(del laberinto al treinta)


domingo, 23 de noviembre de 2008

TEHERAN, ATMÓSFERA CERO

FICHA TÉCNICA DEL VIAJE





El Club Armenio de Teherán es el único lugar de todo Irán donde se pueden cometer los dos más gravísimos pecados que pueden hacer convulsionar a un mullah. En él se permite el consumo de bebidas alcohólicas y no es obligatorio para las mujeres llevar el cabello cubierto. Por eso está prohibida la entrada a los musulmanes (y musulmanas). El problema es conseguir la bebida alcohólica antes para poder consumirla. Porque en el restaurante no lo proporcionan. La segunda vez que fuimos asistimos al insólito espectáculo de un grupo de españoles con pinta de vivir allí dando cuenta de dos botellas de Rioja como dos soles un par de mesas más allá y utilizando el tono de voz natural entre nosotros. ¿Las habrían recibido por valija diplomática? Porque en el aeropuerto, a la entrada, pasan las maletas por un escáner con el fin principal de detectar e impedir la posible introducción clandestina del demoníaco brebaje en el país de los puros abstemios. Así que se trataba de un caso claro de contrabando ilegal, pero gozoso. Pero la primera noche el no menos insólito espectáculo al que asistimos pertenecía al primer género pecaminoso: aparecieron varias chicas enfundadas en pudibundas gabardinas que una vez sacadas dejaron al descubierto un festival de hombros desnudos y escotes generosos y unas melenas al viento que en cualquier otro lugar habrían llevado a sus dueñas a la comisaría.

Estábamos, pues, en un oasis formal. Un gran patio rodeado de setos, música en vivo (órgano y santur) y unos camareros vestidos a la francesa (chaleco de rayas y pajarita). La especialidad de la casa eran los kebabs. Y las ensaladas. La especialidad y la única oferta. Riquísimos. Y caros. Tanto que nos inquietó la idea de que realmente lo siguieran siendo en el resto de los restaurantes iraníes. Más que nada porque Irán debe ser el único país del mundo donde no funcionan las tarjetas de crédito internacionales. Por el bloqueo al que se encuentra sometido. Así que hay que llevar todo el dinero que se calcula se va a gastar encima. Y los cálculos para todo un mes son difíciles de hacer si no se tiene una idea previa de los precios. Caros significa 100.000 riales (7 €) por un kebab y 20.000 (1’5 €) por una ensalada. Enseguida descubriríamos que lo normal en cualquier restaurante popular eran 40.000 (3 €) por kebab. Dos pinchos bien despachados y una guarnición compuesta por dos tomates y dos patatas, ambos asados. El chelo kebab, la gran especialidad nacional es lo mismo, pero con arroz cocido. Las variedades de kebabs se reducen a cuatro o cinco: de cordero, de pollo y las keftas (carne picada). Exquisitos. Hechos siempre al carbón y en su punto, con el exterior un poco crujiente y el interior jugoso. Los mejores que hemos probado en todos nuestros muchos años de visitar países musulmanes. El problema de los restaurantes iraníes es la monotonía. Una monotonía que se llegaba a sentir como una losa sobre la ilusión de comer en restaurantes diferentes, en ciudades diferentes. En algunos lugares era posible degustar el khoresht, un potaje de lentejas, servido en cuenco para mezclar con el ubicuo arroz cocido. En otros se atrevían con alguna salsa (fasenjan, de nueces y zumo de granada) para acompañar a trozos de pollo mayores que los de los kebabs. O con algún relleno para las berenjenas. Pero era una lotería. Nunca sabías si habría sorpresa a o no. Por eso descubrimos pronto que no merecía la pena comer en los restaurantes más caros. La calidad de los kebabs era la misma y lo que pagabas de más se debía al alquiler del mantel de tela.

kebab de kefta iraní



Es curioso que a pesar de nuestra experiencia la cocina iraní tiene fama de ser muy rica y variada. Y he leído recientemente que Ana Briongos, la escritora catalana experta en temas iraníes, acaba de publicar un libro de cocina iraní, a la que llama sofisticada. Y explica lo que nos explicaron a nosotros en Irán cuando lo comentamos. Que la verdadera cocina iraní está en las casas, es la que confeccionan las mujeres para sus familias, que cuando deciden comer fuera lo que les apetece es la carne asada al carbón en forma de kebab. Bueno, nosotros no conseguimos entrar en ninguna de ellas. Tal vez cuando consigamos el libro de la Briongos las elaboremos en nuestra propia cocina. Y entonces os contaré.

pan iraní y kebab



De todas formas eso tendríamos que esperar a saberlo varios días más porque al día siguiente, volvimos a traicionar a la gastronomía local comiendo en otro oasis, esta vez de comida india, el restaurante Tandoor del hotel Safir. Es curioso cómo la comida india es a menudo más deliciosa en restaurantes de fuera que en la propia India, donde hay que saber elegir muy bien para no equivocarse. El mejor dhal de mi vida lo comí en un restaurante indio de Yakarta. Y aún sueño con algunos curries de los hawker de Singapur. Y el pollo tandoori del Tandoor no se encuentra mejor en Nueva Delhi.

El día siguiente era fiesta, Aid el Fitr, el fin del Ramadan. Las calles, aunque no tan vacías como la tarde anterior presentaban un aspecto bastante aireado. Caminamos por Ferdousi hasta el bazar, que presentaba un aspecto más que desolador. Absolutamente todas las tiendas cerradas y ni una sola persona por sus calles. A lo largo del viaje tuvimos la ocasión de pasear por los bazares vacíos. Es un paseo que tiene un extraño encanto y que te produce la inquietante sensación de hallarte perdido en un enorme laberinto una vez que te adentras lo suficiente. Dan ganas de ponerse a correr y a gritar por él sin fin, como imaginaba Borges a Asterión, el triste minotauro cretense.

bazarvacio



El Museo Nacional estaba abierto. Es probablemente la visita monumental más interesante que puede hacerse en Teherán, una ciudad escasa en atractivos histórico–artísticos, que incluso carece, demencialmente, de oficina de turismo. Pero sólo el correspondiente a las exhibiciones arqueológicas. La zona del arte islámico, en la que yo tenía un especial interés, permanecía cerrada por reformas desde hacía varios años. Consta de una sola planta donde se exhibe una sorprendentemente pequeña cantidad de piezas para la cantidad y calidad de los yacimientos arqueológicos del país. Algunas muy interesantes, como las piezas de cerámica zoomorfa de Gilan del siglo X a-dC, la vaca sagrada elamita, varios capiteles tauromorfos aqueménidas y sobre todo el mural de Darío I, cuyos detalles escultóricos marean por su perfección. Así mismo se exhibe una copia del Código de Hammurabi, cuyo original se encuentra en El Louvre, que, aunque esculpido en Babilonia, fue llevado en el siglo XII ad. C. a Susa como botín de guerra por los elamitas, donde lo hallarían en 1901 un grupo de arqueólogos franceses.



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DARIO1 muraldario1

Al salir del museo, un par de horas después, notamos una notable bajada del nivel de aborígenes en la calle. Se acerca el mediodía. En vista del plan, decidimos hacer un recorrido que teníamos pensado para otro día. Coger el metro (por primera vez) y acercarnos hasta una de las piezas vedette de la visita a Irán, la antigua Embajada Americana, que sufrió en noviembre de 1979 el asalto y secuestro de todo su personal diplomático por parte de las milicias islámicas y que duró 444 días y que aún alimenta el desbordante morbo de todos los occidentales que visitan la ciudad. Parece que a las autoridades de la República Islámica no les hace mucha gracia esa peregrinación y en algún lugar he leído que no conviene hacerse notar demasiado fotografiando ostentosamente sus muros. Unos muros, en la cara de la puerta principal, la que da a la Avenida Taleqani, que han sido profusamente cubiertos a lo largo de estos años con multitud de graffitis de tema antiestadounidense y antiisraelí algunos de los cuales han alcanzado la gloria de encontrarse entre los más famosos del mundo, como el de la Estatua de la Libertad con la cara de una calavera y el revolver con los colores de la bandera yanqui.

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embajada1



embajada2



Nosotros no tenemos que andar con ningún cuidado. La ancha avenida, situada en la zona fronteriza de los barrios altos, donde comienza el Teherán más chic y se encuentran los hoteles más exclusivos y las tiendas más caras, está absolutamente desierta. Como el día anterior la sensación es muy extraña. Recorriendo los 250 mts. de fachada sin encontrar ni a un solo nativo y sin que por la avenida pasara ni un solo coche, sintiéndonos los únicos seres en aquella monstruosa ciudad, como en las escenas de desolación de ciertas películas de ciencia ficción. Al llegar al final del muro, la cruzamos tranquilamente y nos detenemos en los escaparates de varias tiendas de antigüedades supercarísimas, también cerradas, y volvemos a cruzar para dirigirnos hacia el parque Teherán, bordeando la antigua embajada. En ese parque se, encuentra según habíamos leído en la guía, una cafetería de moda entre los jóvenes artistas teheraníes, que lleva el pomposo nombre de Café Forum de los Artistas Iraníes, donde se podía contactar fácilmente con gente interesante. Se trata de un coqueto espacio dotado de un comedor interior y una agradable veranda situada en alto, pero nosotros sólo encontramos a varias jóvenes modernas dando cuenta de unas pizzas charlando entusiasmadamente de sus cosas. Nos tomamos unos tes y nos dirigimos al restaurante Tandoor, cien metros más allá, justo detrás de la embajada. El restaurante, en acusado contraste con la calle estaba a tope, aunque pudimos conseguir una mesa donde dimos cuenta, como conté anteriormente, de unos sabrosísimos tandoori chickens regados con la inevitable agua mineral.



ADAME DASHTAN (CONTINUARÁ)



ÍNDICE DEL VIAJE A IRÁN:

2 comentarios:

Ana M. Briongos dijo...

¡Hola! Soy la del libro de cocina. ¿Consegisteis comer en alguna casa iraní? saludos desde barcelona. Ana briongos.

harazem dijo...

Pues no, amiga Ana, no conseguimos comer en ninguna casa. No conocimos a nadie que nos invitara. Así que nos tocó hartarnos de kebabs. Por lo demás muy bien. Estuvimos en lo de Hussein en Isfahan echando unos ratillos y hablamos, lógicamente, de tí.

He abandonado la crónica de aquel viaje, me falta Shiraz e Isfahan. Una pena, pero se me acabaron las ganas. Tal vez un día de estos lo retome.

Un saludo desde Córdoba