importó siempre un carajo, don Eduardo penetró muy profundamente en la epidermis del mundo musulmán que conoció, destacando un completísimo trabajo acerca de las bases de la religión islámica, a la que no se acerca con los anteojos fundamentalistas católicos propios de la intelectualidad de la época, sino con una admirable capacidad de análisis objetivo y curiosidad verdadera. Su interés por la arquitectura islámica convierten su libro en un documento interesantísimo para conocer el estado en que se encontraban es ese momento las grandes construcciones arquitectónicas de la ciudad.


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Sus fotografías, algunas de las cuales aparecen en el libro sirvieron al magnífico grabador Jose Riudavets para elaborar los grabados que ilustran el libro.


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El contrapunto chungo lo pone su irracional aversión a los judíos. Una aversión en la que sí que Toda contemporiza con el pensamiento dominante de la época. Yo me imagino que el fenómeno es relativamente comparable al que atañe actualmente al mundo de los toros. La corriente absolutamente mayoritaria, que incluye a casi todos los intelectuales y artistas españoles del candelabro, es de comprensión, cuando no afición, al repugnante mundo de la tortura ritualizada de animales convertida en espectáculo y enfundada en la absurda denominación de manifestación artística. Dentro de algunos decenios es probable (y deseable) que la mayoría de la sociedad mire con repugnancia aquella afición bárbara, al igual que hoy miramos con repugnancia el racismo activo de aquellos por otra parte ilustrados europeos decimonónicos.

Se me ocurre que la extraña causa por la que este magnífico libro de viajes no se haya vuelto a publicar desde su edición original en 1889 pudiera ser la repulsa que generarían sus opiniones sobre los judíos habitantes de Egipto, unas opiniones cargadas de tópicos infumables y de un odio profundo y atávico, absolutamente incomprensible en alguien como don Eduardo tan abierto de mente, con las lógicas excepciones propias de la cultura colonialista imperante, en todos los demás temas.

La especial referencia a los sefardíes y la visceral manía que les profesaba precisamente por su vinculación con España manchan de impresentable racismo el contenido de algunas páginas de este excepcional libro cuya reedición sería necesario que alguien se planteara urgentemente.

La mayoría de las piezas de origen egipcio que podemos contemplar hoy en España, tanto en el Museo Arqueológico Nacional, como en varios museos catalanes fueron traídos y minuciosamente vendidas a sus fondos por él. Su amor por la egiptología no le eximió de buscarse la vida constantemente chalaneando con ella, lo que le colocó frecuentemente al mismo nivel que los traficantes de antigüedades locales egipcios y los saqueadores de tumbas de los que tanto rajaba en su libro.