(del laberinto al treinta)


viernes, 26 de abril de 2013

Homenaje a Ambrosio de Morales

Mi amigo de toda la vida Manuel Harazem con quien compartí años mozos, estudios y hectolitros de montilla, hazañas que con su permiso desvelo, me incita insistentemente desde hace un tiempo a que me haga cargo del homenaje que La Colleja tiene el deber de rendir a una de las glorias y prez de la ciudad de Córdoba en el 420 aniversario de su deceso, del que se ha enterado porque avisa avisadamente el muy avisado amigo José en su imprescindible Ars Operandi, que si no a buenas horas... Aprovecha Manuel para recordarme un secreto que sobre el polígrafo BIC (Bien de Interés Cultural) compartimos desde nuestra juventud cuando padeciendo la fiebre de jóvenes investigadores en demografía local destripábamos los secretos de las actas parroquiales del Siglo de Oro en las fernandinas cordobesas. Y para animarme a que por fin lo haga público en este aniversario. No es que sea muy redondo, pero no vamos a esperar 30 años más al apropiado siguiente. Así que dividiré esta entrada en dos. En la primera expondré lo que se sabe del terrible asunto que centra este homenaje y en la segunda desvelaré el secreto. No sólo como favor de conocimiento, sino también como petición de colaboración en una búsqueda cuya feliz solución contribuiría grandemente al crecimiento de la fama, el honor y la gloria de nuestra ciudad. Es por eso que la segunda parte se inscribirá en la sección ¿Dónde está? que tan buen divertimento y provecho nos viene proporcionando a los contertulios de este ilustre mesón.

El dolor más doloroso, el dolor más inhumano...

Podemos imaginarnos el lugar, la celda espartana con su camastro, un alto ventanuco con una reja en cruz, la sencilla tabla como mesa con los recados de escribir apoyada en un pilar a modo de pupitre, la tosca puerta de cuarterones cerrada, el sarmentoso crucifijo en la pared... Lo hemos visto en las reproducciones actuales. Y en la películas. ¿Pero y lo demás? ¿Ocurriría de día o de noche, con luz natural o en las fantasmagorías de una lamparilla de aceite? ¿Hacía calor o frío? Y el arma... ¿Qué arma usaría? ¿Podemos imaginarlo en la cocina distrayendo unas horas antes al hermano cocinero con una tontera mientras le robaba un afilado cuchillo? ¿Usaría tal vez la navaja barbera de tonsurar? ¿El cortaplumas con el que acababa de afilar la suya? ¿Fue un pronto, un arrebato o algo premeditado? ¿Se encontraba el condenado en posición de descanso, lo que denotaría una agravante premeditación? O bien el intolerable e ingobernable golpeteo contra el santo hábito del bicho nefando le condujo en un momento de locura a la decisión final? ¿Se debería a una venganza ya en frío por haberle servido de herramienta pecaminosa en soledad o en compañía de otro u otros? ¿Lo ejecutó, sintiéndolo claramente como un ser ajeno a él mismo, apoyándolo sobre la tabla mesa o bien mediante sujeción en el aire con una mano cómplice? ¿La izquierda, la derecha? ¿Era zurdo o diestro? ¿Mantendría la vista fija y valiente sobre la operación o cerró los ojos por piedad o cobardía? ¿Se impondría para poder armarse de valor la conjunción del momento clave con el tañir de una conventual campana? ¿Maitines, tercia, nona, completas? ¿Rezaba alguna oración en el momento de inferirse el tajo?

Hoy día al afortunado visitante que tiene la oportunidad de visitar el Monasterio de los Jerónimos se le suele mostrar un viejo arcón de afilado borde en la parte de la tapa y se le asegura que fue el arma utilizada por el joven Ambrosio para realizarse la delicada operación. O sea que los puso en el borde y cerró de golpe...

Lo único cierto es que el joven Ambrosio de Morales, profesando hábito de monje jerónimo en el monasterio de Valparaíso de la sierra de Córdoba en un día indeterminado de 1534 ó 1535 y de sus 21 años no pudiendo dominar las tentaciones de la carne, al menos las de un trozo,  econtrándose solo en su celda, se lo rebanó él mismo llevándose para adelante sus virilidades completas. De resultas se quedó el resto de su vida tan raso como la palma de la mano. Así mismo y con esas mismas palabras lo refiere ya en 1765 el Padre Florez, agustino, en el prólogo a la edición que del Viage llevó a cabo, tomando las referencias de dos fuentes, ambas perdidas hoy día. Una un libro escrito en vida del propio Morales por un tal Fray Andrés de Valparaíso, que copia los Protocolos del Archivo del Convento (probablemente perdidos ambos hoy) y una carta del Padre Roa en la que involucra al propio padre del autoevirado en su curación y en el que expresa su escándalo por haber criado un hijo tan loco.

Entre ambos textos es fácil reconstruir los hechos y para ello dejo copia del documento para que lo disfrutéis en su textura original.

No voy a entrar a valorar aquel acto ni moral ni religiosa ni siquiera médicamente, tanto en su faceta física como en la psicológica. Ya lo hacen con más o menos profundidad el propio Padre Flórez, el presbítero Ramón Cobo Sanpedro en un curioso opúsculo publicado en Córdoba en 1879 titulado Ambrosio de Morales. Apuntes biográficos y al que podéis acceder picando el enlace y el erudito cordobés Enrique Redel en su Ambrosio de Morales. Estudio biográfico (1909). Y para bucear aún más en el tema recomiendo el tratado de Olga Fernández Fernández que sobre la consideración de los castrados en la Edad Moderna he encontrado en la red con el título de Los "Ángeles en la Tierra. El "Argumento Angélico" en la defensa de los capones cantores de Cascales. Mito, arte y literatura en la  imagen de los castrados de los siglos XVII y XVIII.

En su juventud ese apéndice que todos los machos de la especie tenemos entre las piernas se comporta como un verdadero diablo ingobernable, pidiendo guerra prácticamente todo el día y en las circunstancias más imprevistas: sosiégame pecando no para de exigir sin desmayo una y otra vez. Es por eso que podemos entender las tremendas tribulaciones de un joven monje que, arrebatado de misticismo que él no sabe erótico, ha ofrendado su vida a Dios estrangulando su impetuosa sexualidad como vía de perfección espiritual, cuando las sacudidas de ese animal que como una serpiente loca atrapada en un saco se lanza una y otra vez contra la áspera estameña de su hábito, amenaza su capacidad de superar la tentación de atraparla y satisfacer su hambre de pecado.

Otra cosa es la responsabilidad que en esas atrocidades y otra aún peores tiene la Iglesia Católica tomada toda ella como institución generadora de moral y actitudes vitales. Esa divertida religión a la que le da igual ocho que ochenta en su afán de justificar las peores atrocidades. Lo mismo la comprensión más o menos ambigua de automutilaciones o ejercicios de sadomasoquismo perfectamente acreditados y homologados que el pecado y la agresión delictiva de la pederastia ejercida sistemáticamente a lo largo de su historia por un elevado número de sus funcionarios. Si miramos las consideraciones que de la autoemasculación de nuestra gloria local hacen las autoridades católicas, inscritas en los textos antes mencionados, encontramos una unanimidad reprobatoria seguida de una ambigua justificación. El error de Orígenes es llamado comunmente, pero ni siquiera es considerado pecado grave de enajenación de parte corporal a su legítimo dueño, el mismo Dios,  según la doctrina.

Por otra parte nada de ello desmerece el mérito y la grandeza de la obra posterior del que pasa por padre de la historiografía y al arqueologías modernas, a pesar de haber sido puesta al servicio de la creación de un mito imperial de una falsedad atronadora. O sea que fue un digno representante del humanismo español, variante extravagante del humanismo europeo, principalmente del italiano,  un humanismo atravesado por la lanzada venenosa de la Iglesia Católica que contaminó siempre todos y cada uno de los avances morales, éticos y estéticos del Renacimiento con su intransigencia, su intolerancia y su castradora estupidez. Efectivamente es fácilmente deducible que sin la presencia ubicua y terrible de la Iglesia Católica y su perro de presa la Inquisición todo el genio de que estaba preñada la España Moderna hubiera dado unos frutos de infinito calado intelectual y estético. El caso de la castración no sólo física, sino mental de Ambrosio de Morales, es un buen ejemplo. O el de Juan Luis Vives, obligado toda su vida a dar vivas y muestras de amor a una institución que no solo exterminó a prácticamente la totalidad de su familia por su origen judío sino que se vio obligado a soportar en silencio la inconcebible vesania de la profanación de la tumba de su madre por parte de sacerdotes para quemar sus huesos en hoguera inquisitorial pública.

Es completamente inconcebible que un joven de la inteligencia de Ambrosio de Morales que tuvo la suerte de contar como tío suyo con uno de los mayores humanistas españoles, Fernán Pérez de Oliva, con quien estudió en Salamanca siendo éste su rector y con quien debió aprender toda la luminosidad de la cultura liberadora, tras su temprana muerte se decidiera a encerrarse en un convento de clausura y dedicar su vida a pudrirse intelectualmente entre rezos y obediencias ciegas. Y que allí, completamente enloquecido por la influencia venenosa de la destructiva doctrina moral católica, llegase a cometer aquella automutilación. Fue eso lo que lo salvó, porque al ser expulsado, probablemente por causas más profundas que la propia atrocidad, es decir por las propias causas por las que lo cometió, dado que la castración monacal era en la época una operación usual, se lanzó obligado al mundo exterior para llevar a cabo su ingente obra de historiador y lingüista.

En cuanto a las consecuencias de su emasculación juvenil nada sabemos de cómo lo llevó a lo largo de su vida Ambrosio de Morales, ni si consiguió con ello matar definitivamente el bicho de su deseo. Aunque tal vez nos de una pista ese grabado que acompaña a la edición del Padre Flórez del Viage. Ese punto de coquetería de posar de medio lado con retorcimiento corporal y con mirada... golosa. Y ese punto de picardía de colocarse las gafas sobre la oreja a modo de zarzillo...

CONTINUARÁ...