(del laberinto al treinta)


sábado, 31 de mayo de 2008

PRAGA (del turismo artesanal e industrial)


A mí siempre me quedó muy grande el calificativo de viajeros que muchos aficionados al desplazamiento a tierras lejanas por su propia se conceden a sí mismos. Para justificarlo echan mano a múltiples triquiñuelas que les diferencien nítidamente de los adocenados turistas de manada. Que si la libertad, que si la longitud del periplo, que si la diferente mirada sobre las tierras y las gentes visitadas. Me parece una actitud extremadamente presuntuosa. El hecho de querer diferenciarse drásticamente de aquellos les lleva a faltar al respeto a la memoria y la imagen de los verdaderos viajeros del pasado (Burton, Ali Bey, Livington, Ibn Batuta) o del presente si los hay, cosa que yo dudo como puse de manifiesto en un antiguo artículo. Yo prefiero para mí la más modesta denominación de turista artesano frente a la de turistas industriales. Porque el concepto de turismo se impone claramente al de viaje como lo único posible hoy día dadas las circunstancias en que nos desenvolvemos. Aunque cada cual puede consolarse como quiera. Para los nativos visitados desde luego la diferencia se diluye en la realidad de la invasión y del negocio que suponemos para ellos.

Javier Echeverría en su hiriente libro Telépolis considera que el turismo, como las demás formas de ocio contemporáneo, no es más que una forma de explotación a que somete a sus súbditos el entramado empresarial que domina el mundo y que sostiene el nuevo modo de producción capitalista (modo de producción telepolista). En él se ha conseguido convertir el ocio de los ciudadanos en producción de beneficios, eliminando su posibilidad de discernir entre merecido descanso y diversión rentable para el capital, encauzando sus posibilidades de asueto sólo hacia aquellos canales capaces de generar beneficios a quien ya los consigue sobradamente a su costa en el tiempo de trabajo, disuadiéndolos contundentemente de perder el tiempo libre. ¿Desagerao? Léase el libro completo.



Praga es uno de esos lugares que han sido elegidos por el nuevo sistema de producción como emblemáticos, según la denominación más cara a las agencias creadoras de opinión de Telépolis, de las posibilidades, aún en pañales, de convertir, mediante la conveniente adaptación, espacios urbanos o paisajes naturales en espacios equivalentes a los grandes malls, templos de consumo en los que rentabilizar el ocio de los súbditos, en los que la oferta se diversificaría en productos debidamente etiquetados agrupados en espirituales o estéticos histórico-artísticos, experiencias místico-religiosas, tradiciones supuestamente ancestrales recicladas y reelaboradas o diversión estandarizada. La conversión de la realidad objetiva en simulacro para evitar riesgos de aventuras tal como los productos alimenticios de los supermercados llevan su etiqueta con fechas de caducidad y demás garantías sanitarias corona el proceso. Lo que llamé en cierta ocasión La kitschificación.



Y en Praga se ve que se han empleado a fondo. La conversión en un parque temático de su perímetro hace que a los nativos les sea imposible usar su propia ciudad. El caso de Córdoba no es comparable, porque el espacio ocupado por el parque es aún muy pequeño. Pero en Praga todo el casco antiguo está prácticamente invadido por las masas de fieles consumidores de turismo homologado. Todas las tiendas están dedicadas a extraer la plusvalía de los bolsillos de los visitantes-trabajadores mediante la oferta exclusiva del producto-souvenir. Todos los restaurantes están diseñados para uso de los hambrientos teleturistas. El famoso puente, parcialmente en restauración, es un hervidero continuo en el que es imposible conseguir una perspectiva medianamente consumible de su supuesta belleza. Incluso a las 7 de la mañana la panorámica es la de un par de centenares de listillos, intercambiando torvas miradas, defraudados en su pretensión de conseguir una foto del puente vacío. Las interminables filas de japoneses que siguen a un paraguas o a un Micky Mouse pinchado en un palo se suceden sin solución de continuidad por las callejas de Mala Strana, mientras por Stare Mesto un ruido ensordecedor salido de miles de gargantas admiradas de tanta belleza (sobre todo de las indescriptibles cristalerías de Bohemia de los escaparates) te producen la misma sublime sensación de un viaje por los pasillos del metro en hora punta. Por el caminillo acordonado que han tenido que habilitar entre las tumbas del cementerio judío para que los visitantes no las destrocen, sólo es posible andar a paso de explicación de guía ajeno a riesgo de parecer maleducado si te abres paso entre el gentío que dispara a tontas y a locas sus cámaras o sus móviles. Pero el espectáculo más emblemático es sin duda el del ritual del reloj astronómico cada hora en punto. Cientos de expectantes adoradores de ritos universales se apiñan bajo el famoso reloj aguardando con sus cámaras en ristre el momento mágico para inmortalizarlo. No se trata de verlo, sino de fotografiarlo. Como dura unos segundos el ritual se contempla a través de una pequeña mirilla o de la pantallita de cristal líquido de la digital so pena de no conseguir inmortalizarlo adecuadamente.



Otra sección del parque temático praguense está dedicada a cubrir las necesidades de las delicadas sensibilidades de los miles de gallardos y rubicundos jóvenes de extracción mayormente inglesa que por precios irrisorios vuelan los fines de semana desde sus mugrientos cubiles a disfrutar de uno de los mejores hooliganódromos del mundo: la plaza de Wenceslao (Vaklavsky Namesti), que parece haber sido diseñada con forma de hipódromo ex profeso para celebrar tanto sus descelebradas despedidas de solteros como sus victorias futbolísticas. Allí tienen toda la cerveza que necesitan, varios puestos callejeros donde surtirse de una enorme variedad de enormes salchichas y una policía entrenada para ser perfectamente comprensiva con los simpáticos excesos de la británica muchachada, que en chanclas, pantaloncillos y correctamente descamisados muestran a los viandantes las altas virtudes civilizatorias del mundo anglosajón mediante la emisión continua de un variado muestrario de berridos polifónicos y eructos de diferente longitud de onda.


Afortunadamente la ciudad invadida es sólo una parte de la total y nada más salirse uno del parque puede encontrarse la adaptación de la canción de los Pata Negra: Praga tiene dos partes, dos partes diferentes/ una para los turistas / y otra donde viven las gentes. Lugares donde camuflarse entre los nativos, tomar cervezas, comer y comprender que en todas partes cuecen habas y que la mayoría de la gente es amable y comprensiva con quien se comporta adecuadamente y visita la ciudad sin hacerse notar demasiado. Pero es que incluso en el mismo meollo donde los turistas se apiñan como ganado existen pequeños oasis donde resisten algunos locales que se niegan a abandonar sus lugares de reunión tradicionales. Me imagino que sufrirán las presiones del comercio y de la restauración adocenados, pero ahí siguen. En una calleja que sale de Husova, Řetêzová entre la plaza del Ayuntamiento y el puente Carlos resisten dos locales, uno frente a otro que frecuentamos varias veces y en los que siempre fuimos los únicos turistas. Un café histórico, el Montmartre, frecuentado por Kafka y Rilke y en el que se reunía la Praga Golfa prebélica y en el que tomar un vaso vino en unas sillas viejísimas, rodeado de fotos de escritores huyendo del bullicio cercano te transporta a otra época. Justo enfrente la Literarni Kavarna, un lugar frecuentado por jóvenes con pinta de intelectuales, en la que las cervezas y las tapas completan el atractivo del local. Y el más milagroso, U zlatého tygra, una de las más antiguas cervecerías de Praga, situada en plena Husova, a la que según leí llevaban a las manadas de turistas porque en ella estuvo el presidente Clinton, pero a la que las tres noches que intentamos acomodarnos en una de las pequeñas sillas de la mesa corrida la encontramos completamente abarrotada de nativos sin un sitio libre.

Pero la pregunta que nos asaltó continuamente a lo largo de toda la semana fue: si la ciudad está así de abarrotada en mayo, a principio de la temporada alta, ¿cómo estará en agosto?

ÍNDICE DEL VIAJE

PRAGA (de cervezas y defenestraciones)
PRAGA (de más cervezas, hipos y brontosaurios)
PRAGA (del turismo artesanal e industrial)
Catolicismo "gore" en Praga
Niño Jesús de Praga: la Barbie antecessor
Córdoba y Praga: escultura humorística

2 comentarios:

Mado dijo...

No sé si visitaré Praga algún día. Mucho me temía que la cosa estaba tan cruda como nos confirmas en tu entrada. No aguanto el gentío. Y menos aún el gentío que sigue a un girasol, un paraguas o cualquier otra cosa pinchada en un palo.

Florencia fue para mí un auténtico martirio. Alquilamos un precioso apartamento durante una semana, en pleno centro de la ciudad, y no apetecía salir de él. En cuanto ponías el pie en la calle tenías la sensación de estar en un decorado de serie de televisión. Tanta hermosura colapsada y afeada por la masa de gente da lástima. Para poder disfrutar un poco, me levantaba a las 6 y media de la mañana. Llegué a ver la Loggia dei Lanzi con la única compañía de los carabineros que custodian la Plaza de la Señoría. Todo un lujo. Pero desde las 8 y media de la mañana en adelante, Florencia era un hormiguero indecente.

Yo también soy una turista artesanal. Y no me interesa pasar mis días libres de una manera tan... gregaria.

Un saludo

harazem dijo...

Bueno, amigo Mado, ese es el precio de la globalización del bienestar. A mí me molesta, pero no se me ocurre despreciar a la gente que practica el turismo industrial. Tienen exactamente el mismo derecho que yo a visitar esos lugares. Me molestan más las actitudes frívolas de las autoridades de los lugares turísticos. Eso viniendo de alguien que vive en un Parque Temático Moruno-Andalú como es Córdoba es una vivencia, más que un opinión. El que la ciudad se vaya poco a poco restando a los ciudadanos para vendérsela a los turistas.

De todas formas te aseguro que tanto Praga, como Córdoba son ciudades que tienen atractivos suficientes fuera del cogollito turístico como para ser visitadas. El casco de Praga es enorme y los guiris industriales se apiñan sólo en la zona que rodea a la plaza y a las calles que llevan al puente y al castillos. Tras hacer el sacrificio de visitar lo emblemático queda mucha Praga para disfrutar de sus calles con preciosos edificios, recorridas por tranvías y llena de tabernas con buena comida, buenísima cerveza y gente normal que en caso de saber inglés se prestan amablemente a una conversación.