(del laberinto al treinta)


miércoles, 10 de agosto de 2011

Desvaríos berlineses (I)

A Carlos A. G., cuyas quejas indirectas me han animado

Cuando a uno, tras largos y variados viajes a lo largo de muchos años por todo el mundo llamado Tercero sin especiales percances, la primera vez que viaja al corazón de la blanca Europa, Berlín, la compañía que simboliza la eficacia y seriedad germana, Lufthansa, no sólo le retrasa dos horas los vuelos, sino que además le pierde las maletas y no se las devuelve hasta pasadas 20 horas, comienza a sospechar que occidente se está desmoronando. La torpe excusa de que la causa ha sido que la torre del aeropuerto de Frankfurt sufre obras de remodelación, añade un inquietante agravante a esa sensación: un profesional de la aeronáutica germana no deja de currar porque la oficina esté en obras. Ya sólo falta que un día de estos nos informen de que el BIG BEN de Londres se ha atrasado por culpa de la señora de la limpieza. Como si estuviéramos asistiendo a un cambio de era e imperceptibles señales estuvieran avisándonos salpicada, pero porfiadamente. Así que para acomodar esa sensación decidimos comenzar nuestra estancia en Berlín haciendo una visita de cortesía al Ruhestätte (lugar de reposo) de Hegel, y ya de paso al de su vecino Fichte, en el Dorotheen Städtischer Friedhof, el cementerio colindante a la casa-museo de Bertolt Brecht, que también junto con su esposa, reposa en él. Ante la tumba del Señor de Sentido de la Historia entono una salmodia-oración dialéctica. Obviando a Marx, de quien ya conozco la respuesta, trato de encontrar en la hodiernidad la tesis que corresponde, y la encuentro, después la antítesis y la encuentro. Pero ¡ay! la síntesis, amigo, la síntesis no me es desvelada ni siquiera poniendo una mano sobre la blanda tierra bajo la que descansa el filósofo. Ahí me ha fallado desacaradamente la metempsicosis.

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Y como todo va unido por un hilo invisible pasamos a las pocas horas por la trasera de Nikolaskirche ante un cartel en el que un restaurante típico seduce a los viandantes con la contundencia de su propuesta: su plato estrella del día es el ENTE. En concreto MEDIO ENTE acompañado de chukrut, kartofeles y crema de arvejas. Mi alemán es absolutamente inocuo y aunque entiendo las denominaciones de las guarniciones tengo que tirar de diccionario hasta encontrar la traducción de la vianda principal: ENTE = PATO. Incapaz de resistirme a propuesta tan positivista y ante la entidad mediada y un jarrón de Pilsener Urqell (los traiciono con los checos) pienso en la fascinante palabra kartoffel, que usan los alemanes y rusos para nombrar a nuestra patata. Parece ser que proviene de la manera como primitiva y bellamente se la llamó en Italia: tartufoli, trufa, asimilándole un parecido que se basa únicamente en su condición de fruto enterrado. Claro que para rareza la que usan los checos: brambora, palabra que guarda un tierno aroma a festival de San Remo. Cuando tenga tiempo investigaré el grado de familiaridad del vocablo tartufoli con el tartufe francés, que tanto juego literario político ha dado a occidente. El pato, exquisito. Y más el codillo que se pide C. Y las patatas, sobre todo las patatas, kartoffeles, deliciosas. El pueblo alemán se hizo lo que luego fue a fuerza de patatas. Las guías turísticas indican como lugar exacto donde se cultivaron las primeras patatas en Prusia el Lutsgarten, el jardín situado ante la catedral y que correspondía al parque real colindante con el desaparecido palacio (bombardeado por los aliados y rematado mediante dinamitación expeditiva por los comunistas). ¿Qué grado de razón tenía Feuerbach cuando hizo su célebre afirmación: El hombre es lo que come, por eso la sangre de patata no es buena para hacer la revolución? ¿Consideraba tal vez si las masas proletarias alemanas de finales del siglo XIX se hubieran alimentado de patatas pero como mera guarnición de verdaderos entes o mejor aún de codillos ahumados de cerdo hubieran estado más preparadas para triunfar en la lucha de clases? No parece que eso fuera un obstáculo en Rusia. Y además, está comprobado que elevar el nivel de calorías de consumo del pueblo, acompañado además por el de bagatelas varias como coches, televisiones, móviles multiusos, vacaciones adocenadas en Mallorca, etc, lo vuelven inevitablemente contrarevolucionario. Es todo tan jodidamenter complicado... Hace unos días leía en un texto de Zizek (El títere y el enano. Paidós, 2010) sobre el sistema comunista en Checoslovaquia que la gente vivía a fines de los 70 y en todos los 80 en un estado de felicidad efectiva porque tenía todas sus necesidades cubiertas, no demasiado cubiertas, puesto que el excedente del consumo puede crear infelicidad y además tenía una cabeza de turco a quien culpar de los posibles fallos de esa felicidad: el partido o el estado. Y que fue EL DESEO el que intervino para cargarse semejante beatifico estado, el que impulsó al pueblo a ir más allá y terminó cayendo en un sistema en el cual la amplia mayoría es definitivamente "menos" feliz" (pgs. 61-62).

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En el cementerio y dando un salto mortal narrativo hacia atrás por encima del ente y las kartófeles nos encontramos un misterio que no hemos sabido desvelar. Donde termina el camino de la entrada principal y comienzan el jardincillo de los senderos que se bifurcan se alza una escultura de mármol de Lutero sobre un sobrio pedestal. Justo detrás la pared de un mausoleo aparece completamente acribillada de balazos. No alcanzamos a saber si la escultura estaba allí cuando se desancadenó semejante ensalada de tiros, pero desde luego no se le aprecia ni un rasguño. ¿Un fusilamiento estatuario tal vez, como los que ocurrieron aquí tanto en la zona fascista como en la republicana ¿Milagro, pues? Entre los católicos ya lo sería. Aunque no sé si los protestantes creen en los milagros, que no sean económicos, claro. Y tampoco si eso les añade o les resta mérito.

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El apartamento lo hemos alquilado en una zona donde las calles conservan una sonoridad siniestra: Invalidenstrasse y su continuación Veteranenstrasse. Nombres terribles que evocan un mundo de tullidos productos del peor azote que ha sufrido esta ciudad: la guerra. Pero curiosamente descubrimos que esos nombres son anteriores a las terribles dos sufridas por ella en el siglo XX. Como la ciudad que nos interesa, para disfrutar de un imaginario propio, es la anclada en los años 20, la de la República de Weimar, ese Berlín preñado de genio artístico, de largo pescuezo vitalista pronto guillotinado por el nazismo y su asqueroso bigote cuadrado, nos hemos hecho con varios planos antiguos de la ciudad. Facsímiles que encontré, junto a una deliciosa edición de la Guide Bleu de 1933 en su francés original, de Rumanía, Bulgaria y Turquía, en una librería de viejo de la Gendarmenmarkt. En el más antiguo, de 1902, me encuentro con que ya existían esos nombres, lo que demuestra que los horrores de guerras pasadas, que hablan de inválidos y veteranos empobrecidos, no sirvieron de aviso para evitar previsibles calamidades futuras.

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Invalidenstrasse y Veteranenstrasse nombres tristes y grises que hoy no se corresponden con la vitalidad consumista y la felicidad polícroma y disneyana de su entorno. Pero en ellos trato además de ver los cambios sufridos tras la terrible destrucción de 1945, y sobre todo evocar en esas filas de casas del barrio canalla de Spandau, donde ocurrió todo, donde todas las vanguardia, artísticas, pero también sociales, tuvieron su asiento. Y a ella nos dirijimos el segundo día paseándola morosamente para al final acabar de patios. Los patios de Spandau, ya totalmente gentrificados, como ha acabado por serlo la zona de Oranienburger Strasse curiosamente revalorizado por el exrevolucionario, y ya turistizado Tacheles, y al que le sigue imparable Kreuzberg y su mequizada exantifascista arteria Oranienstrasse. Especialmente los patios de Hackesche Höfe y el Sophien-Gips Höfe.

Quien quiera informarse sobre ese fenómeno, la gentrificación, que en España ha ocurrido más esporádica pero quizás más cruelmente, puede hacerlo AQUÍ y AQUÍ.

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Escultura de cesped de Teresa Murak en uno de los patios de Sophien-Gips Höfe

Ya el primer día visitamos una de las más curiosas paradojas que encontrase puede en esta ciudad: la reconstrucción exacta de un lienzo del muro y de su espacio, destruidos visceralmente por los ciudadanos del Este y del Oeste ávidos de reencuentro unos y de libertad consumista otros, años después del hecho para desarrollar un parque temático de evocación siniestra para turistas y curiosos morbosos. En Bernauer Strasse, donde se ha acompañado como excusa de un centro de documentación de visita, menos mal, gratuita. 30 años deseando destruir el muro y cuando ocurre en una orgía catártica y festiva es reconstruido años después para satisfacer el morbo de los turistas.

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CONTINUARÁ...

IR A LA SEGUNDA PARTE

4 comentarios:

La Araña Peluda dijo...

Estás hecho un Proust de mucho cuidado.

harazem dijo...

Pues sí, pero mi magdalena fue un peazo codillo que me hinqué el otro día.

Paco dijo...

Es una barbaridad el codillo y el Ente. Eso hace que la compra de un traje -con factura- es mejor que invitaros a comer como pensaba Conchi. Con la fotografía está uno comido.

Bromas aparte, enhorabuena por tan delicioso recorrido, seguido por mi con un plano, en este caso moderno, y esperando la segunda parte.

harazem dijo...

Bueno, Paco, eso fue sólo un día por probar la comida alemana, el resto del viaje, como contaré más adelante, consistió en refrigerios mucho más ligeros, internacionales y, lo que es más importante, baratos.